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El inca que se siente bien argentino

Llegó un día desde su Cancha Punco natal -en los valles del centro de Perú- y se quedó para siempre. Quiso seguir abogacía en Lima, pero razonó que la educación allá no era para los pobres y desistió.
MARIO VEGA
Hay diversas actividades que se pueden realizar en lo que se conoce como trabajo «freelance». Y cada vez son más las personas que quieren desempeñarse en forma independiente, o de manera autónoma. Obviamente esa condición tiene sus ventajas, pero también sus dificultades.
Están los que en lo laboral se acostumbran a realizar un horario, a determinadas pautas, y de alguna manera a estar atados a una «maquinaria» -una empresa, un comercio, una fábrica, o lo que fuere- en la que se concatena la tarea de una persona con la del resto de los trabajadores. Esa condición de laburante tiene obviamente sus beneficios, como ser el recibir un sueldo a fines de mes -o por quincena, o como sea el arreglo-, aguinaldo, vacaciones, francos semanales, etcétera.
Pero por supuesto también supone otro tipo de responsabilidades, como cumplimentar un horario, recibir indicaciones de un jefe inmediato, y permanecer durante horas en el lugar donde se desempeñe, entre otras.

Sino se trabaja, no se cobra.
Hay muchas personas a las que les gusta moverse en forma independiente, que prefieren más autonomía en su profesión, y manejar sus propias agendas. Aunque no todos pueden elegir.
La condición de «freelance», claro está, no es para todo el mundo. Porque así como tiene una serie de beneficios vinculados con cierta libertad -de la que no goza el trabajador en relación de dependencia-, también se asumen riesgos y obligaciones. ¿Cuáles? El primero conseguir subvenir sus necesidades económicas… porque si no se puede trabajar -porque alguien circunstancialmente se enferma (una simple gripe)-, supone que se encuentra en la imposibilidad de juntar el dinero para las cuestiones más elementales. El que se desempeña como «freelance» tiene que salir a procurarse su plata. Y si no trabaja, no cobra.
En nuestra profesión existe desde hace muchísimos años la condición de periodista (o cronista), y de fotógrafo «freelance».
Así se puede advertir la presencia en diversos espectáculos, o actos, de fotógrafos (y también camarógrafos) que no dependen en forma concreta de un diario, una revista o alguna página web…

¿Quién es René?
Justino René Nonalaya (54), es uno de ellos. René para todos, es un ciudadano peruano radicado hace tiempo entre nosotros, al que habitualmente se lo puede encontrar en diversos acontecimientos, sociales y deportivos -sobre todo-, realizando la tarea de fotógrafo freelance.
Está casado con Silvia -pampeana que nació en Buenos Aires pero tiene familiares en Quehué-, y tienen cuatro hijos: Laura (29), Virginia (23), Agustín (19) y Brenda (18). Pero además disfrutan -aún más que a sus hijos- de sus dos nietos: Luz (9) y Justino (5).
A René se lo puede ver circulando por la ciudad con su moto, y con el bolso en banderola en el que lleva su equipo fotográfico, colgado de su cuerpo.

Al pie de los Andes.
Es nacido en Cancha Punco, perteneciente al departamento de Junín, provincia de Jauja, en Perú. «Está en la parte central de mi país, es una zona rodeada de valles, al pie de la cordillera de los Andes. Allí vivía con mi familia… mis padres, Aurelio y Eulalia, que trabajaban en el campo, y mis seis hermanos», dice.
Cuenta que en Cancha Punco vivió «hasta que terminé la escuela primaria. Está a 3.500 metros de altura, que no nos afectaba para nada, porque allí nacimos y nos criamos. De hecho mis abuelos y mis padres vivían ahí…».

«Soy inca».
René explica que sus rasgos descubren sus ancestros indígenas… «mis dos apellidos son quechua: ‘Nona Laña (‘nombre de pueblo’), y Ninahuanca (significa fuego de piedra), y yo me considero inca», completa.
De contextura más vale menuda, René se ríe al recordar que entre nosotros muchos han creído que tiene origen coreano, o boliviano…
No le cuesta hablar de su tierra, y casi se puede decir que se regocija en el recuerdo: «Nacimos rodeados de montañas y ruinas arqueológicas de antiguas civilizaciones, y siempre digo que es un valle que tiene un encanto especial en las mañanas: cuando veía el sol asomar entre los cerros sentía que me transmitía alegría… crecimos y nacimos así».

