miércoles, 30 septiembre 2020
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Conocé la historia de Eduardo: el botellero cargado de esperanza

EL BOTELLERO QUE AHORA COMPRA Y RECIBE COSAS ANTIGUAS. LA HISTORIA COMUN DE UN HOMBRE FELIZ

Hay gente que tiene la virtud de entender la existencia, de valorar sus distintos aspectos, y la transcurren con naturalidad y, por qué no, con placidez… Sí, hay de esa clase de personas que no tienen la necesidad de grandes estudios filosóficos para comprender -de manera muy simple- que, al cabo, sólo se trata de vivir.
Cuantas veces -incluso en un mismo día- nos enredamos en las cotidianeidades y solemos sentirnos abrumados, cansados por circunstancias que resultan habituales. Nos repetimos en eso de quejarnos de nuestra suerte, sin reparar en todo lo que en realidad tenemos, y que bien valdría la pena disfrutar de otra manera.
Es verdad que hay situaciones que nos pueden fastidiar, y que algunas pueden resultar importantes… pero también nos suele suceder eso de molestarnos aunque las dificultades sean mínimas. En esos momentos es probable que reneguemos y podemos llegar a pensar que la suerte nos es esquiva; o nos dejamos ganar por la envidia al entender que otros tienen más fortuna u oportunidades que nosotros.

El botellero optimista.
Por suerte, cada tanto, aparece un lindo ejemplo -aunque el protagonista esté lejos de pretender serlo- en gente que a lo mejor no tiene demasiado desde lo material. En todo caso su vivienda, y poco más…
Conocí a Eduardo Sánchez allá por 1984. Era entonces botellero… Sí, recogía botellas por las casas que después vendía, y era una manera de ayudar a su economía familiar.
Ya entonces su mensaje estaba cargado de optimismo, casi diría de esperanza… «Pero cómo no… si la vida es linda…», repetía; y por eso una nota aparecida en ese tiempo en estas páginas terminaba diciendo: «¡Qué ganas de creerte… botellero!».

Historia mínima.
En la vorágine de estos tiempos, cuando nos ocupan temas trascendentes: el estado de la economía, la falta de trabajo, la pobreza, y la indignidad a que son sometidos los más débiles desde hace tanto tiempo, lo de Eduardo Sánchez -su pequeña historia-, aparecería como algo imperceptible. Tal vez infinitesimal comparado con las grandes preocupaciones de la sociedad. Una mínima historia en la que es probable pocos repararían.
Pero también es verdad que ponerla sobre el tapete es -aunque parezca algo chiquitito- un poquito de aire fresco. Sí, claro que sí.

«La gente es buena».
Allá promediando los años ’80, Eduardo se jactaba de ser botellero, y decía no sentir envidia de nada: «¡Qué voy a tener envidia yo… si soy libre, si la gente es buena…!», expresaba con infinita bondad.
Era de esos personajes que pensábamos ya no quedaban, que parecían venidos desde los brumosos recuerdos de una Santa Rosa antigua. Hoy en día andan un poco menos, pero suelen irrumpir de pronto… silenciosamente, y casi con sigilo se desplazan entre la ciudad moderna.
Los cirujas solían andar por los barrios y quizás pasaban más desapercibidos, como si su presencia allí fuera más posible, más cotidiana… porque en el centro, entre los autos, entre el ir y venir presuroso de la gente, se nos antojaban extraños, de otros tiempos.

Por las calles.
Eduardo Sánchez (70) es un hombre de tez cetrina y sonrisa fácil, que cada tanto aparece por la Redacción de LA ARENA, como si de vez en cuando tuviera que dar testimonio de lo que está haciendo.
Sigue viviendo en el barrio Matadero, en la segunda casita sobre la calle Congreso. Una casa humilde, limpia y confortable.
En un momento se dedicó a la albañilería, hacía changas, hasta que se hizo botellero.
Más tarde fue empleado en De León Supermercados -más de una década estuvo allí, hasta que el comercio cambió de dueños-, y él volvió a su antiguo oficio de botellero y al cirujeo, hasta que llegó el momento de jubilarse. Eso fue en 2015, pero no obstante no se quedó quieto, y volvió a la vieja práctica -que parece no dejará nunca- de andar por las calles de la ciudad.

En bicicleta de reparto.
Por estos días volvió a aparecer por la Redacción de este diario… un poco para contar lo que está haciendo -vinculado al baile folklórico que lo atrapó de una manera especial ya hace algunos años-, pero también para mostrar su nueva actividad.
El encuentro, la mano derecha extendida para el apretón -con fuerza, como dicen que lo hace la gente sincera-, y la sonrisa indeleble asomando en su rostro moreno…
«¿Ahora ando con esto…», le dice al cronista mientras muestra la antigua y pesada bicicleta de reparto -esas con el canasto de caños adelante, que casi no se ven-, «y ando por las calles recibiendo cosas antiguas que me dan… o algunas que adquiero y que después la gente me compra como una antigüedad», completa Eduardo.

