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Ganarse el pan de cada dia

Los hombres circulan entre los vehículos. Esperan que el semáforo ataje a los de un lado para dirigirse a los autos que se frenan y ofrecen su producto; y enseguida cuando el verde habilite a circular irán hacia el otro sector donde el rojo les marcará a los otros el stop para frenar. Llama la atención una persona un poco mayor que corre con energía, con entusiasmo podría decirse, para entregar su mercancía; pero no menos brío muestran un par de jóvenes más que realizan la misma tarea.
Parados en distintos semáforos de la ciudad, proponen la compra de panes caseros, envueltos en sus respectivas bolsas de plástico.
Saúl Mirazón (30) aparece como el guía, parado en la esquina misma del edificio del Instituto de Seguridad Social. Jonathán (27) es el más joven, y Osvaldo Vega (51) el mayor y el que más parecería correr en el mediodía, presuroso porque los que transitan por allí se lleven algunos de los panes que han llevado hasta el lugar, ese «puesto móvil» que armaron entre Argentino Valle y Avenida de Circunvalación.

«Panaderos» de semáforo.
En otro semáforo de la misma Avenida Santiago Marzo, más adelante, Yago y Adrián cumplirán el mismo cometido. Todos son integrantes del mismo grupo de «panaderos» que venden en plena calle el famoso pan casero. Se sabe que otro grupo -que en un momento compartió el trabajo con este- realiza más o menos la misma tarea en la ciudad, aunque por ahora pareciera que las relaciones están un poco tirantes entre ambos sectores. «Es por una cuestión de las paradas…», alerta una persona que observa la charla de un cronista de este diario con los muchachos y participa a la pasada.

Los comienzos.
Saúl dice que le tocó trabajar como taxista, y después como telefonista en una remisería, pero tuvo problemas de salud: estrés, confía, -precisamente a partir de su tarea- y tuvo que dejar. Estuvo algún tiempo desempleado, hasta que se le ocurrió que vender pan casero podría ser una buena alternativa. «Somos ocho en total en mi casa, con mi compañera, y no podía seguir desempleado, así que empezamos con esto y la verdad es que fue una buena idea», se regocija.

Un laburo matinal.
Allá por febrero de este año hizo el primer intento, y «de entrada nos fue bien, así que sumamos algunos chicos y aquí estamos todos los días, desde las 7 y media de la mañana hasta pasado el mediodía… Yo hago el pan por las noches en mi casa, lo embolso y en mi autito paso a buscar a los muchachos, que viven lejos (Italia y Alemania, al norte de la ciudad), y nos venimos todos juntos para este lado. No saben lo que es venir con las bolsas del pan ahí adentro y todos nosotros… pero nos arreglamos», se ríe.
Después pasa a contar algunos detalles «más técnicos» de la producción. «Con una bolsa de 50 kilos nos salen unos 100 panes, que vendemos a 50 pesos cada uno y por suerte son muy ricos», alardea.
Quiere ser agradecido y menciona que «equipamientos Pico nos vende el insumo y las máquinas, y por ahora esta es la producción que estamos en condiciones de hacer», cuenta Saúl.

Salida laboral.
Agrega que «es una buena salida laboral… todos sabemos que las cosas están complicadas, y con esto nos arreglamos por suerte muy bien. Esperemos seguir así», se esperanza.
Cuando se le pregunta si tuvieron algunas dificultades con las autoridades municipales indica que «una vez anduvieron… pero uno de los chicos les dijo con criterio que si esto no es mejor que estar consumiendo drogas, o robando… y la diferencia está clara, ¿no?», nos mira y casi se contesta.

Vendedores «amables».
El hombre, que vive en Toay, se muestra conforme, «porque me doy cuenta que no sólo estoy haciendo algo por mí, sino que de alguna manera le doy una mano a los demás. Y está bueno eso», dice convencido.
No molestan a nadie. Se acercan a las ventanillas de los autos, ofrecen su pan casero, hacen el canje por dinero si el «cliente» se interesa, y sino es así saludan amables y van en busca de otra oportunidad… esto es otro automovilista que les diga que sí, que quiere su mercancía.

Trabajadores no formales.
Son «panaderos de la calle», laburantes no formales dirán las estadísticas, si es que los tienen en cuenta para los guarismos de ocupación y desocupación.
Más campechanamente se los podría definir como gente que no se rinde ante la adversidad, personas que a su manera procuran una manera decorosa de ganarse la vida, cuando la seriedad de un empleo permanente les queda lejos de sus posibilidades en los tiempos que nos tocan. Cuando tener trabajo serio se les aparece como una utopía, algo lejano y casi imposible ante la inestabilidad y los malos momentos de esta economía que tantas veces nos pone en jaque.

Ayuda entre pobres.
Los muchachos que venden pan casero en los semáforos elaboran unos 100 por día. Se paran en el lugar de siempre casi todos los días -«no venimos cuando llueve para no enfermarnos y tener que perder oportunidades de seguir vendiendo», aducen no sin razón-, y hacen su trabajo. Aunque en general les va bastante bien, hay jornadas en que no se puede vender todo lo que manufacturaron la noche anterior. «Pero no nos quedamos con eso, lo que nos sobra no los reciclamos: los llevamos a los merenderos, o se los damos a gente que necesita y no lo puede comprar. Son tiempos difíciles, y en la medida que se puede tenemos que ayudarnos entre todos», argumentan su gesto de solidaridad.