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De la carpintería a la gran empresa

Seguramente don Julio Pechín padre no habrá imaginado nunca que de aquella carpintería con la que inició a trabajar en la calle 15, en General Pico, surgiría la empresa más importante de la provincia.
MARIO VEGA
¿El objetivo de un empresario sólo debería ser el de hacer dinero, trazarse meramente una meta económica, ¿o debiera tener también un rol social para cumplir?
Son dilemas que vienen desde siglos atrás, y que cada tanto se ponen sobre el tapete. Cuántas veces hemos escuchado eso de que el derrame alguna vez llegará a los de más abajo para darles a los miembros de una sociedad un mejor estatus de vida. Una situación que -hay que decirlo- pocas veces se ha cumplido.
Dicen los que dicen saber que desde que empezó a manifestarse un mundo capitalista -al menos desde el siglo XVIII-, hubo empresarios que obviaron cualquier otro objetivo que no fuera el rédito económico, sin importar compromisos con empleados, clientes, proveedores, y aún con el medio ambiente.
¿Qué hubo excepciones?, ¿qué las hay todavía? Probablemente así sea.

El capitalismo y los sueños.
No obstante cabe decir que hubo economistas, como Milton Friedman, Premio Nobel en 1976 -considerado el sucesor de Adam Smith, padre de la economía moderna-, que reafirmó que la única meta del empresario es maximizar la utilidad. Esto es, sin dudas, capitalismo salvaje.
Pero insisto: ¿siempre será así?, ¿no existe otra manera?
No sin cierta ingenuidad me pregunto si a los empresarios/as -al cabo hombres y mujeres- no les alcanzan los sueños que comúnmente acarician otras gentes. Esas ilusiones frecuentes que -al cabo- tienen que ver con las pequeñas cosas de la vida.
Es verdad que la ambición puede vincularse a un sentimiento mezquino que sólo persiga la ganancia, y el poder que da el dinero. Pero también es cierto que detrás de cada persona hay sentimientos, familias, cuestiones cotidianas que nos debieran ser comunes. O no?… alegrías, buenos momentos. Y tristezas y también penas, que todos las tenemos.

Conociendo a Tito.
Conocí a Tito Pechín primero en su condición de dirigente político vinculado a la Unión Cívica Radical -hoy es presidente del Comité Provincia-, antes que al empresario importante que es desde hace varios años, cuando la empresa que conformaron con su hermano Sergio pasó a transformarse -quizás- en la más importante de La Pampa.
Primero tuvimos contactos telefónicos -para consultas siempre de tipo político, y pocas veces relacionadas con su importante emprendimiento industrial-, hasta que nos conocimos personalmente no hace mucho tiempo atrás.

Un tipo sencillo.
Las primeras charlas fueron, a veces, para responder él incómodas preguntas periodísticas relacionadas a acciones del gobierno nacional de Mauricio Macri -al que el radicalismo adhirió casi pusilánimemente- y la impresión inicial fue la de empezar a conocer a una persona sencilla, afable, con un compromiso social que pareciera asumir desde su condición de próspero empresario. Y me llamó la atención. Y por eso decidimos con Dicky Paghouapé -compañero de redacción en LA ARENA- llegarnos hasta General Pico para conversar más extensamente con él.

Sin alardes.
¿Por qué quién es Tito Pechín? Cualquiera que no lo conociera podría decir, al verlo caminar cansino las calles de su ciudad, sin alardes, que es un vecino más de General Pico. Sólo eso.
Hablar de Tito supone encontrarse con una persona de trato campechano, llano, pueblerino -si cabe el término- pero, inmediatamente, si se lo asocia con Forestal Pico se caerá en la cuenta que es uno de los empresarios más importantes de la provincia, dedicado a un rubro en el que podría decirse su compañía es líder desde el sur de Córdoba abarcando toda la zona patagónica, pero comercializando también en Entre Ríos y provincia de Buenos Aires.
Habla pausado, sin levantar la voz, y le gusta conversar. De su vida, de los inicios como trabajador junto a su padre, del presente, y lo que vendrá…

Un ejemplo.
«Mi padre, se llamaba también Julio, fue la persona más inteligente que conocí. Empezó con carpintería… hacía postes, varillas de alambres, y fue haciendo más cosas hasta llegar a las varillas de alambre, carrocería para camiones. Era de Metileo, y mi mamá, Eda Quattropane, tiene hoy 85 años, y lo acompañaba mucho. Somos dos hermanos con Sergio que es ingeniero electricista recibido en Bahía Blanca. Mi esposa se llama Dorita Rossi, docente especial que hoy está jubilada; y mis hijos Emiliano, quien se dedica a la producción agropecuaria, y Evelin que es abogada. Las nietas están al llegar, una de cada uno, y son dos nenas», dice Tito y se le iluminan los ojos.

