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«Espectáculos» en 30 segundos

EN ALGUNOS SEMAFOROS DE LA CIUDAD HAY MALABARISTAS EXTRAORDINARIOS

La llovizna caía tenue y la mañana grisácea y fría invitaba más a estar encerrados en un lugar acogedor tomando un mate o un café, que a transcurrirla en una esquina de la ciudad. No obstante, el Flaco parado en la intersección de Ameghino y Chile, seguía firme con su tarea de entretener en el semáforo.
Fue el domingo anterior… y llamaba la atención porque el día era realmente desapacible, y de a ratos la brizna tenue se transformaba en lluvia, pero él seguía ahí, frente a los vehículos que circulaban por el lugar y se detenían en esa esquina, haciendo malabares con una habilidad que invitaba a mirarlo. Aspecto de clown, la sonrisa amplia, y el sombrerito chaplinesco le daban un toque especial a su atuendo de artista callejero…
Pero sobre todo, exhibía una notable destreza, provisto de clavas que se elevaban al aire y se entrecruzaban sin tocarse nunca, pero sumándole también un largo madero «parado» sobre su frente para hacer girar allá arriba -de manera inexplicable, y sin que se cayera-, una pelota de fútbol.
De a ratos el Flaco disfrutaba de un pequeño descanso y al amparo del refugio de la parada de micros se tomaba unos matecitos. «Un poquito de calor no viene mal…», le comentó al cronista, que curioso se había detenido para hablar con él.
El muchacho se mostraba simpático, le gustaba conversar y pareciera que la sonrisa en banderola -que exhibía todo el tiempo- era casi una marca registrada, un gesto que tiene incorporado. «La verdad es que no vine muy temprano hoy, arranqué 10 y media, y me quedaré hasta la 1; pero a la tarde, después de una siestita vuelvo. ¡Hay que meterle!; no queda otra», explicaba por si hiciera falta.

Una función de 30 segundos.
Se puede señalar que en Santa Rosa suele haber en algunas esquinas pibes que hacen malabares, y cabe decir que -nobleza obliga- no todos son buenos. Más vale pareciera que están allí por una necesidad -entendible, si se quiere en estos tiempos de crisis- pero nada más. Pero cada tanto aparecen algunos que, de verdad, «la rompen». Esto es, se comportan como verdaderos artistas: le suman dificultades a las clavas que revolean por el aire, y llegan a darle forma a un verdadero espectáculo circense con… 30 segundos o poco más de duración.

Ganas de aplaudir.
Es el caso de David Macedo (25), quien esperaba la señal -el rojo del semáforo- para comenzar las mini funciones. La sonrisa amplia, el sombrero apenas mostrado «al público» a modo de reverencia, y a actuar. Y ciertamente, ante tanta demostración de destreza, sincronización y plasticidad, daban ganas de aplaudir. El Flaco, tras su actuación, pasaba entre los autos y en algunas ventanillas recibía su recompensa. Enseguida volvería a su lugar de pausa, sorbería un nuevo mate y otra vez a escena. Y así todo el tiempo.
«Empecé en esto hace siete años… me gusta, y creo que la gente lo disfruta y lo reconoce», empieza contando. David expresa que tiene idea de lo que es el periodismo, «porque mi tía Graciela Macedo (hermana de su madre, Celeste, trabajadora del área de Cultura) era la secretaria general del Sindicato», señala. Y además -y esto lo agrega el cronista-, su abuelo Pedro trabajó por décadas en el sector Fotomecánicas del Diario La Arena.
«Estoy en pareja con Sandra (Becerra), quien es de Colonia Barón, y tenemos a Veraly de cuatro años. Con Sandra tenemos nuestro propio emprendimiento, la Compañía Circómicos, con la que anduvimos por diversos lugares hasta que nos paró esta pandemia», explica.

Expresión artística.
Hay que decir que el oficio de malabarista no es para cualquiera, porque no sólo hay que tener talento para llevarlo adelante, sino además significa adoptar una filosofía particular. Porque no se trata -como alguien podría suponer- solamente de pararse en una esquina de la ciudad para recibir alguna paga, sino que es una verdadera expresión artística. Nada más… ni nada menos.
Como quedó dicho también están los «oportunistas» que pretenderán juntar una moneda -que, claro está, cada uno vive como puede-, y se expondrán muchas veces a una mirada crítica e indiferente de los conductores, que suelen asociarlos a la vagancia y tal vez a algunos vicios.

Artistas populares.
Pero hay otros -como David, y tantos- que son verdaderos artistas y deben ser considerados intérpretes de una cultura popular. Esos que llaman la atención por su talento y su capacidad, y que verdaderamente se ganan las contribuciones que les alcanzan desde las ventanillas de los autos.
David cuenta que antes que se desatara esta tormenta que azota al mundo, han recorrido con Compañía Circómicos diversas ciudades de nuestro país, y también de Chile. «Sí, hemos estado en Río Negro, Neuquén, provincia de Buenos Aires; y del otro lado de la Cordillera en algunas ciudades como Villa del Mar hasta llegar a Santiago. Y aquí en Santa Rosa nos presentamos en el ATTP y en el Teatro Español. Ahora esperamos que pase todo esto para volver a andar», dice con esa sonrisa que muestra todo el tiempo.

Permiso y protocolo.
Por ahora es momento de semáforos… porque hay que vivir, claro. «Hemos conseguido un permiso para poder trabajar en los semáforos y también tenemos un protocolo que cumplir, y lo llevamos adelante», dice mostrando el alcohol en gel en una botellita. «Somos parte de la economía popular», cerraba el joven. En tanto continuaba su actuación bajo la llovizna que caía persistente. Porque aún en tiempos de pandemia… sólo se trata de vivir.

El origen del malabarismo.
No se tiene demasiada precisión en cuanto al origen del arte del malabarismo. Están quienes lo ubican en Asia y expresan que desde allí llegó a Egipto y se difundió por Europa; pero también se sabe que hay antecedentes de que en las culturas mayas y aztecas se hacían esos espectáculos de destrezas para entretener al público.
En cuanto a su nombre se dice que el término proviene de una ciudad llamada Malabar, ubicada al sur de India. Cuentan que los que llegaban a ese lugar se maravillaban con los artistas y sus habilidades.
Dicen los que dicen saber que ese arte no resulta totalmente espontáneo, y a los que los que lo llevan adelante les demanda largas horas de prácticas. La habilidad se debe desplegar atendiendo a leyes físicas (la gravedad) –que nadie tendrá en cuenta racionalmente al momento de actuar–; y a eso se le debe sumar un despliegue corporal sincronizado. ¿Fácil? Seguro que no, que no es para cualquiera. (M.V.)