Cuando la vida está en todas partes

Aunque no se conocen estadísticas precisas, quienes analizan el fenómeno migratorio estiman que habría entre 170.000 y 200.000 profesionales argentinos que se encuentran viviendo fuera de nuestro país.
MARIO VEGA
No son pocos los que están de acuerdo con el concepto de que los y las jóvenes -o cualquier persona en realidad- deben ser ciudadanos del mundo, porque al cabo el universo es una gran aldea donde todos tenemos que convivir. Nuestras viejas estructuras mentales -las de muchos de mi edad, seguramente- nos hace difícil concebir que nuestros hijos un día puedan emigrar para ir a buscar su destino en cualquier otra parte de la tierra.
Pero lo cierto es que cada vez más sabemos de casos de quienes un día se fueron pensando en construir su existencia -en otra parte del mundo-, de modo que -al cabo- los haga más felices, que les permita realizarse en lo que sean capaces de hacer.
Aunque naturalmente -en algún momento- puedan sentir que extrañan a sus seres queridos, las viejas costumbres de caminar las calles de su ciudad, los amigos…
No obstante tengo algunos conocidos que no son precisamente adolescentes, o jóvenes que, en un tiempo empujados por una de las recurrentes crisis que nos toca atravesar a los argentinos creyeron que no daba para más: tomaron sus petates y partieron a lejanas tierras a buscar mejores circunstancias. Y allá están… aún hoy.
No sé si ellos extrañan, pero yo sí los echo de menos, encerrado en mi mundo siempre lleno de nostalgias, de cosas que fueron y ya no son…

Argentinos por el mundo.
Pero en el caso de gente más joven suele ser distinto. También fueron muchos los que se fueron en procura de oportunidades que por aquí no encuentran -porque no estamos desarrollados suficientemente para retener nuestros talentos-, y se calcula que hay en el mundo unos 200 mil profesionales argentinos que no dudaron en partir, y a los que mal no les va. Por suerte.
Hace un par de años, o poco más, me referí a un muchacho -hijo de grandes amigos- que había partido a Estados Unidos, procurando llegar a una meta que se había determinado desde había bastante tiempo. Brillante estudiante, recibido con las mayores notas, Diego Ignacio Dayán (32) es hijo del médico Rubén, y de Juana Jutterpeker, abogada ella. Tiene una única hermana, Paula, viviendo en Capital Federal, quien pronto terminará su carrera de Licenciatura en Nutrición que alterna -con buen suceso- con la actuación.

Vivir en San Francisco.
Hoy, casado con Daniela, Diego vive desde hace tres años en San Francisco, y disfruta de una vida que a nosotros, a la distancia, se nos ocurre bien distinta a la sufrida situación de yugarla todos los días con las dificultades de estas horas. Sobresaltos que, por otra parte, parecen la constante de este nuestro querido país.
Hemos accedido de pasada a conocer esa metrópoli de la mano de aquella famosa serie “Las calles de San Francisco”. Aunque quizás no sabemos tanto de la que se dice es una de las ciudades más abiertas del mundo… con sus colinas que moldean sus famosas arterias, y esas casas victorianas que le dan un aspecto especial.

Silicon Valley.
Los viajeros que deciden tomar la ruta que transcurre por la Costa Oeste de los Estados Unidos, advertirán que conduce a Silicon Valley (al sur de la ciudad), donde se levantan las grandes compañías tecnológicas de nuestros tiempos, como Google, Facebook, Apple o Adobe entre otras.
San Francisco se nos aparece apenas se piensa como un sitio muy lejano, que tiene alrededor de un millón de habitantes, y es uno de los destinos turísticos más importantes de aquel país. Un lugar que en su momento alcanzó gran desarrollo por la fiebre del oro.
Hay allí una gran mezcla cultural por la convivencia de nativos indígenas, colonizadores españoles e inmigrantes asiáticos.

