Inicio La Pampa Eduardo Costabel: "Le he dedicado mi vida a la medicina"

Eduardo Costabel: «Le he dedicado mi vida a la medicina»

Una cruel pandemia cuando niño lo llevó a hacer la carrera de medicina. Recibido en Córdoba, por muchos años se desempeñó en el Hospital Lucio Molas. Es también amante de la literatura y de la música.

MARIO VEGA

En todas las civilizaciones hubo -según se ha escrito- quienes se dedicaron a la sanación, en cada lugar del globo y en épocas remotas. Pero sin dudas hay una figura preponderante que tiene que ver con la cultura griega clásica, que no es otra que la de Hipócrates -hemos escuchado del juramento Hipocrático que se formula al comenzar a ejercer-, que es considerado el padre de la medicina moderna.
Es habitual escuchar que están los que reprochan que los médicos -seguramente con muchos años en la profesión- tienen un pasar acomodado y por encima de la media, como si eso constituyera un pecado. Lo cierto es que quienes abordan la carrera lo hacen primero y absolutamente desde lo vocacional, y con ese espíritu ingresan a la facultad. A nadie se le ocurre entonces que es una forma de lograr, alguna vez, un buen pasar; sino que se piensa como una manera de ayudar, de aliviar el dolor de un paciente, e incluso de salvarle la vida.

La familia Costabel.
Hemos comentado en esta misma columna que se conocen en nuestra sociedad muchas familias que tienen varios médicos en su seno, y las hemos mencionado: Muñoz, Colombatto, Paz… y algunas otras.
Una de ellas es la de los Costabel. Eduardo es el padre, y tres de sus cuatro hijos demostraron la misma vocación: Juan (Neumonólogo); Carlos (Cirujano general y de tórax); Ignacio (Urólogo como Eduardo); y Santiago (abogado, un tiempo radicado en Buenos Aires y por estas horas afincándose en Santa Rosa).
Sus hijos le dieron a Eduardo cinco nietos: Isabela (7), Augusto (7), Ernestina (4), Simón (4) y Sofía (2).
El padre de Eduardo se llamaba Gunther, «era de la zona de Uriburu, y al principio fue empleado de comercio, trabajaba en la estación de servicio de Falappa y Alonso, donde hoy está el edificio del Sempre», dice, un dato edilicio que de verdad no recuerdo. Después en García Gómez Rouco fue Jefe de Taller y Repuestos, y finalmente se desempeñaría en Distribuidora Pampa.
De la mamá, Nélida (le decían «China» y falleció hace pocas semanas) señala que tuvo una actividad muy especial: «Era ‘plisadora’, un trabajo artesanal y difícil», dice, y uno cree recordar tiempos en que las polleras de las damas tenían precisamente pliegues que le daban un toque muy especial. Tiene dos hermanas Eduardo, Dora (farmacéutica) y Anahí (odontóloga, que ya no ejerce).

El barrio.
Los Costabel vivieron en Juan B. Justo y Villegas… «La esquina de los circos», rememora Eduardo. Porque precisamente allí se instalaban las carpas y las pistas de esos espectáculos que se podían ver antaño en Santa Rosa. Era el barrio de los Carassay, Yaya Otero, «El Nene» Prost, los Mugica… todos chicos que asistían asombrados a ese espectáculo colosal que se les brindaba a pocos metros de sus casas.
Eduardo confiesa que le gusta el fútbol, pero realmente no se destacaba en eso; pero que también le atraía y mucho el automovilismo. En un momento de la charla se levanta y trae un álbum de viejas fotos de su niñez: «Esta era de un Gran Premio Turismo de Carretera… Juan Manuel Bordeu paró en mi casa cuando terminó la etapa en Santa Rosa… y ahí conocí a ‘Toto’ Fangio, que le preparaba el auto, y también a Juan Manuel Fangio, que venía acompañando. Fue una experiencia única, y esas son las fotos…», dice lamentando no haberse hecho alguna con el «Quíntuple».

Descubriendo a Eduardo.
Me he cruzado con Eduardo en la ciudad infinidad de veces pero nunca había conversado con él, hasta que hace pocos días mantuvimos una charla: venía el Día del Padre y había que pautar una nota radial con ese motivo… Podía ser interesante: el padre médico (Eduardo), y tres de sus hijos también. El cuarto, también profesional pero de las leyes. Y en el diálogo surgió que el hombre tiene muchas más cosas para contar, y que bien valía volcarlo en este espacio.
Y un poco, o bastante, me llama la atención esta persona que descubrí a partir del diálogo. Siempre lo advertí -eso sí, sin conocerlo demasiado- como algo circunspecto, tal vez un poco ceremonioso, y en realidad me encontré con alguien que -más allá del amor especial por la profesión que abrazó- tiene otras aristas que lo alejan de la solemnidad.

