Un recuerdo que se agita en la memoria

Mario Vega – La casita de los viejos… un tango refleja ciertamente lo que significa la casa de nuestros mayores, y como al paso del tiempo se torna referencia inevitable para revelar quiénes somos, y de dónde venimos.
Perdóneme señor/a lector/a, por si se le ocurriera hacer frente a la lectura de esta nota. Perdóneme la infidencia, la auto referencia, porque voy a contar -no sé por qué, necesito hacerlo- acerca de mi barrio, de sus calles, de su gente, de la casa de mis viejos.
Perdón… quizás, seguramente, no les interese. Pero igual, me tomo esta licencia. Siempre creí, alguien lo dijo, que la segunda muerte es el olvido. Que un día alguien se va del mundo de los vivos y que los que quedamos de este lado, poco a poco lo vamos olvidando. Y no me gusta, no lo admito.
Me pasa acerca de muchísima gente que conocí en todo este tiempo, y a veces recuerdo -y los menciono- a tipos que marcaron toda una época. Por ejemplo, en el periodismo, “El Gringo” Maraschini, León Nicanoff, Julio Alvarez Murguiondo en la redacción de LA ARENA. Y otros como Juan Carlos Scagliotti en el diario La Capital. Y tantos, y tantos. En el ámbito del deporte pocos tienen presente a don Julio Ciaffoni, a Hugo Danieli, a Carlitos Gómez y El Turco Amado. Y muchos más.

¡Qué será de ellos!
Pero sucede en todos los escenarios, y me acuerdo ahora de la señora de Comelli, mi querida maestra de quinto grado… Un día se fue con su familia de la ciudad y nunca más supe de ella. Y algo parecido me pasa con otros tantos viejos docentes, y ex compañeros que nunca más volví a ver… Qué habrá sido de sus vidas.
Ocurre en todos los órdenes: personas que van pasando y solo va quedando de ellos una vaga remembranza, hasta que en un momento son olvidados.
¿Estoy un poco loco?
Mis padres murieron en la década pasada, y como todos con nuestros mayores tengo por ellos el mayor de los respetos, y el cariño inalterable, como si estuvieran aquí y ahora, entre nosotros.
¿O en realidad siguen estando?

Volver.
Hay personas que eligen ir regularmente a recordar a sus seres queridos fallecidos donde descansan eternamente, pero no es mi caso. Podré alguna vez que otra hacerlo, pero en general prefiero otra manera, creo que bastante particular: dos o tres veces en la semana, en esas caminatas que recomiendan que todos debiéramos hacer por una cuestión de salud, lo que hago es pasar por la vereda de lo que era la casa de mis viejos, la de mi familia. Mi casa. Mi casa y el barrio… sus calles, su gente y sus aromas. Insisto, tal vez alguien podrá pensar que estoy un poco loco… creo que no es así, pero qué importa.

¿Quién sacó las moras?
Camino mirándolo todo… y de entrada advierto al llegar a ese sector de la ciudad -del otro lado de las vías-, que ya no están las plantas de moras, ni las veredas en derredor de la estación se presentan teñidas de violeta por las frutas pisadas por el paso de la gente… que los baldíos de la playa del ferrocarril dejaron de ser yermos -aunque alguna vez estuvieron cubiertos de montañas de estibas de bolsas de cereal, y se veían también diseminados entre las vías enormes galpones de chapas-, y en cambio ahora se levantan -del otro lado, sobre el sector norte- varios edificios escolares.

Los que faltan. ¿O no?
Pero tampoco están los viejos vecinos, ni don Tessio -el eterno chofer de los Werner, al que don Emilio le regaló un hermoso y reluciente Mercedes Benz negro modelo 55-, ni están sus hijas; ni doña Otilia Tevez, ni el Gordo García (el enfermero), ni mis tíos (todas las familias Vega vivíamos allí: papá Mario, Cacho el ciclista, Julio y Rebeca, fallecida hace poquitos días); y faltan también Cutín Pérez y su carpintería, y Rolando Weigun y su colectivo que viajaba semanalmente hasta Telén. ¿O en realidad permanecen por allí?
Los que sí efectivamente quedan de los antiguos pobladores son René Samper (el electricista); Miguelina (la maestra); “Cuchuflito” Lambert (Horacio se llama, pero mi papá lo apodó así no sé por qué). Los demás son más “nuevos”, y en algunos casos apenas si alcancé a conocerlos.
Un poco más allá sigue Terete Domínguez, que él sí los recuerda a todos, que nunca los olvida y los menciona cada tanto en algún poema.
Recorriendo lentamente, con mi mente dando espacio a imágenes de lo que ya no es, puedo decir, como canta Julio Sosa, “cada cosa es un recuerdo que se agita en mi memoria…”.