El mundo de la competencia.
Ya expusimos alguna vez -cuando decidió partir hacia el país del norte- que Diego es producto de nuestra sociedad santarroseña, de su gente, de la educación pública que recibió primero por estos lares, y posteriormente en la Universidad porteña. Con ese bagaje fue en busca de su destino en una colectividad que no se parece a la de sus afectos, donde la competencia tiene que ver con la excelencia, con la preparación y donde tendrá que exponer su indudable inteligencia.

De visita.
Por estos días, en razón del cumpleaños de su padre -festejado con una fiesta donde estuvieron todos sus familiares y muchos amigos-, Diego estuvo en Santa Rosa. Lo hizo acompañado de Daniela, con quien se casó en 2016, acontecimiento para el que regresaron expresamente al país en su momento: “Con Daniela decidimos casarnos en el país, hacer la ceremonia y la fiesta, y como gran parte de nuestra familia está repartida por Argentina decidimos hacerlo en Buenos Aires. Queríamos sí o sí venir a casarnos acá para poder tener una fiesta como nos gusta, con mucho baile y buena comida. De Estados Unidos vinieron amigos y se quedaron encantados con el asado criollo y hoy, luego de dos años, sigue siendo una anécdota para ellos la calidad de la comida”.
La conversación con Daniela resulta tan interesante como conversar con Diego, porque la joven es cineasta, y trabaja en Sausalito, una ciudad al norte de San Francisco, en una productora de cine. “Se hacen videos de música, documentales, y producciones comerciales para empresas tecnológicas de la zona. Tengo la suerte de viajar mucho y voy para todos lados en Estados Unidos y el mundo. Recientemente me tocó estar en Tokyo, Sydney y San Pablo (Brasil)”, cuenta Daniela sobre el modo en que vive su vida junto a su esposo.

Preparación y talento.
Por su parte, Diego hizo una maestría en Ciencias de la Computación en la Universidad Estatal de San Francisco (San Francisco State University, SFSU) luego de haber estudiado Sistemas de Información de las Organizaciones en la Universidad de Buenos Aires (UBA). “A la maestría entré de forma condicional y tuve que hacer algunas materias de Licenciatura para que me admitan”, indica.
Cabe decir que siempre su gran objetivo fue “vivir la experiencia de trabajar en el Silicon Valley. Después de completar mis estudios conseguí trabajo en la ciudad de San Francisco en Trulia, una empresa que tiene un motor de búsqueda de bienes raíces (similar a Zona Prop). Unos meses después de entrar, Google se contactó conmigo a través de Linkedin y comenzó la ronda de entrevistas que duró casi tres meses”.

El ingreso a Google.
Cabe decir que para ingresar a Google -y también en otras empresas de tecnología-, se realizan una, dos y hasta tres entrevistas telefónicas (obviamente en perfecto inglés) que duran cerca de una hora y el postulante tiene que resolver problemas programando en vivo a través de la computadora, en tanto un ingeniero del otro lado de la línea revisa lo que el aspirante está haciendo. Si esas entrevistas salen bien, se lo invita al campus con todos los gastos pagos, donde se debe enfrentar todo un día completo de entrevistas presenciales.
Lo habitual es que sean de 45 minutos cada una en diversas áreas técnicas con distintos ingenieros, y se trata de más preguntas sobre programación y diseño de sistemas en las que el entrevistado expone utilizando una pizarra.
Luego de las entrevistas, cada entrevistador pone un puntaje sobre el resultado de esa sesión y días más tarde una persona de Recursos Humanos verifica que los puntajes sean positivos. De así serlo, se envía un reporte con todas las preguntas y respuestas del candidato y cada evaluación a un comité que revisa todo el paquete y extiende una recomendación de contratar o no contratar.

