Pibes que luchan por una posibilidad

Mario Vega – Con un trabajo realizado sobre “abono orgánico” los chicos que están ahora internados en el Ipesa, superaron la instancia provincial y estarán en la fase de la Feria Nacional de Ciencias, en Córdoba.
Son sólo pibes… un poquito más que chiquilines. Tres adolescentes como tantos, que tienen aún toda la vida por delante, aunque las suyas todavía estén oscurecidas por circunstancias que ellos no eligieron.
Porque no optaron por ser pobres -que lo son-, ni ser chicos carentes de contención y verse así obligados a andar por la vida como barriletes que el viento va llevando sin definir su destino.
Sus historias mínimas son como otras tantas de muchos adolescentes de nuestro país, y de nuestra provincia, y de nuestra ciudad. Personas que el transcurrir sin frenos en hogares humildes, con familias que no consiguieron -no supieron, o quizás más ciertamente no pudieron- darles un marco que los guiara, que les ofreciera oportunidades de ir a la escuela, de instruirse, de capacitarse para conseguir un trabajo, los hizo rodar, y caer.

La dura tarea de reinsertarse.
Hoy, obligados por los acontecimientos, permanecen en el Ipesa intentando liberarse de esa mochila que llevan consigo desde su nacimiento, y que podría condenarlos para siempre. Tal vez en ese Instituto puedan conseguir esa reinserción de la que tanto hablan los especialistas, los versados en la problemática de la niñez, que sostienen que “es posible”. Esos eruditos en los que uno prefiere confiar, por creer firmemente eso de que los chicos son como arcilla que se puede moldear si alguien sabe cómo hacerlo.
Porque, de verdad, no hay derecho a que no tengan un futuro “normal”, como los de los pibes que tienen un entorno que los contiene, que le van marcando cuál es el camino.

Sólo tres pibes.
El Ipesa (Instituto Provincial de Educación y Socialización de Adolescentes), ubicado al Este de la ciudad, es un espacio amplio, con grandes edificaciones que parecen enormes para albergar sólo a tres adolescentes en conflicto con la ley penal. El ingreso para el visitante es menos rígido que en una unidad carcelaria, y no se escucha el sonido metálico de las rejas al abrirse, pero se sabe que -por más que gocen de algunas facilidades-, allí hay personas, casi chicos, que no disponen naturalmente de una libertad absoluta.
Solamente tres, porque el cuarto está “allí” de tener una oportunidad… esa por la que esperó en vano hasta ahora. Brian (18), inscripto como voluntario en el Ejército -se estaba haciendo la revisación médica en Bahía Blanca-, y quizás en poco tiempo esté cumpliendo servicio. Se podría decir que, al menos en este caso, el Ipesa -y sus autoridades y personal- habría conseguido el objetivo.

El que no se quiere ir.
El caso de Fernando es distinto, porque aún cuando estaría en condiciones de dejar el instituto para irse en libertad, eligió permanecer un tiempo más. “Decidí quedarme -dice el pibe, robusto, bien plantado, con una gorra que le cubre la cabeza-; ¿por qué? porque quiero salir adelante, tratar de terminar de cambiar… aquí estoy bien, los operadores son buenos con nosotros, nos sacan a pasear, al autódromo, a jugar al bowling… pero quiero irme cuando esté listo para conseguir un trabajo y portarme bien”, me dice y me deja algo confundido.
Fernando cuenta que “acá aprendemos un poco de todo, huerta, construcción, panadería, y nos gusta mucho ahora hacer radio”.

“La radio” del Ipesa.
Uno de los operadores que trabaja en el instituto, Julio Jamad, es además apasionado de los medios, y tiene participación en dos programas de televisión. Fue él quien tuvo la idea de modificar un par de lugares que servían como dormitorios, y construir allí un estudio con sus respectivos micrófonos, y del otro lado la “pecera” de vidrio donde se debe ubicar el operador. “Al principio les costaba un poquito, pero de a poco le fueron tomando la mano, y ahora les gusta mucho… ellos mismos tiraron abajo una pared para poner el vidrio que separa el estudio de la sala de operaciones, pusieron los maples -una suerte de estuche para huevos- para mejorar el audio…”.
“Fue un laburo bárbaro, pero pudimos hacer el taller y los chicos aprenden algo más. La radio se puede escuchar por www.radiomediocamino.radiostream321.com. Ponen música, hablan de deportes, y se sueltan un poco más cuando tienen que hablar de sus propias vivencias”, amplía Julio.

Una oportunidad.
De todos modos Fernando confiesa que lo que más le gusta es “sacar fotos”, y cree que si alguien le enseñara por allí habría otro camino posible para él. Ahora mismo está cursando primero, segundo y tercer año del secundario, y expresa en todo momento que quiere “salir adelante”.
Lo miro y veo sólo un chico, no sé que hizo… y casi no me importa ahora. Un pibe como tantos, sólo que él espera una oportunidad.

