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Alfredo, en su partido más difícil

Le faltó una materia para ser médico. Dejar fue una difícil decisión que pocos podrían entender. Jugador de fútbol, DT exitoso, es profesor de Dibujo y Pintura, y también Profesor Superior de Piano.
MARIO VEGA
En nuestro transcurrir somos en general como hojas al viento… A veces pensamos en adoptar expresas decisiones, en ir con nuestras vidas hacia determinados lugares y al final… suele suceder que eso no ocurra y que finalmente debamos adecuarnos a otras situaciones y escenarios.
El destino siempre incierto nos puede llevar por caminos muy distintos a los que, pensábamos, habíamos decidido. Ya lo dice Ortega: «El hombre es él y sus circunstancias». Y vaya si tenía razón.

Los caminos de la vida.
Cuando aquel día este señor, que ahora está sentado frente a mí en el living de su casa, se subió a un micro para regresar a La Plata, a rendir su última materia de Medicina, iba a tomar una decisión que cambiaría su vida… para siempre. Un poco dando razón a ese aserto de que muchas veces pensamos que vamos dónde queremos, pero admitiendo que puede pasar también que -impelidos precisamente por las circunstancias- concluimos en tomar un camino diferente.
El hombre estaba trepado al Chevallier, y tomó una decisión trascendental: «No, no viajo. Tomá, te dejo el boleto pero no viajo…». El chofer sorprendido tomó el pasaje y vio como esa persona se perdía entre el gentío de la terminal, en esa noche de un viernes como tantos en Santa Rosa.

Conociendo a Alfredo.
Alfredo Helio Sauro (64), sabiéndolo o no, había elegido: iba a darle un giro trascendental a su destino. Hasta ese momento llevaba adelante una carrera universitaria sin sobresaltos -se diría que con excelentes notas- y el objetivo quedaba allí, a la vista. Estaba a un tris de ser médico… pero aquella misma noche tuvo la certeza que no regresaría nunca más para culminar sus estudios. Que llegaba el momento de iniciar una nueva vida.
Conocí a Alfredo a través de coincidir en esa pasión que algunos tenemos por el fútbol -aunque como en mi caso si bien jugué le dediqué mis mejores horas de deportista a otra disciplina-. No obstante desde el instante inicial percibí que hay muy pocos personajes que puedan tener su grado de chifladura cuando se trata de hablar de una pelota… y todo lo que lo rodea. Y esto, obvio, dicho en el mejor de los sentidos.

Loco por el fútbol.
Hincha de River, es más que aficionado un loco por el fútbol. Pero además una persona que está siempre dispuesta para dar una mano allí donde lo precisen, y ya se comprenderá que tengo motivos para sostenerlo (ver aparte: «Un gesto inolvidable»).
Poco a poco Alfredo se fue convirtiendo en un referente del fútbol de nuestro terruño. Con sus más y con sus menos… que los tiene como los tenemos todos, aún aquellos que se crean más perfectos.
Cuando arribó por aquí no muchos creían que era «casi» médico, aunque más tarde lo iban a certificar algunos que sí llegaron hasta el final de la carrera, como «Flecha» Leones y Juan Carlos Toulouse, que cursaron más o menos en la misma época.

El hombre de Ascensión.
«Me llamo Alfredo Helio, con ‘H’, como en la tabla química de elementos… y soy de Ascensión, que era una estación de trenes… Está ubicada en el noroeste agropecuario de la provincia de
Buenos Aires. Mi padre se llamaba Edilberto Alfredo (falleció en 2014), y mi madre Beatriz Sánchez, de 84 años que aún vive en Junín; y también está allí mi única hermana Alejandra (59), a quien una dura enfermedad diagnosticada en el inicio de su juventud le dijo ‘no disfrutes la vida’. Allí vivían, en mi pueblo, mis abuelos paternos, Fidel, pero que era ‘Don Alfredo’ para todos, y Rosa, inmigrantes italianos, que tenían una amplia casa en un predio de más de dos hectáreas», rememora.
Agrega que en una de las esquinas estaba el Club Juventud Unida, «donde papá fue jugador, entrenador y presidente».

La enfermedad de Alejandra.
La charla se torna desordenada y va y viene entre los recuerdos de Alfredo, que no puede evitar emocionarse a cada instante. Ya estudiaba Medicina cuando algo sucedería e iba a trascender de gran manera en su vida. Le duele hablar sobre el tema, pero no lo evita: «Tenía encaminado el estudio, pero apareció un contrapeso enorme: el diagnóstico duro de la enfermedad de mi hermana hizo estragos en su salud y en el seno familiar… destruyó sus sueños y deterioró su calidad de vida. En la familia lo que era armonía se desarticuló con consecuencias negativas. Ningún recurso en ese momento parecía suficiente», recordó.
Cuando el grupo familiar de sus padres y hermana empezó a deteriorarse -precisamente por el mal que aquejó a Alejandra-, Alfredo la peleó y tuvo a quien aferrarse ya en La Plata.

