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Cuando el alma se viste de celeste

Ingeniero Mecánico y Naval (¿?) fue -es, porque es una condición que nunca se abandona- un reconocido deportista. Hoy está fuertemente vinculado al mundo empresarial, y -siempre- al Club Estudiantes.
MARIO VEGA
Hay gente que transcurriendo la vida va dejando huellas… en realidad podría decirse que todos las dejamos, en mayor o menor medida, pero no con la misma profundidad, o el mismo grado de importancia.
Pero hay sin dudas cierto tipo de personas que tienen algo especial, algún rasgo que las hace diferentes -aunque se comporten como iguales-, y así siguiendo un rumbo van construyendo, van haciendo… Son gente que se destaca sin proponérselo como objetivo; sí, porque está en su esencia afrontar los distintos aspectos de la vida con pasión, y si eso va unido a la inteligencia se podría afirmar que buena parte del designio que cada uno tiene en este mundo está en condiciones de ser cumplido.

Nevares y Estudiantes.
El Negro Nevares es ese flaco eterno -suerte que tienen algunos- que no ha cambiado demasiado su fisonomía de cuando era adolescente… Ya no tiene el cabello oscuro de sus tiempos juveniles -y en todo caso es de los que pueden decir, como en el tango, «las nieves del tiempo platearon mi sien». Pero sí conserva esa sonrisa que es una característica distintiva de su personalidad.
Roberto Andrés Nevares (61) es -no se puede dudar de eso- uno de los símbolos del Club Estudiantes… entidad que tuvo muchos emblemas, claro que sí. Él también lleva el color celeste en su alma, como Ángel Gavazza, los Nicanoff, los Paloma, El Zurdo Núñez, Tincho Pérez Isa, y muchos otros.
Porque muchachos como él tuvieron la bendición -de qué otra manera definirlo- de que el Club fuera desde siempre el patio de su casa… ni más ni menos. Los Nevares -el propio Negro, y obviamente sus padres Rolando Nevares y Elba Aurora Zubillaga, y además su hermana Mónica-, vivieron siempre en Moreno 515, a metros del gimnasio estudiantil.

Los Nevares.
«La primaria la hice en la Escuela n° 1 Domingo Faustino Sarmiento; y el secundario en el Nacional, donde me recibí de bachiller… ¿cómo alumno? Y… no era de los más destacados, más o menos nomás, pero no me llevaba materias. Eso sí, siempre mucho deporte, y además tuve la alegría que cuando terminamos el secundario me eligieron el mejor compañero, y eso está bueno», reflexiona.

La familia.
Sus padres fueron empleados públicos… El papá maestro, que se fue a la provincia de Río Negro al recibirse «y regresó para casarse con mamá… Después el viejo ingresó a la Justicia. La nuestra era una casa típica de gente laburadora, sencilla, humilde, que siempre vivió en el mismo lugar… en una vivienda hecha por mis viejos con crédito del Banco Hipotecario, como se hacía en esos años».
Cabe decir que la mamá (Elba) -que no se perdía partido de básquet cuando jugaba el Negro- era hermana de don Pedro Zubillaga -el papá del abogado del mismo nombre-, y que también Roberto es pariente de los Lluch, otra familia «tradicional en Santa Rosa… porque nosotros somos muy de acá», reivindica.

El abuelo y los Emiliozzi.
Se extiende al hablar de su infancia: «Es que fue fantástica… Mi abuelo Zubillaga tenía taller en la calle Rivadavia, a media cuadra de la Avenida San Martín. A la siesta me iba para allá a esperar que abriera, y me pasaba horas con los muchachos que trabajaban con él… era un espacio compartido con mayores y se aprenden cosas. Tengo muy presentes las carreras de Turismo Carretera, y allí iban los hermanos (Dante y Torcuato) Emiliozzi a arreglar el auto cuando pasaban por aquí. Había un desborde de gente a ver cómo trabajaban los Gringos. ¡Cómo no me voy
a acordar de eso! Había una amistad con los Emiliozzi, porque cuando íbamos a Mar del Plata con el abuelo pasábamos por Olavarría a saludarlos», completa.

Los amigos del barrio.
«Eran buenos tiempos aquellos… crecí en el barrio como sucedía en esos momentos cuando se iban instalando las familias y hacías los primero amigos… Por supuesto, infaltable, la pelota en la
calle, disfrutando los veranos jugando a las escondidas… porque en Santa Rosa no había ningún peligro. Eso con los Paloma, Nicanoff (Yuri, Tamara y Soraya), Oscar y Liliana Morales, Claudio Zalabardo, El Vasco (hoy vive en Barcelona) que venía a jugar a las siestas… La única preocupación era si pasaba un policía porque corríamos a escondernos… La infancia típica de Santa Rosa», rememora.

