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Basko Inchaurraga, militante de la vida

En la etapa del sosiego es cuando se tiene tiempo para las reflexiones y es momento de evaluación. Armando «es una hermosa persona», lo definen quienes lo conocen. Un título que vale más que ninguno.
MARIO VEGA
Un ícono, un mito, una leyenda… El comandante Che Guevara es -que duda cabe- un símbolo de la Revolución Cubana… Me pregunto: ¿habrá muchos pampeanos que tengan una foto con «el Che»?
No sé, pero casi seguro que no. Hace algunos días me hicieron llegar una fotografía donde se lo puede ver al Che junto a un joven que, a tantos años -nada menos que 58-, se hace difícil de identificar. Aunque si se presta un poquito más de atención, algunos rasgos lo asimilan a este hombre que tuve sentado frente a mí por estas horas. Y sí, es Armando Raúl Inchaurraga, Basko, quien aparece sonriente junto al Che.
Porque, de verdad, se puede imaginar que algunos habrá que tengan una foto con Perón, Maradona… tal vez con Fangio… Conozco el caso de Miyi Regazzoli que se ufana mostrando una en la que aparece junto a Nelson Mandela… Y también es cierto que he visto algunos comprovincianos que alardean -eso sí- con una escena tomada con Fidel.

Una foto, una historia.

Pero la diferencia sustancial está dada en que Castro vivió hasta avanzada edad y murió en noviembre de 2016; cuando la Revolución ya llevaba décadas en la Isla. En cambio Ernesto Che Guevara abandonó La Habana en 1965 rumbo al Congo primero, y posteriormente llegó a Bolivia donde habría de ser asesinado el 9 de octubre de 1967, cuando tenía sólo 39 años.
Es decir, este pampeano que es Armando Inchaurraga tuvo la oportunidad que no tuvieron otros, porque él estuvo en la isla caribeña en 1962, formando parte de contingentes de estudiantes de todo el mundo que iban a alfabetizar y ayudar en lo que hiciera falta al incipiente movimiento Socialista. Y por eso la experiencia inédita de fotografiarse junto a Guevara.
Una foto que tiene toda una historia… como toda una historia tiene Basko (en euskera), que a sus 84 años sigue siendo un voraz devorador de textos; y además un consecuente escritor que alumbrará -en algún momento- su séptimo libro.

El dolor por la desigualdad.

Lo conocí hace varios años, él en su condición de funcionario del gobierno provincial, y yo trabajando para LA ARENA. Sé de muchas de sus inquietudes, de la bonhomía que todos le reconocían ya entonces, de su espíritu inquieto y su solidaridad con los que menos tienen… esa empatía que todavía lo hace angustiarse ante las inequidades que la realidad nos pone todo el tiempo frente a nuestras narices.
En su peculiar casona de calle Cervantes casi Sarmiento, que comparte con su esposa, Armando Raúl Inchaurraga (84), Basko, se presta a la charla y expone aspectos de una vida que se inició en esa Winifreda permanentemente mencionada, en sus conversaciones y en sus libros.

El candor de la niñez.
Su padre se llamaba Armando, y era comerciante -dueño de un gran almacén, en el que de pibe trabajaba haciendo los repartos de la mercadería-, y de Carmen María Mendizábal, docente egresada de la Escuela Normal de Santa Rosa.
Tuvo dos hermanas, Carmen (Pirucha), abogada que fue la primera mujer en la provincia en integrar el Superior Tribunal de Justicia (fallecida); y Beatriz, psicopedagoga que vive en Buenos Aires.
Basko es farmacéutico, recibido en la Universidad Nacional de La Plata, y también psicólogo social; pero hoy se puede decir que se lo reconoce como escritor y poeta.
De su niñez y adolescencia en su Winifreda natal tiene vívidos recuerdos: «Desde chico tuve los libros a disposición… y crecimos acunados por los vientos y la arena voladora, crueles sequías y miles de caldenes hachados por codicia», escribió en algunos de sus textos.

Buscando explicaciones.

