El sonido de un piano entre los médanos

Para sentir regocijo con la música es como con la lectura: hay que provocar el encuentro, sumergirse en ella, dejarse invadir una y otra vez y en esa asiduidad se producirá la magia de la comprensión.
MARIO VEGA
En la vida de la gente hay momentos, sensaciones, situaciones que se transforman en únicas e irrepetibles… eso es lo que tal vez debe sentir esta persona que confiesa que disfruta de “los momentos mágicos en que soy la música que se escurre por el piano. El éxtasis que produce la música se siente en lo profundo del alma”, reflexiona. Y así debe ser, con seguridad.
Armando Juan Muñoz (78), es un maravilloso músico pampeano que puede embelesar a un auditorio colmado, cautivar a los presentes en las salas más importantes, o sentir que el aplauso espontáneo, franco y sentido, proviene de la vereda de su propia casa (¡¡¡), cuando en esas noches de verano se deleita -y encanta a todos- ejecutando música de Chopin, Bach o Mozart, pero sin dejar de lado lo popular como puede ser La Cumparsita o la Polka del Burro, o alguna otra canción latinoamericana. Él interpretará en sus dos pianos -los que tiene en su domicilio- como si estuviera ante el más representativo público que pudiera existir sobre la tierra… simplemente porque la música es su vida: “Vine al mundo para esto”, define con sencillez el maestro.

Una casa muy especial.
Abre las puertas de su casa -a metros de la plaza de su pueblo-, y uno accede a una escenografía que algunos pueden considerar parisina. Hay un cierto aire de distinción en los ambientes, muebles de estilo renacentista, cuadros, jarrones y lámparas -arañas de vidrio y cristal que llaman la atención-, y en general una armonía donde la esplendidez del decorado no cae en el boato innecesario, en la exageración que podría saturar, porque se advierte en cada detalle el buen gusto en su justa medida.
Impresiona de verdad ingresar en esa casona de la calle Mitre, en Toay. Al punto que cuando lo hice no pude menos que convocar a mis compañeros que aguardaban en el auto (Milton el fotógrafo; y Ana Carina la conductora del vehículo), para que pudieran también ellos regocijarse con lo que yo estaba viendo.

Conociendo a Fuya.
Fuya nos recibe con esa enorme sonrisa en banderola que lo caracteriza y demuestra toda su amabilidad para mostrarnos lo que queríamos ver… Más allá del mobiliario, de las distintas salas, se observa por las ventanas las un hermoso parque con palmeras, el natatorio y la sensación de tranquilidad, de sosiego, que emana de ese paisaje… “A las 9 de la mañana tomo un poco de sol allí”, expresa señalando el patio, y “a la tardecita no saben que lindo se pone este lugar”, agrega mostrando la postal que se advierte desde adentro.

Un hombre sensible.
Conocí a Fuya Muñoz por su condición de destacado artista, de eximio músico al que pude ver y escuchar en más de un concierto, pero poco más sabía de él. Por eso me llamó la atención una mañana de domingo la llamada a mi celular: “Mire… no lo conozco, pero leo las notas de los domingos y quería expresarle que me emocioné mucho… y se lo quiero hacer saber”, dijo a través del aparato.
Fue grande mi sorpresa: el maestro se había ocupado de conseguir mi número y hacía referencia a una nota en la que yo hablaba de mi casa, de mis padres y de mi barrio… Ciertamente me halagó -y mucho-, que un artista como él se dijera de algún modo sacudido por una nota en la que desnudé mis emociones. Y aunque parezca inmodesto -y tal vez lo sea-, me hizo sentir muy bien.

Una “casa” de resonancias.
Lo vi nuevamente en varias oportunidades, en distintas presentaciones suyas, y todas las veces maravilló al público que aplaudió de pie al final de cada intervención. Ahora Fuya nos estaba recibiendo en su casa y amable, diligente, iba contando aspectos de su vida, su infancia, el hecho trágico que lo marcó para siempre -y que desencadenó la muerte de su madre-, y nos habló de su pasión indeclinable por la música que lo ha llevado por todas partes del mundo, menos a esa Rusia que ansía conocer alguna vez.
En un momento, imprevistamente, se sentó en el piano de cola instalado en el living e interpretó para nosotros “Balada para un loco… y no pudimos menos que emocionarnos y aplaudir como suelen hacer los vecinos que por las noches se juntan en la vereda para escuchar, desde allí, como si la hermosa casona fuera una mágica caja de música de la que surgen las más hermosas melodías.

