“La última vez que caminé iba a trabajar”

Mario Vega – Desde el 1 de noviembre de 2016 Sergio García subsiste en la explanada de la Ciudad Judicial, y no se irá de allí hasta que se haga justicia con su causa. Con su moto cayó en un pozo y quedó inválido.
Resultaba diferente su presencia en medio de la inmensidad de esa mole de cemento, los ojos entrecerrados y su rostro mirando el sol… casi como estuviera disfrutando el momento. Cualquier desprevenido que estuviera llegando a la ciudad podría pensar que era, simplemente, un hombre que se regocijaba en un mediodía verdaderamente espléndido.
Es una escena que, cada tanto, se puede observar en la explanada de la Ciudad Judicial.
Pero aquel hombre, que se llama Sergio Francisco García (38), en realidad -y más allá de esa postal que duraría solo algunos minutos- está viviendo un drama, una verdadera calamidad. La silla de ruedas en que se mueve es la prueba más contundente de una situación que le cambió la vida. Para siempre.
Sergio, hace seis años, sufrió un accidente absurdo, una enormidad que tiene que ver con la desaprensión, con la falta de controles, con la irregularidad manifiesta que permitió que una obra que llevaba adelante una empresa ubicara un pozo en medio de la calle sin que una sola señal indicara su presencia. En la oscuridad de la noche una trampa que, aunque no fue mortal, igual terminó con su vida. Al menos con esa que llevaba poco antes de ese incidente que lo modificó todo. Porque Sergio tenía hasta allí una existencia plena, de trabajo, de armonía familiar, de plenitud.

“No volverás a caminar”.
Después de meses de intervenciones quirúrgicas, de médicos y enfermeras en derredor, de días de angustia, de zozobra, sobrevino el dictamen inapelable de un médico: “No vas a volver a caminar”. Un momento escalofriante, conmovedor… un golpe capaz de derribar a un gigante.
Más tarde las peripecias en la justicia, del transcurrir de la causa en los estrados tribunalicios, y luego de seis años de espera la resolución -confirmada también en segunda instancia- que le iba a dar la razón. Aunque la cuestión no terminó allí y aún continúa… y con la “novedad” de que la causa penal prescribió. Sí, los tiempos de la justicia determinaron que no hay responsables penales; o en todo caso que si los hay ya no se los puede juzgar, porque el paso del tiempo dispuso que no se podía seguir investigando. Casi una burla.

Visibilizar un reclamo.
En noviembre del año pasado, cuando al fin en la parte civil se indicó que tenía plena razón en sus reclamos -ante la apelación de la parte acusada (la empresa y la municipalidad de Santa Rosa)-, decidió que no iba a aguantar más y que había llegado el momento de visibilizar aún más la situación… Si al cabo ya lo había perdido casi todo: sus bienes materiales, su matrimonio… su bienestar.
Muchos conocen su historia… algunos, no obstante, pasan indiferentes ante su “casita” levantada con lonas, nylon y algunas maderas en la explanada de la Ciudad Judicial, donde está instalado hace varios meses.
La mirada serena, increíblemente templada, y el tono sereno de su voz, casi parecen desmentir que esta persona esté viviendo un drama.

Quién es Sergio.
Sergio Francisco García es un hombre joven, nacido en Carlos Casares, y afincado hace varios años en Santa Rosa. “Mis padres son Blanca, que era enfermera profesional; y mi papá es Jorge (jubilado), dueño de una pequeña chacra en cercanías de Carlos Casares”.
Tiene otros dos hermanos, Mauro y Nadia, y él es “el del medio”.
Hasta hace tres años -tres después del accidente- estuvo casado -hoy está separado-, y tiene cinco hijos: Ana Azul (14), Sergio Ignacio (6), Mauro Andrés Jeremías (11), Francisco Julián (8) que viven en el barrio Santa María de Las Pampas; y se suma Joana (20), que reside en Mar de Ajó.
“Nací en el campo y estudié en el Colegio Nacional-Normal; después en la ENET, donde me recibí de técnico electromecánico… era algo que me gustaba, porque aprendí a trabajar en el campo con las maquinarias”, cuenta.
Arribó a La Pampa cuando se enroló en el Ejército Argentino e ingresó en el IV Cuerpo. Y cuenta: “Hasta cuando pude comprarme todas las herramientas y poner mi propio taller mecánico. En realidad llegué a tener dos, en la calle Wilde y en Avenida Luro, donde hacía chapa y pintura en uno y mecánica y arreglos de maquinarias en el otro”.