Cómo son los médicos.
Todos hemos escuchado alguna vez a quienes afirman (sin mucho fundamento, es verdad) que los facultativos en general son gente tan apegada a su profesión que sus lecturas estaban muy vinculadas a la medicina, y que sólo tangencialmente se interesaban por otros temas.
Y a esta altura puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que no se corresponde con la realidad. Puedo recordar, por nombrar sólo un par de casos que Eduardo «Flecha» Leones -al que mostramos en estas páginas hace un tiempo- es amante del fútbol y los deportes en general, y además le gusta hacer radio y cantar y tocar la guitarra; y el queridísimo «Ruso» González Savioli -desaparecido en medio de esta pandemia- recorría un aspecto más o menos parecido.

Eduardo y las letras.
El caso de Eduardo Costabel es parecido: le gusta la literatura, ha realizado un taller de Narrativa (hoy en pausa por obvias razones), coordinado por Naty Ponce y por cierto escribe muy bien. Y además abrevó en autores (entre ellos Edgar Morisoli, al que dice admirar) que le han dado una sólida formación, más allá de la específica de medicina.
Pero no sólo eso, le gusta la música, y ha sido fiel seguidor desde siempre de los míticos «Chalchaleros», al punto que eso parece haber influido decisivamente para que sus hijos -los cuatro- toquen guitarra, y el más chico -Santiago- se animara con una banda de rock a presentarse en algunos boliches de Buenos Aires.
¡Y listo! Si a alguien se le ocurriera tildar de aburridos a los médicos, lo que expresé antes hecha por tierra con esa caracterización.

Eduardo y la vocación.
Le pregunto dónde apareció la vocación por la profesión y tiene presente al menos dos situaciones. Una terrible que tiene que ver con la aparición de la poliomielitis: «Yo tendría seis o siete años cuando cruel e implacable pasó por nuestra ciudad. El sobrino de Juanita, vecina de la cuadra, había caído enfermo… Recuerdo a mis viejos conversando con el médico de la familia, un hombre corpulento y bonachón, los tres con cara de preocupación». Aquella epidemia que se desató promediando los años ’50 destruyó la vida de muchos chicos.
Fueron -como estos- tiempos de profunda preocupación: «Sentí desde entonces que tenía que ser médico para salvar vidas… A eso se agregó que leí un libro fundamental… se llamaba ‘Cuerpos y Almas’ (exactamente el mismo que despertó la vocación de Eduardo Leones, según contó ‘Flecha’ hace un tiempo)… Su lectura me embelesó y ya no tuve dudas: quería ser médico a toda costa. Esto generaba una gran preocupación en mis viejos que -después me enteré-, no sabían si me iban a poder ‘bancar’ una carrera tan larga y compleja. Yo, ajeno a las dificultades, bromeaba con mis amigos… eran finales de la década del ’60 y hacía mi propia presentación mientras extendía la mano a un eventual interlocutor: ‘Hola, mucho gusto, soy Fulano de Tal, Premio Nobel de Medicina 1995’. ¡Qué ínfulas!¡ Me proponía salvar a la humanidad!», confiesa a la distancia aquel pibe que es ahora este hombre que le dedicó su vida a la profesión.

A estudiar a Córdoba.
Después del secundario el anhelo de Eduardo se hizo realidad. Marchó a Córdoba, donde al principio vivió en una pensión con algunos que todavía siguen siendo sus amigos: Horacio Cortina (oftalmólogo), «El Ruso» Olaverría y Oscar «El Gancho» Lastiri… «Fue cuando se produjo el Cordobazo… y en ese tiempo íbamos a sufrir una tragedia: Oscar murió en un accidente automovilístico volviendo de Carlos Paz a Córdoba… Nos afectó muchísimo, y por un tiempo decidí volver a Santa Rosa… cuando volví a retomar los estudios mi mamá fue a acompañarnos algunas semanas», recuerda ahora.
Se había ido de Santa Rosa el 5 de enero de 1968, y en marzo de 1974 iba a conseguir su ansiado título, Después en Buenos Aires estuvo un año haciendo Concurrencia, y en mayo del ’75 hice Residencia: «Un año de cirugía general y tres de Urología… luego fui Jefe e Instructor de Residentes, así que fueron seis años de especialización», precisa.