Recuerdo de los valles.
Y agrega: «Es un pueblo chiquito… éramos 250 habitantes, y hace poquito estuve y deben quedar unos 50 pobladores… con casas de una sola planta hecha de adobe de barro. La escuela, que ahora es la municipalidad, es la única que tiene dos plantas y también es de adobe», precisa.
En un momento parece emocionarse, y sus ojos se le achican en su piel morena… «¿Sabés qué recuerdo mucho? Un día que en el valle se produjo un eclipse de sol… oscureció totalmente a las 4 de la tarde, y fue un fenómeno increíble… la zona es seca y fría, aunque hay una época templada. Cuando sale el sol el clima durante el día es de entre 10 y 20 grados, pero en general hace más frío que calor».

La vida en Cancha Punco.
Y sigue contando: «Lo que recuerdo es que era una vida difícil. Éramos pobres, porque todos los que viven allí son pobres, humildes… la gente tiene pequeñas parcelas, dos o tres hectáreas… pero hay mucha piedra, así que donde hay un pedazo de tierra cultivamos y vivimos de eso. Papá tenía unas 70 a 100 ovejas, hacía un poco de agricultura, y criamos algunas aves. Teníamos que andar en burro para sacar la cosecha… sí, era duro. Acá la vida es más llevadera y más fácil. Porque incluso actualmente, comparado con Perú, y con cualquier otro país de Latinoamérica, aquí se vive mejor que en cualquier parte», opina.
Hizo tres años de la primaria -son cinco-, en el pueblo y los otros dos en un asiento minero. «Mi hermano era chofer de una empresa y me llevó a vivir con él… después fui a la capital del departamento de Jauja e hice la secundaria. Vivía ahí hasta el viernes y me volvía a Cancha Punco los viernes… Caminaba 10 kilómetros y de ahí 40 minutos de colectivo».

Más allá de los cerros.
Tiene espíritu andariego, es inquieto, y quiso conocer qué había más allá de esos cerros que rodeaban a Cancha Punco. «Yo soy de los más chicos de la familia… son tres mujeres y somos cuatro varones. Ellos quedaron en Lima, y en otras ciudades, y mi hermana menor es la única que quedó en el pueblo y formó allí su familia», completa.
Hoy vive en Zona Norte, en el Plan 3.000 en Santa Rosa. «Está toda la familia junta… nosotros, mis hijas, mis nietos. Nos organizamos bien y nos arreglamos», dice. Admite que en Santa Rosa tuvo la posibilidad de acceder a una vivienda hecha por el Estado, situación que de ninguna manera se da en su país: «Eso allá no existe», resume.
Hizo un largo periplo antes de establecerse en La Pampa, donde está desde hace muchos años: «Salvo mi hija mayor, que llegó conmigo desde Chaco, mis hijos menores y mis nietos son santarroseños… cómo no me voy a sentir argentino», expresa.

Quiso ser abogado.
René tiene un lenguaje fluido, versátil, y manifiesta con absoluta claridad lo que pretende que se entienda… «Yo quise ser abogado, y no pude… mi padre me inculcaba que el único camino era estudiar ‘para que no sufra como nosotros’, me decía… y es lo que siempre les dije a mis hijos», ratifica.
«Sí, quise seguir estudiando en la universidad, y para eso tenía que ir a Lima. Pero las condiciones me complicaban, pero además había examen de ingreso, y entraban los que tenían mejor situación económica. Allá tenés que tener dinero para estudiar… y es difícil mantenerse en la universidad».

Abismo social.
Después de vivir un tiempo en Lima se fue a trabajar «a la selva, en Satipo, cerca del Amazonas… una zona de mucha madera, de frutales, y ahí me la fui a rebuscar. Estaba todo difícil en el país, era la época en que gobernaba Alan García…», menciona. Eran los tiempos en que por aquí estaban los que pedían «Patria mía, dame un presidente como Alan García».
René es un lúcido observador de la realidad, y la lectura le permite realizar análisis que vale la pena escuchar: «Un escritor conocido de Perú, Jorge Basadre -historiador- señalaba que en nuestro país ‘tenemos dos problemas estructurales: el abismo social y el estado empírico’. El abismo social se ve en las grandes empresas, donde el gerente gana 100 veces más que el mejor trabajador… no hay clase media, y siempre fue así. El estado empírico estaba asaltado por delincuentes, mafiosos, y por empresarios y políticos corruptos. En un viaje que hice hace poquito pude advertir que nada cambió… seguimos igual», asegura.
Después entra en comparaciones de países latinoamericanos, y razona «la calidad de vida de Argentina está muy por encima de las demás… de Perú, Chile y Colombia… Cuando viajé con mi amigo Walter Alitá hace un par de meses a mi tierra le comenté eso, y riéndose me decía que soy demasiado peronista… Pero no, uno destaca las cosas buenas… Estuvimos en Chile rumbo a Perú, y yo le decía de las desigualdades entre los que tienen mucho y gente que no tiene nada. Cuando íbamos volando reventó Chile, donde era evidente que estaban tapadas las cosas malas. Y lo mismo pasa en Perú».