Gerente en Google.
Pero no termina allí, porque el proceso continúa: se necesitan aún otro par de semanas en las que el entrevistado se reunirá con distintos equipos para encontrar aquel que le sea más cercano a sus preferencias. Recién después de todo eso alguien se puede considerar un trabajador de Google. Obviamente que no resulta fácil el ingreso, y solo los que muestran un gran talento pueden acceder a desempeñarse en el gigante tecnológico. “Soy gerente y líder técnico del sistema comercial que nos permite ofrecer contenido digital a todos los países del mundo”, dice casi restándole importancia Diego.

El mate siempre está.
A miles de kilómetros de distancia hay costumbres que no se pierden: “Nuestro día a día es levantarnos a las 7 y desayunar juntos, y seguimos tomando mate allá porque se consigue todo tipo de yerba. Ahora lo que hacemos es pedir regularmente por internet y nos lo mandan desde una distribuidora en Miami; nos pedimos unos cuantos kilos y lo mandan por encomienda”.
Diego cuenta que “luego yo me voy a trabajar. A las 8 estoy arriba del colectivo de la empresa. Es una hora y pico de viaje hasta Mountain View, en el sur donde está el campus, y arranco a hacer algo ya arriba del colectivo porque tienen wi-fi. Llego a mi oficina poco después de las 9 y empiezo con reuniones, que las prefiero a la mañana porque es cuando más energía tengo”.
Agrega que no obstante “los horarios son flexibles, ya que trabajamos a objetivos y cada 6 meses se nos evalúa el desempeño. Muchos ingenieros llegan más tarde a la oficina, sobre las 11, pero se quedan más horas; incluso algunos trabajan desde su casa una vez a la semana”.

Cocina de todo el mundo.
Sobre el mediodía los trabajadores de Google van a almorzar a los comedores de la empresa. Es un campus grande con varias hectáreas, edificios bajos y mucho verde. Hay varios cafés con cocinas de todo el mundo y cada cual puede elegir dónde y qué almorzar. “Entre los comedores más populares está el de comida mexicana, con burritos y quesadillas, y la comida india con arroz y curry. Se come todo con un poco de picante que al principio molestaba pero la verdad es que ahora ya le tomé el gusto”, admite Diego.
Después continúa el trabajo hasta las 5 de la tarde, “cuando me subo de vuelta al colectivo de la empresa que me lleva de regreso a San Francisco. Como ya estoy acostumbrado sigo trabajando un poco más desde arriba del colectivo, pero a veces aprovecho el viaje para hablar con mi familia en Argentina”.

Volver, siempre volver.
Diego y Daniela vuelven a Argentina “todos los años, porque nuestra familia y amigos siguen aquí. Pero lo cierto es que los dos completamos nuestros estudios en San Francisco, y eso nos abrió las puertas a conocer mucha gente. Hoy en día tenemos un buen grupo de amigos y todos los fines de semana tenemos alguna juntada con ellos”.
De todos modos los de siempre siguen presentes: “Nos seguimos viendo con mis amigos de la primaria y la secundaria. Algunos siguen acá en Santa Rosa, y otros se quedaron por Buenos Aires, La Plata y Córdoba luego de completar sus estudios. Gracias a la universidad, tanto Daniela como yo nos hicimos de conocidos estadounidenses, y los fines de semana nos reunimos porque contrariamente a lo que se dice tuvimos mucha suerte, nos hicimos de buenos amigos y organizamos salidas, vamos de camping seguido, hay muchos parques nacionales alrededor… y nos gusta concurrir a festivales de música”, amplía Diego como si vivir cómo vive fuera -quizás lo sea- lo más normal del mundo… Aunque uno no pueda entenderlo muy bien…
“Sí, porque estamos muy bien allá pero se extraña la familia y los amigos. En estos momentos no estamos pensando en volver, pero nunca se sabe…”, cierra Diego. Como si fuera lo más normal. Quizás porque entiende que a nadie se debe considerar extraño en ninguna tierra, algo tan común en estos tiempos de xenofobia. Coincidiendo con lo que cantaba Facundo Cabral: “No me llames extranjero, ni pienses de donde vengo… mejor saber donde vamos, a donde nos lleva el tiempo…”. Porque ellos como tantos son, al cabo, ciudadanos del mundo.

