Inicio La Pampa Una verdadera demostración de amor

Una verdadera demostración de amor

Las puertas entreabiertas de los humildes vestuarios resumen gran parte de la tarde. Los dos equipos esperan hasta último momento para dar el paso al frente y, mientras los capitanes dan la arenga final, toman en conjunto la primera gran decisión: si las abren se congelan; si las cierran quedan a oscuras. La negociación encuentra un punto medio.
Afuera los espera una tenue llovizna, una temperatura inferior a los 10º y un campo pesado e irregular. Los relojes marcan la hora oficial para que comiencen los partidos de Primera División de la Liga Cultural de fútbol, pero retrasan la salida unos instantes más.
A pocos metros, desafiando al clima, uno de los colaboradores del club local le da los últimos retoques a la cancha. Lleva en la mano izquierda una varilla de madera que en su extremo inferior tiene atado un tarrito con unos agujeros en el fondo y cal en su interior. Con movimientos ascendentes y descendentes -como dándole pequeños golpes al aire- y un equilibrio envidiable para caminar en línea recta, el canchero refuerza las marcas en las líneas.
Los jugadores permanecen en sus penumbras. Recién cuando el árbitro hace sonar el silbato a modo de llamada, El Elyon y Atlético Macachín dejan su «zona de confort».
Unos se mueven de un lado a otro con piques cortitos; otros dan pequeños saltos; la mayoría se frota las manos y se da palmadas en parte desnuda de las piernas, entre los pantalones cortos y las medias largas. Todos se dan ánimo; les quedan 90 minutos por delante.
«Hoy estuve a punto de colgar los botines», se sincera uno de los más experimentados de la cancha antes de iniciarse el partido. «Es el Día del Padre, hace un frío de locos, está lloviendo hace dos días y desde las 7 de la mañana que no tenemos luz…», agrega ofuscado, y se pregunta por qué las autoridades no suspendieron el partido.
«Esta gente de El Elyon tenía una chance de recaudar algo de plata y con este día no viene nadie; los de Macachín tuvieron que viajar hasta acá sin saber si se iba a jugar; y nosotros nos morimos de frío y con esta cancha corremos el riesgo de lesionarnos», se queja. Pero unos minutos después está jugando, como cada domingo.

El 10 la está rompiendo…
«¡Bambi, calentá!», cuenta Héctor Veira que le ordenó un entrenador cuando el delantero, en el final de su carrera, metía sus últimos goles en la Universidad de Chile. «¿Te parece? ¡El 10 la está rompiendo!», le respondió desde el banco el goleador al DT, asomando la cabeza desde abajo de una colcha que había llevado para protegerse del intenso frío que azotaba en aquella tarde-noche chilena.
La imagen de los suplentes de El Elyon y Macachín, arropados mientras observan a sus compañeros, trae a la memoria de los futboleros la conocida anécdota del Bambino. En unos precarios asientos, cubiertos con una lona negra atada con alambre a una estructura de hierro, los potenciales reemplazos hacen denodados esfuerzos por protegerse de las inclemencias del tiempo.
Como si formaran una barrera ante un tiro libre en contra, los suplentes arriman sus torsos, cierran sus piernas y esconden sus manos. No hay riesgos de un gol en contra ni de un penal, pero sí de sufrir una especie de engarrotamiento de las extremidades.
Camperas, gorros, bufandas, pasamontañas… Todos los abrigos disponibles son pocos a la hora de cubrirse del frío y la lluvia. Apenas dejan descubiertos sus ojos. Cada tanto alientan a sus compañeros y enseguida se acurrucan unos con otros. Ya les tocará el turno de levantarse a calentar los músculos.

De adentro hacia afuera.
La lluvia se intensifica con el correr de los minutos. Como pueden, entre resbalones en el barro y rechazos que cada vez quedan más cortos por el peso de la pelota y el agotamiento de los cuerpos, los futbolistas entregan lo que tienen. No hay lugar para lujos ni delicadezas.
Desde el otro lado del alambrado, los pocos que se animaron a transitar las embarradas calles que conducen al estadio Paraíso, ubicado en el barrio Los Hornos, responden a la altura del esfuerzo de los de adentro. Algunos se refugian en sus autos, que ocupan las dos cabeceras, pero entre la lluvia, el frío y las calefacciones no hay vidrios que aguanten sin empañarse.
Los más audaces desafían a la intemperie. Se cubren con lonas, paraguas y hasta sombrillas. El objetivo es pegarse al alambrado para alentar a los suyos; a los que corren adentro y a los que trotan pegados a la línea porque en unos minutos llegará su turno.
El 3-3 final corona la entrega. Todos se retiran empapados, embarrados hasta la cabeza y aún enroscados en un emotivo partido que pudo haber sido para cualquiera. En el olvido quedaron el frío, la lluvia, el apagón histórico y hasta la reunión familiar por el Día del Padre. Porque el amor es más fuerte.