Sergio, un puntal.
Sergio, en tanto, es casado con Adriana Subía, con quienes tienen a Gisella (trabaja en la empresa), Cristian (se encarga de la planta de Maracó) y Ramiro (estudia Ciencias Económicas). Y parecen bien distintos Tito y Sergio… Éste es más enfático, directo en el decir y en el hacer, se me ocurre. «Se encarga de la diaria en la empresa y somos socios en todo… Igual que para mí, esto es su vida. Es parte de nuestra buena familia, Sergio es una parte indivisible de Forestal Pico», completa. Y no quiere dejar de mencionar el papel preponderante que cumplen el contador Alejandro Colombatti, el gerente de stock, Adrián Managó; y Fabio Constantini, abocado a la parte agropecuaria.

Los estudios.
La primaria la hizo en la Escuela 66, después la ENET 1, y más tarde la Universidad. «El mío… el mejor barrio, el de los amigos de siempre, con los que nos seguimos viendo, como el ingeniero Horacio Bricco, Ricardo Ursino, y mi mejor amigo, Jorgito Palezza, ‘perro’ de la AFIP», sintetiza. Aunque por supuesto son muchas más las amistades cosechadas en la etapa adolescente y las que fueron llegando después.
Y agrega: «La mejor escuela de trabajo, el ejemplo, fue mi padre, que empezó con una carpintería, y con quien aprendí mucho… La verdad es que fue una familia de laburo la nuestra, y en mi caso fui muy responsable en el estudio».
Vivió siempre en el barrio de Costa Brava, al lado de la sede, si bien reconoce que el deporte no ha sido su fuerte, «aunque de pibe practicaba ajedrez».

Tito Alfonsinista.
Apunta que en su casa «no eran precisamente peronistas mis padres -sonríe ante la evocación-, pero sí tenía un tío que lo era, Alfredo Máximo Álvarez, con quien nos pasábamos horas hablando».
Él, por su parte, cursando la Facultad, se afilió al radicalismo el 2 de junio 1983, atraído por la figura de Raúl Alfonsín. «Desde entonces milito, y puedo decir que Alfonsín trasciende los partidos políticos, y creo que le cabía esa frase que dice ‘siento sobre mis pies el frío del bronce’ (se la atribuyen a Domingo Faustino Sarmiento). Por él soy radical», ratifica.

El intendente.
Tito hoy es el máximo dirigente de la UCR en la provincia, y casi modestamente dice que tiene «un sueño», el que no pudo concretar en 2015, cuando quiso ser candidato a intendente de General Pico. Y confiesa que «todavía duele…». Los enjuagues de la política lo dejaron afuera esa vez, pero no parece perder las esperanzas.
«En realidad nunca fui candidato a ningún cargo, porque no se dieron las condiciones, pero todavía lo pienso», admite.

El dinero, una consecuencia.
«Al principio preguntabas si el dinero es el fin único del empresario, y te contesto que no», me dice mirándome a los ojos. «Lo del dinero es efímero porque efímera es la vida, y no es lo único. Obvio que un empresario procura la rentabilidad, pero en mi caso le doy más importancia a sentirme de alguna manera realizado que al dinero, que no me va a asegurar una vida más larga ni mejor»,
«Entiendo que se trabaja para mejorar el sistema, formas, métodos, y el dinero es en todo caso una consecuencia… y por algo esa frase que dice que ‘era tan pobre que sólo tenía mucho dinero’… Y claro que uno tiene sueños, y todos los pibes que empiezan en algo tienen que tenerlos», reafirma.

