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Un fotógrafo de otra época

Hay personas que por trabajo, herencia familiar o simplemente por placer, mantienen vivas en el presente ciertas tradiciones que son totalmente desconocidas para las generaciones más jóvenes. Es que el avance tecnológico y los tiempos que cambian rápidamente han enterrado en el recuerdo escenas de épocas pasadas y que sólo los más grandes, o los más nostálgicos, mantienen en su memoria. Gracias a esto, lo «viejo» no termina de morir.
Este es el caso de Daniel Azcárate, un docente jubilado, que durante su tiempo libre decide instalarse en las plazas de Toay y Santa Rosa con su cámara minutera, un formato de fotografía que nació finales del siglo XIX y encontró su lugar en las plazas, los paseos y, fundamentalmente, en los pueblos. Por estos motivos, seguramente muchos de nosotros hemos tomado contacto directamente o como legado de nuestros abuelos una experiencia con la fotografía minutera.
Gracias a una casualidad, un equipo periodístico de LA ARENA se encontró con Daniel y su cámara en el predio de la Laguna Don Tomás. De todas formas, adelantó que en realidad su lugar es la plaza de Toay. «Los fines de semanas suelo estar ahí a partir de las 5 de la tarde más o menos».
Daniel, con una soltura propia de quien sabe de lo que habla, explicó que «es un proceso fotográfico que tiene más de 100 años, tenés la cámara por un lado que hace la foto y adentro están los líquidos donde podés hacer el revelado. Es un mini laboratorio».

El fotógrafo de los pobres.
A pesar de los años y de los avances tecnológicos en fotografía, Daniel resaltó que «es el rescate de un oficio de muchos años que desapareció». En ese sentido, explicó que las cámaras minuteras comenzaron a funcionar «en 1880, 1890,» en Europa. El minutero era considerado «el fotógrafo de los pobres», debido a que «básicamente la gente que acudía a sacarse fotos con estas cámaras era la gente que tenía menos dinero porque, en ese momento, la fotografía que había era de estudio, a la que tenía acceso la gente más pudiente».
«El fotógrafo se ponía en la plaza con este adminículo, llamado cámara minutera, y sacaba fotos en distintos tamaños, podía ser foto carné, una más chica o una más grande», agregó.

Un placer.
Daniel adquirió su cámara el año pasado. Durante un viaje, pudo comprar la caja en Francia y luego le realizó modificaciones. «El objetivo es mío, modifique un poco la parte del enfoque y empecé despacito, a hacer pruebas».
«En realidad yo siempre hice fotos en blanco y negro y tenía laboratorio. Pero por una cuestión de espacio, al cambiar la casa, hubo que sacarlo», añadió.
Sin embargo, más que un hobbie o una distracción, para Daniel la fotografía es un placer pero no solo por la belleza del producto final, sino por el contacto que establece con los protagonistas de las imágenes.
«La paso bien porque el hecho de que la gente se pare frente a la cámara y que uno tenga que decirle que adopte una posición, se establece como un vinculo con la gente. La minutera se llama así porque entre que tenés las copias para entregar son diez minutos de trabajo y en ese ínterin, la gente te cuenta, te conoces», contó entusiasmado.

«Se producen cosas bellísimas».
Incluso, resaltó que cuando se ubica en un espacio público con la cámara «la gente se acerca a curiosear, te pregunta qué es, cómo funciona. Muchas veces quizás no hago ni una foto, pero estuve todo el día hablando con la gente y explicándole, está bueno. Se producen cosas que son bellísimas».
En relación a las fotografías, Daniel explicó que ha cobrado alguna y otros le han entregado dinero «porque sí». Sin embargo, aclaró que «generalmente no estoy cobrando. Además, al estar en Toay, y trabajar tantos años ahí, conozco mucha gente. Los que vienen son todos conocidos, hasta ex alumnos. Les pregunto cómo andan, qué es de su vida… y ahí charlamos».

Una característica especial.
Las fotografías del minutero contemporáneo son en blanco y negro. Para él, esto «tiene una característica muy especial, por los tonos. Pasás de blanco muy blanco a negros muy negros, y le da ese aspecto de foto antigua».
Por otro lado, es consciente en que no solo se trata de una foto: «cuando estoy sacando en Toay, pienso que por ahí estoy haciendo un registro de la gente, porque me queda un negativo, la gente se va con el positivo, y me queda un registro de lo que es la gente del pueblo».