El accidente que cambió todo.
Vivía en Tello y Convención Provincialista en el barrio Santa María de las Pampas, hasta el momento fatídico. Una llamada telefónica le advirtió que en la Avenida Spinetto se había quedado un auto, un taxi, y le pidieron si podía auxiliarlo. “Tomé la moto porque ya había guardado la camioneta y me dirigí al lugar… eran más o menos las 21 y era una noche muy oscura”.
De pronto sintió como un sacudón, pero no alcanzó a darse cuenta qué estaba pasando. “Lo último que vi fueron algunos hierros, y creo que di contra un talud de tierra… ahora me acuerdo que en un momento como que me desperté y me di cuenta que estaba un vecino, Antonio Gérez tratando de reanimarme… me había sacado el casco que se partió y me lastimó la cara… lo reconocí y alcancé a decirle: ‘Soy yo, Antonio, tu mecánico, lo conocía porque le atendía su auto’. Después llegó la ambulancia y me llevaron”, narra sentado a la mesa que hay en la carpa.

Su “casa” de “ahora”.
El lugar es “casi” como una vivienda, y donde estamos charlando aparecería como una suerte de “living-comedor”, y más allá estaría el dormitorio (una carpa más chica, tipo iglú). El sol entra por “las ventanas” -huecos que quedan entre el “techo” y las “paredes”-, y Sergio no tiene problemas de hablar sobre su vida, lo que le sucedió y lo que espera. Es que, ahora caigo, esta es ahora su vida… La otra, la de su familia, la del trabajo, la de disfrutar con sus seres queridos se la arrebataron entre la negligencia y el infortunio… Sobre todo por la irresponsabilidad de los que dejaron un pozo abierto en medio de una calle en una noche oscura; y la de quienes tenían que controlar que eso no pasara y no lo advirtieron.

Venderlo todo.
Hubo en el medio una pensión negada, dos años sin que ingresara un peso, y la descapitalización y la necesidad de empezar a vender sus pertenencias. “Sí, vender, vender y vender… los autos, las máquinas del taller, y después hasta los televisores”. En la casa había un bebé recién nacido, y varias bocas que alimentar, y ese presente de mucho trabajo, de buen pasar merced al esfuerzo cotidiano se desvanecía. Un cono de sombras iba a hacerse presente en el devenir de Sergio… y de su familia. Un golpazo del que pocos podrían salir airosos, al que pocos serían capaces de enfrentar con tanta entereza como la que él muestra a cada instante.
¿Sos creyente?, le pregunto. “Sí, claro que sí… Mi mamá es religiosa, mi padre fue a un colegio de curas… Sí, creo en Dios hoy más que nunca”, me responde en lo que resulta una lección de vida.
Porque -reflexiono-, cuántas veces ante situaciones mucho menos graves, menos complicadas, nos sentimos agobiados y creemos que el destino se ha ensañado con nosotros como si fuéramos olvidados de Dios…
“Sé que el accidente me jodió mi vida, y la de mi familia. Era un tipo sano y fuerte, independiente, que podía darles los gustos a mis hijos… y ahora esto: el golpazo, la silla de ruedas. ¡Qué le vas a hacer!”, completa con una mirada serena y esbozando apenas una sonrisa.

El reclamo.
Después empezó la instancia judicial, su reclamo primero en las escalinatas de acceso al edificio, al lado de los cajeros del Banco de La Pampa. Allí estuvo varios días, y era evidente que molestaba a muchos: “Vino la policía, medio me quisieron apretar para que me fuera, y yo les dije que no me iba. Sólo muerto o con justicia”.
Pero después el lugar donde estaba se empezó a poner incómodo, porque algunos muchachones que pasaban por el lugar no respetaban la situación y casi le pasaban por arriba, así que decidió mudarse. Se corrió algunos metros, más hacia adentro, primero con una pequeña carpa, y después con el aporte de la gente se fue construyendo lo que parece una “vivienda” hecha con lona, nylon y alguna madera.
Ahora, mientras charla conmigo estamos en lo que parecería el “living-comedor”. Una amplia mesa, algún banco para la visita, el mate a mano por si acaso, y el cigarrillo -Chesterfield- que fuma pacientemente… “No fumo tanto… un poco a la mañana, pero nada más”, aclara. “Son todas cosas que me fue trayendo la gente”, completa señalando el entorno.

