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Contra el destino… nadie la talla

Vivió su niñez a orillas del Atuel. Luego se recibió de contador, pero antes fue «parapalos» en el bowling y armó mesas de juego clandestinas (barajas y «tutifai»). Hoy es un vecino querido y respetado.
MARIO VEGA
Nuestra Universidad desde su creación resultó un polo de atracción para miles de estudiantes, que empezaron a llegar desde toda La Pampa, pero también desde otras localidades más o menos cercanas de provincias limítrofes. Así vinieron cantidad de aspirantes a lograr la gran recompensa de un título profesional, de aquellos que en sus primeros años otorgaba nuestra casa de estudios… muchos y muchas se volcaron a la carrera de contador/a, o a estudiar para ser ingenieros/as agrónomos. Aunque con el tiempo la oferta de carreras se iría ampliando hasta llegar a hoy.

La nacionalización.
La Unlpam nació como Universidad Provincial por ley 1644/58 del 4 de septiembre de 1958, y -después de una ardua lucha de la sociedad pampeana, donde nadie quedó excluido- el 12 de abril de 1973, quedó constituida como universidad nacional.
Muchos de aquellos estudiantes venidos de otros lados, entusiastamente también hicieron su contribución a aquella lucha… eran esos tiempos complicados -¿cuándo no lo fueron en este bendito país?- cuando se llegaba a la ridiculez de combatir la «inmoralidad» del pelo largo… y la barba crecida; y cuando se observaba con malos ojos las faldas cortas de alguna señorita…
Entre tantos que participaron de aquellas jornadas agitadas estuvo Daniel Franco Alvarez (72), como tantos otros venidos de fuera de los límites de nuestra provincia.

Estudio y bohemia.
Obviamente el paso por los claustros universitarios tenía para el estudiantado el principal objetivo de la capacitación, de lograr un título… pero también es verdad que en la vida estudiantil -sobre todo para algunos- hubo siempre un costado de bohemia…
Y para muchos de ellos fueron épocas de no saber qué era la prisa, ni tampoco eso de la necesidad de optimizar el tiempo. Para muchos eran días de noches largas… cuando se volvía a casa desandando sin apuro las calles quietas de la madrugada.
Fueron muchachos y muchachas que -a su manera-participaron ampliamente de diversas movidas, que tanto podían ser culturales y/o deportivas, y pasaron a constituirse en parte fundamental de la vida social de Santa Rosa.

Casi 50 años en la ciudad.
Y tanto fue así que -después de recibirse- eligieron quedarse para siempre. Y entre ellos hubo bonaerenses -muchos de Pehuajó, Trenque Lauquen, González Moreno, etcétera-, cordobeses del sur de su provincia, y también mendocinos y de otras provincias aledañas.
Hoy Contador Público Nacional, Daniel («El Cabezón» para la mayoría de quienes lo tratan), es uno de esos personajes que un día llegaron a estudiar -aunque no sería precisamente su caso, y ya veremos por qué-, y se quedaron definitivamente. Y pronto habrá de cumplir 50 años de permanencia por aquí.

La niñez, al lado del Atuel.
Se remonta a sus primeros años y cuenta: «Nací y viví en el departamento de General Alvear, Mendoza, en el paraje ‘El Desvío’, a 3 kilómetros de la ciudad… a sólo 60 metros de la costa del Atuel. Río Atuel para el pampeano, porque para los pueblos originarios y mis antepasados es ‘la Atuel’, que significa ‘Alma que camina’, o ‘Vida que viaja’, y que refiere a la importancia del agua», aclara apenas comenzada la charla.
Daniel es un tipo que despierta afectos, que anda por la vida siempre con una sonrisa en banderola… Alguien que hace de la amistad un culto, y que no pasa desapercibido al ingresar a un café, en una cancha de fútbol, o allí por donde pudiera andar.