Y ahora, sentados el uno frente al otro -distancia social obligada, aunque su disminución auditiva lo hace esforzarse para interpretar lo que le digo-, Armando dice con certeza: «Lo que más extraño son los asombros, buscaba explicaciones de todo en los libros… porque soy un gran lector… Un día le pregunté a mi madre por qué yo tenía ese pelo, era rubio y con rulos y el Negrito Cambá tenía tal otro: negro, lacio y duro… pero seguro yo no estaba viendo sólo el color del pelo, sino que mientras nosotros cenábamos él con suerte tomaría mate cocido». Y esa remembranza marca a las claras que desde siempre le dolieron los sufrimientos de los que menos tienen.

Filtros selectivos.

Y eso lo tiene bien presente… «Nuestra generación tiene mente frágil… el primer filtro selectivo excluyente era poder llegar a la secundaria, porque solamente las familias pudientes podían enviar a sus hijos a estudiar. De nuestro pueblo-aldea pudimos marchar de diecisiete solamente cuatro; y cuando llegó el momento de la Universidad la ida a La Plata también fue difícil».
Basko señala que fue «buen alumno aunque la carrera universitaria la hice un poco larga, porque le dedicaba mucho tiempo a la militancia estudiantil y política, En los ’60 me formé en el socialismo de vanguardia , pasando por la alianza con el peronismo, el apoyo al proyecto de Fidel en Cuba, y del Che en Bolivia, y los sucesivos intentos de constituir un partido Revolucionario».

El «casamiento» con Gladys.

En La Plata se volvieron a ver con Gladys Amelia Russell, a quien había conocido cuando ambos eran muy jóvenes cuando ella llegó a Winifreda a dar clases. En ese momento Pocha -«militante empedernida del peronismo», expresa Armando- era la novia de un amigo, pero al reencontrarse casi dos décadas más tarde ya no tenía compromisos. «Después de muchos años producto del exilio interior nos reencontramos en Buenos Aires y al mes nos casamos… Obviamente es una forma de decir, porque fue sin papeles porque no eran tiempos en que podíamos ir a un Registro Civil», agrega con picardía Basko.
Luego llegarían Paula ( periodista egresada en La Plata); y Ana, profesora en Artes Visuales, también de la Universidad Nacional de La Plata, que trabaja en la Secretaría de Derechos Humanos.

Padre y abuelo.

Hoy las dos hijas viven también en Santa Rosa… y hace dos años llegó Luna, hija de Paula y Juan Manuel Giménez, que es muralista, y la niña se apropió de nuestras vidas», dice Armando como si hiciera falta.
Si como padre -como reconocen sus hijas- «es fantástico… como abuelo todo eso se potenció. Nos enseñó el mundo jugando, y siempre fue afectuoso, solidario, sensible y amoroso…», es Paula la que lo define.
Pero ciertamente que Basko rompió algunos estereotipos… «Nunca hizo un asado, ni aprendió a manejar. Pero en cambio siempre hizo los tucos más ricos y descorchó los vinos como si fuera un acto de magia… Lo cierto es que en casa todo se aprende con los fideos con tuco… la política, el arte, el valor de la amistad, la necesidad del compromiso social», dice la Inchaurraga periodista.
Y cierra: «Como abuelo es la magia misma… todo, hasta el mínimo detalle tiene sonidos y colores… Creo que Luna lo rejuveneció…», evalúa.
Y agrega Ana: «Reflexionar sobre Basko, mi papá, para mí no es fácil, aunque es una persona simple, pero a la vez muy exquisito, dueño de una templanza admirable».
Y sigue: «Papá no tiene maldades… es una persona de una inteligencia sensible, con un ala intelectual pero que todo lo baja a tierra desde lo afectivo. ¿Retarnos? No, más vale de eso se encargó mamá… Mi papá es el más lindo, qué querés que te diga», se ríe con cierto nerviosismo.

Regreso a La Pampa.