«Algunos sueños cumplí».
Tito se deja llevar en algún momento por la emoción, y repasando su vida expresa que algunos sueños los cumplió: «Me casé con la mujer con la que quise casarme, que me dio mis hijos, y con la que armamos una linda familia, tengo un buen trabajo y me gusta lo que hago… por supuesto que hay sueños utópicos, como sería ser feliz… ¿quién no anhela eso? ¿Pero alguien puede definir de qué se trata la felicidad? Trabajar en lo que a uno le gusta ayuda a sentirse contento todos los días… Me acuerdo ahora de esa canción de Serrat que dice ‘conocí un tipo que dice que tiene un vecino que conoce a alguien que un día fue feliz’… Y está buena la frase, y dice cosas… ¿O no?», sonríe.

Responsabilidad social.
Volvemos sobre el tema y le pregunto si hay una responsabilidad social empresaria. «Uno se debe también a la comunidad de la que, además, formó parte desde siempre, y nosotros tratamos de ayudar en lo que podemos… no está bien que lo diga, pero me preguntás y te digo: colaboramos y tratamos siempre de decir presente con las instituciones intermedias, aunque a veces las situaciones no son fáciles», comenta.
Y es más preciso para señalar que «aquí, además de pagarse sueldos a 162 empleados (en total), tenemos impuestos agobiantes: son 19 vencimientos mensuales que tenés que afrontar los primeros 20 días del mes. Pero creo que sí, que cumplimos con nuestro compromiso con la sociedad», asegura.

La educación es vital.
«Y por supuesto también lo tenemos con nuestros trabajadores, y pretendemos que ellos se sientan realizados. Cuando tengo que conversar con ellos les digo que la gran virtud de nuestro país es la educación pública gratuita: es la gran oportunidad. El aporte necesario a la movilidad social ascendente» manifiesta,
Y se acuerda de una frase de la ex gobernadora María Eugenia Vidal, que dijo en su momento que ‘los pobres no van a la universidad’. Si no van es una deuda que tenemos, por eso no comparto para nada lo que dijo… Hoy el capital de los países no se mide con bienes sino con el nivel educativo», razona.

«Enseñaban valores».
Tito se retrotrae en el tiempo y vuelve a sus tiempos de estudiante, «con un primario de excelencia, con profesores del secundario que fueron sobre todo maestros de la vida porque nos enseñaban valores. Y hasta podría nombrarlos a todos, uno por uno. Y además la Universidad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Pampa, que me dio una formación que nunca terminaré de agradecer», completa.
Se regocija al contar que uno de los trabajadores del taller de mantenimiento de Forestal Pico «tiene ahora a su hijo dando la tesis de Ingeniero Civil en Bahía Blanca. Y eso no pasa en otros países… Estuve en Chile y un empleado cobraba 550 dólares, y la universidad al mes les cuesta más o menos lo mismo… y bueno, ya vimos como decantó todo allí», razona.

De recorrida.
Tito y Sergio nos conducen por toda la planta siderúrgica, y aunque uno es un neófito en el tema, no puede menos que admirarse ante la magnitud del emprendimiento y el despliegue de tecnología. En la ex planta Maracó, donde se fabrican las bolas de molino, podría pensarse que por su enormidad trabajan cientos de operarios, pero no es así… «No, aquí solamente son doce, porque todo está computarizado», explican ante nuestro asombro.
Después deslizan un dato por lo menos llamativo: no hubo en tantos años un funcionario que visitara la planta. «Sólo en una oportunidad vino un subsecretario», admite Tito.
Reconocen que hubo momentos difíciles, cuando en 2002 «aquí éramos cuatro trabajando, pero de a poco fuimos saliendo adelante y aquí vamos», coinciden satisfechos.
En un momento de la charla Tito quiso dejar expresada su admiración por muchos otros empresarios pampeanos: «Me voy a olvidar alguno, pero quiero hablar de Guillermo Lange, de Walter Berger, de Carlos Souto, Lartirigoyen, Carlitos Pessi… Me gustaría decirlo», pide.