Silvia, una luz en el camino.
En aquellos momentos ingratos apareció su compañera como un bálsamo para calmar tanta desdicha… «Creo que siempre hay una luz en el camino… Y yo conocí a Silvia Puente, santarroseña, quien mientras buscaba la posibilidad de ingresar a la Facultad para ser Instrumentadora Quirúrgica trabajaba en una tradicional librería platense, ‘Juvenilia’. Nos pusimos de novios y empezamos a convivir, nos casamos y hace 39 años que estamos juntos».
Y sigue contando: «Tenemos tres hijos, María Florencia que es administradora de empresas y tiene a Sofía (9) y Victoria (5); María Eugenia, es auxiliar de enfermería, cheff y trabaja como empleada en la estación de servicios del cruce de Winifreda, y tiene a los gemelos Mateo y Thiago (12), y a Martina (4). Y luego viene Nicolás, que es profe de educación física, es docente en General Pico y juega fútbol en la primera de Independiente», puntualiza Alfredo.

La vida en Ascensión.
Le gusta y es preciso para contar su vida en el pequeño pueblo que al principio fue solo una estación ferroviaria, «Tuve una infancia plena de afecto y juegos… Entre calles de tierra, árboles, trenes de cargas y de pasajeros que circulaban, barriletes, juguetes inventados y oxígeno, mucho oxígeno… Los pajaritos huyendo de nuestras travesuras y por supuesto: la pelota… siempre la pelota, a la que dormía abrazado soñando alguna hazaña deportiva», rememora.
«De vez en cuando voy a Ascensión porque todavía me quedan tíos y primos y amigos… En el pueblo vivían también mis abuelos maternos, Manuel que alguna vez tuvo uno de los dos taxis del lugar; y Florinda, bella dama descendiente de vascos-franceses. En su vivienda mis padres construyeron ‘Casa Alhesa’ (Alfredo Helio Sauro), en alusión a mi nombre… puede decirse que eran prósperos comerciantes dedicados a la venta de artículos del hogar, a lo que se anexaba disquería, juguetería, regalería y bazar según fechas significativas», evoca.

Los estudios.
Alfredo continúa narrando y dice que «el pueblo también era el colegio, el Instituto Nuestra Señora, privado, mixto y con orientación católica, y allí hice desde jardín hasta terminar el secundario para ser bachiller. Pero además tuve otras posibilidades, y por eso soy profesor de Dibujo y Pintura y Profesor Superior de Piano», completa.
El secundario «fue el momento de las primeras salidas, los ‘asaltos’, la concurrencia a los boliches de la zona, los bailes; pero también de practicar otros deportes como atletismo y vóley en los intercolegiales».

Abuelo manosanta e inspirador.
Menciona una cuestión especial que tiene que ver con su abuelo paterno: «Era increíble: tenía algún don con propiedades curativas, de lo que ignoro si tiene explicación racional, pero sé que benefició a muchísima gente y creo que inspiró mis estudios posteriores».
Deduce que la idea de ser médico le surgió al sentirse ávido «de desentrañar y darle forma científica a la fantástica capacidad de mi abuelo paterno, Don Alfredo, al que vi realizar cosas que hacía que no parecían tener explicación… No había estudiado, pero sabía perfectamente la ubicación de cada órgano, donde estaba el hígado, el páncreas, el bazo… todo. Me llamaba la atención que venían micros con gente a hacerse atender con él… siempre recuerdo que en el pueblo estaba la hermanita Elvira, una religiosa joven que tenía graves problemas en su piel. Creo que sería soriasis… la cuestión es que mi abuelo la citó un día y le dijo que se iba a curar… ‘ya vas a ver en dos meses’, lo escuché decir… y la verdad es que al tiempo era impresionante ver la sonrisa de la hermana Elvira, feliz con la lozanía de su piel. Y de esas cosas muchas… Un verdadero misterio, difícil de entender», admite.