«Allá todo sigue igual».
«Hace poco cuando regresé a mi tierra recorrimos con mi amigo… estuvimos en Huancayo, que pertenece al departamento Junín, y es la ciudad más grande de la zona, y vimos gente grande que venía caramelos, chucherías… eso para poder comer, y andaban en la calle hasta las 10 u 11 de la noche, cuando deberían estar en sus casas, con sus familias… Es una sociedad miserable, y los que mandan nos llevaron a esa condición».

Cuando vivió en Lima.
Vivió un tiempo en Lima, donde tiene dos hermanos, y allí trabajo en una fábrica textil, «pero era todo explotación: trabajaba 8 horas y apenas me alcanzaba para el diario, porque si algo me gusta es leer, y apenas para una sola comida. Renuncié porque tenía siempre la idea de estudiar. Más tarde me dediqué a vender libros, y hubo un tiempo del gobierno de Alan García que se produjo como un buen momento económico, una suerte de boom y me fue muy bien, así que junté unos pesos», recuerda.

Nace el fotógrafo.
Alguien le sugirió de conocer Argentina, y se decidió: «Tenía 22 años y me picó el bichito… En 1989 vine solo, sin saber a qué, y anduve por Chaco y Corrientes, donde me anoté en Abogacía. Pero estaba complicado porque eran las épocas de la hiperinflación, en el gobierno de Alfonsín, y me costó organizarme».
Pero un día encontró una salida: «Entré a trabajar con un fotógrafo y aprendí el oficio… Me gustó y lo hice un tiempo, hasta que decidí llegar a Buenos Aires. Al tiempo me di cuenta que no me gustaba, que había demasiada locura, y resolví que me iba al sur… pero terminé en Santa Rosa», se ríe.

Peruano-argentino.
Llegó en 2005 y se quedó para siempre, y aquí construyó su vida: «Estoy radicado definitivamente pero no soy ciudadano argentino porque pierdo mi nacionalidad. Un tiempo quise tramitarla, pero me entró el sentimiento patrio, aunque aquí estoy como en casa… tengo mi familia, mis hijos pudieron estudiar, y puedo trabajar de lo que me gusta y como quiero hacerlo…», dice convencido.
Y reflexiona: «¿Sabés? Me siento orgullosamente peruano-argentino. Amo mi tierra, pero si uno se pone a leer un poquito puede conocer que Argentina es un país de grandes conquistas sociales, y podemos hablar desde la reforma universitaria, o la educación gratuita; hasta llegar a Messi, o Maradona; o a sus premios Nobel y al Papa… Sí, es un gran país», reafirma.
René, en el final, se muestra esperanzado: «Como argentinos nos vamos a encontrar con gobiernos que van a mirar un poquito más a los humildes, con más sensibilidad. Y espero que a pesar de diferencias y contradicciones tiremos para un solo lado… porque sino a ser difícil», concluye.

El hincha de Sarmiento.
A René los que concurren a las canchas de fútbol seguro lo conocen, porque le gusta y mucho, y cubre la actividad para la página de Mario Chaves, Deportes Capital. Aquí se hizo hincha de Sarmiento, pero también de Independiente de Avellaneda.
Después de un tiempo en Buenos Aires se dio cuenta que no le gustaba, y en algún momento le dio la impresión que lo controlaban… «No podía ni charlar con los vecinos en el hotel… Vivía solo… No me gustó y decidí que me iba al sur, a Tierra del Fuego… Llegué a Retiro y no había pasajes, pero vi un micro que decía Santa Rosa y me vine. Era en marzo de 1993», rememora.
«Vine a la aventura, sin conocer nada. Recuerdo que llegué un domingo, llovía, pero igual salí a caminar. Agarré un diario y vi que se alquilaba una pieza y ahí me metí… dejé mis cosas y fui a conocer: encontré con una ciudad ordenada, tranquila, limpia, y me gustó», completa.
Pero había que buscar trabajo: «Yo tenía un equipo importante de fotos, y un día me acerqué a Foto Lux y le propuse al dueño: ‘te dejo una cámara empeñada y me hacés las fotos’… pero no quiso, aunque igual me ayudó… Me empezó a ir muy bien, hice conocidos; y un día ‘Pelo’ Chamorro (querido ex dirigente de Sarmiento) me dijo que era el aniversario del club, que venían Los Cantores del Alba y que fuera a sacar fotos… después inauguraron la cancha y también estuve, y me encariñé: sí, me hice hincha», admite.
Señala que su pasión por el fútbol nació estando en nuestro país: «Cuando vivía en el norte Chaco For Ever estaba en la primera de AFA y empecé a seguirlo… El viaje a la cancha era toda una fiesta, y la gente allá comía naranjas como aquí le dan al girasol…», compara.