Vuelta a Santa Rosa.
Sería en 1981 que regresaría a Santa Rosa, y más tarde «por concurso» se convertiría en Jefe del Servicio de Urología del Hospital Lucio Molas, donde trabajó 37 años hasta que le llegó el momento de la jubilación. Pero por supuesto no resultó el fin de su carrera, porque aún ejerce en la Clínica Modelo -integra su Directorio-, «aunque de una manera más moderada; porque si bien voy al quirófano por allí lo hago más en apoyo de mi hijo Ignacio… pero sí, aún sigo», expresa.
No obstante a esta altura tiene claro que transcurridos más de cuarenta años de trabajo, y aunque sostiene que no tiene intenciones de dejar, empieza «a vislumbrar que el final del camino profesional no está lejano». Se muestra reflexivo al hablar, y lo dice no sin algo de pena.

Una pelea desigual.
Al hacer una evaluación de su extensa trayectoria dice cosas: «Vi que inventar vacunas en algún gran centro de investigación estaba fuera de mi alcance, así que me entrené para ser médico asistencial y de allí en más tuve mis encuentros cara a cara con la enfermedad y con la muerte. Me costaba aceptar que apenas podría curar a algunos pacientes y que estaba bastante lejos de ser ‘el salvador’ de la humanidad», razona. Y agrega: «A mi favor digo que no me faltó tenacidad y siempre le puse fervor a mi trabajo.
Eduardo cuenta sin tapujos algo que de alguna manera marcó un quiebre: «Tenía algunos años ejerciendo, cuando discutiendo en una reunión de equipo el caso de un enfermo que parecía irrecuperable, y que yo proponía ofrecerle una chance más de tratamiento, una psicoterapeuta me dijo con cierto fastidio: ‘¡Dejate de joder con tu nueva chance para este paciente!, ¡estás proponiendo algo que tal vez sea peor que la enfermedad!’. Cuando terminó la reunión ella me disparó: ‘Decime… ¿no te has planteado qué te pasa a vos con la muerte? Porque nadie que no tenga algún entripado con ella, pretende lo que vos estás pretendiendo», escribió Eduardo en su taller de narrativa, al recordarlo.

Una utopía.
Su compañera le sugirió que fuera a verlo a Tito, que no era otro que el psicólogo del servicio de Psiquiatría del hospital. «Luego de una temporada de sesiones la verdad empezó a hacerse nítida: aquello de ayudar a la humanidad era un envoltorio. Adentro contenía un núcleo duro que era el motor de mi vida: la utopía de vencer a la muerte… que significaba para mí la derrota inapelable del ser humano. Así empezó un replanteo de mis posiciones. Al ya conocido principio ‘primun non noccere’ (primero no dañar),le agregué otro que decía ‘hacia un final en paz’. Empecé a encontrar los límites y creo que a lo largo de los años me manejé bastante bien… aunque cada tanto no puedo evitar volver a trenzarme en alguna pelea con la muerte», sostiene.

«¡Te robamos nueve años!»
Y pone un ejemplo, un descarnado recuerdo: «No hace mucho perdí un paciente luego que él luchara valerosamente contra la enfermedad… Sobrevivió casi diez años y lo acompañé y lo ayudé en lo que pude. Finalmente la muerte como tantas veces, ganó la pelea… Cuando volví a mi casa atravesado por la pena, le dije como si ella pudiera escucharme: ‘¿Viste hija de puta?…te robamos nueve años’. Es en esta etapa que apareció la invitación de un amigo para comenzar con el Taller de Narrativa, y sin dudar dije que sí».

Una nueva herramienta.
Tiene claro el recuerdo: «En uno de los primeros encuentros la Coordinadora me preguntó por qué iba, y contesté que siempre había sentido inclinación por escribir, que había sido bueno en redacción en el colegio, que me gustaba leer pero que era un lector anárquico, y otras cosas por el estilo… Íntimamente sabía que eran respuestas formales… Ya no creo en las casualidades, y sin necesidad de psicólogos supe que aquella vieja utopía seguía viva y que en la pretensión de escribir depositaba la esperanza de encontrar una nueva y bella herramienta para seguir peleándole a la muerte», destaca.