Una casa humilde cerca del río.
Y sigue: «José Franco, mi padre empleado en la Dirección Provincial de Vialidad, trabajaba componiendo calles a pico y pala, lo que hoy sería el barrendero de nuestra ciudad. En mi casa se dedicaba a la tarea de regadío en la pequeña chacra de vid, frutas y pasturas, que era propiedad de mi abuelo materno don Nicolás Álvarez», comienza.
«¿La casa? Muy humilde, piso de tierra, techo de palos y cañas, cocina con un fogón a leña, una habitación grande donde había una cama matrimonial… en la cuna dormía mi hermana más chica, y en un catre hecho con sillas contrapuestas y unos cueros pellones usados de colchón dormíamos mi hermana mayor y yo. Uno para los pies otro para la cabecera y… felices sueños!», se retrotrae en el tiempo.

Junto al río Atuel.
Daniel narra pequeñas anécdotas de su transcurrir junto al Atuel: «Juntábamos agua en unas tinajas para uso cotidiano que traíamos en baldes desde el río, y estaban enterradas porque era una forma de refrigerar… Más lejos estaba el escusado que hacía de baño… un lugar de muchos árboles, eucaliptus gigantes, higueras, olivares y una morera… Me parece verlo: mi patio de juegos era un paraíso», sonríe en la evocación.

Felipa, un ícono.
La mamá se llamaba Felipa Álvarez… «fue el ícono máximo de enseñanza… Se ocupaba de la casa, con todo lo que ello significa en una chacra: nos atendía a nosotros, amasaba pan casero en horno de barro… ¿Sabés? Teníamos tres vacas lecheras que ella ordeñaba, vendía la leche y con el resto hacía manteca; pero además atendía los corrales de los cerdos, gallinas, caballos… y todos los días, porque no tenía ni domingos ni feriados».
Además estaban los hermanos: «Griselda la mayor, docente, después directora de escuela rural que falleció a los 51 años; y Mirtha Noemí, peluquera, que vive entre Mendoza y Buenos Aires, donde tiene su familia; y Elsa cosmetóloga de profesión, que hoy vive en Miami, en La Florida», completa.

Cuando Griselda era la tía.
Daniel rememora que la casa de sus abuelos maternos estaba a unos 3 kilómetros. «A veces íbamos caminando y otras en sulky. Allí llegábamos previo baño en el fuentón, y con la ropa limpita… los abuelos vivían a la vera de la ruta 143 sur, un lugar más cercano al centro de la ciudad actual. Y esos días eran una fiesta, poder jugar con los primos y otros chicos del barrio; y tan lindo pero tan lindo que la tarde se hacía noche en lo mejor del juego».
En una de esas visitas iba a tener una sorpresa: «… un buen día mi madre me dijo ‘no tenés que llamarla tía porque es tú hermana…’. Ahí me enteré que la ‘tía’ Griselda era mi hermana, que la habían criado los abuelos para que fuera a la escuela… aunque presumo que era porque en nuestra mesa no había lugar para otro plato», deduce ahora.

Orgullo por los hijos.
Completa la saga familiar y no quiere dejar de mencionar a la madre de sus hijos: «Se llama Noemí Beatriz Galdámez, docente jubilada y vive en el Barrio Butaló. Mis hijos son Lucas José (38), Analista de Sistemas, empleado del Banco Credicoop, papá de Romeo mí nieto menor; María Celina (35), Cheff internacional actualmente en Singapur al frente del restaurante ‘Olivia’, en alusión al nombre de mi nieta mayor Olivia Devahive, que fue la que me regaló el título de abuelo. Y completa Martín (30), también Analista de Sistema, empleado en la Cámara de Diputados… Mi compañera desde hace un par de años es Julia Ondicola, con quien también compartimos la relación laboral», acota.