En el Club Argentino.
Practicó diversos deportes, y en fútbol fue «arquero en los intercolegiales, jugué baby fútbol en la Parroquia Sagrada Familia, no sé si porque era bueno o no había algún gordito que atajara… Inolvidables viajes en camión a jugar a Castex… Más adelante mis viejos me decían que Nelson Festa, que vivía a media cuadra, había triunfado en el extranjero y era técnico de Argentino. Me buscaron de otros equipos pero opté por Argentino por Festa… Jugué un solo año porque después me volqué con todo al básquet.

¿Y la natación?
Naturalmente concurrir al club era también disfrutar de la pileta… «Me acuerdo que para los torneos de natación nosotros teníamos buenas categorías en infantiles y cadetes, pero poco en juveniles y mayores; y por eso no podíamos ganar como equipo… pero en una época empezaron a venir al club los Werner, los del Molino, que eran unos monstruos nadando… Vivían en Alemania, pero algún verano formaron parte del equipo de Estudiantes, y ahí sí andábamos bien. Pero dependíamos de ellos», admite.

El profesor inolvidable.
Hay un profesor de Educación Física que en esta ciudad fue emblemático para muchos deportistas. «Sí, Horacio González merece un capítulo aparte en mi vida. Me acuerdo que en un torneo en El Prado nos juntó en el club a las 7 de la mañana… arrancamos todos caminando y entramos al Pampa Bar, donde nos hizo desayunar… Esas cosas no te las olvidás nunca más», enfatiza.
Siguiendo con Horacio (González) -recuerda- «tengo presente cuando nos dirigía en básquet: para mí un profe emblemático, con toda esa capacidad que tenía… nos juntaba y nos hacía ver con esas filmadoras viejas, creo que Super 8, los partidos de la NBA y nos enseñaba. Un adelantado para la época». Y sí Negro, tenés razón. Coincido sobre el profe.
Roberto pasó toda su infancia y adolescencia en Estudiantes: «Claro, si tengo a mis amigos de toda la vida ahí: Yuri Nicanof, Caco Paloma, Julito Tamborini, Paco Ibáñez… Cómo no te ibas a enamorar de un club que tenía a un loco como Tincho Pérez Isa. Un apasionado de todo lo que hacía».

Argentino y Estudiantes.
Le menciono cuánta diferencia social existe entre aquel humilde Club Argentino de atrás de las vías donde fue a jugar al fútbol alguna vez, y el Estudiantes enclavado en pleno centro de Santa Rosa… «Sí, viéndolo así parecería que socialmente son distintos… pero no hay que olvidar que Estudiantes nació en el Colegio Nacional, integrado muchos años por gente muy trabajadora, de clase media…pero eso sí, quedó en el centro de la ciudad», medita.

El amor por el básquet.
El Negro Nevares confiesa lo que todos sabemos: «Amo el básquet. Tuve la suerte de estar en la Selección de La Pampa, en algún momento en un interfederativo jugué representando al Club Santa Rosa que me llevó como refuerzo, y también la alegría de ganar un Caldén de Plata».
Roberto Nevares señala que «competí con grandes jugadores en La Pampa… y cómo no mencionar los enfrentamientos con Atlético Santa Rosa, nuestro rival eterno en básquet, donde estaban Carlitos Gómez, el Flaco Vaquer, Yoyi García… o contra All Boys donde jugaba Fidelito Bretón, El Ruso Pesce, el Flaco Aguirre… Fue una época muy linda y por suerte con cada uno que está acá, cuando nos vemos en las calles lo disfrutamos. Es mi pasión mi deporte, lo que más me gusta». Y no hace falta siquiera que lo diga.
«Y para terminar con la parte de básquet te cuento que estudiando en Buenos Aires me fui a probar a Gimnasia Esgrima de Villa del Parque, que iba a empezar la nueva temporada de primera en Capital Federal… En ese momento lo dirigía (Miguel Ángel ‘Bala’) Ripullone, ayudante técnico de la Selección Argentina, y me dijo que quedaba… Pero resulta que después vimos que algunos horarios coincidían con la facultad, así que no pudo ser… fue una desilusión, sí», admite.

