Amílcar Fiorucci, el cantor de Lonquimay

EX INTENDENTE, MUSICO, COLECTIVERO, BANCARIO, JUGADOR DE FÚTBOL, TRABAJADOR RURAL

El próximo sábado 16 de junio, el Lonquimay Club será escenario de un acontecimiento muy especial: Amílcar Fiorucci, el músico hijo dilecto del pueblo, presentará su disco “Antes que pierda la voz”.
MARIO VEGA
En cada pueblo, en cada ciudad, hay vecinos que merecen una consideración especial de sus compueblerinos… Tipos que tienen una personalidad que los distingue, porque son reconocidos como personas que -tal vez sin proponérselo- van ocupando roles que los tornan en gente querida, respetada y, de alguna manera admiradas.
Es que son los que se suelen definir como “hombres-orquesta”, esos que pueden hacer un poco de todo, y un poco más.
Lonquimay es una pequeña localidad, ubicada a pocos kilómetros de Santa Rosa, sobre la ruta nacional n° 5, y tiene unos 1.600 habitantes. Una tierra de sosiego, con moradores que tienen las costumbres bucólicas de la gente de pueblo.
Pero aún en sitios tan tranquilos y sencillos como esos, hay gentes que muestran un espíritu especial, que son inquietos y que siempre están pensando en hacer cosas. Y vaya si la historia de este musiquero, guitarrero y cantor, merece ser conocida… Si casi se puede decir que no le faltó hacer nada en la vida… aún cuando conserva todas las ganas de continuar con sus iniciativas que parecen inagotables.

Trabajador todo terreno.
Trabajador rural, chofer de un micro escolar, bancario, locutor de radio y presentador de cuántos festivales musicales se organizaran en la zona, jugador de fútbol, compositor y autodidacta guitarrero. Y por si faltara algo, como para completar semejante currículum, intendente de Lonquimay.
No se podrá decir que no ha hecho, y mucho, Amílcar. Aunque en un momento de la charla se pondrá un poco más serio para confesar que algo le faltó a su vida…
En una semana, el sábado venidero, cuando presente su trabajo, el disco “Antes que se me vaya la voz”, Amícar Fiorucci celebrará además sus 65 años. Una historia de vida que estuvo jalonada de trabajos diversos, pero que tuvo siempre atrás -¿o adelante?- como estandarte y sostén la música… un montón de actividades, pero siempre el canto y la guitarra, que lo llevaron a hacerse ampliamente conocido, incluso más allá de los límites de su comunidad.

La familia, la vida en el campo.
Cuenta con entusiasmo detalles de su transcurrir, desde que nació en Santa Rosa -donde llegó su madre para atender su parto-, aunque siempre vivió en Lonquimay. “Mi madre era Emma Palmieri, que nació en 1920 en la vieja Estancia “La Gaviota”, en cercanías de Uriburu; y mi padre Nazareno Fiorucci, que nació un año más tarde en La Gloria… así que siempre fuimos de la zona”, precisa.
Tiene un único hermano dos años mayor, Ariel Nazareno, y agrega que su papá “era tornero, y llevaba consigo una enfermedad que derivó en su fallecimiento a los 33 años en 1954. Yo tenía nada más que 1 año y medio, y lo cierto es que no recuerdo de él, por más que haga esfuerzos con mi mente. Mamá siempre fue ama de casa y cuidaba de nosotros en esa doble tarea de reemplazar a su esposo. Nosotros vivíamos en el pueblo, pero al fallecer mi padre nos fuimos a vivir a la chacra de mi tío Héctor, hermano de mamá, junto con nuestra abuela materna… el campo quedaba a unos 4 kilómetros de Lonquimay. Por eso en épocas de clases nos quedábamos en casa de nuestra abuela paterna en el pueblo, hasta que nos venían a buscar, a veces en sulky, mas adelante en una ‘chatita’ Chevrolet de esos años que mi tío había comprado”.
Amílcar hoy dice que “siempre rescato mi infancia como lo más lindo de mi vida. Mi inocencia no me hacía notar la falta de mi padre, y porque además mis familiares estuvieron a cada instante acompañando y ayudándonos a mi madre y a nosotros. En el año 1964 ya nos vinimos a vivir al pueblo, aunque yo siempre añoraba la vida de campo como me pasa aún a pesar de tantos años que han pasado”.

Despuntaba el cantor.
¿Cómo nació el cantante y guitarrero? “Cuando tenía 4 años me llevaron a operar de la garganta a Buenos Aires, y en una kermese de la Sociedad Italiana de Ciudadela -lugar donde estaba la mayor cantidad de mis familiares- canté el tango ‘Fumando espero’. Siempre me gustaba cantar y con mi hermano hacíamos dúo en las fiestas de la Escuelita n° 35 con canciones que aprendíamos de lo que escuchábamos en las radios, o que leíamos de la vieja revista ‘Folklore’ que coleccionábamos gracias a un regalo de Reyes. Fue en 1965 que me regalaron una guitarra. Y aprendí solo: nunca estudié música ni canto, y tampoco fui a educar mi voz”, revela.