Los tiempos allá en Alvear.
Cursó la primaria en la «Escuela Carlos María de Alvear», y el secundario en un colegio nocturno. «Después me tocó el Servicio Militar en el destacamento ‘Batallón de Ingenieros de Combate 141’ de Campo de Los Andes Mendoza», repasa.
Luego iba a comenzar «una nueva vida… Fue cuando cumplí años el 19 de enero 1971. Saqué de un almanaque de Molina Campos el indicador del día, donde había una frase que decía: ‘Lo más difícil del camino a recorrer es echar andar’… Y fue como el ‘clic’ que necesitaba, porque tenía dentro la avidez de caminos a recorrer que dan los años jóvenes».

La vida nos va llevando.
El 30 de enero a la una de la madrugada «salí a la ruta 188 a hacer dedo… mi intención era llegar al puerto de Ingeniero White de Bahía Blanca, y pensaba: después barco a Inglaterra o algún otro país del Viejo Mundo… y justo el camionero que me levantó en Realicó se dirigía al puerto», evoca.
En ese momento aprendería que «no siempre la vida es la que nosotros queremos, si no que el destino es más fuerte y nos indica para dónde vamos. El 1 de enero de 1971 llegué a Santa Rosa a la una de la tarde… Se ingresaba por Avenida Spinetto, y al llegar a la Casa de Gobierno vi también el Hotel Calfucurá… Y la verdad es que Santa Rosa me sedujo aunque ardía la siesta y andaba poca gente en la calle…», recuerda.

«Me bajo aquí».
Y tiene tan presente el momento que relata por dónde entró y cuál fue el recorrido. «Llegados a España y Luro le pedí al chofer que se detenga porque me bajaba. ‘¿Pero no ibas a Bahía?’, me preguntó. Le contesté que quería conocer esta ciudad, sin saber que así daba mis primeros pasos para cumplir con mi destino y empezar a abordar mi futura profesión», dice no sin cierta nostalgia.

Santarroseño por adopción.
Era domingo, y en el centro estaba todo cerrado, excepto el bowling «El Mío Cid», frente a la plaza. «Me crucé a curiosear y ahí encuentro un personaje… el ‘Patita’ Barreix, que con apenas 12 años ya caminaba Santa Rosa. Él me presentó a un amigo de apellido Fuensalida que paraba en una pensión sobre la 1° de Mayo, donde pasé mi primera noche aquí».
No lo sabía, pero todo se iba a enlazar para que empezara a definirse su destino de «santarroseño» por adopción. «Un domingo, en un baile del Club Penales conocí a Francisco Varela, ‘Pancho’ quien me dijo que aquí podía estudiar Ciencias Económicas, así que al otro día nomás gestioné mi inscripción en la Facultad a través de la señora Naty Ponce».

«Parapalos» en el bowling.
Obviamente no es fácil el comienzo en una ciudad desconocida «y sobre todo si se tiene el bolsillo flaco. Me las rebuscaba como podía: estuve en el Club All Boys de ‘parapalos’ en el bowling, y con eso tenía para el sándwich y la gaseosa… y además dormía detrás de la pedana», se ríe al recordar.
Después un amigo de General Alvear, Eduardo Borgna, que estudiaba hacia unos años y alquilaba una casa con otros compañeros en Alem nº 375 le ofreció el lugar para vivir hasta su regreso, «y fue una pequeña ayuda a Dios gracias», agradece.
Terminado el pre-universitario el regreso a Mendoza, para trabajar en la Bodega Giol «descargando a horquilla camiones de uva… una changa que se pagaba muy bien, tanto que al volver a Santa Rosa en abril alquilé un garaje, pasillo baño y una habitación en Alem nº 376».

El estudiante y la bohemia.
Reconoce que la carrera le llevó varios años, «algunos de estudios, otros sabáticos, pero sin abandonarlos… lo cierto es que vivía la vida a mí manera. En la Universidad allá por 1973 teníamos una fuerte militancia y controversia con la metodología de otros compañeros, y centrábamos la lucha en la nacionalización», afirma.
Eran años de estudios, pero también de bohemia y cierta displicencia… «En un momento me vi rodeado de compañeros de facultad, familias amigas como los Anguzar (que tenían el Café Isa)… y vinieron los bailes en San Martín, Penales, Argentino, la salida a los boliches Kaskote, la Nuit, Capri, Periplo, Tobogán y más… Y también un poco de fútbol en el colegio Don Bosco, en la cancha de la Enet n° 1, o en el estadio Municipal. Y después los famosos partidos los sábados a la siesta en la laguna, donde ahora hay una pista y cancha de básquet».

