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«Eso pasa en las películas»

RESPUESTA INSOLITA A "DETENIDO" QUE PIDIO HABLAR POR CELULAR

Hace algunos días fue el propio jefe de Policía, Roberto Ayala, quien expresó que sus subalternos -en estos tiempos obligados a tantos controles por la pandemia- debían utilizar el sentido común al momento de actuar. El menos común de los sentidos, según dicen algunos.
Y aunque en la gran mayoría de los casos se podría admitir que la Policía se desempeño con corrección, realizando las verificaciones de manera considerada -y a veces atendiendo cuestiones de excepcionalidad apelando precisamente al sentido común-, no faltan de los otros. Los que consideran que se los ha facultado para actuar con una inflexibilidad que raya en lo espartano.
Y cualquiera que circule por la ciudad podrá notarlo: agentes que hacen su trabajo sin estridencias, formulando las reconvenciones que hagan falta, pero sin excesos. Con respeto, con corrección, que por otra parte es lo que corresponde.
Pero hay otras demasías que la sociedad observa y que pone en la picota a algunos uniformados. Se conocieron casos que llevaron a que muchos agentes fueran denunciados por excesos que no tienen ninguna justificación.
Estas situaciones concluyeron con expedientes iniciados en la Fiscalía de Investigaciones Administrativas, para investigar justamente el accionar de algunos policías. El titular del organismo, Juan Carlos Carola, confirmó que «son más de veinte» las causas que tiene en análisis por ese tema.
Entre esas se encuentran las de cuatro mujeres que -controladas en Avenida Perón y Circunvalación- trasladadas a la Seccional Sexta manifestaron haber sido víctima de vejaciones.
Pero no fueron los únicos casos, y la preocupación llegó al mismo Gobierno provincial que advirtió que no se iban a tolerar los abusos; en tanto la F.I.A. también formuló recomendaciones tanto para la policía como para los ciudadanos.

Con esposas puestas.
Hace algunos días un joven que salía de un comercio céntrico y se dirigía a su domicilio, fue parado por un móvil policial. El muchacho había olvidado su documento, pero como estaba a pocos metros de su casa les pidió a los uniformados ir hasta el lugar para poder exhibirlo.
La respuesta fue contundente, aún cuando el joven no se resistió ni tuvo malos modales: fue obligado a poner sus manos detrás de la espalda y esposado para ser conducido en un patrullero a la Seccional Primera.
Una vez en la comisaría, cuando el «arrestado» pidió hablar por teléfono, un oficial canchero y en mal tono respondió: «¡Eso pasa en las películas pibe…!».
Una vez terminado el papelerío el detenido fue puesto en libertad. ¿Cómo se fue del lugar? Caminando -obvio, sin documentos- pero ahora a varios cuadras de su domicilio. Por supuesto expuesto a que otro móvil u otro uniformado pudiera volver a detenerlo. Sí, un absurdo. Nada que ver con el sentido común a que hacía mención el propio comisario Ayala.

¿Y el sentido común?.
Este domingo, 5 de la tarde en plaza San Martín, sobre Yrigoyen. Un señor mayor venía caminando, con el correspondiente tapabocas colocado, cuando decidió sentarse un minuto a descansar en uno de los bancos del lugar. ¿Qué sucedió? Un policía detuvo su moto, se bajó y le dijo -eso sí, correctamente- que no podía estar allí. El hombre, también educadamente respondió que era sólo un instante y ya continuaba. Era el único habitante del paseo en ese momento. ¿A quién podía perjudicar con su presencia?
A la vuelta nomás, sobre calle Gil, frente a la UNLPam, cuatro taxistas conversaban animadamente a escasa distancia -sin guardar el distanciamiento- entre unos y otros, y se podía observar que ninguno tenía tapabocas. A ellos nadie pareció reconvenirles.

A un niño.
Una última. Una señora -el mismo domingo- regresaba a su casa después de un corto paseo con su pequeño de tres años. El chiquito en un momento -molesto- se quitó el tapabocas que quedó pendiendo de su cuello. Un motoquero que acertaba a pasar por allí «retó» a la mamá, que intentó explicar que el niño estaba molesto y estaban a metros de su vivienda. «¡Colóqueselo por favor!», fue la orden ineludible. Los berrinches del pequeño se escuchaban desde lejos cuando la madre le hizo caso al agente. Eso sí, ahora el chico no quiere saber nada de salir, porque afuera está la policía (¡¡!)
Están muy bien los controles, y casi se podría decir que la sociedad los agradece. Lo que no está bien es la carencia de comprensión, los excesos… y la falta de sentido común. ¿Está claro?