Inicio La Pampa Festejo con alegría y tristeza

Festejo con alegría y tristeza

Se define la resiliencia como la capacidad que tienen los seres humanos para adaptarse positivamente a las situaciones adversas. Raúl Gómez, y su esposa, saben bien de qué se trata, y siguen adelante.
MARIO VEGA
¡Día del padre…! Una jornada significativa, importante para las familias que en La Pampa podrán celebrarlo porque el famoso estatus sanitario lo permite. Aunque no sucederá igual en otros muchos distritos del país donde aún persiste el aislamiento estricto, y la obligatoriedad de no realizar reuniones sociales por ese fantasma que nos acosa desde hace varios meses.
Es verdad que siempre estarán los que reniegan de los festejos -atribuyendo la fecha a una jornada comercial-, los mismos que argumentarán que la celebración tiene más que ver con lo rentable que con los sentimientos. Pero indudablemente una gran mayoría decidirá agasajar hoy a sus padres; porque es parte de nuestra cultura homenajear a nuestros mayores.
Y por eso -¡vaya si es buen motivo!- volverá la mesa tendida, y el bullicio alegre de quienes agasajan, con la figura central del padre absorbiendo todas las ternuras…

Los ecos de otras voces.
Es verdad que en algunas familias rondarán los ecos de otras voces, que vendrán a las mentes reminiscencias de otros tiempos… y hasta podrá asomar una lágrima furtiva en las pupilas evocando a alguien que ya no está. Seguro sucederá en muchos casos, pero también es probable que más allá del desconsuelo por una ausencia prevalezcan finalmente los recuerdos de los momentos más felices.
Se sabe, la ley de la vida presume que son los padres los que se van primero… Y entonces, más allá del dolor vendrá en muchos hogares una dulce evocación en el recuerdo de los que no están.
Ahora, ¿se preguntaron alguna vez cómo será la historia cuando se da el caso que quien falta no es el padre? Más concretamente cuando la ley no escrita de la vida ha sido vulnerada para dar paso a una situación inversa… esa que nunca se espera porque no sería natural.
Y duele el sólo ejercicio de suponerlo: ¿Y si en el Día del Padre el que falta es un hijo? Si lastima y duele sólo figurarlo, cómo será vivirlo en carne propia… Y ciertamente es casi inadmisible dimensionar una circunstancia de ese tipo.

Dolor inmenso.
«Creo que no se supera nunca la muerte de un hijo… No estamos preparados para estos golpes, porque la ley de la vida nos indica que vas a perder a tus padres en algún momento, no a tus hijos… y menos si son tan jóvenes. Y cuando pasa tenés que acostumbrarte a vivir con esa ausencia… y hay días que son muy fuertes… en otros más tranquilos. A veces tenés que fingir que no te duele, cuando en realidad estás lastimado por dentro», comienza Raúl Gómez, vecino de Uriburu «desde siempre», y trabajador municipal también de muchos años.

Sentir que está.
«Puedo asegurar que no hay precio más caro que se pueda pagar que perder a un hijo. En algún momento recordás alguna anécdota y reís; o salís a caminar y sentís que va con vos. O vas a una fiesta y un tema musical te lleva a recordar su voz… o como le gustaba bailar solo en la cocina. Pasa siempre… que estás en una reunión y se siente su presencia en pequeños detalles, en un recuerdo que aflora, en una foto que encontrás, o en alguien que publica un recuerdo… Hay cientos de detalles que hace que sientas que se fue físicamente, pero que sigue entre nosotros», agrega Raúl, que nos ha recibido (a mí y a Rodrigo Pérez, nuestro fotógrafo) en su casita del pueblo donde vive hace muchos años».

Vivir en Uriburu.
Los Gómez vivieron siempre en su pueblo; y Raúl -de alguna manera nuestro protagonista hoy-, acepta contar su historia, sus alegrías y sus penas… que de eso están hechas las vidas de las gentes.
«Mi padre se llamaba Víctor, y mamá Victoria Pundank. A él desde pequeño lo visualizo como mozo en los grandes bailes de Uriburu cuando se hacían en los galpones de ferrocarril. Tengo su imagen con la camisa blanca y su moño negro… ¡Qué pinta tenía!», sonríe.
Y sigue: «A mí me recostaban en esas sillas de hierro y chapa, duras y frías, en ese piso de adoquines de madera que tenían los galpones hasta que papá me despertaba con un chocolate… él además trabajaba en las cosechas de bolsero, estibador, o en la esquila como ‘agarrador’. Y lo venían a buscar para las grandes carneadas de cerdo en el pueblo y la zona rural, y también fue un gran asador muy buscado para las fiestas».

