Cada noche un hombre duerme a la intemperie

En cada puente de Capital Federal, en las plazas, en las entradas de los shoppings… por todos lados se aparece esa imagen doliente, cruel, inhumana.
Son los hombres y mujeres de las calles… los que no tienen techo, los que se fueron directamente a vivir en cualquier lugar, sin nada que los proteja.
Se los puede observar en mayor magnitud en Buenos Aires, pero están en general en casi todas las grandes ciudades del país. Se los puede ver de a cientos… solos o en pequeñas comunidades marginales: son las personas que permanecen a la intemperie, las que sobreviven sin un techo que las cobije o mínimamente las resguarde de las inclemencias del frío más atroz -el que se viene-, o de esos calores que en los veranos no se aguantan ni siquiera en los lugares más o menos resguardados.

“Hacer nada”, un modo de vida.
De día deambulan, van de aquí para allá, sin rumbo, errantes… tal vez buscando un mendrugo para alimentarse, o simplemente dejando pasar las horas hasta que llegue la noche para volver -otra vez- a ese lugar donde tampoco hallarán nada. Ni confort de hogar, ni comida y, casi siempre, ni siquiera un cachito de afecto… algunos subsisten al aire libre con sus familias, y hacen de ese “hacer nada” un modo de vida. Si a eso se le puede decir vivir.
Hay grupos así conformados por padre y madre, hijos, algún otro vagabundo “agregado”, que se instalan en un paseo cualquiera y allí desarrollan su existencia. En realidad, casi podría decirse, allí perviven… solo eso.

Como si fuera “normal”.
La gente, los que están dentro del sistema que excluye a aquellos tantos, los mira ya indiferentes. Como si lo “normal” fuera que estén allí. Y no todos se conmueven al contemplarlos… Es más, muchos los aborrecen, los desprecian, y llegan a pensar horribles soluciones para lo que es, nada más -ni nada menos-, una postal de la miseria.
En Santa Rosa, la verdad, cuesta recordar personajes que ronden por sus calles para -al cabo del día-, pernoctar en cualquier lugar… aunque algunos hay.
Rápidamente podemos recordar a Rubén González -al que todos llaman “Carlitos” aunque ni él sabe porqué-, que con sus negras bolsas de plástico en las que lleva quién sabe qué cosas recorre todo el tiempo la ciudad. Ese hombre barbado que todos reconocen, que va y viene y que al caer la noche busca el refugio del portal de un comercio, o de una casa cualquiera del centro de la ciudad. Y allí amanece cada día.

Gente que la pasa mal.
Que no se vean demasiados, o que sólo alguno que otro llame la atención -precisamente porque no es lo habitual por estas tierras-, no quiere decir que no haya, lamentablemente, muchísima gente con enormes dificultades en nuestra ciudad: los que apenas si disponen de una casilla, o de una elemental vivienda en la que el frío de estas horas se cuela por todos lados. Muchísima gente que -vistas las actuales circunstancias- va engrosando el número de personas que se alimentan en un comedor municipal, o comunitario… muchísima gente que -como puede- sobrevive a la miseria, la falta de trabajo y de oportunidades.

Durmiendo en la calle.
No obstante el caso de Jorge Ariel Fernández (44) es distinto, y son de esas situaciones que a veces se dan en una familia. Pernocta cada noche en la entrada de un céntrico comercio que hace algunos meses cerró sus puertas, frente mismo a la plaza San Martín, y negocio de por medio de la Catedral capitalina.
Al llegar el fin de cada jornada, el hombre se irá acomodando entre sus escasas pertenencias; comerá algo de la vianda que un conocido abogado le provee cada día -a veces compartiendo su escasez con algún otro vagabundo circunstancial-, y se dispondrá a pasar la noche lo mejor arropado que se pueda…
Hijo de Eduardo “El Galgo” González, hachero de profesión, y de Rosa Hermelinda que crió también a otros siete hermanos, ahora Jorge no tiene más que la cercanía de un perro flaco de pelaje negro, con el que duerme arrebujado en estas noches frías e inclementes.