En noviembre del ’79 -después de trabajar un tiempo en algunas farmacias en Buenos Aires- la familia Inchaurraga decidió volver a Santa Rosa, y se instaló en la vivienda que había sido de sus padres, y que poco a poco -con el aporte de Miguel García- fue siendo remodelada hasta quedar convertida en una casona donde se entremezclan los libros por todos los rincones, con pinturas del Chango Luna, de Paula Rivero, de Raquel Pumilla y en alguna pared un dibujo de Luis Trimano, y por allí otro de su hija Anita…
Enseguida Armando consiguió trabajo como director técnico de la Farmacia Don Bosco, «gente que nos ayudó mucho hasta que pudimos poner la Farmacia Belgrano. Fue allí, en las largas noches de turno, que comencé a escribir. Que no fue otra cosa que aprisionar los recuerdo de la vida, pampa incluida».

El hijo del almacenero.

Con el tiempo vendría un nuevo reencuentro con alguien que, también -cuando no- conocía de… sí, claro, de Winifreda.
El papá de Silvia Gallego era el comisario de la Policía en Winifreda, «y el Vasquito el hijo del dueño del almacén del pueblo, que nos proveía los alimentos y él los repartía a contraturno de la escuela en una inmensa canasta, casa por casa», evoca ella a mi pedido.
Y sigue caracterizando al Vasquito de los primeros años: «La imagen que tenían los winifredenses de Armando en aquella época era la de un niño, casi adolescente, de pantalones cortos y botines grandes… Lo más parecido a Manolito de Mafalda que a uno se le pudiera ocurrir», le parece a Silvia estar viéndolo.
La ex diputada y senadora nacional es una amiga entrañable de la familia Inchaurraga. ¿Lo de Manolito es una pequeña venganza porque Armando le decía a Silvia que la madre la vestía como una pantalla de velador? «No, para nada. Lo quiero demasiado… pero sí es verdad que Armando me decía eso… porque eran vestidos almidonados y con vuelo», rememora.

Una sólida amistad.

Recuerda que se reencontraron muchos años después «ya de grandes en Santa Rosa. Fue ya en el ’83 y casado con Pocha Russell, y con sus dos hijitas, Paula y Ana. Y es verdad que con mi familia conformamos una confraternidad de trabajo y de amistad que perdura hasta hoy».
Silvia lo iba a convocar a Vasco cuando le tocó ser ministra de Bienestar Social del gobierno de Rubén Marín. «Fue mi director de Educación para la Salud; y previamente me había asesorado en la Cámara de Diputados con temas de medicamentos, farmacias, prevención de la automedicación… y teníamos plena sintonía».
Reconoce también que «fue un factor muy dinámico en el área, tenía una gran capacidad para abordar la prevención y el auto cuidado».

Un funcionario creativo.

Además su cercanía con las letras le permitiría a Vasco -desde su cargo de funcionario- llevar adelante campañas de concientización muy atractivas, con la utilización de CD de autores y músicos pampeanos, y con mensajes de prevención de accidentes en las rutas, que se entregaban en los puestos de Padre Buodo y Punto Unido.
Pero Silvia fundamentalmente no olvida -no puede hacerlo-, que cuando faltó su esposo Arnoldo Soto fue la familia de Armando y Pocha la que le brindó contención, a ella y a sus hijos: «Con ellos celebramos las fiestas navideñas, y todos contribuimos llevando comidas y bebidas mientras Pocha prepara unas mesas fantásticas en la que la pasamos muy bien charlando hasta que los bueyes aren», expresa.

El escritor que llegó de Winifreda.

La escritura es la gran pasión de Armando, un aspecto esencial en su existencia, y sus textos relatan las vivencias de aquella Winifreda natal, ese pueblo que tenía luz eléctrica de las 6 de la tarde a las 12 de la noche… tiempos de heladeras de hielo, y la Unión Telefónica con aparatos a manivela, y las calles polvorientas azotadas por la inclemencia de los ventarrones que podían durar tres o cuatro días.
Ha escrito varios libros y ensayos, entre ellos «Testimonio de esta tierra», el primero publicado en 1992 (tuvo una segunda edición en 1994); «Los pequeños pueblos navegantes del silencio»; «Los días del tren» (teatro); «Restauración del tiempo»; «Restauración de las pobres cosas»; y «Tierra atardecida».
Sus inquietudes, su agrado por compartir lo hicieron participar de múltiples encuentros culturales; y fue uno de los fundadores, y también presidente de la Asociación Pampeana de Escritores; miembro fundador de la Fundación «Ayudándonos».
Y además, obviamente, reviste el mismo carácter en el Centro Vasco Zelaiko Euskal Etxea.