¿Y «La Rubia»?
«Así la llamaban a mamá… ‘La Rubia’. Una luchadora que lavaba ropa para afuera; y en tiempos de cosecha hacía bolsas de hilo para tapar cereal, para envolver la lana de la esquila; y también ayudaba a mi viejo en las carneadas con los cueros; la sangre e hígados de los cerdos que le daban los hacía embutidos que después vendía. Sí, buscavida total la vieja…», la define.
Pero no sólo eso, sino que además la mamá «hasta diarios vendió; y era fiel al canario y lavaba sus camisetas», dice hablando del amor por el Deportivo Uriburu, cuyo color es precisamente el amarillo.
La familia la completaban tres hermanos; y tres hermanos más por parte de la madre.

Su esposa e hijos.
Raúl cuenta que está casado hace 30 años con Alejandra, quien es docente titular de la Escuela n° 24 de Uriburu. «Tuvimos cinco hijos varones: Tobías de 30 que es profe de Educación Física, recibido en el Instituto de Pehuajó y DT de vóley en Catriló y la Selección Pampeana sub-13; después venía Alexis, que ahora cumpliría 26; Lautaro de 21 que hizo inferiores en Mac Allister, jugó en Deportivo Penales, en Uriburu, estuvo en Olimpo de Bahía y ahora juega en Anguilense. Los chiquitos son Tiago de 8 y Valentino de 7, que «son a los que más les encanta el fútbol», los describe.

Otros tiempos.
Raúl tiene en claro que un día como hoy es probable que lo encuentre inquieto, y que lo ganen recuerdos agridulces, y que sólo mitigarán el malestar las presencias de Tobías, Lautaro, Tiago y Valentino… aunque la llaga continúe abierta.
Sigue recordando. «La primaria la hice en la Escuela 24, y no me gustaba faltar, aunque lloviera. Por eso recibí premios por asistencia perfecta, y fui escolta y hasta abanderado en alguna oportunidad».
Le gusta volver sobre lo que quedó atrás: «En aquel tiempo fui canillita; y qué heladas me chupaba! Suerte que siempre estaban esas familias generosas, como el almacén de los García para esperarme con las masitas; o la abuela María Carluccio con una taza de leche; o la familia de Raúl García para almorzar si me agarraba el mediodía; y también los Serra-Fernández… Y seguro me olvido de muchos. El secundario lo hice en el Comercial en Santa Rosa… una etapa de mi vida muy importante, en la que conocí personas maravillosas y actualmente mantengo una relación hermosa con muchos. Y sí, digo que son mis amigos», reafirma.

Un agradecido.
Agradece ayudas que recibió para poder estudiar, como del Club de Leones de Santa Rosa, a través de don Luis Álvarez que tenía un tradicional comercio en el pueblo. «Era una beca para poder pagar el transporte, y hubo gente muy querida que me brindó todo tipo de ayuda, como los Iglesias, Nilson González, la familia Cañon, Allegri. Porque me daban desde el blazer hasta los zapatos. Muchas veces me tocó hacer dedo en la ruta para poder llegar al colegio… por eso digo que todo se puede cuando uno quiere lograr sus objetivos», asegura.

Una vida bucólica.
Nunca abandonó su pueblo más que circunstancialmente. «Me gusta la vida pueblerina, porque nuestro ritmo es otro, nos conocemos todos, sabemos o nos enteramos de muchas cosas, y nos saludamos a los gritos», se ríe con ganas. «Nunca viví en una ciudad… pero a Uriburu no lo cambio por nada. Vivir en un pueblo es maravilloso y verlo progresar día a día mucho más».
«Aquí mis conocidos me dicen ‘Comanche’… pocos me llaman por mi nombre. Ah! Te cuento, cuando terminé el secundario estuve en la Escuela de Policía, pero no pude llegar a ser oficial; después un tiempito en Carnes Pampeanas y enseguida nomás ingresé a la municipalidad aquí en el pueblo», resume.