Las «mesas» clandestinas.
Tenía montones de amigos… «De lo más variados. Los de la Facultad, los que hice en la cantina de All Boys… y sí, es verdad lo que te han contado: un poco de dados, naipes, y cierta suerte que algunos llaman ‘habilidad’, y que muchas veces me dejaba una moneda. ¿Pero quién te contó? ¡Fue el Negro Dlouky!», acusa: «Supe organizar mesas clandestinas de naipes y dados, porque todo suma; y hay que aprender que ‘las chauchas también engordan’ decía un amigo de aquel ambiente, ‘El Torcido’ Giménez… Me hice conocedor de la noche, de los barrios y mi gran fortuna siempre fue mi forma de ser, porque tenía amigos en todos lados».

Trabajo. Ida y regreso.
Poco antes de la vuelta de la democracia consiguió trabajo en el Registro de la Propiedad Inmueble. «Cuando asumieron las nuevas autoridades, en diciembre del 1983, no me renovaron el contrato… Fue justo antes de fin de año y viaje a Mendoza a pasar las fiestas con mis padres, acompañado de mi esposa y mi único hijo entonces, Lucas José. Fueron cortas las vacaciones… un día apareció un policía para decirme que tenía que ir a la Comisaría porque había un mensaje de La Pampa para mí, pero medio hice retranca, porque en esos tiempos ir a la Policía… Pero fui y me encontré con que me requerían desde el gobierno de La Pampa por orden de Rubén Hugo Marín. Era un mensaje de Santiago Giuliano que me tenía que presentar a trabajar… ¡una felicidad!, claro que sí, y mi agradecimiento eterno», reflexiona.

Un poco de todo.
Explica que en esos tiempos hubo una decisión política para que «a los estudiantes avanzados y profesionales jóvenes de otras localidades como provincia de Buenos Aires o Mendoza, se les otorgara una vivienda para lograr una radicación intelectual seleccionada. Y así se me adjudica una vivienda en el Butaló I, y pude terminar mi carrera en 1984».
Después renunció a su trabajo… «Mi alma de aventura pedía otra cosa, y por eso volví un tiempito a Mendoza donde organicé loterías familiares (Bingo)… Pero en enero de 1989 me volví, y ya teníamos a mi hija María Celina. Traía a cuestas varias heridas, pero siempre digo para mí: ‘hoy es un muy buen día para empezar de nuevo’. Empecé a trabajar con mi compadre Juan José Bessega, en el Jockey Club Pub; en el hipódromo tenía la concesión de la cantina y yo iba de asador y mi hijo Lucas de ayudante».

«Soy rico…».
Y sigue diciendo Daniel: «En 1990 me encuentro en la vida con Julia Ondicola… ella necesitando trabajo y yo necesitando un empujón para comenzar. Acordamos y es allí donde comienzo a ejercer la profesión… haciendo de todo, desde salir a buscar clientes en bicicleta detrás del hospital -‘Manija’ Zelarrayán en Toay entre otros…-. Todo difícil pero lo mejor que tiene la vida son los desafíos, y hoy puedo decir que soy rico porque tengo lo que necesito. ¿Qué más?».

Cómo soy.
Daniel es un tipo franco -más allá de su apellido-, y sostiene que se considera «una persona de bien, sencilla… siempre digo: tengo luz propia; y si en algún momento no la tengo la genero. Es cuestión de tiempo y proponérselo. ¿Defectos? Como todo el mundo… cuando algo me molesta lo hago saber, al punto tal que me puedo equivocar en mis reacciones», se define.