Antigüedades se venden.
Y muestra su mercancía: un añejo sifón de soda, botellas de aceite «Cocinero», otra de Hesperidina Bagley -bebida que solía mezclarse para diferentes tragos-, una más de ginebra… y también una plancha de carbón, y otra a nafta (¿??)… y un sin fin de antigüedades más que alguien le regaló o compró por allí. «Diría que hoy lo mío es la compra venta en la calle de cosas antiguas», se ufana casi como si fuera un experto coleccionista.
«¡Pero sí!», alardea… «Si hasta tengo facebook, y me relaciono por ahí. La verdad es que no me puedo quedar quieto, y que hoy, a los 70 años tengo ganas de seguir haciendo cosas. Me siento muy joven todavía. Y mientras ‘haiga’ salud…», reflexiona. Y lo cierto es que se lo advierte bien, contento con la vida.

Santa Rosa está fea.
Eduardo Sánchez sostiene que su acercamiento a la religión le da fuerzas para seguir creyendo, que está feliz con su familia, con su esposa, y sus hijos y nietos, y todos viven muy cercanos, en el mismo barrio.
Ante la pregunta sobre la Santa Rosa que recorrió de punta a punta desde hace décadas, observa lo que vemos todos: «Creció muchísimo de los años ’80 en adelante. Ahí era muy bonita pero está muy venida abajo; el asfalto es un desastre, pero aparte me parece que no la cuidamos como deberíamos», afirma.
Y la contrapone con «otros pueblos preciosos que hay en la provincia: Telén, Ataliva Roca, los del Oeste… el que se te ocurra…», señala.

Un hombre común.
Se deja sacar un par de fotos mostrando su nueva actividad, saluda con esa amabilidad que no abandona nunca, y se va despacito, sin prisa, como alguien que no tendría demasiadas preocupaciones. «Es que soy feliz… La verdad que no hay nada que pueda pasar en mi vida que me haga infeliz… Y aparte, problemas tenemos todos, hermano», expresa no sin razón… Y sonríe, y se aleja pedaleando… lentamente.
Seguramente volverá alguna otra vez, con esa carga de optimismo que lo hace andar por la vida con una sonrisa… «porque problemas tenemos todos». Eduardo y su pequeña historia. La historia de un hombre común… Nada más. Ni nada menos.

“El bailarín de los montes».
“Con el baile folklórico pude llegar a actuar en Santiago del Estero, y fue como cumplir el sueño del pibe”, cuenta Eduardo Sánchez sobre esa disciplina que practica desde hace unos 20 años.
El hombre, nacido en Santa Isabel pero afincado en Santa Rosa hace muchísimos años, señala que su afición por el baile tiene que ver con su madre, que “era gran bailarina de chamamés, milongas y lo que viniera… Ella me llevaba a los bailes en Santa Isabel… y ya en ese tiempo me di cuenta que en el campo, en el monte, se bailaba distinto que en los salones”.
Agrega que en el año 2004 en el barrio Matadero se formó el grupo “Rastrillada Pampa”, en la que el profesor no era otro que uno de sus hijos, Marcelo “Chacana” Sánchez. “Fue muy lindo desde el principio, porque nos presentamos en General Pico, Victorica, General Acha, y lo más emocionante fue volver a Santa Isabel para los 100 años del pueblo”, amplía.
Con entusiasmo Eduardo habla de cuando se presentó en Santiago del Estero. “Me presentaron como ‘El bailarín de los montes’… Fui con mi hijo, y mi compañera de baile Marta Blanca… Mi hijo es profesor de folklore y trabaja en el Centro Municipal de Cultura”, precisa.
“En Santiago nos aplaudieron mucho, porque nosotros tenemos una forma particular de bailar, como lo hacía la gente de los campos y que es lo que vi cuando era chico. Vestido más que de gaucho como una persona con bombacha ancha, sombrero muy viejo… Yo no uso cuchillo, pero sí revoleo el poncho y la gente se emociona y hasta llora”.
Rememora que así vio bailar en el Oeste pampeano… “La gente venía de los puestos, eran tiempos de felicidad, cuando el río Atuel corría y había sembrados y animales gordos en la zona… se bailaba con guitarra y acordeón; se tiraba carne en la parrilla y estaban hasta la madrugada”, evoca. (M.V.)