“Mi” casa.
Ya lo dije, recorro frecuentemente las calles de “mi” barrio, y paso siempre por “mi” casa. Porque sí, porque siempre será la casa de mis viejos, de mi familia. “Mi” casa. Aunque ahora, en vez de un desteñido cartel que decía “Imprenta Vega”, se vea una placa reluciente que reza “Estudio Contable Villa”.
Sonrío al acordarme que alguna vez que pasé mirando hacia adentro -tratando de ver lo que quedó de mi casa paterna-, una persona advirtiendo mi presencia salió presuroso a ver quién era, y qué quería (¿pensaría que era alguien que observaba para después volver a robar? Tal vez). Al reconocerme me saludó y me invitó a entrar y ver cómo estaba todo.
Y acepté el convite, ansioso: la casa está modificada -bastante-, pero ahí está… la habitación de mis padres, allá la de mi hermana, y esta era mi pieza… El amplio comedor convertido en una gran oficina, y luego lo que era la cocina. ¡La pucha! No me resulta fácil aceptar que todo cambia, que los recuerdos de nuestra vida de ayer van quedando solo en eso. Que se tornan vagas reminiscencias de formas que ya no son, de aromas que no se sienten…
Por estos días -hace poquito nomás- me encontré con el contador Villa -hoy el nuevo dueño de la propiedad- y me contó que el terreno del fondo (eran 50 metros) tiene ahora un depósito, y que casi nada queda de ese espacio que era mi canchita de fútbol en mis tiempos infantiles. “Andá cuando quieras a ver cómo está todo”, insiste en estimularme, y no sé si me entiende O quizás de verdad creerá que estoy un poco loco.

Esas calles.
Y qué quieren que le haga. Si es lo que siento. Es lo que me sale, volver, andar mis calles, la de los serenos cielos celestes de aquellos barriletes -cielos que ahora casi no miramos-, las de las calles desiertas y silenciosas de algunas frías madrugadas que andábamos en barra volviendo del centro que nos quedaba -a los de allá-del otro lado de la vía…
El barrio de mis primeros y candorosos asombros; el que conserva la herencia inmortal de mis mayores…
Hoy, cuando vamos presurosos por la vida, buscando quién sabe qué trofeo que nunca nos darán, encuentro en aquellas caminatas el sosiego que me falta. Porque -no sé si les pasa a los demás-, estamos apurados sin saber dónde vamos, sin darnos cuenta, al cabo, que la vida es otra cosa. En mi barrio de ayer no había alcohol, ni drogas, ni robos, ni arrebatos. De verdad, no los había. Alguna que otra pillería… más travesuras de muchachos que otra cosa.

¿Y entonces?
No sé cómo empecé esta nota… y confieso que no sé muy bien para dónde tengo que ir. Lo que sí tengo es la certeza que la de Jujuy 257 siempre será “mi” casa, aunque los papeles -una vulgar escritura- dicen otra cosa. Porque allí permanecen los duendes de otros tiempos, los eternos, los que nunca permitirán que los amados se vayan del todo… persisten misteriosamente en el aire de esos patios que retienen el bullicio de los pibes, y el rumoreo de los mayores. Sí, es “mi” casa.
“Vecina, no me haga caso, ni mire con desconfianza, si hace rato que la paso parado frente a su casa.
Al verla a usted me parece que está mi mama en la reja, porque esta casa era mía, cuando era mía mi vieja”. (Letra del tango que interpreta magistralmente Julio Sosa)
Expresé antes que alguien dijo que la segunda muerte es el olvido… y no quiero que suceda con quienes quise tanto, y con las cosas y lugares que aún amo y añoro… Por eso estas líneas, aunque sea para prolongar las reminiscencias… al menos mientras pueda hacerlo. Por qué no!
Perdón señor/a. Solo perdón… No volverá a suceder.