Otra mirada.
Pudo descubrir «la posibilidad de pasar al lenguaje escrito, al menos parte del inconmensurable bagaje de pensamientos que nos habitan… conseguir otra mirada y reflexionar acerca de que la muerte tal vez no sea como yo creía la derrota inapelable del ser humano, y que en realidad es sólo la destrucción del cuerpo. El hombre, hoy pienso, sólo está derrotado si doblega su espíritu, y entrega su alma», enfatiza.
Ha recorrido un largo camino, y aunque no consiguió «salvar a la humanidad’, claror está que ha ayudado a paliar el dolor y la enfermedad. Puede estar tranquilo Eduardo que cumplió acabadamente con el objetivo de la medicina que tanta ama…
El taller de Narrativa le permitió disfrutar de la lectura con sus compañeros y lo hizo reflexionar: «Pretendo escribir para que aunque mi cuerpo vaya con el tiempo inexorablemente camino a la destrucción, mi espíritu no se doblegue, y como aquel viejo pescador de la novela de Hemingway, Mi alma permanezca siempre alegre e invicta», concluye.

Una bolsita de alcanfor al cuello.

«Le pregunté a mi mamá qué pasaba cuando me colgó una bolsita en el cuello con una pastilla adentro de olor muy intenso que se llamaba alcanfor. También se la colocó a mis hermanas, una de ellas apenas una beba… Me contó que era para tratar de evitar que nos enfermáramos de lo mismo que el sobrino de Juanita (vecina del barrio). Había desamparo y angustia frente al flagelo, y nada para defenderse», dice hoy Eduardo Costabel, a más de 60 años de ese acto de defensa contra la temible poliomelitis que produjo profundo dolor en muchas familias.
Como ha sucedido en este tiempo con el Coronavirus, la gente apelaba a remedios «milagrosos» para alejar la enfermedad, aunque no tuvieran -obviamente- ningún rigor científico.
Eduardo recuerda que «la situación era grave, había casos mortales y hacía falta un pulmotor que era lo que podía salvar la vida de aquellos niños que por la enfermedad, entraban en insuficiencia respiratoria y estaban en alto riesgo de muerte».

A comprar un pulmotor.

Gunther, su padre, junto a otro grupo de vecinos de la ciudad, se movilizaron y formaron una comisión para juntar fondos a fin de comprar un pulmotor para el hospital local. «Tuvieron la inestimable ayuda de don Alfredo Dalmiro Otálora y su Propaladora Argentina, desde cuyos parlantes se instaba a todas las familias a colaborar con la colecta, cada uno dentro de sus posibilidades. Todas las tardecitas don Alfredo leía los nombres y agradecía a las familias que se iban sumando, y en poco tiempo se logró juntar el dinero necesario y se compró el pulmotor que fue entregado al Lucio Molas», agrega Eduardo.
«A mi papá le tocó decir unas palabras, y aún conservo ese mensaje escrito con su máquina de escribir Olivetti, en una hoja que está amarillenta por el paso del tiempo», señala.
Dijo don Gunther aquella vez: «Estamos defendiendo lo más sagrado que tenemos: la vida de nuestros hijos». Después hizo una prolija rendición de cuentas, hasta con centavos, de lo que se había gastado y también del excedente, que se entregaba en ese momento a las autoridades para que lo destinaran a la lucha contra la poliomielitis».
Ese suceso impactó a Eduardo: «Allí pensé por primera vez que quería ser médico. Me parecía injusto lo que le pasaba al sobrino de Juanita y a otros chicos, por eso, con la inocente omnipotencia de la niñez, decidí que yo haría algo para que ningún chico sufriera esas enfermedades terribles».

Las vacunas.
Al año siguiente llegó la vacuna que el neoyorquino hijo de inmigrantes rusos, Jonnas Salk había desarrollado en Estados Unidos. «Todos los pibes fuimos a la Asistencia a recibir el pinchazo salvador. Dos años después Albert Sabin presentó al mundo sus gotitas milagrosas, que montadas en algo tan simple y cotidiano como un terrón de azúcar, nos ponían a salvo de aquella desgracia», indica.
Cómo no se iba a emocionar Eduardo cuando hace algún tiempo, entrando al edificio del Hospital viejo, advirtió debajo de la escalera, un extraño cilindro metálico que parecía estar preparado para contener adentro a una persona. «Estuve un rato para darme cuenta que era un antiguo pulmotor… Acaricié aquel fierro viejo con unción, porque era precisamente el pulmotor de aquella historia», se emociona al contarlo.