“Es un ciclo que termina, pero hay otro que comienza”

CIERRA MOTOS MAZZONI

La ciudad cambia, cambia su gente, y el paso del tiempo lo va modificando todo. Quedan con nosotros los recuerdos, remembranzas de cosas que ya no son, ni volverán a ser ¿Hay que resignarse al olvido?
Mario Vega
Hay lugares icónicos en una ciudad… existen edificios, comercios emblemáticos, sitios especiales para algunos durante muchos años, y también -claro- personajes que fueron construyendo la historia citadina. Cualquiera que tenga algunos años podrá evocar espacios representativos de Santa Rosa: como Casa Tierno o Casa Torroba – grandes almacenes de ramos generales de antaño, entro otros-, tiendas que fueron una referencia -La Moderna, Vimaty, La Nenuca, El Barrio, y tantas…-, bares, y además muchas personas y personalidades que pasaron y que, de alguna manera, fueron dejando su huella.

El olvido que viene.
El transcurrir del tiempo le va dando a todo un tonillo de olvido que algunos -muchos quizás- pretendemos reconstruir con una pátina que los haga indelebles, imborrables para la memoria de la gente. Aunque sea una tarea ímproba, difícil, y hasta fatigosa.
Porque la modernidad parece arrasar con todo… la piqueta del modernismo va tirando abajo antiguos edificios, esos que le daban a la ciudad una particularidad especial; en tanto el avance de la tecnología sigue derrumbando antiguos distintivos…
Ni hablar de muchos años atrás, si hasta es posible rememorar que en algunas esquinas se veían esos buzones de correos donde se depositaba la correspondencia, y desaparecieron hace rato; y pasaron al olvido los teléfonos públicos, y tantas otras cosas que nos resultaban cotidianas. Y muchísimos oficios -por hablar de algo- dejaron de existir.

Cambia, todo cambia.
Todo cambió, es cierto, pero los que amamos la ciudad y tenemos algunos años nos resistimos al olvido, ese que naturalmente lleva a la indiferencia, y por eso cada comercio que cierra sus puertas porque su tiempo ya pasó es un pequeño estiletazo al corazón. Obviamente sucedió con muchísimos… y seguirá pasando.
Porque la ciudad va cambiando, y se va modificando su edificación, y cambian sus costumbres… y su gente, su ritmo… y todo. Todo, absolutamente todo.
Será porque, como dice el tango, contra el destino nadie la talla…

Cierra Mazzoni.
En los últimos días hubo uno de esos acontecimientos que -tal vez- si no se rescataran en algún lado específicamente (la intención de esta nota precisamente), pasaría desapercibido.
Casa Mazzoni, dedicada por años a la reparación y venta de motos, ha cerrado sus puertas… Ubicada hace 50 años en Avenida España, casi Moreno, desde aquellos tiempos denominado Motoservice Mazzoni se constituyó -por décadas- en una referencia cuando se tenía que acudir a reparar una moto, o comprarla… porque quien conducía el local vaya si sabía del asunto… José “Pepino” Mazzoni (91) fue el iniciador del comercio, que primero se dedicó a la reparación, y más tarde se extendió a la venta de vehículos y repuestos.

Carlitos, por casi 50 años.
Anduvo Pepino por algunos otros lugares de la ciudad -primero en sociedad con su hermano Fiume (otro destacado cultor del motociclismo lugareño)-, y más tarde por su cuenta. Pero hace casi 50 años el que se sumó para ayudar en el comercio -y lo terminó regenteando- fue su hijo menor, Carlos Daniel Mazzoni (55). “Carlitos” para el mundo tuerca, quien fue también destacadísimo piloto de motociclismo, y alcanzó momentos de esplendor ganando muchísimas competencias, hasta alzarse en 1991 con el Campeonato Provincial. Después de ser campeón pampeano -obviamente la máquina la preparaban en el mismo taller, y Pepino por supuesto metía la cuchara-, se dio el gusto de realizar una enorme carrera en el Campeonato Argentino de 250 cc., donde se ubicó en la sexta posición entre grandes competidores.

Final de ciclo.
En tanto disfrutaba de esa vorágine de motores rugiendo al mango, de esa adrenalina que se daba primero en el taller -mientras los preparativos-, y que después se trasladaba a la pista, Carlitos se fue haciendo como comerciante. De manera que Pepino, poco a poco fue cediendo el control hasta llegar a esta decisión de hoy que resulta consensuada: “Es el final de un ciclo y el comienzo de otro”, dice el hijo, y “mi padre está totalmente de acuerdo… ¡mejor! Así se termina con la dinastía de las motos en la familia”, dice que le expresa Pepino.
Es que Pepino tiene además de Carlitos a otro hijo, Eduardo, que es veterinario y está radicado en Trenel haciendo por supuesto una vida alejada del ruidoso mundo de los motores. “Yo tengo dos hijos -es Carlitos el que aporta-, Danilo y Ayrton, y mi hermano tiene hijos profesionales… y nada que ver con el tema. A mis pibes tampoco les interesa para nada la cuestión así que tiene razón el viejo: la de los Mazzoni con las motos es una historia que se termina”, dice aludiendo a “esta” parte de la familia (porque los hijos de Fiume, Miguel y Baby, siguen con el tema por otro lado).