“Irme por la puerta de adelante”.
Lucas (17) es un grandulón, corpulento para su edad, que al principio observa con un poco de desconfianza, pero enseguida se suelta. Es de General Pico pero ya no volverá allí, porque incluso su familia se mudó a Santa Rosa. “El primer día quería escaparme, irme, pero ahora ya no… quiero salir por la puerta de adelante y además aquí estoy re bien”, aprecia.
Está desde hace casi un año, y cuando ingresó no sabía ni leer ni escribir… sí, tenía 16 años y no iba a la escuela, y hoy al menos balbucea sus primeras lecturas a partir de las clases que recibe en el Ipesa. “Tengo dos libros, y la Biblia”, cuenta con inocencia. Y me digo, si en estos tiempos ese desconocimiento no es un tremendo condicionante.
En un momento Lucas sorprende, porque dice que en uno de los programas de la radio hablaron del Atuel: “Que nos devuelvan el río los mendocinos”, pide. Lo que más le gusta es la huerta -“me gusta agarrar la pala”, sostiene-, pero desde hace poco instado por Jamad empezó a trabajar con una máquina para cortar botellas de vidrio y “fabricar” vasos… “estaría bueno para que lo hiciera mi mamá, y yo dedicarme a vender pan, en un puesto o salir por la calle”, se esperanza.
Gabriel, el tercer chico que hoy permanece internado, trabajaba en esos momentos en la panadería y no pude hablar con él más que dos palabras. Vino de General Pico y está estudiando el secundario porque tiene la firme determinación, una vez en libertad, estudiar veterinaria.

Una buena.
Los chicos están participando, en estos días, de la Feria de Ciencias que se realiza en Santa Rosa, y el viernes pasado recibieron una noticia que para ellos es movilizante: acaban de superar la instancia provincial con un trabajo sobre abono orgánico, y deberán competir en la feria nacional que tendrá como escenario la ciudad de Córdoba.
No todos podrán comprender la importancia que para ellos tiene este logro, pero de todos modos los pibes lo disfrutan. Seguramente en sus cabecitas ya jugará la idea de conocer otra provincia, de sentirse por un momento “iguales”, de confortarse pensando que todavía tienen allí adelante un destino… mejor, parecido al de tantos otros pibes… Porque ellos no eligieron, les tocó caer y ahora quieren salir.
¿De verdad alguien puede creer que un chico nace para delinquir? La respuesta me parece una obviedad, contundente, simple: claro que no…

“Con contención, se pueden recuperar”.
“No se puede ver a los adolescentes como un peligro porque no lo son, aún cuando puedan tener problemas. Porque lo que hacen es producto de la ausencia de un grupo familiar, o del Estado, o de alguien que los contenga. Con contención se pueden recuperar y reinsertar con cierta facilidad, si bien también conocemos que muchas veces el reclamo popular es otro”, expresó Juan Pablo Bonino, subsecretario de Niñez, Adolescencia y Familia.
Actualmente, y después que asumiera la actual gestión del ministerio de Desarrollo Social, se concluyó que eran demasiadas instalaciones para la población que hoy tiene el instituto, “porque gracias a Dios no hay en nuestra provincia un índice significativo de delitos graves, pese a que se pueda pensar otra cosa. Por eso empezamos a armar un proyecto de reformulación integral del sistema”, agregó.

Cambios en el Ipesa.
Explicó Bonino que ya se implementaron algunos cambios: “Eran dos alas iguales, hoy hay una para internos que están por una orden judicial, y la otra reconvertida para talleres; y no hay celdas sino habitaciones.
Se piensa en que puedan concurrir a recibir formación no sólo quienes estén privados de su libertad, sino otros adolescentes que concurran específicamente a los talleres, que incluyen abono orgánico, huerta, panadería, construcción, en tanto recientemente se creó uno de radio, “y también se cuenta con una biblioteca bastante equipada. La idea es poder integrar otros sectores a la dinámica de la institución; y trabajar para la reinserción, pensar que (los internos) están
transitoriamente, y que cuando salgan deben tener una oportunidad de desarrollar una vida con mejores oportunidades que las que los llevaron a estar allí”.

Elaboran pan.
El funcionario ofreció un dato interesante, que tiene que ver con “la elaboración de pan (también hacen pastas y repostería) -se cuenta con la colaboración de maestros de la Cámara de Panaderos- para todos los hogares de adolescentes de la ciudad. “Los chicos saben eso, pero quizás la gente no”, reflexionó.
El subsecretario señaló que se pone énfasis en que los chicos tengan “condiciones adecuadas, y dentro del predio llevan una vida libre con
algunas pautas. Si hasta tienen salidas acompañados por los operadores, estuvieron en la feria de ciencias, concurrieron al autódromo, van al cine… La idea apunta siempre a lograr la interacción”, completó.

Primera infancia.
Bonino sostuvo que la subsecretaría a su cargo “está haciendo un trabajo firme y sostenido en primera infancia, porque cuanto más pequeños más posibilidades de evitar a futuro vulneración de derechos. Vemos que muchos chicos tienen una historia familiar sumamente compleja, en la que se entrecruzan violencia familiar, maltrato infantil, negligencia, abandono, y se empiezan a producir pequeños actos delictivos. Y uno sabe lo que va a ocurrir si no se interviene”, aseveró.

Estímulo y acercamiento
El subsecretario Juan Pablo Bonino recordó que en General Pico había muchos problemas, que en un momento obligaron a internar en el Ipesa a 4 ó 5 chicos. “Fuimos y empezamos a trabajar con la regional de Pico, que nos dio un listado de 15 chicos con problemas, pero afortunadamente después de un trabajo de 6 meses no se internó nadie más”, indicó.
Contó una experiencia del profesor de educación física, Adrián Cornaglia, quien empezó con fútbol un trabajo “con chicos a los que les decían los ‘pibes del caldén’, porque estaban todo el día tirados bajo un árbol… Se acercaron los más grandes, que de a poco fueron trayendo los más chicos, y algunos empezaron a escolarizarse… Cómo hacer con un chico de 14 años que no quiere ir a la escuela”, se preguntó. “Entendemos que hay que estimularle ese deseo desde otro lugar, y para eso tener un marco de contención que los aliente, y para todo eso hay que estar cerca”, se contestó.