Empleado 34 años.
Este primero de junio cumplió 34 años de trabajo. «Empecé en el corralón cortando yuyos, recolectando residuos, arreglando cañerías. Así durante 15 años, y desde hace tiempo soy empleado administrativo gracias a una gran persona como fue Pedro Etchalús (ex diputado provincial, fallecido), que me dio la posibilidad de poder desenvolverme en el área para la cual había estudiado con gran sacrificio».

El corresponsal.
Raúl Gómez fue en su momento quizás el corresponsal más joven de LA ARENA. «Me gustaba escribir, pasaba los cumpleaños, casamientos, sepelios… Todo lo que ocurría en el pueblo, las notas y resultados del fútbol de Uriburu. Mis viejos me habían comprado una máquina de sacar fotos, de esas con negativos a rollos. Me encargaba de mandar el material por micro, y a veces lo llevaba personalmente».
Se entusiasma al rememorar y agradece a quienes lo ayudaron desde aquí. «Sí, claro, a don Raúl D’Atri, a la señora Rosalba, a Saúl Santesteban, a José Higinio Álvarez y tanta otra gente. Estuve cuando el diario funcionaba en la calle 25 de Mayo, y después en la inauguración del edificio de la calle Mitre…», agrega esbozando una sonrisa.

¡Un gran periodista!
Larga la carcajada al profundizar su pensamiento: «Una vez me dieron unas de esas máquinas de escribir que cuando tecleabas hacían un ruido bárbaro… ¡Y yo me sentía un gran periodista!; además los fotógrafos me enseñaban a sacar los rollos de la máquina en mi casa: metía las manos dentro de un ropero y a oscuras envolvía con carbónicos que me daban en la redacción para que no se velaran… Era toda una ceremonia», expresa.

Fundamental, la conciencia tranquila.
¿Cómo te miraban en el pueblo cuando salía en LA ARENA algo no les gustaba?, le pregunté. «Siempre hay que tratar de dialogar, de decir las cosas como uno la siente y de frente, que a veces puede incomodar pero bueno… El tema es que nos conocemos todos y sí, puede molestar algo que se diga desde el periodismo. En lo particular estoy lejos de creerme perfecto… cometo errores como cualquiera, pero ante todo vale la sinceridad y tener la conciencia tranquila».
En relación con el pueblo y sus instituciones, con certeza el Deportivo Uriburu es uno de los más queridos y tiene una rica historia en el fútbol culturalista. «Yo solamente jugué hasta la reserva; pero ya de más grande fui cantinero. Alguna vez estuve, pero poco tiempo, en la comisión… sobre todo lo he seguido como hincha cuando jugaban mis hijos», completa.

Cómo era Alexis.
Alexis era el segundo de los hijos del matrimonio Gómez. En realidad debiera decirse es… porque así lo sienten sus padres. «Cuando pasó lo que pasó, algo que no le deseo a nadie, te encontrás sin saber dónde estás parado. Es un momento en que todo lo construido se derrumba, te roban las ilusiones, queda trunco lo que soñaste para un hijo», dice en voz baja.
Y agrega: «Fueron 10 días desde el accidente hasta el día que Dios dijo basta… fue como si a su manera Alexis nos dejara una enseñanza, porque luchó hasta el final. Creo que él en ese tiempo que le tocó estar internado nos preparó para lo que iba a suceder; que fue como un gesto de amor de su parte. Como si nos devolviera lo que mamó de nosotros como familia en el corto tiempo que lo tuvimos físicamente. Como padres le hablábamos de fe y de honestidad, pero sobre todo le dimos amor».
«Ale era buen tipo, buen amigo. Se relacionaba con todos, y amaba a su familia, era alegre, sensible, y aunque tenía sus berrinches amaba la vida, sobre todo», agrega como si lo estuviera viendo. «Tenían la magia de transformar en alegría el lugar en donde se encontraban… Eran buenos pibes, con ganas de vivir, de triunfar, de descubrir cosas nuevas, y en un momento todo eso se truncó», cierra y un ramalazo de pena le surca el rostro.

