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Del golpe más duro al sueño cumplido

LA HISTORIA DE ALICIA BARRANCOS, UNA DE LAS MAS GRANDES DEPORTISTAS DE LA PAMPA

Alicia Barrancos es una de las deportistas más importantes de la historia de La Pampa. Junto al basquetbolista Jorge Racca, la nadadora santarroseña es una de las dos personalidades de esta provincia en participar de un Juego Olímpico, la máxima cita del deporte mundial.
Dio sus primeras brazadas en la pileta de All Boys, alentada por una madre que le tenía fobia al agua, y cerró su ciclo en Atlanta, Estados Unidos, codeándose con las mejores del planeta. En el medio tuvo que transitar un camino duro y a la vez agradable, con grandes frustraciones y alegrías enormes, a tal punto exigente y reconfortante que, a los 24 años, su cabeza y su físico dijeron basta.
Hoy continúa vinculada a la natación desde un lugar más lúdico que competitivo, y advierte a aquellos padres y entrenadores que demandan rendimientos de sus hijos a una edad en la que ella «jugaba a la mancha».

Los inicios.
«Siento el reconocimiento, sí, y me da un poco de vergüenza, especialmente cuando un papá que lleva a su hijo a nadar le dice quién soy. Pobrecito, pasaron tantos años…», le dice a Radio Noticias con una sonrisa Alicia Barrancos, la nadadora santarroseña que llegó a lo más alto y hoy, casi un cuarto de siglo después, sigue ligada a la actividad como responsable de la natación del Club Médanos Verdes.

– ¿Cómo fue tu primer vínculo con la natación?
– Mi mamá le tenía fobia al agua, veía el agua y que se quedaba sin aire. Tenía problemas hasta para bañarse… Entonces, para que no sufriéramos, desde chiquitos nos mandó a los cuatro hermanos a natación a partir de los 3 años. Y desde ahí siempre me consideré un pez; me encanta el agua, es un lugar que siempre disfruté. Cuando era chiquita no me podían sacar de la pileta.

– ¿Y la parte competitiva cuando llegó?
– En mi caso empecé de grande. Hoy veo a los padres que los llevan a los chiquitos de 10 u 11 años y los mentalizan a entrenar, a hacer dieta y demás, y me parece una locura. Yo, a esa edad jugaba a la mancha, a la escondida, a las muñecas… Iba al club para nadar pero también para jugar con mis amigos; era otra cosa. Y después, de a poco, una cosa va llevando a otra cosa, y ya a los 14 o 15 años el entrenamiento se hizo más duro, fui a un torneo y así se dio. Pero en general lo disfruté mucho al proceso, aunque al principio no quería e incluso a los 15 años había dejado de nadar porque pensaba que no iba a llegar a ningún lado y me divertían otras cosas. Pero fui a un torneo, me eligieron para una preelección para las Olimpíadas de Barcelona ’92 y lo empecé a tomar más en serio. Pero siempre disfrutándolo, porque si no lo hubiera disfrutado no lo hubiese podido hacer. Además tuve unos padres que nunca me obligaron ni exigieron, y también grandes compañeros y entrenadores.

El golpe y el sueño.
Barrancos se formó en All Boys (Lastiri, Cogland, Camarota, Peralta y Weigandt fueron sus entrenadores), comenzó a destacarse como Juvenil y, cuando terminó el secundario y se cerraba temporalmente el natatorio auriazul, tuvo que decidir entre Obras Sanitarias de Buenos Aires y Taborín de Córdoba para hacer su carrera competitiva.
«Taborín tenía un equipo de fondistas muy bueno, que era mi especialidad; en cambio Obras tenía velocistas y los entrenamientos eran muy diferentes. Entonces, el 9 de febrero de 1990 me fui a Córdoba», recuerda sobre aquel día en el que dio el salto profesional.
De la mano de Daniel Garimaldi («fue mi entrenador hasta que terminé mi carrera», dice), en Taborín comenzó a tener un nombre propio en la natación nacional y le surgieron dos becas para especializarse en Australia («hoy me arrepiento no haberla aprovechado») y en España, que fue la que eligió. «Me fui a Madrid para entrenar apuntando a las Olimpíadas de Barcelona ’92. Era un nivel increíble, con la World Cup y los europeos, fogueándome con los mejores del mundo», señala sobre aquella experiencia, que sin embargo no terminó de la mejor manera.
«Unos días antes de las Olimpíadas llegó un dirigente (de la por entonces Confederación Argentina de Natación) y nos dijo que de los seis nadadores que estábamos solamente iban a quedar tres, y que los otros tres lugares los iban a ocupar dirigentes», recuerda, aún con bronca porque se desvanecía su sueño de estar en los Juegos Olímpicos de Barcelona debido a que «eran años en los que los dirigentes iban a pasear».
«En mi caso, un dirigente me dio un sobre con las entradas para ir a los Juegos, pero para verlos, no para participar… Entonces ni lo pensé; saqué plata de mi bolsillo, cambié el pasaje que tenía y me volví a Argentina. Yo quería ir a Barcelona a nadar, no a ver a los demás», explica.

