miércoles, 23 septiembre 2020
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El cartero y la escritora

La escritora Patricia Lobos, nativa de Villa Mirasol, se reencontró en Winifreda con el cartero de su infancia a quien no veía desde que ella tenía 7 años de edad. De niña lo esperada en la vereda de su casa donde recibía de sus manos las cartas remitidas desde otros lugares para sus familiares directos. Ella también leía esos textos, entablando de esa manera sus primeros contactos con las palabras manuscritas.
La mujer siempre quiso volver a reencontrase con ese hombre que le dejaba la correspondencia y finalmente lo consiguió el miércoles pasado, después de 40 años de haberlo visto por última vez en su pueblo natal. Para ello viajó exclusivamente desde General Pico, donde reside actualmente, hasta esta localidad. Lo hizo junto a su marido Oscar Gaite. El cronista de este diario fue el nexo entre ambos protagonistas.
Lobos se llevó una grata sorpresa cuando advirtió que Francisco Rosario «Lona» Cases la estaba esperando con un libro de su autoría titulado «Cuento que suena a río» y un recorte periodístico de LA ARENA que informa sobre esa publicación, que alcanzó reconocimiento provincial e internacional ya que la autora lo presentó el año pasado en República de El Salvador. Tras los abrazos y besos de rigor, conversaron distendidos durante casi hora y media.

Una gran emoción.
Patricia Lobos se emocionó cuando se enteró que el vecino se llama igual que su primer hijo. «Fue una de las primeras personas que me acercó al mundo de las palabras manuscritas para que pudiera leerlas. Mi memoria aún conserva esa imagen mía siendo nenita con un vestido con florcitas celestes esperando al cartero en la vereda de mi casa, a la tardecita, para que me diera las cartas cuyos mensajes eran portadores de buenas noticias como él decía. Es un recuerdo a destiempo, lejano, pero presente», expresó la mujer con la emoción a flor de piel.
«Era el cartero del pueblo donde yo nací, Villa Mirasol, y lo dejé de ver cuando tenía 7 años. Ahora me reencontré con él y con sus recuerdos, sus historias, con nombres de personas que tenía olvidados y olvidadas», agregó con cierta nostalgia.
«No sabía cómo se llamaba y por esas casualidades de la vida se llama igual que mi primer hijo: Francisco. Ustedes lo conocen por el apodo, pero para mí siempre fue el cartero», continuó.
«Me contaba que también fue canillita durante mucho tiempo. La verdad que fue una hora y 20 minutos de anécdotas, situaciones, contextos que me retrotrajeron a los ruidos, olores, sabores, que formaron parte de mi niñez», apuntó.
Francisco llegaba caminando o en bicicleta hasta su domicilio para dejar sobres con cartas dirigidas a sus progenitores y abuelos. «Las leía porque había aprendido a leer a los 4 años. Además, las esperaba ansiosamente porque traían mensajes y noticias de otros lugares, felicitaciones por Navidad y Año Nuevo, se acostumbraba mucho en esa época. Y era él quien las llevaba. Traía la novedad, el anunciamiento, alguien que se había ido regresaba a través de las palabras», señaló.

Una memoria prodigiosa.
Patricia confió que a los 7 años no soñaba con ser escritora porque «los sueños de un niño o niña de esa edad son chiquitos». En cambio, «sí soñaba con leer, dibujar realidades y mundos utilizando también palabras».
En cuanto al reencuentro con «Lona» Cases consideró que «fue muy conmovedor, las sensaciones se amontonaron adentro mío. No me olvidaba de sus ojos celestes».
Pudo comprobar que el hombre tiene una memoria prodigiosa. «Es increíble, ha frecuentado a personas que ahora son parte de mi vida y me las nombraba. Así como él, a través de sus cartas, era la conexión entre los que se iban y los que se quedaban, de alguna manera conectó mi pasado con mi presente mientras estuvimos juntos».

Le entregó libro.
La ocasión fue propicia para que Patricia le autografiara su libro «Cuento que suena a río» que Cases atesora, entre otros volúmenes, dado que es ávido por la lectura, incluso de este matutino. La obra literaria de la escritora pampeana busca acercar el público infanto-juvenil a la problemática de los ríos pampeanos, en especial el Atuel, y a la lucha soberana de los pobladores del noroeste provincial por recuperar ese recurso natural e interprovincial. Para que los chicos puedan tener una experiencia más viva con su literatura, utiliza el recurso de los títeres para darles vida a los personajes de su narrativa.
Lobos se comprometió a volver a visitarlo a Cases durante este año para traerle sus otros dos ejemplares titulados «Algunas constelaciones para otros cielos» y «Desde atrás del alambrado». «Ya tenemos una cita para encontrarnos de nuevo porque es muy lector, es impresionante la cantidad de libros que tiene y ha leído, de alguna manera ha hecho un camino interesante desde lo literario», sostuvo Lobos para después despedirse de su nuevo amigo.
Cabe mencionar que Cases distribuyó cartas en Mirasol y Winifreda desde el 26 de enero de 1966 hasta el 25 de marzo de 1999, cuando el Correo Argentino fue privatizado por el ex presidente Carlos Menem y una ola de despidos de trabajadores postales se extendió por todo el país. En ese contexto, Cases y el ex jefe de la oficina local, con toda una vida de servicio, fueron cesanteados e indemnizados. También se había dispuesto el cierre definitivo del actual edificio del Correo, medida que luego fue anulada.

«Un legendario futbolista».
Patricia Lobos conoció varias facetas del cartero de su niñez contadas por él mismo. Una de ellas la de jugador de fútbol. Según le manifestó, defendió las camisetas de los clubes General Belgrano de Villa Mirasol y Deportivo Winifreda. Su posición dentro de la cancha era de 9 y tenía aptitudes de goleador.
Cases le mostró a la visitante una fotografía en la que se lo ve dominando la pelota con sus pies. Al pie de la imagen aparece la inscripción: «Legendario centro forward (centrodelantero) del Deportivo Winifreda que se vendaba los tobillos con bolsa de arpillera y se frotaba las piernas con kerosene».
El hombre le contó una anécdota extra futbolística a Lobos. «Para un Día de la Madre compró 44 claveles en la florería ‘La Chiquita’ de General Pico, que era de su tía, y les dio dos flores a cada jugador para que después del partido se las llevaran como regalo a sus madres», narró la mujer.
«Esas cosas hay que escribirlas, no se pueden ir. Aparte cómo cuenta las historias, cómo las relata; es la voz de mi abuelo, de mi tío Raúl y de mi papá Ricardo Lobos», dijo tras sentirlo hablar.
En la actualidad, Francisco Rosario «Lona» Cases enfrenta con entereza una enfermedad que afecta su sistema inmunológico, pero conserva intacta su memoria incluso realiza trabajos en la agencia de quiniela que atiende junto a un familiar y empleadas.