Pepino, ese personaje.
En un momento dado -ante mi pedido- Carlitos hace bajar de la planta alta a Pepino (donde vive), y de pronto el viejo deportista, el protagonista de tantas carreras gloriosas -como olvidar aquellas tardes donde se lucía en el “anillo embrujado” del Club General Belgrano-, el verborrágico y por qué no polémico José Mazzoni estaba allí, en la vereda. Bastón en mano, caminando eso sí con alguna dificultad -pero aún enhiesto- Pepino me miró de arriba a abajo, casi diría me escudriñó, y cuando le dije mi nombre no dudó: apareció el verdadero Pepino -ya reconociéndome-… “ah! ¡Sí, vos sos el que siempre me daba con un caño…!” me dijo, y su hijo, el fotógrafo y un vecino que miraban no pudieron menos que soltar la carcajada…Sí, un Pepino auténtico que recordaba alguna antigua polémica de hace más de 30 años a través de LA ARENA que, si bien salvada por el tiempo, él recordaba perfectamente bien. Ahora…

El artesano.
Rememoro conversaciones que tuvimos alguna vez: “Nunca ni de pibe jugué ni a la pelota, ni a los naipes, ni tomé ni fumé… Lo mío eran los motores, mi pasión, mi vida, aunque comencé arreglando bicicletas”, me contó.
Fue, sin dudas, una gloria deportiva de nuestra provincia; pero además un personaje de los que merecen ser destacados por su apasionamiento, por su temple, y mucho también por su indudable sapiencia.
No solamente resultó un gran piloto de motos -compitiendo con otros grandes de la época, como su propio hermano Fiume, Rulo Sabaidini, Dante Gariglio, Mario Bertón, los Eyheramono, El Gallo Avelino y tantos-, sino que fue un fantástico artesano que hacía absolutamente todo. “Nunca compré un motor. Todo lo hacía yo… noches y noches sin dormir para preparar de la mejor manera el motor, chasis, transmisiones. Todo, yo hacía todo”, ratifica.
Antes había sido corredor de bicicletas, y quedó 4° en una Vuelta de La Pampa donde largaron 140, entre los que había -tiene que decirlo-, sanjuaninos, mendocinos y bonaerenses.
“Yo lo que digo es que muchos años ofrecimos espectáculos, que entretuvimos al público y dimos alegría. Y no es poco…”.

Recuerdos de antaño.
Podría decirse que fue un comerciante próspero -“en una época se vendían muchísimas motos”, aporta Carlitos-, y tenía algunas cosas muy claras Pepe (“Ya nadie me dice Pepino”, me aclara).
Y sigue reflexionando Pepino: “Cuando pienso en nuestro país no puedo creer que nos creamos tan piolas: siempre me pregunté cómo podía ser que los alemanes necesitaban dos o tres marcos para un dólar; y otros países igual, y nosotros éramos los vivos que estábamos 1 a 1. Por eso en esa época, cuando podía, compraba dólares, y cuando saltó lo de la convertibilidad me encontré con un montón de pesos”, admite.
Y se acuerda de más: “En la época del menemismo saqué un crédito al Banco de La Pampa: ‘Te conviene en dólares porque es menos interés’, me dijeron. Pero yo insistí y saqué y firmé en pesos. Cuando se armó el despelote hubo dos gerentes que me llamaron para apretarme y decirme que me querían pasar la deuda a dólares y puse el grito en el cielo. ¿Pensaban que era gil?”. Y vale la pena imaginar a José enojado.

“Los eché a la p… que los parió”.
Contó también que otra vez sacó un crédito en el Banco Hipotecario para hacerse su vivienda. “Construí por más de lo que me habían dado y me hacían cuestiones. Una vez trabajé toda la noche para arreglar una moto y llevarla a un campo al lado de Puelches. Me pagaron y con eso terminé de pagar el crédito… me paré en la puerta del banco y les dije váyanse todos a la p… que los parió. No fui nunca más”.
Cuando uno se encuentra con tipos como este hombre que pisa los 91, trata de encontrar explicaciones a por qué los seres humanos vamos dejando de lado -quizás por nuestras urgencias de todos los días- memorias, remembranzas, anécdotas que fueron hermosas un día y que cada vez recordamos menos. Y es por eso que quizás, aunque sea sólo por eso, vale la pena dedicar algunas líneas a personajes como este.

