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Artista callejero «flota» entre autos

El muchacho -mirado desde cierta distancia- parece flotar sobre los autos parados frente al semáforo… va y viene «caminando» ante la admiración de quienes observan la escena. Pero, observado más de cerca se advierte que en realidad -por debajo de sus pies- hay una cinta roja ubicada a unos dos metros de altura sobre la que camina haciendo equilibrio…
Lo cierto es que estamos acostumbrados a ver, en muchas esquinas de la ciudad -pasa en casi todas las ciudades- a jóvenes, chicas y varones, que hacen malabarismos con pelotas o clavas, o muestran algún otro tipo de habilidades y destrezas. Son los artistas de los semáforos.

Buenos artistas callejeros.
Hay, cabe decirlo, algunos un poco más elementales, pero otros son verdaderamente muy buenos y se merecen -casi podría decirse que se lo ganan- la recompensa que algunos conductores les entregan desde los autos.
Hemos visto a esos que subidos a una monocicleta (¿?) -una sola rueda- hacen equilibrio mientras se colocan un fino madero en la frente y encima hacen girar una pelota de fútbol… y si esos no son artistas de varieté… ¿qué son?
Muestran una destreza y una disposición física, unida a muchas horas de entrenamiento, que les permite armar un espectáculo singular y atractivo.

Caminando sobre una cuerda.
Ese es el caso de Emanuel Iriarte (25), que durante tres o cuatro horas maravilló ayer a quienes circulaban por Mitre, antes de cruzar Avenida Luro. En el semáforo ubicado sobre la primera arteria, el muchacho esperaba el momento en que se ponía en rojo para extender -cruzando la calle- una cinta de polietileno entre dos columnas. Con una agilidad asombrosa, con pericia, y con una necesaria fuerza alzaba su cuerpo para pararse sobre la fina superficie de la cuerda y caminar sobre ella…
Pero de pronto saltaba hacia el piso y se movía entre los vehículos esperando una retribución… y la verdad es que más de una mano se asomaba desde la ventanilla para entregarle al joven algún dinero.

Deportes extremos.
Emanuel Iriarte (25) vivió en el Plan 3.000 de Santa Rosa, pero anduvo por varios pueblos porque su mamá es policía y estuvo destinada en ellos.
«Somos varios hermanos… y yo el del medio. Fui a la escuela primaria, al secundario un par de años, pero no más… «¿Cómo empecé con todo esto? Bueno, siempre me gustaron los deportes extremos; y alguna vez competí en BMX; y a su vez sabía andar por allí con mi bicicleta y mi guitarra… He jugado al fútbol, claro, pero lo que me atrae más es todo esto…», dice ante el cronista de LA ARENA señalando la cinta roja que permanece en el piso, atada a una columna en tanto llega el momento -cada 3 ó 4 minutos- de volver a escena.
«Lo que hago es ‘slackline’, y empezamos con algunos ejercicios de destreza en la placita Martín Fierro con algunos amigos como Mauro y Agustín, con los que nos juntábamos e íbamos aprendiendo cosas. Pero ya con 17 años me dediqué con más ganas en Macachín… y me encanta y lo disfruto», asegura.

Muy concentrado.
Más de uno que -en auto o moto- se detiene en el semáforo donde Emanuel actúa lo felicita, y tiene palabras elogiosas para lo que hace. «Hay muchas personas que me dicen que está bueno, y no falta el que me dice que estoy ‘loco’, pero no como una forma de ofenderme sino quizás un poco admirado de lo que ve…», explica.
Ya subirse a una cinta que no es una barra fija -sino que se bambolea un poco- es todo un laburo. Pero el flaco lo hace sin dificultades, y de pronto empieza a caminar de un lado a otro de la calle -entre columna y columna, entre una y otra vereda- y nadie puede dejar de verlo. «En ese momento tenés que estar muy concentrado… Pero a veces puedo intercambiar una mirada con un automovilista y me doy cuenta que observa con atención, como que no puede creer lo que está viendo», se ríe Emanuel,

Espectáculo de un minuto.
Lo cierto es que arriba de la cinta «estás muy solo… y si te distraés puede ser que te caigas… me ha pasado, pero en general como estoy acostumbrado me raspé un poco pero nada más, porque he podido acomodar mi cuerpo en ese momento», admite.
Lo que se puede agregar es que tiene un estado físico admirable, porque en su minuto de actuación -cuando los autos paran- debe rápidamente amarrar la cinta a la columna de enfrente, subirse, hacer lo suyo -caminar de un lado a otro-, bajar corriendo, y retirarla para habilitar el tránsito.
Pero antes -desde arriba, con un gesto ceremonioso y una amplia sonrisa-, ya habrá saludado a su público: «¡Señores y señoras… que tengan una buena semana!», dirá, para luego sí caminar entre los vehículos a recibir su recompensa.
Que se nos ocurre parece ser bastante buena aunque el artista no lo quiere decir (¿pensaría que somos de la AFIP?). «Me da para vivir… para el día a día. Y haciendo lo que me gusta», completa.

Equilibrio en las alturas.
Con esa actividad se dio el gusto de visitar muchas ciudades de nuestro país, pero también estuvo en Sierras de Minas (Uruguay), Florianópolis y Porto Alegre (Brasil), aunque «la pandemia nos obligó en los últimos meses a estar un poco más quietos», admite.
Cuando el joven comenta que algo parecido hace en las montañas, -«equilibrio en las alturas, a 60-70 metros, pero provistos de un arnés, por supuesto», precisa-, se podría deducir que caminar sobre una cinta a dos metros del piso es para él un juego fácil… y redituable. «Bueno, no exageremos», pide. «Sí me da para vivir al día, para sostenerme, pero es lo que me gusta y me hace feliz», cierra y sigue con su «trabajo».

La práctica del «slackline»
El «slackline» es una disciplina en la que se pone en practica el equilibrio del cuerpo al cien por ciento. Cuenta Emanuel Iriarte que se inició en California, Estados Unidos, practicado por escaladores que empezaron a practicar con sus cuerdas colgadas entre árboles en sus campamentos allá por los años ’60.
El joven agrega que dentro del «slackline» está el «trickline» (consiste en tensionar una cinta de entre 25 ó 30 metros con tensión y hacer trucos sobre ella; en tanto el «longline» se hace sobre cintas de 30 metros que se ubican en los parques para caminar).
También está el «waterline», que consiste en colgar una cinta arriba del agua; y existen la «slackyoga» y el «highline» que se trata de hacer equilibrios en la altura entre las montañas. Lo que hago yo es «rodeoline», cinta sin tensión», puntualiza.
En el final el muchacho indica que el «slackline» -quienes lo practican- conforman «una familia que nos encontramos a compartir en eventos o juntada en cualquier parte del mundo», completa.