“La mejor empresa para trabajar”.
Se estima que Google tiene 90 mil empleados -distribuidos en 70 sedes en el mundo-, de los cuales una decena se desempeñan en Silicon Valley, en California. Son asombrosos los servicios que la empresa les brinda a sus trabajadores, impensados en cualquier empleo “normal”.
De acuerdo a lo que afirma la revista “Fortune”, “Google es la mejor empresa del mundo en la que una persona podría trabajar”. Y a tal punto es así que mantiene ese lugar de privilegio en el ranking desde hace 12 años.
¿Por qué? Porque los “googlers” se ven beneficiados con excelentes salarios -¡en dólares!- oficinas de cuidadas decoraciones, comida gourmet gratuita en los múltiples restoranes del campus; y también con servicios de kinesiología, corte de cabello y de lavandería. Pero no sólo eso. Están los que acceden a clases de cocina, y otros trabajadores que estudian música en un conservatorio donde hay media decena de pianos de cola (¡¡¡).
Pero no termina allí, porque además tienen libertad para organizar sus horarios, y condiciones inmejorables para desempeñarse en casos de maternidad y paternidad.

Un lugar increíble.
“Es cierto -admite Diego Dayán-: caminando por el campus, que tiene varias hectáreas, se pueden ver canchas de tenis, básquet, fútbol, laser tag, piletas de natación…”.
Caminar por el campus podría dar la idea que se trata de un sitio de recreación (y no de enorme laburo), cuando se ven toboganes, hamacas, mesas de ping pong, minigolf, etcétera, sumados a algunos elementos que se combinan con espacios minimalistas, o zonas donde la vegetación invita a relajarse.
Cabe decir que la empresa recibe por año alrededor de 2 millones de solicitudes de postulantes para trabajar allí -de distintas partes del mundo-, lo que de por sí da cuenta de lo complicado que resulta ingresar, y aún más llegar a puestos gerenciales en el gigante tecnológico.

La empresa ideal.
Se dice que Google resulta la empresa ideal para que futuros “genios” se desarrollen, y por eso la búsqueda de personal está orientada a personas mentalmente brillantes, con enorme preparación de modo tal que puedan desarrollar su potencial.
¿Qué es necesario para trabajar allí? Aunque se puede acceder a los conocimientos que se les brindan en la empresa, la experiencia del que empieza es considerada para que lo tomen. El candidato tiene que tener capacidad analítica para resolver problemas y poder trabajar bajo presión, para brindar soluciones creativas.
El liderazgo es también considerado un rasgo indispensable porque el trabajador debe estar convencido que puede llevar a su equipo al éxito… y Diego tiene todos esos atributos. Como queda claro, es un trabajo reservado solo para gente talentosa, preparada y con firmes convicciones para conseguir sus objetivos.

Un pibe de aquí nomás.
Diego Dayán, mientras vivió en Santa Rosa, aunque se destacaba netamente en los estudios, no dejaba de llevar la vida de cualquier adolescente: jugaba básquet y tenis en el Club Estudiantes, y como a todos los pibes le gustaba salir a bailar con sus amigos, muchos de los cuales conserva.
Cuenta que en California, Argentina es conocida sobre todo por los vinos (Malbec y Cabernet Sauvignon), que están en casi todos los supermercados, “pero en el ámbito profesional no se habla mucho de política”, dice cuando se le pregunta por Donald Trump. “Pero en general, en la costa oeste de Estados Unidos se vota más al Partido Demócrata, con lo cual la gente se opone a sus políticas, sobre todo las migratorias, dado que California tiene más de un 25% de residentes nacidos en otro país y está muy abierta a la inmigración”, concluye.