Volviendo al tema.
Como decía, los Mazzoni empezaron con su taller en casi Avenida Luro y Urquiza, primero con bicicletas y luego se dedicarían al rubro motos, hace de esto nada menos que 70 años. Más tarde se trasladaría -ya solo Pepino- a Avenida España, a metros de Moreno, donde está prácticamente hace medio siglo: “Yo tenía 15 años cuando empecé a trabajar aquí”, evoca Carlitos. “Sí, fueron muchos años y nos fue bien… en un momento vendimos muchas motos 0 kilómetro, pero además reparábamos y teníamos la venta de repuestos. Pero ya está, eso se terminó”, dice serio y convencido.
Y agrega: “Lo hablé con el viejo y él me dio todo su apoyo, está totalmente de acuerdo… cierra Motoservice Mazzoni, pero claro que vamos a seguir trabajando”, sonríe. “¿Qué voy a hacer: estoy cambiando de rumbo… vamos a ser un lubricentro… ya estamos preparando todo el local para eso, junto a Jorge Páez, el muchacho que hace algún tiempo trabaja con nosotros”, completa.
No parece haber demasiada pena en el tono de Carlitos: “La vida sigue… es un ciclo que se cierra, pero empieza otro”, afirma.

¿Cómo conservamos los recuerdos?
¿Y las motos de competición? “Las llevamos a otro lugar… la Puma 100 cc (una verdadera joya antigua a la que Pepino le puso hasta encendido electrónico), y la 125 que tiene el carenado integral… les pusimos bastante silicona para que se conserven y las tenemos tapadas…”, informa.
La pregunta que cae de cajón es por qué esos objetos que tuvieron una gran significancia -dicen que por allí andan, hablando de otra disciplina, la capa negra que lucía El Zorro Campanino al subir al ring, su cinturón de campeón, sus guantes y tantas otras cosas), no están en un lugar determinado. Hay cientos -por no decir miles- de esos símbolos de otras épocas, de distintas disciplinas y protagonistas, esos que cimentaron el deporte provincial… y hay que pensar que así las cosas se irán disipando en el fondo de los tiempos, olvidados, perdidos, como trastos viejos aunque encierren en los recuerdos tanta pero tanta gloria.
El colega Juan Carlos Carasay insiste todo el tiempo con el Museo del Deporte… las autoridades, hasta ahora, hacen oídos sordos. ¿De verdad no les importarán esas historias?

Un cascarrabias sin igual
Un día tuve una discusión de aquellas con Pepino Mazzoni… aún la recuerdo: él entrando a la vieja Redacción de LA ARENA, en calle 25 de Mayo, el diario bajo el brazo y pidiendo por quién había una nota sobre los carenados que se utilizaban en las motos 110 cc.
Elemento que había usado por primera vez en una moto de Enrique Schiel mi amigo Tito Zarelli. La máquina -apenas un poco más ancha que una bicicleta- voló por encima de los 180 kilómetros y ganó de punta a punta la vuelta de La Pampa.
Fue toda una sorpresa, pero Pepino no se quedó con eso: “No me quedé a llorar como otros y pensé cómo dar vuelta la cosa. Con Chito Grandón (querido personaje fallecido no hace tanto tiempo) nos fuimos a la rotonda Norte y tomamos las medidas de la trompa del avión que está como monumento; después lo hicimos a escala y también tuvimos nuestro carenado: la verdad, sí, la moto era un avión. Pero cómo además nosotros hacíamos el chasis adaptamos todo y era muy segura”. Esta última acotación sobre la seguridad tenía que ver con que en su momento puse en duda el riesgo que corrían los pilotos en máquinas tan chiquitas corriendo a velocidades espeluznantes. Esa fue la nota que fue a criticar Pepino a la Redacción.
Yo era un pibito y no era fácil no intimidarse ante el vozarrón de ese Gringo enojado, que cuando quería decir algo que pretendía que se escuchara era difícil de parar.
Me parece recordar que intercedió Saúl Santesteban -por entonces director de LA ARENA-, y de alguna manera pudo calmarlo. Esta misma semana, cuando lo volví a ver a Pepino Mazzoni no dejó de recordarme aquella polémica de hace más de 20 años. Podrá tener algún problema de movilidad, pero de la cabeza 100 puntos Pepino.

Cuando suena la chicharra
El Gringo Mazzoni fue operado de la cadera y necesita un bastón para movilizarse. Le digo que lo veo bien, y él pone las cosas en su lugar. “Estoy bien, pero no tanto”, dice mencionando aquellas intervenciones quirúrgicas, situación que alguna vez lo complicó en un aeropuerto.
“Una vez viajé a Brasil con mi esposa y cuando me hicieron pasar por el scanner en la Aduana la chicharra sonaba terriblemente… Me metieron en una pieza, me revisaron; y aunque les expliqué que tenía planchuelas de acero en la cadera no me creyeron… ¡Querés creer que me hicieron bajar los pantalones? Ahora me río, pero imagináte el momento, la bronca que tenía yo”, dice. Y es para imaginarlo a Pepino enojado. Sí.