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Gonzalo Burgos y su amor por la tierra

Gonzalo Burgos produce y vende hortalizas. Desde su predio en Toay ofrece una enorme variedad de verduras que están bajo producción agroecológica y que tienen el sello nacional de Agricultura Familiar.

«Mis abuelos trabajaban con la tierra pero era para autoconsumo, lo que producían era su comida diaria. Nosotros en cambio lo hacemos con fines comerciales porque es nuestra única forma de ingresos. Traemos una cultura de nuestros ancestros que es la de amar la tierra: de cuidar, de producir», cuenta al inicio de la charla y está claro que es una declaración de principios. Una forma de afrontar la vida. Y aunque el paisaje y la geografía de Toay son muy diferentes a los de esas montañas en Tarija donde cada metro cultivable daba el sustento necesario, Gonzalo se presenta de esa manera, haciendo un culto a su origen y a su cultura de trabajo.

Gonzalo Burgos tiene 51 años y recorre y muestra los distintos invernaderos donde crecen la lechuga, la cebolla de verdeo, la rúcula, la remolacha, el ajo, el puerro, el tomate o cualquier otra variedad de verdura que «Gonzalo Hortalizas» hace crecer para luego vender a una gran cadena de supermercados o en la feria de las vías los sábados en Santa Rosa.

Un emprendedor rodeado de verde que tuvo un larguísimo camino y que hoy es una referencia nacional gracias a la calidad de lo que produce junto a su familia.
«Nací en Bolivia y a los 13 años llegué junto a mis padres a Río Negro. Empecé a trabajar la tierra a los 7 años, cuando ayudaba a mi familia. Mi primer contacto con La Pampa fue en Gobernador Duval, pero allí nos fue muy mal y nos fundimos. El tema eran las distancias, nos quedaba todo lejos y era inviable, así que pegué la vuelta al valle rionegrino, hasta que en 2002 volví a la provincia y vi que no había producción de hortalizas. Comencé a recorrer las quintas y a preguntar por qué no se producía: algunos le echaban la culpa al agua porque es mala o porque caía piedra. Otros daban distintos argumentos, pero yo insistí y cuando fue la crisis total después de la caída de De la Rúa me vine para acá», resume Gonzalo sobre su desembarco en Toay.

En la localidad rubricó un acuerdo con la intendencia de entonces para instalarse con una huerta en el Parque Industrial: ante la crisis social y económica debía producir un porcentaje para destinar a los comedores sociales mientras a cambio él recibía esa porción de tierra, el agua y el trabajo. «Además, me daban la casita que era del sereno. Hice ese convenio y me vine, con mi tractor y las pocas herramientas que tenía pero con mucha experiencia. Arranqué con la huerta comunitaria y era difícil porque tenía un chorrito de agua, empecé con puerro y con verdeo y empezó a crecer. Era todo una novedad en ese momento en la provincia así que venían del INTA, de la Universidad, del Ministerio de la Producción, a ver cómo trabajaba».

Un gran paso

En el año 2004 Gonzalo tuvo un buen envión para crecer y desarrollarse. La cadena La Anónima acordó comprarle lo que producía y desde entonces lo que se consigue en ese supermercado en Santa Rosa sale de sus cultivos.

«Eso me ayudó un montón para crecer, además desde la Provincia me dieron el primer crédito, recuerdo que era de 8 mil pesos y pude hacer mi primer invernadero en el Parque Industrial de Toay. Después hice otro, pagué el crédito inicial, me dieron otros y al final hice ocho invernaderos».

En 2010 llegó la mudanza al predio de tres hectáreas que «Gonzalo Hortalizas» tiene en la calle José Hernández 172, en el acceso a Toay desde El Durazno (por la ruta 14), al lado del complejo Horacio del Campo de esa localidad. Ahí se puede encontrar pepino, tomate, tomate cherry, remolacha, radicheta, morrones, verdeo, ajo, puerro, espinaca, distintos tipos de lechugas, rúcula, morrones, berenjenas, zapallito, calabazas, zanahoria, acelga.

«Todavía no vendemos al público aunque tengo el proyecto de generar un lugar de paseo y compra, que la gente pueda venir a recorrer, mirar, preguntar, conocer. Un paseo turístico en contacto con lo que puede comer. En el lugar donde sí nos pueden encontrar es la feria de todos los sábados en las vías del tren en Santa Rosa. En los gazebos azules sobre la calle Raúl B. Díaz están mis hijas y venden distintas variedades de hortalizas».

Certificado

El emprendimiento tiene casi 15 mil metros cubiertos más 30 mil metros de lo que se hace a campo, con hortalizas que no son de invernadero. «Hago de todo, incluso arvejas y habas que son para mi consumo, y desde hace un año también el kale, que es un vegetal que está muy de moda», detalla Burgos que tiene su propio desafío personal: «Estoy trabajando con el cultivo hidropónico. Es un sistema de producción que tiene un ahorro de agua del 80 por ciento porque el agua recircula constantemente, no desperdicia nada. Y trae muchos beneficios, uno por ejemplo es que no hay que agacharse todo el tiempo, yo a los 51 años y con toda una vida de trabajo, el cuerpo me pasa factura por el esfuerzo», cuenta quien además es papá de 10 hijos, de los cuales los tres mayores trabajan con él al igual que su pareja, su hermana y su cuñado.

Y ese trabajo constante y sacrificado también les dio frutos porque el año pasado su tarea se destacó a nivel nacional. «Recibimos el certificado ‘Producido por la Agricultura Familiar», que el Ministerio de Agricultura de la Nación entregó a solo dos lugares en todo el país, uno fue para una asociación de productores de Mendoza y en lo que es individual lo recibimos nosotros, por eso los envasados tienen un sticker que nos da esa identificación», explicó Gonzalo que parece nunca parar. Hace unos días estuvo en el Concejo Deliberante de Toay para explicar sus próximos proyectos: poner en funcionamiento en el Parque Industrial una sala de elaboración de conservas, una sala de secado de aromáticas y una sala de empaque. Además, quiere fabricar los caños con los que realiza la producción hidropónica.
Gonzalo detalla cada paso de su producción, todos los planes a futuro y la satisfacción que le genera pasar sus días rodeado de verde. «Para mí es un gran incentivo ser emprendedor, generar trabajo para mí y mi familia a partir del amor que tengo por la naturaleza. Lo que hago lo hago con cariño, con amor y el primero en consumirlo soy yo, no es solo para venderlo. Ver a mi hija de 4 años que saque una planta de la tierra y la coma, es un orgullo».

El detalle de los agujeritos

Burgos anhela montar un paseo turístico en su finca y no tiene problemas en hablar, explicar y mostrar el trabajo diario que realiza. Consciente del «boom» de la alimentación orgánica y saludable y de la producción agroecológica, apunta a una diferencia clave.

«Mucha gente me pregunta y yo les doy un ‘tip’: si es un producto orgánico seguramente tiene algún huequito o algún pulgón, eso quiere decir que no tiene ningún tóxico. Pero si es una hoja perfecta, como de plástico, seguro se la fumigó y le pusieron de todo. ¿Qué importa si una hoja tiene algún agujerito si después la vas a cortar toda?».