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Bienvenida feliz

Estaba finalizando la Primera Guerra Mundial en aquel lejano 1918. Era el mismo año en que -por si faltaba algo- se estaba produciendo otra terrible pandemia: la gripe española se iba a cobrar millones de vidas en todo el mundo, prorrogando la depresión económica provocada por la conflagración.
Desde entonces y para aquí hubo cientos, tal vez miles, de acontecimientos que lo fueron modificando todo hasta llegar hasta hoy. Circunstancialmente ahora, como aquella vez, en momentos en que otra pandemia conmueve al mundo. Por supuesto iban a producirse otros cataclismos en el siglo posterior, una nueva Guerra, el terror de la Poliomelitis, y tantas otras enfermedades que provocaron desastres.
Claro está en ese siglo transcurrido también llegó la modernidad, las ciudades crecieron y se desarrolló la ciencia, y las poblaciones accedieron a mejores condiciones de vida.

Más de 100 años.
Hace unos 100 años o poco más, Mauricio Mayer era apenas un caserío con unos pocos habitantes; y Winifreda no era muy distinta. Precisamente en esta localidad habría de nacer Bienvenida López, quien hoy estaría rondando más de una centuria de vida. El potencial «rondaría» se explicaría en que «la asentaron varios años después, cuando empezó la escuela», especula Natalia Feraude, la psicóloga de la residencia de larga estadía «Ayün» (del mapú dungün, que significa «Amor, ver la luz en el otro»), en calle Sarmiento 136 de Santa Rosa. Por eso los 97 que declara no serían los reales, sino que andaría por los 103 años, según conjeturan quienes conocen su larga historia.
Acompañada por Natalia, y por Virginia Pordomingo (directora médica del establecimiento), Bienvenida nos aguarda deseosa de contar.

Una persona vital.
Primero un poco tímida -con alguna dificultad para escuchar bien-, pero rápidamente tomando confianza para actuar como ella es habitualmente: pícara, ocurrente, utiliza expresiones -y algunos gestos- para decir qué piensa. «Yo me acuerdo absolutamente de todo», reseña en el principio, mientras estira su brazo izquierdo con el puño cerrado para saludar al cronista y el fotógrafo en este tiempo de Covid.
«Ella se levanta todos los días con el ánimo bien arriba… siempre contenta», dice Virginia, que la mira con cariño. Bienvenida cuenta que es «hija de vascos… mi papá se llamaba Bruno López», y tenía un almacén de ramos generales y fue conocido escultor con huesos.
«Tengo 49, 48… 47 y medio», dice Bienvenida jocosa cuando contesta sobre su edad. «Eso no se pregunta…», agrega por lo bajo risueña. «¿A la escuela fui sólo a la primaria, porque me mandaron a Buenos Aires a hacer el secundario pero no me gustó», afirma. «La que sí estudió fue mi sobrina Noemí Ballester… ahora tiene 80 años y dio clases en el Colegio Nacional», agrega.
«Hice de todo en mi vida. Tejí mucho, pero además durante 37 años fui vendedora de productos Avón», narra. Hoy está jubilada.
Aunque el paso del tiempo se advierte en su cuerpo enjuto, Bienvenida parece fuerte y ciertamente muy lúcida. Natalia indica que toma clases de gimnasia con el profesor Alejandro, aunque esta vez -por charlar con LA ARENA- falta a la clase y a la actividad que a poquitos metros sí realizan los demás internos de la residencia. Se ríe como si participara de una travesura Bienvenida, mientras ensaya algunos movimientos con sus brazos parodiando los que ensayan allí cerquita algunos de sus compañeros de estadía.

Asombrosa lucidez.
Resulta evidente que es inteligente, y su lucidez intacta se manifiesta en cada respuesta que realiza con celeridad. «De mi modelo ya no hay…», sonríe divertida al referir que no tiene novio, que nunca se casó y no tiene hijos: «Sólo una sobrina…», completa.
Y más o menos en la misma tónica responde cuando se le pregunta de política. ¿Peronista o radical? «Mixto…», expresa con una velocidad que deja pasmados a los interlocutores.
Al pedírsele que haga la «V» que caracteriza al peronismo la hace pero le gana con su rapidez al fotógrafo que no alcanza a disparar la máquina. Bienvenida sigue sonriendo, como si entendiera muy bien el juego que se le propone.
Natalia y Virginia quieren que nos diga cómo vivió esta etapa de obligado encierro por la pandemia, y ella cuenta: «Al principio muy asustada, pero nosotros somos fuertes (señala a Virginia y Natalia) y no nos pasó nada», dice mientras hace alardes de que superó el brote que hubo en la residencia -que sí afectó a otros internos-, ante el que se mantuvo indemne.
«Lo que no me gustó fueron los meses de encierro. Eso sí que no», ensaya a modo de queja.
«Por suerte ahora me pusieron la vacuna. No, no me hizo nada. Estoy contenta», agrega al explicar que -como podría suceder- no le provocó ningún tipo de incomodidad.

«Una copita de vino».
Es la médica la que habla después: «Bienvenida tuvo problemas en sus dos caderas, tiene marcapasos… pero en general está muy bien. Solamente toma una pastilla para la presión arterial», que ahora redujo a un cuarto de la gragea. «Sí, increíble», admite Virginia.
Se levanta temprano, mira sólo un poco de televisión… «las noticias», señala, pero sí lee religiosamente, «todos los días LA ARENA… me gusta saber qué pasa», completa. «¿Mañana voy a salir yo? que me saquen linda», casi le ordena al fotógrafo.
¿El secreto para superar la centuria y estar bien? «Hay que cuidarse, comer sano y bien. Y sí, una copita de vino todos los días hace bien», afirma con una mueca cómplice. «Pero también puede ser una cervecita», expresa Bienvenida.
En el final deja un consejo «para los más jóvenes. Hay que cuidarse bien. Eso les digo: hay que tener coraje, valentía, enfrentar las cosas», manifiesta casi arengando.