Jugaba hasta a las bochas…
«Sí, también fui bochófilo…», se ríe con ganas. «Mirá, jugué un poco al tenis como entretenimiento, y a las bochas porque era tanto el amor por el club que nos vimos obligados. La Asociación exigía que los clubes presentaran juveniles porque si no eran desafiliados, y en Estudiantes no había. Juan Carlos Alou (padre de Cacho y Santiago) preparó un equipo conmigo, Paco Ibáñez y Rubén Sánchez».
Y sigue recordando: «La primera vez que jugamos hubo muchísimos amigos, gente grande, conocida, que nos iban a ver y se reían mucho… porque realmente estábamos disfrazados: no teníamos ni ropa adecuada, y nos prestaban los pantalones blancos para jugar. Se reían, pero le salvamos el momento al club… Es que Estudiantes es algo imprescindible en mi vida, a tal punto que a mi familia le transmití todo el amor por el celeste», completa.

Aparece María Laura.
Roberto está casado con María Laura Marinelli, «también familia típica de Santa Rosa, que es odontóloga y trabaja en una posta sanitaria. No tiene consultorio porque en realidad le gusta mucho la salud pública, y tenemos dos hijas, Martina (28) y Carola (23)».
Le gusta contar al Negro. Y cuenta. «Estudiaba en Buenos Aires, y en la semana del estudiante, cuando cumplí 22 años, vine a Santa Rosa y conocí a María Laura: fui al boliche y ahí estaba con su hermana, que también cumplía años, y un grupo de amigas… desde ese momento estamos juntos. Ella estaba en la secundaria, y nos casamos después, en marzo de 1980».

Antes que Ingeniero, mozo.
Más adelante Roberto dice sobre su profesión: «Soy Ingeniero, Mecánico y Naval… estudié en Buenos Aires, pero previamente hice 2 años en La Plata en especialidad Mecánica. Muchos me preguntan por qué Ingeniero Naval… y qué se yo: si aquí lo único que tenemos es la laguna», se ríe.
Residiendo en Buenos Aires la cosa no era fácil… «trataba de ganarme un mango porque realmente a mi familia se le hacía muy difícil mantenerme. Siempre reconozco el esfuerzo que hicieron mi mamá y mi hermana, que al final no estudió, se volvió y se puso a trabajar. Ellas me bancaban, y yo ayudaba un poco laburando de mozo los fines de semana en un club de rugby; y de vez en cuando alguna changuita también en algún evento de gente que nos contrataba», evoca.

Viajes y fiestas populares.
«¿Mi primer trabajo formal? Fue con Rodolfo Marinelli después de recibirme… Un tiempo en la administración pública, pero al tiempo renuncié porque mi suegro era proveedor del Estado. Fue en la época de Pildoro Gazia como ministro, tenía categoría 1 y al razonarlo no me parecía ético. Pero fue una experiencia interesante y valedera…», señala.
Roberto ha tenido la suerte de viajar, y mucho… «Aprendí a hacerlo gracias a mi señora, María Laura, que es una apasionada de los viajes, me inculcó el amor por eso y conocimos muchos lugares… incluso fuimos con las chicas cuando eran chicas a Disney… ¿Pero sabés una cosa? Me encanta visitar fiestas populares… Aquí en el país hemos estado en algunas, como la de la Cerveza en Villa General Belgrano y otras. Me encantan esas cosas y me quedo horas mirando lo que sucede; y tanto me gustan que cada vez que vamos en familia aprovechamos. Con Rodolfo Marinelli, con su señora Nilda García; mi cuñada Marisa y su esposo Luis
María Heguy, hemos alquilado una Van y recorrimos mucho. Salimos de Madrid y llegamos a ver la fiesta de la cerveza en Munich…».

El presidente de la Cámara.
Con los socios de la Cámara de Comercio organizaron dos viajes a España para ver cómo trabajaban allá los centros comerciales «y fuimos recibidos por los ayuntamientos. Estuvimos en fiestas de Sevilla, pero también en Mondragón, Bilbao, San Sebastián, Barcelona y Pamplona. A mí me gusta esa interacción que se produce entre la gente… Y un poco de ahí surgió el Festival de las Calles que hicimos acá últimamente…».

El mejor título.
Hoy Roberto es presidente de la Cámara de Comercio, y se tiene que mover en un contexto muy particular. «Estamos atravesando momentos complicados, que van a producir cambios muy profundos, en los hábitos sociales y culturales. Lo cierto es que a veces me siento como desbordado, porque es lo más difícil que nos tocó como sociedad. Un desafío muy grande», cerró.
Por estas horas el Negro Nevares trabaja desde su casa, y vaya si está ocupado. Y preocupado, claro.
Es una persona simple, sencilla… Y obviamente, mirando hacia adelante sus desvelos son los propios de estos tiempos: el futuro de los seres queridos, de la familia, de sus hijas… Pero no se reduce a eso, porque tiene inquietudes sociales, y por eso participa, actúa, hace… Es lo que se dice un hacedor.
Está dicho… es Ingeniero Mecánico y Naval, empresario, dirigente y deportista… todos «títulos» importantes, por supuesto. Aunque seguramente el que mejor le cabe es uno que no otorga ninguna universidad: el de buen tipo… Y qué mejor que eso, Negro… Es tal vez el reconocimiento más lindo que puede recibir una persona… ¿O no?