¿Y el río Atuel?
Daniel afirma que se considera «pampeano por adopción y sentimiento. ¿Cuándo me hablan del Atuel? A veces lo dejo pasar, porque pocos pueden saber tanto como yo de las aguas de ese río. Pero también cuando voy a Alvear me hablan del Atuel, y les digo qué harían si más arriba les cortaran el cauce… Es un derecho de La Pampa que se remonta a cuando era Territorio Nacional».
Le gusta el fútbol, y es «hincha del que ganó la final ‘del mundo’ en Madrid. ¡Qué otro!», y se ríe. «Jugué siempre amateur, en el equipo de los contadores en Foz Iguazú en Brasil, Mendoza capital… y algunas medallas ganamos», sostiene.
Y no quiere olvidarse del equipo del Casino, «con el Perro Barreto como entrenador, en el Malvinas Argentinas de Mendoza fuimos campeones del torneo de la Patagonia. Ahora mismo estoy haciendo el curso de entrenador, y me gusta…», dice y me sorprende.

Contra el destino…
«Me bajo aquí… quiero conocer esta ciudad», le dijo aquel día al camionero que lo traía desde Mendoza. Y no se fue más. Aquí hizo de todo un poco: estudió, trabajó, armó su familia y se quedó para siempre. Tal vez porque sea cierto eso de que -como dice el tango- contra el destino, nadie la talla…

«Tengo capital social».
Hay un tesoro que a veces no se valora suficientemente. Ese que tiene que ver con los afectos, con las ternuras, con la amistad, con el respeto. Pero Daniel Franco sí lo tiene claro…
«No me considero personaje pero sí sé que soy muy conocido. Y es lindo llegar a un café, una cancha de fútbol, el autódromo, o donde fuere, que alguien se pare para saludarte. Eso habla de ser buena persona, y yo lo llamo capital social. Porque si sos jodido nadie te da bola», reafirma.
Confiesa que «una de las cosas que me gustan hacer es participar en los Torneos de Póker del circuito argentino», donde hace falta poner sobre la mesa «estrategias, templanza, agilidad mental, paciencia, y obvio juega una dosis de azar», puntualiza.
Dice que le gusta estar informado, «miro mucha tele, leo, y me gusta sacar mis propias conclusiones. De situaciones políticas, sociales, provinciales y nacionales. ¿Santa Rosa? Me gusta la gente, eso cotidiano de pasar por el café y alguien te grite; o que en el banco un amigo te dé una mano; y dentro de todo es una ciudad segura a la que quiero mucho. No es que haya cosas que no me gusten de la ciudad, pero sí hay cosas para mejorar porque sino van a venir futuros problemas: no soy partidario de edificios horizontales, por el tema del agua y las cloacas. Hay que proyectar un plan urbanístico», apunta.
Sobre la provincia razona que «es muy joven y tiene mucho para dar… está cerca de cualquier lugar, tiene un punto estratégico por su ubicación geográfica dentro del país. Pienso que tendríamos que agudizar el ingenio y crear expectativas y necesidades a todos los turistas que pasan por las rutas de La Pampa para brindarles más servicios… alta cocina o el gran asado criollo por ejemplo. Y así poder retenerlos aunque sea un día y generar una buena fuente de ingresos», concluye.

La post pandemia.
La cuestión está presente, absolutamente. Y por supuesto no puede estar fuera del análisis de nadie. Y Daniel tiene su propia idea sobre el tema. «Lo cierto es que el país hoy es otra historia por las causas conocidas, pero lo que digo es que tenemos que ser nosotros, desde adentro los que debemos luchar y trabajar mucho para superar la triste situación de la actualidad».
Y da su visión como profesional de lo que puede venir: «Dentro de lo económico y social me fascinaría estar preparado para poder hacer una proyección de inteligencia virtual al futuro. Tener indicadores post pandemia; mediante ensayos informáticos imaginarme que estoy viviendo el año 2025 y así tener parámetros informativos de qué se va consumir, cuáles serán los requerimientos y estar preparados para que nada nos sorprenda», concluye.