El vecino.
“Tengo derecho a reclamar justicia, y expongo una realidad. ¿Si molesto a alguien? Tal vez, pero tengo derecho… ¿O no? En general la gente que trabaja aquí, los del Sindicato de Judiciales, Ceferino Riela, los empleados… todos me saludan y me hacen sentir ‘un vecino’… y así me saludan: ‘hola vecino’… mucha gente viene todo el tiempo… No me hago de comer: hay una vecina que a mediodía me trae la vianda, otros que algo aportan todos los días; y gente que se acerca con facturas y viene a tomar unos mates. Casi te dirían que me quieren… los del barrio de acá atrás, los muchachos del lavadero de autos (ubicado en la vereda de enfrente donde pasa buena parte de las horas), la gente del kiosco… A veces pasa Felicitas Bonavita (periodista de CPE Tevé) y me deja una botella de agua fresca, porque aquí no hay”, sigue contando.
“Me despierto temprano, me higienizo, desayuno con algunos mates, y por ahí viene alguien a visitarme. Leo bastante, sobre todo libros de Derecho… no me queda otra -explica sobre su necesidad de conocer por qué caminos transita la causa judicial que lo tiene como protagonista-, pero también novelas, de Pablo Coelho, algunos libros que me traen… se diría que aquí, y pese a todo, tengo una vida social bastante intensa”, confiesa.

A algunos les molesta.
“Viene a verme lo que yo llamo gente de a pié…”, y aunque no lo dice con todas las letras Sergio sabe que hay quienes -vinculados de alguna forma al poder-, no lo quieren, no les cae bien eso de que alguien proteste sólo porque al fin y al cabo tiene que permanecer en una silla de ruedas (¡!!???). Esos tipos quizás piensen que a Sergio, al final, lo único que le arrebató la desidia de una empresa que no tomó las medidas de seguridad necesarias -y la falta de controles de las autoridades, vale agregar- fue “una vida mejor, un hogar, el bienestar”. La felicidad, al cabo. ¡Por qué va a protestar!!!
¿Puede ser que haya gente que pueda resultar tan indiferente al sufrimiento ajeno?

Escucharía una disculpa.
Sergio no muestra rencor… “solo pido Justicia. Porque estoy convencido que si no hay justicia no hay país”, reflexiona. Pero también está seguro que hay responsables de lo que le sucedió: “No solo la empresa, porque no hubiera pasado si se hubiera clausurado la obra por no cumplirse las condiciones de seguridad. La verdad es que a Moldovan (el dueño de la empresa) no lo conozco. Nunca vino a verme… ¿Si hablaría con él? Pero claro… si cualquiera puede equivocarse, cometer un error. ¿Qué iba a hacer si viniera?, ¿Le voy a romper la espalda como me pasó a mí? No, nada, lo escucharía si viene a disculparse… ¡cómo que no!”, dice con una indulgencia que, estoy seguro, pocos podrían mostrar en semejantes circunstancias.

Queda lugar para la ilusión.
No pierde las esperanzas, mantiene la fe, pese a todo… “La esperanza es lo último que se pierde -afirma-, y entre las cosas que pienso está viajar a Cuba”, en un intento de rehabilitación en el que aún -pese a la situación- todavía cree. “¿Es difícil? Lo sé, pero quiero intentarlo… tengo esa ilusión”, completa.
No es fácil abordar un tema como este en una nota periodística y no caer en el recurso posible del golpe bajo, de la sensiblería… pero también es dificultoso no caer en un sentimiento de impotencia y por qué no de bronca…
La mirada apacible de Sergio parece diferenciarse con la firmeza de su reclamo. Casi un contrasentido.

Una noche fatídica.
Sergio García tenía una familia hermosa, esposa e hijos, su vivienda, dos talleres, dos automotores -una Ford Ranger y un Megane-, y trabajaba muchísimo. Puede afirmarse sin temor a equivocación que vivía bien… que era feliz. Hoy, y desde aquella noche fatídica permanece en una silla de ruedas, perdió su matrimonio, y también todo lo material…
Vive esperando Justicia, pero no obstante aún cree, y mantiene algunas esperanzas que tienen que ver con su salud, con la ilusión que anida en el fondo de su corazón de que un día se recuperará, aunque conoce que es difícil. Y naturalmente, como todo padre, tiene expectativas con el futuro de sus hijos.
Permaneció 44 días en terapia intensiva, muy grave… “Lo único que veía en esa sala era un reloj que estaba en la pared y un crucifijo…”, rememora aquellos instantes todavía más complicados. Pasó en esos meses siete veces por el quirófano… en una de esas intervenciones le pusieron una prótesis en la espalda, se agarró un virus intra hospitalario que le produjo una infección y tuvo un absceso en las piernas. Hasta que llegó el día fatídico: “Tenés las piernas paralizadas… no vas a volver a caminar”, sentenció el médico.
“Al principio es como que no aterrizás nunca… no podés terminar de creerlo, porque tené en cuenta que la última vez que caminé fue para ir a trabajar, a ninguna otra cosa que no fuera trabajar”, reafirma, y de alguna manera traza una perspectiva de lo que era su vida. “Del trabajo a casa y de casa al trabajo, todos los días. La familia, los hijos, el trabajo…”, esa era mi vida.
Una vida que iba a cambiar radicalmente, y ya no volvería a ser como fue.