La influencia de Marinelli
«He tenido la oportunidad de trabajar con una persona que es un líder nato, que tiene una especial capacidad social. Y aprendí muchísimo… Cuando te dice algo no te está dando una orden, sino pautas y sugerencias». El Negro Nevares habla con cariño, pero también con admiración de Rodolfo «Titi» Marinelli, una persona ampliamente conocida en la ciudad.
«Mis suegros, cuando terminé de estudiar me dijeron si quería volver a Santa Rosa… y bueno como tienen dentro de la empresa un sector que se llama Compañía Científica, que se dedica a la parte de insumos hospitalarios, y yo había hecho unos cursos de electro medicina, me dediqué a eso. Por eso estuve sólo unos meses en la Provincia, porque me parecía que chocaba mi actividad privada y mi cargo en la Administración Pública», explica.
Son muchos años ya de trabajar con Marinelli. «Sí, ahí aprendí todo lo que significa tener la responsabilidad de estar a cargo de negocios importantes, con una buena cantidad de gente trabajando en esas empresas, y nunca imaginé que iba estar a cargo de tantas personas… es muy difícil, pero cuando encontrás a una persona
que tiene los conceptos tan claros se te hace mucho más llevadero. Rodolfo es una persona que surgió de la nada y hacer lo que hizo, en los lugares donde estuvo, le dan una visión como para ofrecer una enseñanza permanente. Él marca sobre todo lo que es el concepto del respeto, la responsabilidad, cumplir con la palabra… son valores y premisas que te va enseñando que tense que
cumplir a cargo de una empresa como esta», señala.
Y sigue: «Hoy con 82 años y alejado de la actividad, aunque sabe todo, y está al tanto de todo, es una persona a la que vas con propuestas, con cosas para hacer e inmediatamente las acepta. Es un desafiante de la realidad, y una suerte trabajar con él, porque siempre quiere más, construir más, que el negocio siga creciendo… De hecho, hace unos meses familiarmente empezamos a charlar de unas cosas que me gustaría hacer para Marinelli, y fue el primero en decir ‘adelante, vamos a seguir creciendo y dejándole cosas a la ciudad’. Y no se trata tanto de crecer como empresa y transformarla en una multinacional, sino dejarle cosas a Santa Rosa con la firma Marinelli. Si se quiere es una bendición estar al lado de una persona que te apoya, que te enseña, que te guía…», completa.
Hay un tema sobre el que cabe preguntarle a Roberto: ¿Cómo manejan lo de All Boys y Estudiantes. «Titi» fue presidente del Auriazul y Nevares de los Celestes. «No hay problemas con eso… -se ríe el Negro-; pero está claro que sus nietas, mis hijas, son de Estudiantes… Al que no pudimos convencer es a Clemente, nuestro sobrino que es de All Boys; un pibe bárbaro al que quiero mucho… Pero además mi abuelo Zubillaga era hincha de All Boys, y me llevaba a la cancha cuando se jugaban aquellos torneos regionales», concluye.

Un recuerdo duro
Cuando el Golpe del 24 de marzo de 1976, Rolando Nevares trabajaba en la Justicia provincial, pero como tantos otros pampeanos -ahí se vio claramente que La Pampa no era una isla-, quedó cesante. Fue declarado prescindible.
Había sido de los primeros maestros normalistas, y como muchos fue a trabajar a otra provincia. A él le tocó en Ñorquincó, en Río Negro, pero volvió para casarse y se quedó definitivamente en Santa Rosa.
Era militante del Partido Socialista y amigo de don Raúl D’Atri, por
lo que en algún tiempo «El Caña», «Cañita» -así le decían- escribió en LA ARENA de los primeros años. Después, en la Dictadura «estuvo unos meses preso y pasó a disposición del PEN».
«Ese año me volví de Buenos Aires, me quedé en mi casa y ayudando un poco en lo que podía… daba una mano en el club y me ganaba unos mangos para aportar algo. Fueron momentos críticos y difíciles para la familia», recuerda Roberto.