El que escribe claro.

Basko es generoso, amiguero, y junto a Pocha su esposa son excelentes anfitriones. Aunque a veces al invitado le queda la duda sobre si disfruta más de lo que hay en la mesa o de la charla exquisita con Armando; que tanto puede hablar con gente grande como con un chico para atrapar con la magia de las palabras.
Como escritor debo confesar que descubrí en los libros que me obsequió a alguien que no atesta el texto de metáforas para demostrar cuánto sabe -aunque sea alguien muy ilustrado y podría hacerlo-, sino que tiene la virtud de escribir sencillo de las simples cosas.
Porque baja de la intelectualidad al llano para permitir una lectura amena y afectuosa… Y me gusta mucho de esa manera. Claro que sí.
Habíamos conversado superficialmente y a la pasada algunas veces… Y de veras -después de conocerlo un poco más- me gustaría poder hacerlo más frecuentemente. Para que me cuente de aquellos 40 días en Cuba, del Che, de sus vivencias en Winifreda… de cuando cayó preso al pie del busto de Joaquín V. Mansilla en la UNLP. Y de tantas cosas…
Basko, ha sido un gusto. Gracias Armando.

Una experiencia inolvidable.
En el ’62, siendo Basko Inchaurraga presidente del Centro de Estudiantes de Química en la Universidad Nacional de La Plata, fue invitado a ver la incipiente Revolución Cubana. «También iba a ir a La Habana un estudiante de Córdoba, pero nunca llegó y me tocó ir solo», puntualiza.
Esa increíble experiencia de visitar Cuba en pleno proceso inicial de la experiencia castrista lo habría de marcar a fuego para el resto de su vida. Habían llegado estudiantes de todas partes del mundo que adherían al movimiento que había derrocado al dictador Fulgencio Batista. Y entre ellos Armando… con sus ojos asombrados tratando de atrapar para siempre las imágenes que serían historia, y con los sentidos atentos para quedarse con cada detalle que el tiempo convertiría en epopeya.
No hacía mucho se había producido la derrota de Estados Unidos en Bahía de los Cochinos; pero su flota seguía apuntando hacia el malecón, justamente donde estaba el hotel en el que se hospedaban los visitantes. «Y sí… un poco de miedo teníamos, aunque había una gran efervescencia entre la población», evoca.

Viendo al «Che».

Les tocó a Basko y los demás hacer tareas solidarias, entre ellas reconstruir una escuela muy deteriorada. Un atardecer, al regresar vio que en una playa un grupo de alfabetizadores escuchaba a alguien… «Por la claridad de la noche y las fogatas lo reconocí… ¡Era el Che! Explicaba que con hambre y analfabetos no se podía ser libres y tener patria. Un cubano de cada dos era analfabeto y hambriento hasta ese momento», relató.
Después se hizo esa fotografía grupal que, para Basko, es testimonio de un acontecimiento único en su vida… Esa toma está publicada en el libro «Tania, la guerrillera».
Fueron 40 días en la isla, yendo de un pueblo a otro… «Nunca aprendí tanto ni tan rápido… Me enseñaron sobre la esperanza y como concretarla», reafirmó.

Los prólogos de Edgar.
Todos los libros de Armando Inchaurraga tienen prólogo de un único poeta. «He sentido mucho su ausencia, me duele mucho… todos los días pienso en él», señala Basko al recordar a Edgar Morisoli.
No sólo que el vate mayor de nuestra pampa lo distinguió con su amistad, sino que además tuvo la deferencia de prologar todos los textos del narrador/dramaturgo/poeta, como lo definiera Morisoli.
Edgar supo decir que si bien Basko incursionó en la narración, el poema, la prosa lírica, el epistolario, «sin duda es en el primer género donde se desempeña con mayor oficio y soltura, donde es capaz de construir un relato vibrante y conmovedor sobre una anécdota mínima pero reveladora».