Una reflexión.
Volviendo a Santa Rosa con Dicky obviamente charlábamos acerca de lo que habíamos visto, todavía sorprendidos por nuestro desconocimiento.
Y nos hacíamos preguntas: ¿Hay ganadores y perdedores? Y la respuesta no aparecería tan clara… están los que evalúan todo desde lo monetario, los que creen en el cuánto tenés, tanto valés, y que viven su propia historia.
Es cuando uno se pregunta qué sucede con esas personas que lo tienen casi todo -hablando de lo material-, dónde queda el mundo de las fantasías, el de las ternuras, el de la poesía por qué no…
Me pregunto: ¿Alguna vez a los «ganadores» no les dominará la soledad, la tristeza, la melancolía?…

El justo equilibrio.
Pero también es verdad que no todos se quedan con eso -tengan o no tengan-, y están los que se hacen de un momento para detenerse en las pequeñas cosas, esas simples, intangibles, que están allí y nos ayudan a ser mejores. Cuestiones que tienen que ver con los afectos, con las actitudes ante los demás, con los sueños…
Creo que Tito lo tiene claro… y tal vez por eso prefiere el perfil bajo, la mansedumbre y sentirse uno más de los «comunes», aunque en algún aspecto quizás se puede decir que lo tiene casi todo… Y sí, quizás el secreto sea ese, encontrar el justo equilibrio… Aunque no resulte fácil. Para nada.

Empresa orgullo de los pampeanos
Allá lejos y hace tiempo quedó el tiempo en que don Julio Pechín empezó su actividad de construir cabinas para tractores, tranqueras y mangas para ganado vacuno. Difícilmente el pionero habrá podido imaginar que llegarían sus hijos a plasmar este emporio industrial que hoy enorgullece a los piquenses, y por qué no a los pampeanos.
No faltará el que haga notar que la palabra emporio etimológicamente -en el sentido helénico- refiere a personas de diferentes países que se reúnen para comerciar.
Pero en un criterio más amplio es aceptado al hablar de una empresa floreciente. Y este sería precisamente el caso.
Era 1957 y en General Pico iniciaba su actividad comercial don Julio Pechín en sociedad con Emilio Viola, en calle 15 entre 16 y 14. ¿Qué hacían? Empezaron construyendo cabinas para tractores.
Luego Don Julio se independizó y se estableció en calle 19 entre Avenida y 16, empleando cinco personas y abasteciendo a La Pampa y al centro de la provincia de Buenos Aires. Enseguida tendría su propio local en calle 24 N° 1123, fabricando también tranqueras, mangas para ganado vacuno, carrocerías para camiones y acoplados de madera y metálicos.
Con posterioridad incorporó la venta de varillas de madera para alambrados; y ya en los ’70 empezó a comercializar postes y alambres Acindar.
La incorporación de Julio Javier, Tito, fue un impulso para el creciente negocio. El joven cursaba en 1980 entonces su carrera de Ingeniería en General Pico.
En 1990 se incorpora la venta de chapas, hierros, mallas para la construcción y perfiles. Allí se les une Sergio, el otro hijo de Don Julio, que hoy en día está al frente de las actividades diarias en el pujante emprendimiento.
En ese tiempo se gestó la empresa de transportes -más de 20 camiones- con los que se hace la distribución de los productos.
El desprevenido que ingrese a las instalaciones no podrá menos que asombrarse: es un predio de 15.000 metros cuadrados con más de 3.000 metros cuadrados edificados; a lo que se le suma con más de 13.000 metros cuadrados la nave de la ex Maracó.

Las bolas de molino
Forestal Pico tiene una alianza estratégica con Acindar Sociedad Anónima para la fabricación de bolas de molino por laminación, producto utilizado en la molienda de la industria minera y cementera.
La elaboración se hace a partir de barras de acero aleado de origen nacional provistas por Acindar SA, y todo el proceso se lleva a cabo en la ex planta de Maracó.
Tiene una capacidad de producción de 53.000 toneladas al año para abastecer el mercado local y, potencialmente, el regional. Las bolas se elaboran en un tren de laminación de origen chino, y a partir de barras de acero aleado de origen nacional, provistas por Acindar SA desde su planta ubicada en Villa Constitución, Santa Fe.
Forestal Pico -reconocida como líder en el mercado- cuenta con maquinarias de última generación para el planchado y corte a medida de chapas lisas en calibres que van desde los 0,40 y hasta los 3,2 milímetros.
La firma tiene sede central en General Pico, y sucursales en Tandil y Neuquén, en tanto comercializa sus productos en Entre Ríos, sur de Córdoba, provincia de Buenos Aires y toda la Patagona.
Ha pasado más de medio siglo desde que Forestal Pico empezó a servir al agro, a la industria y a la construcción.