Compañeros hasta el final.
Y sigue: «Algo debe haber tenido que ver todo eso… fueron varios años en La Plata de incontables horas de estudios, cursadas, y aprendizaje teórico-práctico que me llevaron a ser uno de los egresados de la Promoción 1980 de la carrera de Medicina de la Facultad de Ciencias Médicas. Y por supuesto nunca olvidaré el momento de recibir la medalla de manos del doctor Frutos Ortiz, que aún vive; y la gran fiesta animada por Fernando Bravo».
En esa camada, entre muchos otros estaban Eduardo «Flecha» Leones, Miguel Marino (vive en Macachín), Edmundo Poggi (Victorica), Jaime Rivera (muchos años vinculado a Ferro de General Pico) y Adriana Gellemur (fallecida). «Con todos ellos nos conocíamos en La Plata… recuerdo también tiempos de aprendizaje en instituciones públicas y privadas y una designación que ganamos por concurso en Sanidad de la Universidad junto a Juan Carlos Toulouse», hoy conocido médico forense en Santa Rosa.

Llegada a Santa Rosa.
Al volver sobre aquellos tiempos, Alfredo señala que frente al departamento donde vivía, en la ochava de 2 y 57, «a sólo unos metros estaba el Centro de Estudiantes Pampeanos. ¡Cuánta y qué buena gente conocí allí! En el primer piso de mi mismo edificio vivía el Pato Mac Allister… todavía recuerdo su alegría cuando lo citaron por primera vez para jugar en la quinta de Estudiantes de La Plata».
Después pasó lo que pasó y junto a Silvia llegaron a Santa Rosa.

Le quedó la última materia.
«Todo aparecía cada día más duro en La Plata, pero igual vender todo allá significó un golpe importante. Cuando nos vinimos me faltaban rendir finales de Toxicología, Clínica y Pediatría; y de un saque rendí las dos primeras…; pero cuando iba a viajar para cerrar mi ciclo universitario fue que le dije al chofer que no viajaba. Esa noche salí con un bolso caminando desde Leguizamón y Emilio Civit, donde estábamos viviendo con Silvia, y ahí me decidí: ‘Tomá, no voy a viajar’, le dije al colectivero dándole el pasaje… Y me quedé. Fue una de las decisiones más importantes de mi vida», expresa.

La adaptación a Santa Rosa.
«Fue una elección… sí. Pero después de esa decisión aquí todo empezó a fluir: vino el trabajo en Deportes de la Municipalidad; el empleo de Silvia en el Jardín Maternal del Hospital Lucio Molas, la crianza de los hijos, llegaron los nietos. Y bueno, la adaptación a las aguas calmas de una ciudad que uno aprendió a querer. Mi vida en Santa Rosa es muy simple… mi casa es mi lugar en el mundo. Tengo una gran relación con mi esposa, los hijos grandes y encaminados, los nietos. Están siempre mis amigos de la infancia y la adolescencia, Pepe, El Turco, Oscar, de la Promo ’73… los de la juventud: Marcelo Zozaya, Vara, Pato Mac Allister, Juan Toulouse, el profe Beto Molina, Oscar Di Benedetto, Eduardo Rodríguez, Horacio Germignani, Roberto Forestier, Susana Retorto, Alicia De Prinzio… por suerte muchos y no los puedo nombrar a todos…», puntualiza con tranquilidad.
Y sigue Alfredo: «Sabés… me parece que siento que de esa manera, al quedarme, aunque no concluyera la carrera, gané el campeonato más importante de mi vida: y que es esta hermosa familia que construimos con Silvia», reafirma.

Lo que viene.
Desde mediados de mayo Alfredo está sufriendo un importante problema de salud. «Me sorprendió… fue lamentablemente como reacción a una vacuna que me coloqué: el sistema de defensa de mi organismo atacó por error parte del sistema nervioso periférico. La marcha inestable, el entumecimiento de pies, hormigueo de las manos pusieron de manifiesto el inicio de la afección. Me trataron rápidamente en forma intensiva con inmunoglobulina; y ahora estoy en proceso de rehabilitación que espero, lleve el tiempo que lleve, me permita una recuperación plena… En estos casos uno siempre se pregunta ‘por qué a mí…’, pero lo cierto es que también cabe preguntarse ‘por qué no a mí’. Ya está, hay que lucharla, pensar en positivo y mirar hacia adelante…», reflexiona.

El logro más importante.
«Hoy estoy complicado… es cierto. Pero continúo teniendo sueños; y más allá de lo personal quiero que mis hijos sigan siendo felices, que mis nietos continúen creciendo sanos y con una sonrisa… Y también… envejecer con Silvia sabiendo que luchamos mucho, y lo seguiremos haciendo hasta el final…», señala.
Y deja una frase: «Sí, me digo qué bien decidí al bajarme de aquel micro y quedarme en Santa Rosa… Entre tantos campeonatos sé que obtuve el más importante: tener una hermosa familia».

