El hombre de hierro

“Rendirse no es una opción”. La frase resume un valor humano inquebrantable. Cuando lo más fácil es la comodidad, ir más allá suele ser doloroso, invasivo y hasta autoflagelante. No todos tienen lo que hay que tener para superarse. Y Daniel “Fido” Vidoret conoce esta virtud mejor que nadie.
Daniel tiene 38 años, es licenciado en Sistemas Informáticos y docente de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad Nacional de La Pampa. Tiene cuatro hijos y una mujer a la que ama. Su vida es como la de cualquier persona. Del trabajo a su casa. De su casa al trabajo.
Un deportista “grupal” que practica de vez en cuando básquet o crossfit para estar en movimiento. Tiene habilidad, es alto y delgado. Es sano, come bien, no toma, no fuma.
Pero un día, difícil de olvidar, todo cambió. Todo se desmoronó. Como una pesadilla impensada en la tranquila cotidianeidad de un hombre de acá nomás. “Me diagnosticaron esclerosis múltiple”, dice a LA ARENA.
Su voz clara, pausada y llena de luz se entrecorta de manera sutil cuando lo rememora. “Se me vino todo abajo: fue durísimo a nivel humano, familiar, no saber cómo viene la mano y la incertidumbre del futuro porque todo se empezó a manejar con incertidumbres”, sostiene.
La esclerosos múltiple es una enfermedad autoinmune que degenera los movimientos del cuerpo, el equilibrio, baja las defensas y perjudica, de manera directa, al paciente. Es llamada vulgarmente como la enfermedad de las mil caras. “Un día te levantás con buen humor y al otro no podés moverte”, compara.

Giro de 360 grados.
Comenzó con tratamientos médicos, a los que recordó como “muy invasivos”, brotes y recaídas tremendas con mucha fiebre, y estados gripales severos. “Es un combo que te hace explotar”, sostiene.
A partir de este momento, “Fido” tuvo que reducir su carga horaria laboral y se abocó a su recuperación. Cuando todo parecía escrito, cuando su destino se avizoraba estático, entregado y recostado en la triste cama de la enfermedad, Vidoret tuvo una idea. Hacer un Iroman.
Un Iroman es el nombre de la prueba de triatlón. Los atletas tienen que nadar, pedalear y correr con ritmo sostenido. Nada de flojeras.
“No era el momento para hacer un Iroman, está claro, ni emocional, ni mucho menos físicamente, pero lo tenía que hacer”, argumenta. Y fue esa motivación que, como un impulso impensado, llevó a “Fido” a meterse en un brete.
Y comenzó a entrenar y a entrenar. Pero mal. Solo dos horas en una bici prestada y sin asesoramiento. Corrió su primera mini triatlón, para saber dónde estaba parado, y descubrió que las cosas no estaban bien. La pasó feo.
“Yo pensé que estaba entrenando, pero no”, reconoce con sonrisa. Fue en este momento que su sueño, lejos de caer, siguió más firme que nunca.
“Contraté un entrenador y empecé a entrenar de verdad, como se debe”, afirma. Manifiesta otra vez que los deportes de resistencia, tan psicológicos, no eran lo suyo.
“Empecé a entrenar fondos largos, de cuatro horas, todos los domingos a la mañana, en bicicleta y alternando la natación y el atletismo”, explica.

Fortaleza.
Junto a su entrenador, y a sus nuevos amigos triatletas de La Pampa, Daniel se empezó a preparar mejor que nunca. Mucha bici, pasadas en natación y atletismo, y una fuerza de voluntad inquebrantable.
Se lo tomó muy en serio. La enfermedad, lejos de detenerlo, lo fortaleció. Fue una motivación.
Muy pocos se animan a un Iroman, inclusive deportistas preparados, y “Fido” no solo era inexperto sino que tenía que convivir con una dura enfermedad que le provocaba estados gripales que duraban hasta más de dos semanas.
“Mi entrenador, por ejemplo, los feriados, me daba más fuerte que nunca: mi vida siguió igual, no paré, con fuerza, con sacrificio, mejoré de a poco la parte anímica aunque en la física se me complicaba por las secuelas que me dejaban los brotes y la pérdida de sensibilidad en las manos y en los pies”, recuerda.
Entrenar y el objetivo de un Iroman le hicieron a Daniel pensar en otra cosa. Poner la cabeza en una meta. Y apareció, un poco por sus amigos, la idea de competir en el triatlón de Bariloche, llamado “Iroman 70.3”, de marzo de este año: muy duro por las condiciones montañosas y de frío. Eran 1.9 kilómetros de natación en el Lago Moreno, 90 kilómetros de ciclismo en el “Circuito Chico” y 21 kilómetros de pedestrismo en las calles de la ciudad.
“Cuando entrenaba fuerte me engripaba y la gripe a mi me dura más que a cualquier persona”, sostiene. Y el tiempo pasó. Los días transcurrieron. “Fido” entrenó y entrenó. Y el día llegó.
Pero, de nuevo, como un karma, otro tropezón.

Gripe.
Una semana antes del Iroman se engripó. “Me desesperé. Tanto trabajo para engriparme a pocos días de la competencia, para nada”, dice. Pero no se detuvo. Daniel corrió la competencia que terminaba en el tradicional Centro Cívico de Bariloche.
Ese día fue una fiesta. “Hacía mucho frío, era tremendo, y hasta casi la suspenden, porque no se podía entrar al agua, incluso los experimentados no estaban seguro de disputarla”, sostiene.
Pero se hizo igual. Y Daniel la hizo igual. Y la corrió. Y la terminó. En siete horas cuando el límite son 8 y media. Todo el esfuerzo tuvo sus frutos.
“La última parte fue muy brava pero estaban todos: cuando iba llegando corriendo podía ver el paisaje, mi familia, mis amigos alentándome, apoyándome”, sostiene.
“Fido” no sentía las piernas. Corría con la cabeza. Con la emoción que lo impulsaba a seguir la marcha.
“Cuando di la vuelta, encaré el Centro Cívico, vi la alfombra, que la había visto cientos de veces en videos, y fue una alegría terrible, buscar las caras de mi familia y amigos para festejar y gritar. Fue un sueño cumplido, minutos abrazados con mi mujer y mi hermana”, grafica el deportista con la voz de nuevo entrecortada.
Había completado el Iroman. Había llegado. Y estaba bien, se sentía muy cansado pero entero.
“Cuando terminé dije ‘esto no lo hago nunca más’. Estaba destruido. Después te olvidás del sufrimiento, del dolor, y las ganas de a poco te empiezan a volver”, manifiesta.

Correr otro Iroman.
La enfermad lo seguirá siempre. Su capacidad de superación también. Hoy se encuentra en perfecto estado físico y mental.
En junio y julio frenó con el entrenamiento por el frío. Pero en agosto volverá porque se viene el Iroman de Buenos Aires, en noviembre, y el de Bariloche, de nuevo, en marzo del año que viene.
“Necesitaba el objetivo, y me lo planteé: todo se puede, no hay que dejarse caer”, completa el deportista que, con el ejemplo, nos viene a decir como son las cosas.
La historia de “Fido” se asemeja a la del español Ramón Arroyo que también cobró notoriedad pública tras la aparición de la aplaudida película “100 metros”. Una historia llevada al cine, con éxito notorio, y a la música (popularizada por Amaia Montero en su canción 100 Metros)… que nos viene a decir, en este caso a través del arte, que “Rendirse…no es una opción”.