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Falleció el reconocido músico santarroseño Jorge Satragno

El músico santarroseño Jorge Satragno falleció ayer a la tarde en esta capital a los 58 años. Estaba internado en el hospital Evita, afectado por una enfermedad oncológica. Su fallecimiento enluta a todo el ambiente artístico local y a los admiradores de su talento singular, que cosechó innumerables elogios y gran reconocimiento, incluso fuera de las fronteras del país.
Desde pequeño Satragno mantuvo contacto con la música y apenas tenía seis años cuando su abuelo Felipe (quien lo crió junto a su abuela Celia) lo llevaba a la Banda Sinfónica que dirigía Juan Mecca. Rápidamente se familiarizó con algunos instrumentos de viento, especialmente el trombón y las flautas dulce y travesera.
Tenía 15 años cuando partió hacia Buenos Aires. Allí frecuentaba todo sitio en el que hicieran música, asistía a conferencias y vivía dedicado al pentagrama.
Así lo recordó en marzo de 2016 este diario, en las páginas dominicales que Mario Vega dedica a personajes de la ciudad y la provincia. A sus 54 años aquella crónica lo mostraba en su casona sobre calle Don Bosco, en un espacio pequeño, junto a una mesa de madera, rodeado por partituras de Vivaldi, Beethoven, Silvio Rodríguez y Paco de Lucía.
Comenzó tocando el trombón a pistón en la Banda Provincial, participó en sesiones de jazz y luego incursionó en la flauta travesera. Ya alejado de la Banda Sinfónica, realizó sus primeras incursiones públicas con distintos grupos de música, especialmente aquellos inclinados hacia el jazz y el rock.

Temporada en Boston.
Junto a Camilo Camilletti conformó un recordado dúo que interpretaba música clásica y realizó varias actuaciones en el Aula Magna y el Teatro Español. Tras la disolución del dúo, Satragno adquirió un flamante saxofón tenor y pasó a integrar el recordado grupo «Quetral» junto a «Tachi» Gaich (teclados) y Rubén «Chispa» López (percusión), que abordaba composiciones folklóricas con proyección jazzística.
A mediados de los años ’80 se convirtió en uno de los pocos músicos pampeanos que llegó a los Estados Unidos para asistir al prestigioso Berkeley College of Music (Boston, Massachussets) considerada la mejor universidad de jazz del mundo. Sus amigos cuentan que allí decidió casarse con una joven puertorriqueña y que un día, durante un episodio no exento de misterio, algo se rompió dentro de su cabeza. Jorge dejó de ser el que todos conocían. Se marchitó. Aquel ser locuaz, dinámico y divertido se convirtió en una persona mustia y ensimismada.
En los últimos años podíamos verlo deambulando por las calles del centro, mascullando algunas palabras en voz baja, visitando viejos conocidos; aunque también logró reencontrarse con la música y volvió a tocar la flauta, convocado por músicos y amigos convencidos de que su talento seguía allí, intacto, escondido en alguna rendija del alma.
Frecuentaba casi cotidianamente la casa del poeta Mario Loriga, uno de sus amigos de toda la vida, para compartir un asado y conversar. La última vez reía con tantas ganas que suena increíble este final repentino.
De todos modos, la muerte sólo puede arrebatarnos su cuerpo pequeño y castigado. Jorge seguirá con nosotros para siempre, deambulando por las calles, mascullando por lo bajo, acurrucado en algún rincón de cualquier recital, un vívido recuerdo envuelto para siempre en la melodía infinita de su flauta.