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El we tripantu en los tiempos de pandemia

PUEBLOS ORIGINARIOS CELEBRAN AÑO NUEVO

«Es en tiempos de crisis y pandemia, cuando debe primar el respeto hacia todos nuestros hermanos, por sobre el egoísmo y las actitudes sectarias, y tomar conciencia de que somos hijos de esta tierra», advirtieron desde las Comunidades Originarias del Centro de Argentina.

En ocasión de conmemorarse el año nuevo en el hemisferio sur, que los pueblos originarios de la patagonia denominaban «we tripantu», los lonkos ranqueles de una vasta región que incluye territorios actuales de La Pampa, Córdoba, Buenos Aires, Mendoza y San Luis, divulgaron un comunicado con sus reflexiones en el contexto de un mundo enfermo de coronavirus.

Por causa de la pandemia y las restricciones sociales destinadas a evitar la propagación del virus, los festejos del we tripantu 2020 tendrán características excepcionales: «estamos atravesando circunstancias críticas, que deben unirnos y vincularnos en el pensamiento, la esperanza y el cuidado de la madre tierra», explicaron.

En un «mensaje fraterno», el Consejo de Lonkos deslizó «sugerencias para adaptar esta celebración, de manera responsable, especialmente con nuestros mayores, y poder recibir la energía que genera cuando antú (sol) asoma en el amanecer del 24 de junio». Los lonkos recomiendan a sus comunidades celebrar, manteniendo siempre el protocolo de distanciamiento social de cada provincia, en un entorno natural donde habitan los nehuenes se realice la ceremonia de comienzo del ciclo».

«Agradezcamos por lo que se nos ha dado y pidamos por la salud de nuestra ñuque mapu y de todos los seres vivos que compartimos este espacio y tiempo», explican y agregan que debemos pedir también «que acabe la feroz depredación de nuestro planeta, que ocasiona la desaparición de nuestros bosques y los animales que en ellos habitan; que no se interrumpan ni envenenen las aguas de los ríos, pues son venas de sangre que nutren nuestra tierra, nuestra madre».

Antigua celebración

En Sudamérica, como en el resto del mundo, las comunidades originarias celebran desde hace miles de años el inicio del ciclo anual de la vida, que se renueva cada solsticio de invierno. Con sus orígenes hundidos en las primitivas comunidades del Neolítico, a lo largo de la historia humana el año nuevo fue la celebración más importante de los pueblos y etnias del mundo. Invariablemente, y más allá de la forma adoptada en cada región, esta fecha representaba un renacer de todas las cosas, en alusión al renacimiento del ciclo solar que se reinicia tras llegar al día más corto del año.

En el hemisferio norte esa fecha ocurre anualmente el 24 de diciembre. A partir de la adopción del cristianismo como única religión del Imperio Romano, hace unos 1.700 años, la celebración del año nuevo pasó a denominarse Natividad de Jesús y desde entonces se consideró pagano todo ritual o ceremonia que contemplara como objeto de veneración al sol y la luna, en lugar de dios.

En el hemisferio sur, el año nuevo comienza cada 23 ó 24 de junio, en coincidencia con el inicio del invierno, y así fue celebrado durante más de 12.000 años, hasta la llegada de los conquistadores europeos y la religión católica. Antes de que el catolicismo promoviera la eliminación de las etnias originarias y sus costumbres ancestrales, obligando a «cristianizarse» a los sobrevivientes de la conquista, los pueblos que habitaban nuestra región pampeana festejaban cada 24 de junio el «we tripantu» (o «wiñoy xipanty»), en ceremonias que celebraban el renacer eventual de la naturaleza, luego del crudo invierno.

Eterno ciclo

En las culturas originarias sudamericanas, la concepción del tiempo resulta distinta a la idea occidental. No es una «sucesión lineal», que distingue pasado, presente y futuro, sino un «tiempo cíclico», donde el ciclo se renueva una vez al año. Como el resto de las formas de vida terrestres, las personas respetan un ciclo: nacen, viven, mueren. Cada año es un latido, un pulso, de este ciclo eterno de la naturaleza.

Por eso, en el pensamiento de las comunidades originarias, no tiene ningún sentido luchar contra el orden cósmico. Por el contrario, «vivir bien» es respetar los ciclos naturales del planeta.