El dolor de ya no ser

EL ESTRENO DE "MIRO. LAS HUELLAS DEL OLVIDO" EN SANTA ROSA

Franca González contó y filmó la historia del pueblo de Mariano Miro - Miro las huellas del olvido - PUBLICADA 21/04/2018

El último documental de Franca González se desarrolla entre dos metáforas. La primera: una toma inicial, imponente, de la Vía Láctea sobre la noche pampeana. La segunda, al concluir: un campo de soja que “crece” y se devora todo el cuadro a medida que la cámara se eleva, vertical, hacia el cenit. El origen y el final. La fundación y la diáspora. El sueño y la ausencia.
Donde había gente, hoy hay soja. Donde había un pueblo, hoy hay un potrero que cotiza en el mercado de granos internacional a tantos dólares la tonelada.
Pero no es “Miró. Las huellas del olvido”, que se pudo ver la noche del jueves en esta ciudad ante una sala casi repleta, la historia flamígera de una odisea. No hay restos humeantes de una batalla como pintura final. Hay un transcurrir del tiempo entre relictos de un pasado que ya fue, voces de un presente que recuerdan, sentimientos que se muestran con pudor. Hay belleza en cada centímetro cuadrado de esas imágenes que, aunque familiares para los pampeanos, no dejan de conmover. La pupila de Franca González no dejó ángulo sin ensayar. Arboles, taperas, molinos, cultivos, animales, tranqueras, vías férreas, nostálgicos almacenes que envejecen a la par de sus dueños encanecidos… Un universo cercano, íntimo, para los que somos de aquí nomás, y por eso entrañable.
“Miró…” no se propone como un despliegue historiográfico, un rastreo del tiempo meticuloso. Es más bien un diálogo con el espectador, en donde la voz cantante es la de la cámara. Incluso la narradora -que es la directora- asume un discreto segundo plano porque prefiere hablarnos con su mirada antes que con su discurso. Más todavía: su discurso es su mirada.
Los testimonios no abruman; antes bien, dejan cierto gusto a poco. Y está bien, si “Miró…” es un misterio, por qué develarlo del todo. Los que llegaron y un día se fueron, mejor dicho, se tuvieron que ir, no se convirtieron en fantasmas lastimeros de la estepa sino en memoria de sus proles. Hoy son recordados con devoción, y con austero respeto por su dolor.
No hay un deleite por demorarse en el drama, ni siquiera un énfasis. Hay quizás un secreto deseo de no revolver el cuchillo. Aunque queda expuesto con claridad lo que tuvo de cruel la avanzada gringa posterior a la conquista del desierto. Los propietarios de la tierra impusieron su ley tan naturalmente como la geografía imponía la suya. Un día llegaron los hombres del hacendado y, armas en mano, echaron a todos. Pero el relato de la iniquidad no fuerza el cambio de tono. Como si lo sucedido formara parte del devenir del cosmos, de los vientos y las sequías que mandaban con su rigor.
Quizás una ausencia pueda observarse: cierta parquedad en la información. Si es un efecto deliberado -todo indica que lo es- parece no advertir que un público no tan cercano puede quedar huérfano de referencias. Cierto apoyo en la geografía, la identidad de los que bucean en el terreno, algún rostro entre tantas voces en off… Por cierto, no demasiado frente a la totalidad de un trabajo que conmueve y logra develar, con seductora discreción, un misterio que la llanura escondió por tanto tiempo. (SS).