Siempre presente.
Es que Alexis se fue cuando estaba en la edad de los candorosos asombros, cuando tenía aún por delante transitar muchas alegrías, penas, rebeldías, amores y ternuras… Se fue y quedaron por allí los sueños y esperanzas que pocos conocieron.
Pero Raúl y los suyos saben que su alma anda por allí, revoloteando por la casa, y a cada rato dice presente en un recuerdo, en una foto, en una canción… en un estremecimiento. En ese estrujón que Raúl sentirá hoy de manera especial, como si los brazos de Alexis lo estuvieran rodeando fuertemente… como aquella noche antes de irse. Como siempre. También en este Día del Padre…

El último abrazo de Alexis.
Era la madrugada del 23 de junio de 2012 -se cumplirán en un par de días 8 años-, cuando se produjo el siniestro que iba a conmocionar a Uriburu. Esa noche el auto en el que se trasladaban cuatro jóvenes desde Santa Rosa volcó en la ruta nacional n° 5 a la altura de la Estancia La Andría. Uno de los viajeros era Alexis Gómez, que tenía sólo 17 años, y que falleció 10 días después en el Hospital Lucio Molas a consecuencia de las graves heridas que sufrió. El próximo 11 de julio Alexis cumpliría 26 años.
El suceso fue alrededor de las 5 y media de la mañana, cuando el Chevrolet Astra con cuatro ocupantes se dirigía desde Santa Rosa hacia Uriburu. Todo indica que el conductor Silvio Altuna -que entonces tenía 31 años- perdió el control y el auto volcó para ir a dar contra una fila de pinos a la vera de la ruta. Además de Alexis perdieron la vida esa misma noche David Sosa, de 18 años, y Ezequiel Aranda, de 20.
El único que se salvó fue quien manejaba el auto, quien más tarde sería condenado por la Justicia a 3 años de prisión en suspenso, y 7 de inhabilitación para manejar, acusado de ser el responsable del siniestro.

Un presentimiento.
«Eran las 5 de la mañana más o menos cuando Alexis me llamó, antes de volver de Santa Rosa, para decirme que le acomodara la mochila y sus cosas porque apenas llegara se iba a trabajar al Frigorífico de Uriburu», cuenta ahora su mamá Alejandra.
Y sigue: «A las 6 menos diez estaba inquieta, no podía tranquilizarme, y le dije a mi esposo: algo pasó». Raúl trató de calmarla, pero no lo logró.
Poco más tarde, un policía -que es vecino de la familia- se acercó a la casa. «Nos dijo ‘sucedió algo grave. Vayan al Molas…’; enseguida arrancamos y fuimos para Santa Rosa; eludimos el control policial que estaba sobre la ruta y llegamos al Hospital… Después pasaron 10 días hasta el fallecimiento», rememoran hoy los padres.
«¿Sabés una cosa? Esa noche de viernes para sábado, antes de irse Alexis salió de la pieza, me agarró de atrás y me dio un abrazo de oso… ¡Él era así!», dice Raúl y se la hace un nudo en la garganta… Han pasado 8 años de ese gesto… del último abrazo…

«Tranquilo, estoy bien»
«Un par de años atrás lo sentí claramente. Había hecho el asado del Día del Padre y estaba como fatigado, sin fuerzas, y me acosté un ratito… Pueden no creerme si quieren, pero lo cierto es que experimenté algo extraño; vi como una nebulosa, algo blanco… sentí que Alexis me ponía una mano en el hombro y me decía ‘tranquilo papá, yo estoy bien’… y me tranquilicé», cuenta Raúl y la revelación asombra.
«Otra vez jugaba Mac Allister para ascender. Ya terminaba el partido y necesitaba ganar… pero no podía. Mirábamos el partido con Alicia Rodríguez, mamá de Lucas, cuando una mariposa se le posó en el hombro a ella. Se la quiso sacar de un manotazo, pero le pedí que la dejara… en ese momento cobraron un penal, lo pateó Luquita y ganó Mac Allister. Lucas salió corriendo donde estábamos y nos mostró la remera que llevaba bajo su camiseta con la imagen de Alexis… ¿Les parece que no son señales?», dice y está convencido. Y casi convence a todos. ¿Señales? ¿Quién puede saberlo?
¿Cómo era Alexis jugando? «Picante, zurdo rápido y hábil. Fue a probarse a Quilmes junto con Maxi Castaño, pero extrañaba y se volvió», cuenta su hermano Lautaro.