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Crónica de un regreso cinematográfico

ANABEL SARAN ESTABA EN BELGICA Y TUVO QUE CORRER PARA TOMAR EL ULTIMO VUELO DE REPATRIADOS

La joven piquense Anabel Sarán se encontraba a mediados de marzo en Bélgica transitando los últimos tramos de su doctorado cuando el coronavirus desembarcó en Europa y en cuestión de días trastocó todos los escenarios. Su regreso al país fue una carrera contra el tiempo con ribetes cinematográficos.
En apenas día y medio debió levantar todas sus pertenencias, avisar a la universidad que se volvía, atravesar Bélgica para llegar a Bruselas, conseguir un tren que partiera rumbo a Alemania, cruzar los dedos para no tener inconvenientes al cruzar la frontera, llegar al Aeropuerto de Frankfurt y tomar el último avión que partiría desde Europa a Argentina durante los próximos meses. Todo ello en un continente paralizado por una pandemia, con los medios de transporte funcionando al mínimo y un idioma totalmente desconocido.
La odisea de Anabel comenzó a gestarse el miércoles 1 de abril, cuando a media tarde la llamaron desde la embajada argentina para avisarle que el viernes al mediodía salía desde Frankfurt -a cientos de kilómetros de su lugar de residencia- el último avión que repatriaría argentinos que permanecían varados en Europa.
Recién el sábado 4 de abril, ya en nuestro país y hospedada en un hotel de Buenos Aires junto con otras personas que estaban en el extranjero, Anabel dialogó largamente con LA ARENA y contó con detalle esas agitadas horas.

Suelos empobrecidos.
Licenciada en Química en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de La Pampa, al terminar su carrera Anabel obtuvo una beca del Conicet para realizar un doctorado en Biotecnología en la Universidad de Buenos Aires, con lugar de trabajo en la Estación Experimental del INTA en Anguil y bajo la dirección del doctor Luciano Merini.
En la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales continúa como adscripta en la materia Química Aplicada y participa de un proyecto de investigación de Fontagro relacionado con su línea de estudio.
Hace 2 años la joven piquense accedió a una beca de la Universidad de Hasselt, en Bélgica, para terminar allí su doctorado y obtener un título con validez simultánea en nuestro país y en Europa. La beca contemplaba cuatro estancias breves de 3 meses de duración cada una.
Los tres primeros viajes se desarrollaron con normalidad y Anabel pudo avanzar con su investigación. Este iba a ser el cuarto y último, y si no había problemas, para fin de año estaría en condiciones de defender su tesis sobre el uso de plantas aromáticas para recuperar suelos empobrecidos por la actividad minera. Esta cuarta estadía se iba a extender entre el 1 de febrero y el 20 de abril.

«Se les fue de las manos».
Anabel llegó a Hasselt el 1 de febrero, cuando nada de lo que ocurrió después se veía venir. «En Bélgica los primeros casos empezaron a aparecer a fines de febrero, así que cuando llegué empecé a trabajar normalmente en la universidad», contó.
La situación cambió en cuestión de días y «en un mes y medio se llegaron a dar 16.000 casos. Se les fue de las manos y de hecho en Bélgica se registró el caso de la muerte de la persona más joven, una niña de 12 años, y también el caso de una chica de 30 años», recordó.
En su primer momento, el país no tomó medidas drásticas y la situación siguió más o menos normal. Cuando Argentina empezó con la cuarentena obligatoria y cerró las fronteras, Bélgica seguía como si nada. «Yo estaba sorprendida porque veía a mis amigos y familiares encerrados, y nosotros ahí seguíamos con un montón de libertades. Después se empezó a poner todo más estricto».
A diferencia de otros países, Bélgica permitía a sus ciudadanos practicar una hora de recreación al aire libre. Incluso promovía esa actividad. «Podíamos salir a caminar o correr por una hora, pero se recomendaba que no sea con más de una personas, y con miembros de la familia con la que uno vivía».
A todo esto, Anabel había quedado sola en el piso en el que alquilaba su habitación ya que los otros estudiantes habían regresado a sus países de origen.

