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En el salón, solo polvillo y silencio

«La Capital!… ¡Por Dios!, ¡Cuánta soledad!… polvo… más polvo. Mucha tristeza…». La voz entrecortada por la angustia es la de Luis Jeres, el más antiguo mozo de la céntrica confitería santarroseña, mientras recorre lentamente -celular con cámara de fotos y videos activada-, mostrando el salón vacío.
La cámara gira hacia el portador y aparece por encima del tapabocas la mirada con los ojos rojizos -próximos al llanto- del viejo mozo-encargado de La Capital.
El hombre que pasó más horas de su vida entre las mesas que en su propia casa -y que ahora, detrás de la barra lleva el registro de lo que los mozos van repartiendo entre los clientes- no puede impedir que las imágenes ofrezcan el testimonio de su desconsuelo, de su zozobra, de su infinita tristeza.
Desde el 20 de marzo la confitería -como tantas otras referentes de la ciudad, e incluso bares y buffet de las estaciones de servicio- debieron cerrar obligadamente sus puertas. La declaración de la cuarentena mandó a sus casas a los trabajadores, a sus clientes… y a todo el mundo.
Desde aquel momento las sillas apiladas sobre las mesas, las bandejas y algunos ejemplares de LA ARENA del último día abandonados encima del mostrador, y las heladeras vacías, son la postal de un momento de la historia que nadie vio venir, que nunca imaginamos.
En el lugar no hay vocinglería, no hay bullicio. No se escuchan las bromas y las risas de Gustavo Gallego y su cohorte de amigos en el centro del salón; ni un poco más allá la mesa de Carlos Fortuna, el Negro Cejas y el Flaco López a plena carcajada… ni tampoco la de la «gente de campo» que a media mañana se refugia del otro lado del bar; ni el grupo de «chicas» jubiladas entre las que solían estar entre otras Alba Insausti, Katto González y Mirta Canggiano.

Silencio y polvo.
Luis va recorriendo el salón vacío y relata con la voz quebrada a la camarita de su celu: «Nadie pensó que íbamos vivir semejante locura, pero así estamos… Nuestro lugar de trabajo, el sustento de nuestras familias… todo parado. Sólo ahí la foto de los pioneros…», dice mientras «apunta» hacia un rincón de la sala donde se ve el retrato de los fundadores de La Capital.
«Y aquí ‘la reina’ -anuncia-, nuestra maquinita esperándonos…», y muestra la máquina de hacer café que como un maestro manejaba cada día Horacio Romero… «¡Cuánta pena por Dios!», termina mientras la imagen desaparece de la escena.
Pero cabe imaginar lo que sigue… lo que continuará quién sabe hasta cuando… Y Luis lo sabe: «Polvo, polvo y más polvo… cuanto pena por Dios!».
Sí… sólo silencio y polvo… Mucho silencio…

Responsabilidad social.
Indudablemente uno de los aspectos esenciales para que alguna vez la vida de todos los días vuelva a ser más o menos parecida a como la conocimos, tiene que ver con la responsabilidad social.
Con seguridad cuando se habilite el regreso de la actividad gastronómica -hotelería, confitería, restoranes, etc.-, será necesario un protocolo sanitario que debiera cumplirse estrictamente. Pero no alcanzará sólo con su enunciación, sino que evitar que la pandemia siga acechando como un fantasma invisible -aunque todos sabemos que está- dependerá primordialmente de los ciudadanos.
En estos días se puede ver que son muchos los que observan fielmente las pautas que las autoridades van marcando. Y eso está muy bien. Pero también se advierte -todavía- un grado de irresponsabilidad en algunos -aunque puedan ser los menos-, que atentan contra los cuidados que la mayoría va adoptando.

Los que no se cuidan.
Cualquiera que recorra el centro de la ciudad podrá ver -en algunas paradas- choferes de taxis que conversan animadamente entre ellos, sin tener en cuenta el distanciamiento social. Incluso sin tapabocas, como si en el mundo no estuviera pasando nada.
Y lamentablemente no son los únicos que infringen las disposiciones vigentes y que, ciertamente, terminan atentando contra el escrupuloso cuidado que observa la mayoría.
No caben dudas que de la responsabilidad social dependerá, en definitiva, que se pueda seguir avanzando hacia una flexibilización mayor para diversas actividades. El cuidado debe empezar por cada uno de los ciudadanos, y así debe ser rápidamente interpretado.