Los primeros grupos.
Tiene una memoria prodigiosa, y rememora que en 1966/67 “teníamos un grupo que se llamaba Las voces de Lonquimay, que integrábamos mi hermano Oscar ‘Chino’ García, Miguel Carnicelli, a veces se sumaba Daniel ‘Sapo’ Cañada y yo. Actuamos algunas veces en fiestas locales… más tarde un cordobés, Orlando Ferreyra, que había venido con sus hermanos a ‘hacer la bolsa’, a levantar las cosechas -y que formaron sus familias aquí-, me ayudó a conocer más cositas de la guitarra… él me acompañaba en las nuevas salidas a cantar, y lo que más recuerdo de aquella época son las noches de serenatas a fin de año, y lamento que se hayan perdido con el pasar del tiempo”.

Amílcar solista.
Después cuenta que se largó “solo con la guitarra. Los solistas de antes eran así, porque ahora un músico aunque se diga solista tiene una ‘banda’ de músicos detrás… Participé en las salidas que podemos llamar ‘a la recíproca’ cantando en peñas. Era una forma de organizar, uno iba a cantar y cuando se hacía algo en tu pueblo venían cantores de los otros cercanos y devolvían esa atención… era parecido a como se llevaba a cabo con el fútbol en los amistosos entre los pueblos de la zona”, repasa.
Por supuesto Amílcar no dejaba de participar en las peñas de Santa Rosa y los grupos de ‘Brazas de Tradición’ de Riglos, ‘Caldén Seco’ de Anguil y ‘El Alero’ de General Pico”.
Sería con “El Alero” que habría de ganar, en 1974 el Festival de Artistas Pampeanos en General Pico, y pasó a ser uno de los integrantes de aquella ‘Embajada de la Peña El Alero’ que tantos escenarios de la provincia y del país recorrió… “tuvimos mucha actividad desde ese 1974 al 2000… y es una lástima que eran años en que no había tecnología como la de ahora, como para registrar más comentarios, grabaciones o fotografías. ¿Si viví del canto y la guitarra? No, nunca… mi ganancia, por decirlo así, fueron los lugares, escenarios, personas, costumbres, etc., que pude conocer a través del folklore. Es el mejor tesoro que se puede tener, y que nadie te lo puede quitar, el que nunca lo podes gastar, el que se guarda en el corazón…”.

Ganador en Laborde.
Por todos lados andaba Amílcar con su música, y no había peña o festival al que le errara. Por eso, en 1985 habría de participar en el Festival Nacional de Laborde, Córdoba. “Ahí tuve la suerte de ganar el Primer Premio, y recuerdo que me tocó definir con Fabián Monges, uno de los hermanos de Aldo Monges… Esa vez interpreté un tema mío con ritmo de huella. Sí, tuve la suerte de andar mucho, pero siempre digo que fui un colaborador -y lo sigo siendo-, cantando o como en estos últimos tiempos haciendo locución en muchísimas fiestas y siendo por años en algunos festejos de renombre el presentador oficial”, agrega no sin cierto orgullo.

Colectivero, bancario…
Vuelve atrás con su memoria y evoca que hizo la escuela primaria, pero el secundario en Catriló sólo hasta segundo año… “porque prefería el campo. En aquel momento me habían comprado una bicicleta, que todavía tengo, y todos los días iba a trabajar a esa chacra donde pasé mi infancia. ¿Sabés de qué me acuerdo clarito?”, dice y se contesta: “Tenía 14 años, y abandoné la escuela justo el día que un tornado dejó al salón de Lonquimay Club en ruinas…. Sí, de esto hace 50 años, porque fue el 13 de marzo de 1968”, precisa.
Fue a partir de 1976 que empezó a trabajar “de chofer del colectivo que llevaba a los estudiantes del secundario a Catriló. Por las mañanas seguía yendo al campo y en verano, en las cosechas, hacía de carrero trabajando con Omar, Rubén y Jorge Visbeek, en tiempos que ya había empezado la cosecha a granel”.
No sé si lo tiene anotado en algún lado, pero su retentiva es admirable, porque cuando da un dato, ofrece también la fecha de un determinado acontecimiento: “El 16 de junio de 1978, justo cuando cumplía 25 años y el día que Argentina jugaba con Hungría, por el Mundial que se hacía en nuestro país, dejaba mis tareas de colectivero para comenzar a trabajar en el Banco de La Pampa”.
En el banco estuve hasta el 2.000, cuando me fui con un retiro voluntario”, completa.