Quién es Fuya.
Vivió en Toay desde sus primeros días, salvo el interregno que lo llevó a Buenos Aires a estudiar. Fuya, abogado él, es hijo de uno de los primeros y muy reconocidos médicos de su pueblo, Julián Armando, y de María Elena Terrarosa, a quien le decían Perla. Su padre era boliviano y su mamá de origen genovés. Bien distintos, pero tan iguales en el sentir que “eran uno solo”, cuenta de ellos.
“Papá le llevaba varios años, pero se entendían muy bien… hasta que pasó lo que pasó”, dice y es la primera vez que la mirada se le nubla por un instante, y ya no sonríe. “Mamá era hermosa, alta, elegante, la piel dorada… ella está aquí conmigo, siempre. Es mi Ángel”, sostiene.
Perla era hija de una familia que fue dueña de los saladeros que habían sido de los hermanos de Juan Manuel de Rosas: “Le compraron a Prudencio Rosas, ahí cerca de La Plata”, precisa.

Su ligazón a Toay.
Sus dos hermanos también son muy conocidos, pero ellos son médicos, Carlos Alberto y Emiliano Marcelo. Fuya tiene además sobrinos que ejercen la medicina.
“Viví siempre en Toay, fui a la Escuela 5, y la secundaria la hice en el Nacional, en Santa Rosa, que por entonces tenía un nivel excelente… Recuerdo perfectamente a compañeros como Mecha Orgales, Arturo Hospital, Sergio Lino, Alba Vitale… Después me fui a estudiar Derecho a la UBA, pero tardé bastante en recibirme porque en su momento estuve disgustado con papá, que no me acompañó en mi deseo de ir a estudiar música a Alemania”, rememora.
El maestro evoca que su padre “fue un gran guitarrista… pero nunca tocó en casa. Una vez, yo tendría 13 años, supe que lo haría en una fiesta y lo fui a escuchar escondido. Me quedé helado: era un excelente ejecutante, y también de charango. Después le confesé que lo había escuchado y no supo qué decirme…”.

Vida de bohemia.
En esos tiempos, en Buenos Aires, tocó en todos lados, y llevó una vida casi de bohemia, postergando sus estudios: “Eso fue hasta que sufrí un accidente doméstico: me caí de una escalera y estuve enyesado mucho tiempo… fue terrible y pensé que nunca más iba a poder tocar el piano. No podía moverme”.
Uno de sus hermanos, Marcelo, lo llevó a un especialista “y poco a poco me pude recuperar… pero fue como una señal porque entendí que tenía que terminar mis estudios. Y me recibí a los 33 años”, reflexiona y se sonríe.

La música, siempre la música.
“No sé precisar en qué momento la música se apoderó de mí. No recuerdo un solo instante en que haya estado ausente de mi vida… Tuve una infancia maravillosa, rodeada del amor de mis padres y hermanos… cuando chico con algunos cartones me inventaba un piano y obligaba a mis hermanos a que me dijeran que era muy lindo…”, se ríe con ganas.
“Siempre viví en Toay, y es donde quiero amanecer cada día, donde tengo tantos recuerdos de jugar revolcándonos en los médanos… y la música, siempre la música”, agrega. No obstante reconoce que disfruta “del placer de viajar, de compartir con amigos y familia, para retornar ansioso a casa”.

Hay que ejercitar.
El “doctor” Muñoz ejerció por años la abogacía en Santa Rosa, hasta que pudo disponer -desde que está jubilado- de tener todo el día para lo que más le gusta: “Ejercito diariamente para mantener la plasticidad de las manos y como alimento espiritual… y también hago bastante actividad física, porque viene una ‘personal trainner’ (ahora Viviana Carballo, antes Omar Lastiri y alguna vez Lucio Ranocchia), y todos los días voy a dar una vuelta a la laguna Don Tomás”
En su memoria están siempre sus “queridos y talentosos maestros, que me iniciaron en los estudios: a los 9 años mi primera profesora fue Isabel Brown (hija del fundador de Toay), y este piano -señala el Zeitter Winkelmann- que tiene en la oficina-escritorio- era de ella. Lo recuperé después de más de 40 años”, dice satisfecho mientras pasa una mano por el teclado.

El viejo piano.
Alguna vez -aún con cierta pena- decidió venderlo en Buenos Aires, y nunca más supo de él. Hasta que un día otro excelente músico con el que ha compartido muchas presentaciones, Leandro Arrarás (compartieron varios conciertos tocando a cuatro manos), le dijo que en General Pico vendían un piano como el que Fuya quería: fueron a verlo y cuando el artista lo vio no podía creerlo… lo identificó abriendo la tapa y era el mismo con el que había tocado los primeros acordes con su primera profesora… Desde ese momento lo disfruta todos los días.
Pero no tiene menciones solo para Isabel Brown, sino también para “el excelente maestro Alfredo Kludt en Santa Rosa, y el maestro Gregorio Caro en Buenos Aires, inolvidables todos ellos”.