– ¿Cómo asimilaste ese golpe para seguir con tu carrera?
– Nunca bajé los brazos; me propuse seguir hasta la próxima olimpíada, que era mi sueño, y se me dio en la de Atlanta ’96.

– Imagino cuatro largos años…
– Sí, y el camino fue muy duro, con altibajos, con momentos en los que te dan ganas de tirar todo al diablo y otros en los que dan ganas de superarte. Lo bueno es que en la Selección teníamos torneos permanentemente y eso te ayudaba a seguir. Es demasiado largo y termina todo en un abrir y cerrar de ojos. Pero vale la pena el esfuerzo por todo lo que pasa en el camino y lo que queda, como las amistades que no te quita nadie.

– Antes de competir en Atlanta ’96 tuviste tu momento de gloria con las dos medallas de bronce en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata ’95. ¿Cómo calificarías a esos dos torneos, que fueron los más grandes de tu carrera?
– Son cosas similares porque uno vive el ambiente deportivo con la villa que comparte con los demás deportistas, pero no es lo mismo entrar a una pileta con toda la hinchada alentándote, como en Mar del Plata, a entrar a un monstruo como en Atlanta. Los Juegos Olímpicos son lo más grande, el sueño de cualquier deportista, pero mi recuerdo más grato es de los Panamericanos en mi país, porque el aliento de la gente me potenciaba.

Agotada.
Apenas regresó de Atlanta, Alicia Barrancos anunció su retiro de la actividad profesional. Tenía apenas 24 años. «Fue un agotamiento físico y mental», asegura. «El entrenamiento de un fondista en ese tiempo era durísimo; nosotros pasábamos siete horas diarias en el agua con entrenamientos muy duros, con mucha carga, más dos horas de gimnasio… Hoy, que ha cambiado el entrenamiento de los fondistas, creo que hubiera durado mucho más», añade.
«Además, en ese momento era la vieja del equipo porque el resto eran todos nadadores muy jóvenes. Y hoy en día, con 24 años, están en pleno apogeo de la natación. Pero eran otras épocas, yo pensaba que no iba a rendir más y estaba agotada en todo sentido», cierra.

«A los 18 están quemados».
Alicia Barrancos recuerda que, para entrenar, en sus tiempos de nadadora se levantaba a las 4.15 de la mañana, porque de esa manera luego podía ir al colegio, cumplir con otras actividades y descansar para el segundo ciclo de entrenamientos de cada jornada. «Pero yo lo hice a partir de los 17 años, cuando ya era más grande; en cambio ahora veo que lo hacen chicos muy chiquitos y es una locura», reflexiona la ex nadadora, que además fue directora de Deportes de La Pampa.
«No comparto para nada que sometan a esa exigencia a chicos de 12, 13 o 14 años, porque llegan a los 18 años y están quemados. Eso es quemar etapas y conozco muchos casos en que se cansan y dejan todo», agrega. «Habría que esperarlos un poco más, pero en este país quieren resultados rápidos y a esa edad ya está demostrado que no sirven. Lamentablemente, esos resultados duran muy poco», cierra el tema Barrancos, que hoy maneja la natación recreativa y social de Médanos Verdes, además de colaborar con la logística de aquellos jóvenes que pretenden dar el salto al alto nivel.
«No podría ser entrenadora a nivel competitivo porque no puedo ver que estén sufriendo a la hora de entrenar. Me quedo con la etapa inicial y disfruto mucho cuando una persona viene sin saber nadar y sale nadando», asegura.

Cabeza y corazón.
Alicia Barrancos fue doble medallista en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata 1995 (en los 800 metros y en la posta 4×200 libres); fue 17ma. en los 800 metros en los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996 y obtuvo decenas de medallas y copas en campeonatos nacionales e internacionales. Pero no guarda nada material de esas conquistas. «No me apego ni a los trofeos ni a las medallas, a nada, lo tengo en el corazón y la cabeza», dice con sinceridad. ¿Y las medallas de los Panamericanos? «Una sé que la tiene mi hermana y la otra no sé…», agrega sonriente.