Un hiperquinético.
Por estos días Amílcar sigue sumamente activo: cada día conduce un programa matinal en la radio municipal de Lonquimay, y hasta no hace mucho tiempo se movía cada sábado hasta Quemú Quemú para también estar presente en un espacio radial de la emisora del pueblo cercano. Pero para él no parece ser suficiente, porque desde que en la localidad se inauguró la Casa de la Cultura, se desempeña allí a pedido del intendente Luis Rogers, precisamente quien lo sucediera en la intendencia, luego que Fiorucci dijera: “En política nunca más…”.
Hiperquinético como es, naturalmente sigue haciendo de todo un poco, aunque añora el trabajo en el campo… “Casi te diría que es el más me gusta”, señala.
Hincha, obviamente, del Lonquimay Club -trabaja en la cantina de la entidad en la que su hermano tiene la concesión, y donde dicen “se come muy bien-, ayer mismo estaba manejando su auto para llevar a algunos chicos de inferiores a jugar a Embajador Martini, porque no había trafic que los trasladara.

La fiesta que viene.
El sábado venidero será un gran momento de la vida de Amílcar. Junto a sus amigos, cantores y guitarreros, y gente del pueblo y de otras localidades, será el momento de presentar “Antes que pierda la voz”, que incluye cinco temas propios, y seis de otros autores, entre ellos un tango inédito de Argentino Luna.
Se anuncia que estarán entre otros artistas invitados La Juntada (grupo de Santa Rosa y Toay), Los de Maza, y para cerrar se presentará el grupo del momento, “Abrime Marga”, que viene tomando en los últimos tiempos un gran protagonismo.
El sábado próximo el hombre motivo de esta nota cumplirá sus 65 años… y vaya el festejo que tendrá para el acontecimiento. Como para decir: ¡No te preparaste cumpleaños Amílcar! En el club de sus amores, con la música, con los amigos…

“Nunca más me meto en política”
Entre 2004 y 2007 Amílcar Fiorucci fue intendente de Lonquimay, elegido por una Junta Vecinal. Después de cuatro años que no fueron fáciles -sostiene que no recibía la ayuda necesaria de la Provincia-, el hombre decidió que “nunca más” se iba a meter en política. “No es para mí”, dice a la distancia.
“En ese momento, cuando se hablaba que yo no iba, aunque había encuestas que me daban muy bien, el Negro Rogers (actual jefe comunal) me dijo: ‘Si no vas vos, voy yo’. Y le dije que le metiera nomás, porque yo no repetía ni loco. Y nunca más”, promete, seguramente desencantado de la política.
Prefiere andar… la música, el club, la radio, la locución, los amigos… “Me gusta la locución, y me ha tocado en cantidad de fiestas y festivales presentar entre otros al Chaqueño Palavecino, a Jairo, a Norma Viola… Cuando presenté a Norma Viola pensé que era una bailarina, pero apareció una señora grande caminando dificultosamente con un bastón… estaba grande, y por ese entonces dirigía a su ballet”, rememora.
Fiorucci es autor de gran cantidad de piezas -más de 100 seguro-, y tuvo éxitos resonantes… “pero no tenían la repercusión que se puede obtener en estos días… Recuerdo que cuando gané en Laborde, en 1985, me bajé en la ruta a 1.200 metros de mi casa, caminé hasta llegar y nadie me dijo nada. Nadie se enteraba de nada porque ni teléfono había…”, se ríe.
Hoy un suceso de esa magnitud se conoce a los 30 segundos por WhatsApp.
Amílcar es, además de su amor por el Lonquimay Club, hincha de San Lorenzo. “De verdad me gusta el fútbol, y aunque era limitado jugué mucho tiempo, y hasta tuvimos la suerte de ser campeones alguna vez”, dice orgulloso. “Si me dejás definirme digo: ‘Fiorucci, fútbol y folkore…”. Si, casi podría decirse las tres “f”.¿O no?

Lo que no fue.
Amílcar Fiorucci es de esas personas que, por moverse en diversos ámbitos, siempre tiene gente en derredor. Por eso alguien podría suponer otra cosa, pero hay un detalle de su vida que lo hace ponerse serio cuando habla de eso.
“Me preguntás y te contesto…”, dice sin eludir el tema. “Confieso que tengo una deuda conmigo mismo, y que reconozco como el peor error de mi vida: es el no haber formado nunca una familia. Lo que sucedió es que cuando fracasó mi primer intento de casamiento, por eso de esperar siempre un poco más, es como que después no llegó la persona indicada. Lo cierto es que nunca pude olvidarme de ese amor, y por lo tanto tampoco pude volver a intentar algo serio de allí en más”, cierra.