Experiencia intransferible.
El maestro refiere que “el ensayista y novelista italiano Umberto Eco decía con relación a los libros que ‘están incompletos mientras no sean abordados por un lector’. Siento que pasa lo mismo con la música: la capacidad de escuchar, o interpretar o componer es una experiencia intransferible… escuchar la misa criolla con Jaime Torres y Mercedes Sosa y querer traducir la experiencia en palabras es imposible… el éxtasis que produce la música se siente en lo más profundo del alma”.
En lo personal tomó con alguna frustración no haber podido estudiar en Alemania, porque está convencido que “cuando alguien viene para una cosa a este mundo… hay que apoyarlo, alentarlo sin dudar”, afirma.
“¿Me preguntás por mis sueños? Me ilusiono sólo con tocar, y tocar, y tocar… Siempre tocar. Eso quiero para el resto de mi vida…”, expresa Fuya al contestar.
¡Y vale!, claro que sí… toque maestro… siga tocando, maravillándonos… Deje librado al viento de los médanos ese talento que los duendes de la música le regalaron a su alma… y a sus manos. Para que lo disfrutemos todos. Sí… siga tocando, maestro.

Una noche mágica en Parque Luro.
Fuya Muñoz tenía nada más que 12 años cuando dio su primer concierto: “Fue en Radio Nacional y aún conmueve mi corazón recordar aquel susto, y todavía me asombro del coraje que tuve al interpretar la polonesa ‘La Heroica’ de Chopin, y ‘La Patética’ de Beethoven. Desde entonces mucha gente me alentó y acompañó”, se remonta en el tiempo.
“Radio Nacional tenía ciclos maravillosos de música y de teatro leído, con una audiencia muy importante… Puedo decir que hay tres momentos en mi vida como pianista que considero sublimes: aquella primera experiencia; luego cuando después de tocar en la residencia presidencial de Olivos (tiempos de Fernando De La Rúa), me distinguió el presidente de Eslovaquia, Rudolf Schuster… fui invitado a brindarle un concierto e interpreté música tradicional de su país. Se alegró mucho y en el final junto a su esposa me saludaron y me entregaron una medalla que aún conservo”.

En medio del monte.
Fuya tiene en especial consideración una actuación que le resultó muy diferente, ocurrida allá por 2011. Quizás porque, obviamente, no resulta muy natural que la polonesa de Chopin suene entre los caldenes del monte… y sucedió.
Para el centenario del Museo del Parque Luro su piano de cola (un majestuoso Steinway alemán) de más de un siglo -lo tenía en su estancia una familia holandesa, Fuya lo compró y lo restauró a nuevo- fue llevado hasta el hermoso paraje al sur de Santa Rosa. “Lo trasladamos cuidadosamente desde mi casa en Toay especialmente para el concierto, rogando que no lloviera, para instalarlo en las escalinatas del castillo”.
Se pusieron 300 sillas en el parque, y al atardecer se fueron ocupando los lugares: la gente llevó sus canastas con mates y sandwiches, sillas y reposeras… y toda su ansiedad. Medio millar de personas disfrutó en ese lugar, bien original por cierto considerando el acontecimiento que se iba a vivir.

“La Pampa es un viejo mar…”.
“Estuve muy tranquilo esa vez, y todo se conjugó”, contó. Sonaron entre los caldenes en la hermosa tarde noche -con la luna como testigo- “La Polonesa Militar” y el “Nocturno” de Chopin y también “Claro de luna” de Beethoven… Fuya recorrió en su repertorio los clásicos, pero además hizo “Adiós Nonino” y “Desde el alma”, y recibió una estruendosa ovación cuando interpretó “La Pampa es un viejo mar”, del querido Ricardo Nervi.
Una cantante puso su voz a ese momento mágico: “No sabe lo que es La Pampa porque ignora su secreto… La Pampa es un viejo mar”, cantó la Negra Alvarado fusionando su voz con los acordes del piano de Fuya. Emocionaron a todos y el público celebró de pie tan exquisita interpretación.
Esa vivencia, no hace falta que lo diga, quedó para siempre en su mente, y en su corazón…

El recuerdo.
Fuya Muñoz refiere a su mamá, Perla, en todo momento: “A partir de su pérdida sé lo que la música hizo con mi vida”, dice mientras indica el retrato que está siempre cerca de uno de sus pianos.
Fue en un viaje a Chile -su abuelo paterno tenía grandes extensiones de campo-, que se presentó la fatalidad. “Apenas llegamos allá vi un piano y quise tocar… ‘Es tuyo’ dijo mi abuelo: me senté y saqué unos acordes, y nadie entendía nada porque hasta allí sólo jugaba con un piano de cartón en nuestra casa”, cuenta.
Al regreso el auto en que viajaban se quedó subiendo la montaña y empezó a irse marcha atrás: “Mamá bajó, quiso poner unas piedras para impedirlo, y de pronto el paragolpes trasero la golpeó… Así falleció”, dice entristecido.
Fuya -que alcanzó a arrojarse del auto- tenía sólo 8 años, y sus hermanos eran más chicos y casi ni recuerdan lo que sucedió aquel día.