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Adiós al canillita de la Terminal

FALLECIÓ EDUARDO BERTELLO: VENDIO DIARIOS POR MÁS DE 30 AÑOS

En esta ciudad, y en casi todas, hubo siempre personajes mirados con simpatía, y ciertamente es lo que pasa con los canillitas. Algunos hicieron ese trabajo por años. Eduardo Bertello era uno de ellos.
Desde su esfuerzo cotidiano, desde su humildad, con la consecuencia del trabajo de canillita, ha sido un verdadero personaje de la ciudad. De esos que -invariablemente- convocaban la mirada del transeúnte común, o del automovilista que acertara a pasar por esa esquina.
Domingo Eduardo Bertello falleció esta semana, después de permanecer internado por una enfermedad que lo tuvo a maltraer desde hace varios meses, y su deceso provocó desazón entre sus colegas vendedores de diarios. Porque Eduardo ha sido un tipo singular en esa actividad.

Personaje de la calle.
Era habitual verlo ir y venir entre los autos, corriendo hacia un lado, después hacia el otro cruzando de vereda, diciendo algo que los demás parecían no comprender, y de vez en cuando acercarse a un auto que bajaba su ventanilla.
Quizás podía aparecer algo excéntrico por su forma de moverse… se lo podía ver en ese lugar todos los días del año, con frío o calor, con viento y lluvia.

Dieciséis hijos, nada menos.
Siempre se mantuvo firme, estoico, sabiendo que de su trabajo diario dependía el sustento de una familia numerosa.
¿Numerosa? Numerosísima…!!! Cómo que con Lidia Beatriz Cejas -su compañera de toda la vida, 47 años juntos- tuvieron nada menos que 16 hijos y habían sumado ya el nieto número 27. Alguna vez ambos contaron que tres de ellos fallecieron -una chiquita en un accidente en Trenque Lauquen-, y naturalmente a esta altura los hijos mayores han hecho sus propias vidas.

Parada en la Terminal.
Tuvo su tradicional parada en calle Corrientes, en la vereda de la Terminal de Ómnibus, y ha pasado días enteros en esa esquina. Siempre acompañado por Lidia -que hoy continúa allí con sus hijas más pequeñas-, ofreciendo al caminante pero sobre todo al automovilista los diarios y las revistas que tenía ubicadas en el escaparate del kiosco de madera que alguna vez le entregaron.
Su parada ha sido -lo es todavía- un lugar populoso como pocos, porque allí convergen la terminal, una oficina de taxis, y diversos comercios entre los que se destacan un par de bares y lugares de comida.

Yendo y viniendo entre los autos.
Era normal verlo entre los autos que iban y venían todo el día, con la gente caminando presurosa en derredor, y algún perro vagabundo que se paseaba perezoso…
Cuando despuntaba la jornada Eduardo colocaba, simplemente, dos maderas para armar un exhibidor, y disponía un par de sillas, que sólo de vez en cuando iba a utilizar. Así, durante años, comenzó su tarea de cada mañana.

Lidia, la mano derecha.
El canillita era no sólo él, sino que toda la familia colaboraba con el trabajo, empezando por Lidia quien era obviamente su mano derecha… y un poco más. Hasta que fue ella -ante la enfermedad de Eduardo- quien debió hacerse cargo de todo.
Los dos llegaron de Salliqueló -Eduardo había vivido un tiempito en Trenque Lauquen-, luego el matrimonio pasó por General Pico, vivió en una quinta para el lado de Toay, hasta que pudieron construirse su propia vivienda en calle Santiago del Estero.
Lidia en alguna conversación con un cronista de este diario confesó alguna vez que sólo pudo hacer hasta segundo grado.

Eduardo «leía todo».
Eduardo fue quien la ayudó «y mucho». Agregó que él «era muy inteligente, leía todos los diarios que llegaban a su parada y estaba siempre informado».
«Yo no tengo tiempo, porque salgo temprano de casa a repartir… en tanto Eduardo se queda un poco más y va levantando las chicas para que vayan a la escuela. Cuando yo vuelvo, a eso de las 7, ya más o menos está todo acomodado para ir a la Terminal», narró esa vez la misma Lidia el modo en que durante años se arreglaron para atender su puesto de diarios, y además encargarse que a sus hijos no les faltara nada.

Problemas auditivos.
Alguien que en un momento se hubiera cruzado con este canillita de tantos años puede haber pensado que tenía algún tipo de dificultades, porque farfullaba palabras, y por momentos su decir se tornaba ininteligible. Lo cierto es que sí, tenía problemas de audición, y por eso era probable que se le hablara y él contestara con algo que nada tenía que ver con lo que decía su interlocutor.
Pero era un hombre absolutamente perspicaz e inteligente. Usaba un audífono pero a veces se lo sacaba de los oídos porque los motores de autos y motos, y el transcurrir de la ciudad, se le volvía un sonido que le resultaba difícil de soportar, y por eso prefería utilizarlo solamente en su vivienda.

Sin descansos.
Se lo podía ver ataviado de campera, pantalón claro y una infaltable gorra que lo acompañaba siempre. Era un laburante de todos los momentos, y por eso no dudó en ubicar otro puesto de diarios y revistas sobre Avenida Spinetto, casi Neuquén.
Hasta allí extendió su actividad, que no sabía de descansos porque solamente unos pocos días al año puede un canillita quedarse en casa: «Es un trabajo que no da respiro, porque hay que venir todos los días… Salvo en Navidad, Año Nuevo y el 1º de Mayo… después, truene, llueva o el sol nos esté matando tenemos que estar», explicó Lidia.

Aquellas noches de invierno.
Recordó que muchos años con su esposo pasaron noches sin otro refugio que las estrellas -cuando todavía no tenían el kiosco de chapa-, y «era una época que buscábamos los diarios a eso de la una o dos de la mañana, y ya nos quedábamos hasta que amanecía… en verano más o menos se zafaba, pero en invierno era duro, muy duro… apenas un cafecito, y aquí amontonándonos para que el frío pegara menos», rememoró Lidia.

Canilla por décadas.
Pero no importaba más que vender diarios porque significaba el sustento de la familia… y allí estaban, firmes los dos, en los últimos años acompañados por algunas de las hijas menores. Sin que importara el clima ni ninguna otra circunstancia… había que vender diarios. Porque eso es lo que hicieron durante décadas.
Eduardo y su esposa lo llevaron adelante por más de 30 años, sabiendo que era el recurso que permitiría que sus chicas tal vez pudieran estudiar porque «así pueden tener un futuro».
Hace algún tiempo la salud del hombre empezó a flaquear, y obligó a que debiera ser internado, hasta que el fin de semana se produjo su deceso.
Se fue uno de esos canillitas que fueron de alguna manera un símbolo de otra época… de esos que -de alguna manera- resultaban parte de un paisaje cotidiano de la ciudad.