Un reto difícil.
«En este difícil momento lo que quiero es agradecer a todos los que de alguna manera dijeron presente… Eso vale, y mucho», cierra.
Ha tenido otros retos importantes… en lo deportivo y en otros aspectos personales que, como quedó dicho, le dieron un vuelco absoluto a su vida.
Hoy está ante un nuevo desafío, quizás su partido más difícil… pero seguro encontrará la táctica adecuada para quedarse con el triunfo. Hinchada no te va a faltar Alfredo Helio… ¡Vamos que lo vas a conseguir!
Porque, además… allá adelante aún hay muchos sueños por cumplir…

Un largo recorrido con doble función.
Alfredo Sauro tiene un larguísimo recorrido en el fútbol, tanto como jugador como entrenador, y también en calidad de capacitador en la Escuela de Técnicos de La Pampa.
Como futbolista debutó siendo un pibe en la primera de Singlair en su pueblo; y luego en Arenales FC donde conseguiría su primer título. Ya afincado en La Plata pasó por Everton y Deportivo; en las formativas del Lobo platense se dio el gusto de disputar con Gimnasia un triangular donde participaban el Ferencvaros de Hungría y Nueva Chicago. Ese día los chicos locales -Mércuri, Roselli, Gottfrit, Rifourcat, Tempesta y Pedrazzi- estaban reforzados con el «Pipa» Higuaín (el padre del «Pipita»), Sergio Marchi y el «Potro» Domínguez.
Sauro jugó además en otras ligas, la de la Costa en Cosme Argerich de San Clemente del Tuyú, Deportivo Arroyocortense en Coronel Suárez y un regional con Ferro de Dolores. «Todo servía para juntar unos pesos y costear los estudios», señala.
Ya en Santa Rosa el acercamiento a General San Martín en 1987 -en el medio un paso por All Boys en el Regional-, y el primer título para el club de la Villa, dueño de una rica historia en la Liga Cultural. «Le ganamos a All Boys 3 a 1 en su propia cancha», rememora Alfredo.
Al final un breve período en Sarmiento (subcampeones en 1991), y a partir de ahí el comienzo de su carrera como entrenador.
Cabe preguntarse: ¿Cuántos entrenadores que ganaron el Provincial de fútbol hay, entre cientos que dirigieron? Serán quizás una decena… y entre ellos Alfredo Helio Sauro, campeón con Alvear FBC en 2009, después de haberse impuesto ese mismo año también en la Liga Pampeana.
Había comenzado su carrera de entrenador en 1992 en el Deportivo Winifreda -donde estuvo más de una vez-; y también dirigió a Independiente de Santa Rosa, a All Boys (ganador de la Zona Centro en 1996); fue campeón de la Liga Cultural con General Belgrano en 1997 después de 10 años (y en ese momento también condujo el equipo en el Torneo Argentino A).
Hay que recordar que como DT también se desempeñó en Unión de Riglos; Luz y Fuerza; Mac Allister; Sarmiento, All Boys de Trenel; Deportivo Argentino de Quemú Quemú; Pampero de Guatraché; y Atlético Santa Rosa.
Al pedírsele nombres de jugadores acepta, «aunque voy a ser injusto con muchos… De los que jugué o dirigí elijo para ir a cualquier cancha a Daniel Pérez, Vasco Beascochea, Luis Santillán, Luis Arbinzetti, «Chino» Bassa; la calidad de ‘Pali’ Rosiere, Darío Aguilera, ‘Tapón’ Barreiro, la potencia de Marcos Ares y el liderazgo de Franco Pagella», sintetiza.
Alfredo también mencionó «los buenos momentos» vividos en los Torneos de Profesionales, al frente de los equipos de Contadores y también de Periodistas.

Un gesto inolvidable.
Hace tiempo mi madre, Evelia, enfermó y estuvo postrada varios meses hasta su fallecimiento. No era fácil asistir cada día a un desmejoramiento en su salud, aún cuando se mantuvo lúcida prácticamente hasta el final, sabiendo exactamente desde el principio qué estaba pasando.
En esas circunstancias, Alfredo Sauro quiso conocerla… Quizás por sus conocimientos sobre medicina, tal vez porque tuvo tacto para tratarla, se convirtió en una persona importante para mi madre: «Ahí llegó mi amigo…», nos decía cuando le decíamos que él estaba allí para charlar con ella. Y Alfredo fue un día, dos, tres… y todos los que pudo durante varios meses para conversar… para alegrarle algunas de sus últimas horas a mi madre. Esos gestos son sin dudas imposibles de olvidar.