Plegarias en la vereda.
“Duermo aquí todas las noches desde febrero… y será hasta que Dios quiera”, dice en un tono de voz apenas audible. ¿Creés en Dios?, le pregunto… “Sí, creo, claro que creo”, reafirma. Alguien que pudiera pasar inadvertidamente por allí podrá pensar que las plegarias que en las mañanas se oyen en esa vereda provienen de la cercana Catedral… pero no, es Jorge que dentro de ese umbral vidriado que adoptó para pasar las noches sintoniza “Radio María”.
Después, ante otra pregunta responde que sufre de esquizofrenia, pero “no de la mala, porque soy incapaz de matar una hormiga”, se ataja. Se trata de una enfermedad mental que puede provocar alteraciones de la personalidad, alucinaciones y pérdida del contacto con la realidad. “Pero yo no le hago mal a nadie… yo estoy aquí y no molesto… a veces pasa alguien y me ayuda de alguna manera, pero no me gusta molestar”, completa.

El “dormitorio”.
Después de haber estado en el Hospital Lucio Molas, casi sin tener contacto con el resto de su familia -salvo una hermana con la que tiene mejor relación-, Jorge permanece frente a la plaza… un colchón ahora arrimado a la vidriera tapada por dentro con papeles, un par de mochilas, el mate y un termo, más dos bicicletas viejas que le dejaron “unos chicos para que se las cuide, y un par de tarros que usan los lavacoches, son todo el enseres que hay en ese pequeño espacio.
Cuando amanece junta sus cosas, toma un par de mates, y arranca a andar por allí… “voy hasta el hospital de día (¿), donde está mi amigo -también Jorge-, y aprovecho a bañarme ahí”. Después se da una vuelta por la Dirección de Turismo donde en un lugar de venta de artesanías pampeanas trabaja otro conocido suyo, “Yoni”, que también lo contiene como puede.

Gusto por el dibujo.
El hombre aparece manso y se presta a la conversación… “no tengo problemas en hablar con ustedes”, dice mientras muestra un cuaderno con dibujos -algunos bien realizados y coloreados-, en los que se ven algunos mensajes que pretenderían ser aleccionadores (“mis ojos piden paz”, u otro vinculado al tránsito y la necesidad de observar las señales porque “puede costar la vida”). Lo que llama la atención es que dice: “No sé leer… recién ahora me están enseñando un poco”. Alguna vez fue artesano en madera, trabajaba en el calado de ese material, pero lo que le gusta es dibujar. Se ofrece en sus caminatas para limpiar una vereda, o acomodar algún cantero… y poco más.

Detrás de cada uno, una historia.
Los peatones de la ciudad pasan presurosos en la hora de los trámites bancarios, y alguno que otro lo mira de soslayo. El, imperturbable, continuará “desayunando”, o comiendo algo de la vianda que le compra un veterano abogado, y compartiéndola con el perro flaco de pelaje negro que lo acompaña a todos lados…
Aunque se nos ocurra que los que viven en las calles han vivido situaciones más o menos similares, lo cierto es que detrás de cada uno de ellos suele haber una historia diferente… una circunstancia que los llevó a la orfandad, al desamparo, a vivir sin un techo que los cobije. Como Jorge.
Y sí, la mayoría de las veces pasa eso: permanecen allí “hasta que Dios quiera…”.

“Homeless” en todos lados
Prácticamente no hay país en el mundo, salvo Finlandia, que pudiera terminar con el flagelo de la pobreza y la gente durmiendo en las calles. En Nueva York, un censo determinó que son más de 100 mil los ciudadanos que duermen en las plazas y paseos; en Inglaterra también se cuentan de a miles, y conmovió hace poco la muerte de una persona que dormía en las puertas mismas del Parlamento Británico. En Buenos Aires, algún relevamiento estaba hablando de más de 6.000 personas pernoctando, o directamente viviendo en las calles de la capital federal.
Pero tampoco los países desarrollados de Europa se salvan de tener que hacer sus propias estadísticas de lo que en Gran Bretaña llaman los “homeless”. (M.V.)