La chica que no llevó pañuelo a la marcha

FEMINISMO Y SIMBOLOGIA EN EL "NI UNA MENOS"

Una joven estudiante abortista concurrió a la marcha pero no resultó ser como ella esperaba. Después de un día agitado, se olvidó el pañuelo y sintió que en vez de ojos, “cuchillos filosos” la examinaban.
La noche anterior se había acostado temprano. Antes de dormir, de ingresar al mundo onírico de los pensamientos, “la muchacha que no llevó el pañuelo verde” había visualizado, de un pincelazo en su frente, todas las actividades a las que tenía que concurrir: el trabajo matutino, las compras en el mercado del barrio, tal vez dormir una siesta, cursar una materia de Comunicación, luego retirarse a las 19 horas y asistir, por supuesto, a la marcha del Ni Una Menos.
El 4 de junio, antes de salir de su casa, un mensaje le llegó a su celular. Era una cadena que convocaba a “todes” a la marcha para decir “basta a la violencia machista”, a favor del aborto y “contra el sistema patriarcal”.
La muchacha llegaba tarde a la clase de Comunicación, entonces salió disparando. Agarró la mochila, una campera, y cometió el gravísimo error de no llevar un elemento clave en el día: el pañuelo verde que descansaba, olvidado, en el cajón de las prendas que nunca usa.

¿Quién es la muchacha?
Tiene una faceta melancólica y, al mismo tiempo, es prepotente a la vida. Considera que el devenir es azaroso, y que la vida muchas veces es trágica y triste. Destaca, sin embargo, la belleza de la existencia, pero no le recomienda a nadie existir. Es abortista.
“Mirá que yo me realizaría un aborto ya mismo. Tampoco para traer gente a este mundo inhóspito, no, no, mejor me aborto”.
Si no tiene nada que hacer, camina agresivamente despacio, le gusta la lluvia, mirarla desde la ventana, o cuando se traslada bajo un paraguas que compró en Buenos Aires, bien amarillo.
Es una gran lectora y escritora, y toca la guitarra. Cortázar y Spinetta son dos hombres de los que no se ha podido despegar. Le gustan los poetas y escritores malditos, y siente un profundo amor por Dostoyevsky, sobre todo por uno de sus personajes, el Señor Goliadkin. En algún momento va a viajar a París para sentir la textura de los puentes que Henry Miller supo describir en sus novelas. Le gustan los tangos.

La hora de la verdad.
“¿Y vos tenés pañuelo verde o no?”, se le pregunta. “Claro que sí, tengo uno de cuando regalaban los pañuelos, ahora los venden, viste. Lo tengo en un cajón, no sé si alguna vez lo usé. Si me hubiera acordado, seguramente me lo ponía, pero la verdad es que no se me pasó por la cabeza”.
Eran las siete de la tarde y la muchacha abandonaba la clase de Comunicación para bajar por las escalinatas de la Facultad y atravesar la plaza San Martín, donde 500 personas, entre hombres y mujeres, se congregaban con motivo del tercer aniversario de la marcha Ni Una Menos.

En la marcha.
El frío hacía doler los huesos, y ella, abrigada íntegra, sólo sentía las miradas que se estampaban en su cuerpo, como marcas de fuego o metales filosos. “Me sentí media rara, por no tener el pañuelo verde. Me sentí mal y me miraban de otra manera. No eran ojos, eran cuchillos que me inspeccionaban”.
Deambuló un rato, subió las escaleritas de la estatua, caminó, observó, escuchó. Se sintió fiscalizada. “De solo verme, primero me exploraban de arriba a abajo, buscando el ‘trapo'”, así lo llamó ella. “Como que no tenía identificación; hasta los hombres tenían pañuelo. Adhería menos a la causa por no tenerlo. Te hacen querer tenerlo”.
En un momento, puso el celular en uno de los parlantes para grabar el discurso. Quería tener un registro, pero quedó expuesta. “Parecía una enemiga infiltrada. Me sentí desnuda y culpable, muy culpable. Me arrepentí por no comprarme uno. En realidad tengo uno, pero me lo olvidé”.

La supremacía del pañuelo doble.
Entonces sucedió lo inesperado. Un grupo de jóvenes empezaron a comentarle casi en su oído la importancia de la tenencia de pañuelos. “Mirá aquella, tiene dos pañuelos y uno en la muñeca”, destacaban las jóvenes, al mismo tiempo que indirectamente le lanzaban dardos venenosos.
La muchacha explica: “La que tiene dos pañuelos es una grosa. Cuando ves a una chabona con dos pañuelos a la vez, esa es admirada. Me pasó de estar con varias amigas diferentes, y escucharlas decir: ‘Oh mirá esa zarpada, tiene dos y yo no tengo ni uno’. O sino, ‘ese pañuelo está mejor que el mío'”.

Pañuelos pro.
El cronista pregunta: “¿Hay pañuelos mejores que otros?”. “Sí claro, hay pañuelos mejores que otros. Antes eran todos iguales, de hecho antes los regalaban, y había que cortarle “les” bordes porque se deshilachaban”.
“Ahora los venden. Como cuando salió ese invento de la gripe porcina que vendían los barbijos re caros, bueno ahora sucede algo parecido. Los de ahora son re pro, todos cosidos, con la estampa re piola, una tela mejor, y con precios diferenciados”.

“Una cheta de Económicas”.
“Y qué supones que pensaban “elles” de vos?”, se la interroga. “No sé, que era una cheta de Económicas tal vez. Una intrusa, porque estaba sola caminando y observando”.
“Me sentí desubicada. Menos mal que tengo vagina, porque si no… Sin pañuelo y con pito, te imaginás; y con mi cara de extrañamiento, hubiera sido un acribillamiento, por lo menos de ojos filosos”.
“¿Y qué te parece que representa el pañuelo?”. “No sé. En definitiva es un sistema de identificación, y yo no sé quién soy, qué querés que te diga”.
“¿Y lo hablás con ellas?”, se le consulta. “Sí, les digo ‘estoy a favor del aborto, ¿tengo que comprar un pañuelo sí o sí?’, y me dicen: ‘¡nooo!’, pero después caes a la marcha sin pañuelo y te miran como el traste”.
Para finalizar, el cronista se pregunta “in mente”: “¿Qué habrá terminado haciendo ese día “la muchacha que no llevó el pañuelo verde”?. “Me terminé yendo, no me sentía parte de eso. Pasé por Mostaza y me compré dos hamburguesas. Quería comer mucho. Me quería comer todo”. (NYC)