Lejos de todo.
Cuando la situación se complicó, la Universidad de Hasselt cerró totalmente y Anabel debió transitar su cuarentena sola, en un edificio prácticamente deshabitado, en una ciudad sin conocidos y sin entender mucho lo que pasaba porque el idioma oficial allí es el neerlandés. «Era una situación para nada cómoda; extrañaba y quería volver a mi casa a toda costa», confesó.
Sumado a ese panorama tan desalentador, desde la aerolínea Air France le avisaron que el vuelo que tenía contratado para el 20 de abril se había cancelado y no había ninguna certeza de cuándo se concretaría. Todo mal.
«Lo primero que hice fue comunicarme con la embajada argentina en Bruselas para avisarles mi situación y ellos, súper atentos y siempre pendientes de mí, me recomendaron que extendiera mi visa de 3 meses, porque si esperaba que Air France reprograme mi vuelo, posiblemente iba a estar viajando para mayo o junio».
El panorama seguía angustiante y las esperanzas de la joven bastante pocas hasta que el miércoles 1 de abril sobre las 16.00 recibió un llamado avisándole que unas pocas horas después, el viernes al mediodía, partía un vuelo de repatriación de argentinos desde Frankfurt, Alemania, en el que había lugares disponibles.
«Iba a ser el último vuelo de repatriación que iba a salir de Europa. Si no tomaba ese vuelo quedaba en las manos de mi aerolínea para cuando reprogramaran su vuelo».
Shockeada por la novedad, la joven no atinaba a tomar una decisión. «No sabía cómo reaccionar, porque como estábamos en cuarentena pensé que no funcionarían los trenes», que era la única posibilidad que tenía para llegar a tiempo a Frankfurt.
«Accioné. Me fui a la estación de tren, intenté buscar un tren que saliera a Frankfurt. No conseguí desde Hasselt pero conseguí un tren que salía desde Bruselas a las 6 de la tarde del otro día (jueves), o sea que en 24 horas tenía que estar tomándome un tren a Alemania. Menos de 24 horas, porque yo tenía que viajar primero a Bruselas, y desde mi ciudad había solo uno o dos trenes por día a Bruselas».
«Creo haber pasado los nervios de mi vida, nunca pasé por un estrés tan grande de tener que armar la valija en horas, preparar todo, devolver todas las cosas que me habían prestado, hablar con la Universidad para decirles que me iba», relató.

Noche en el aeropuerto.
El jueves 2 de abril Anabel se levantó, entregó el departamento y se fue a la estación de trenes de Hasselt para tomar el tren que la llevaría a Bruselas, sin tener la certeza si éste saldría rumbo a Alemania.
«Llegué a Bruselas, esperé que saliera mi tren, que gracias a Dios salió y lo pude tomar porque tenía permisos que me había extendido la embajada porque las fronteras están cortadas». A última hora de ese día la joven llegó al aeropuerto alemán, donde pasó la noche junto a otros argentinos de distintos lugares de Europa. «Todos distanciados, tomando las mayores medidas de precaución que se podía». Las condiciones no eran las mejores, pero ya estaba a un paso de volver al país.
A las 12 del viernes 3 de abril, los pasajeros subieron al avión de Lufthansa que había llegado unas horas antes con alemanes varados en Argentina. Cuando Anabel se sentó en el asiento asignado, «creo que fue el primer momento que pude respirar y sentirme tranquila. La verdad que fue un alivio increíble», recordó.
A la medianoche del viernes 3 de abril el avión tocó pista en Ezeiza y los pasajeros fueron distribuidos por distintos hoteles de Buenos Aires para cumplir la cuarentena. Después de tantos nervios, finalmente estaba en el país.

Una ciudad hermosa.
«Hasselt es una ciudad hermosa, a una hora de Bruselas», contó Anabel. «Es chiquita, con la misma cantidad de habitantes que General Pico; es en extremo limpia, más bien de gente mayor, pero con un campus universitario muy grande y muchos estudiantes. Para mi es perfecta», se entusiasmó.
En sus estadías anteriores Anabel había formado un grupo de amigos con estudiantes con similar condición a la suya. «Era un grupo súper lindo, principalmente de italianos, que es con los que culturalmente encontrábamos similitudes y había mucha química».
El objeto de su beca y la investigación que sustenta es «encontrar plantas aromáticas que puedan crecer en suelos degradados por la minería, o contaminados por metales pesados, y desarrollar inoculantes, es decir bacterias, que al hacerlas crecer en mayor cantidad en la rizosfera de esa planta, la ayudamos a crecer en suelos donde naturalmente no crece casi nada», detalló. La investigación no termina allí sino que busca «extraer los aceites esenciales de esas plantas aromáticas y obtener un rédito económico de suelos que están completamente desvalorizados».
Esto conlleva beneficios para las plantas, los suelos e incluso la posibilidad de desarrollara actividades productivas aprovechando los aceites esenciales.

Terminar la tesis.
Pese a las complicaciones devenidas de la pandemia, la joven pudo avanzar con la investigación y ahora resta terminar de escribirla. «No es un proceso fácil porque tengo que escribir la tesis para la UBA y para la universidad de Hasselt, o sea que tengo que escribir la tesis en inglés y en español». «Creo que a fin de año voy a estar defendiendo mi tesis en la UBA, para la cual mis jefes en Hasselt tienen que venir, son parte del jurado evaluador, y de esa forma me otorgan los dos títulos». Seguramente, ese día tendrá una carga emocional superlativa para la joven, su familia y su entorno de amistades, conocidos y autoridades de la Facultad que desde la distancia siguieron día a día su complicada situación.