Goyo Peralta, ante la hora del sosiego

PERSONAJE

A muchos nos les es fácil asumir la etapa del reposo luego de una vida de trabajo. Obviamente están los que esperan ansiosos el momento de dejar la rutina de los años, y otros que llegan a extrañarla.
Mario Vega – El hombre se despertó esa mañana de miércoles un poco perturbado… no había dormido bien, estuvo intranquilo, nervioso. La noche previa había cenado con su esposa, estuvieron conversado de las cosas cotidianas, miraron un poco de televisión hasta que decidieron que había que descansar.
Al cabo era el fin de la rutina de cada jornada, después de un día de trabajo -el suyo y el de ella-, aunque sabía que esta vez era distinto. No necesitó despertador para pegar el salto a las 6 de la mañana, como todos los días. Prendió la luz del velador, se lavó la cara puso el agua para tomar unos mates y prendió la radio para saber cómo vendría el tiempo… Como siempre.
Fue Marita, su señora, la que lo llamó a la realidad: “¡Qué hacés levantado tan temprano!”

La jubilación.
Raúl Eduardo Peralta (65), Goyo para todos, recién en ese momento cayó en la cuenta que no trabajaba más… que había pasado a ser un jubilado. Después de 46 años de no faltar nunca a sus tareas, de haber sido de esa clase de empleados tan cumplidores que no es que piensan que si ellos no están la administración pública no va a funcionar, o que resultan imprescindibles… nada de eso, pero sí son conscientes que su ausencia recargaría el trabajo de algún otro compañero.
Pero ahora era distinto… ya no tendrá que firmar el cuaderno dé asistencia cada mañana -donde su firma no faltaría jamás en tantos años-, sino que dispondrá de todo el tiempo del mundo para dedicarle a otras cosas que le gusta hacer: pasear, compartir sin apuros un asado con los amigos, o disfrutar de sus hijos, y de sus nietos. O todo eso junto, porque ya no tendrá que pensar que, al otro día, el despertador sonará para avisarle que son las 6 de la mañana, aunque él no lo necesitara prácticamente nunca.

Una familia numerosa.
¿Quién es Goyo Peralta? Primero hay que decir que la denominación, obviamente, deviene del facilismo de mencionar con un apodo muy conocido en el mundo del boxeo a alguien que lleva el apellido Peralta. Gregorio “Goyo” Peralta fue un reconocido pugilista, campeón argentino y sudamericano que supo enfrentarse al inefable Ringo Bonavena. Y como Raúl -entre otras tantas cosas- también fue boxeador… ¡qué mejor!
Hijo de Ramón, jornalero, que alguna vez tuvo también un criadero de cerdos; y de Aurelia López, ama de casa; es parte de una familia numerosa; como que son doce hermanos. Tiene cuatro hijos, dos de ellas “hijas del corazón”, dice Goyo -nuestro Goyo, motivo de esta nota-: Marcos (37) y Nelson (35) (ambos trabajadores municipales) y Tamara (31) y María Fernanda. Además tiene cuatro nietos: Brisa (15), Gia (14), Benjamín (10) y Santino (4).
“Sí, es una gran familia, y nos vemos bastante seguido”, dice Raúl que junto a su esposa Marita (dueña de la Agencia de Quiniela 19), viven en el Barrio Aeropuerto.

El primer trabajo.
“De chico siempre vivimos en una casita en la calle Raúl B. Díaz, más allá del hospital Molas, frente al tanque de agua”, cuenta. Fue a la Escuela 20, “la que estaba atrás del Molino Werner, que al principio era un galpón y después de un tiempo hicieron la escuela al lado… aunque ahora la tiraron abajo. Ahí hice hasta sexto grado, y séptimo en la Escuela 4, de noche”, completa.
El secundario fue nada más que un momento, pero para él lo primordial era trabajar: “Empecé de cadete en el Hotel Calfucurá, y después pasé a ser mozo… una profesión en la que trabajé bastante, porque lo hacía también en las fiestas con Rubén González” (dueño de Las Viñas).
Hay que decir que Raúl es un hombre de carácter afable, siempre bien dispuesto cuando alguien lo necesita, y es además buen compañero.

Empleado público, y prescindido.
Fue en 1975 que entró a trabajar en la Provincia “en el Departamento Audiovisuales… Venía contento con mi laburo, hasta que entraron los militares y me dejaron cesante. Cuando volvió la democracia el compañero Manolo Baladrón que en ese momento era el presidente de la Legislatura me convocó, y ahí entré en la Cámara de Diputados… Empecé en Prensa, donde Nelson Nicoletti era el director, y tuve como compañeros a Rodolfo Gigena, Ramón Ibáñez (era de Castex) que falleció, y también trabajé con Estella Antonio…”, rememora.
Y sigue: “Éramos nada más que 120 empleados… no había problemas entre los compañeros, éramos todos uno solo y los fines de año nos juntábamos y hacíamos grandes festejos… eso hay que valorarlo mucho, ahora eso no ocurre y muchos de aquellos compañeros ya no están”, dice y se pone serio.
Aunque lo prescindieron en la dictadura no se queja demasiado -“salvo por otros muchachos que sí se quedaron sin nada”, comenta-; a él no le resultó “tan complicado… porque recuperé enseguida el trabajo que había dejado para entrar a Casa de Gobierno que era en el hotel Calfucurá. Sí, me echaron por peronista, como nos pasó a muchos”, completa.

Volver a la Legislatura.
Tiene el mejor de los recuerdos de algunos que fueron sus jefes, como el mismo Baladrón: “Manolo era una persona que atendía los problemas de quien se los planteaba, o ibas con una situación de un compañero y realmente te daba una solución”. Pero también recuerda con particular afecto a Edén Primitivo Cavallero, que “fue el tipo más sencillo que hubo en la Cámara de Diputados… él llegaba y recorría las oficinas, tomaba mates con los empleados y no tenía problemas con nadie”, lo evoca.
Hay un dato que corrobora lo que dice Raúl: “Yo en un momento dado cumplía funciones en la Imprenta de la Legislatura, haciendo fotocopiados, y algunos compañeros me pidieron que intercediera para que se les reconocieran mejores categorías y lo encaré a Edén… Por suerte se le pudo mejorar la situación a todos, porque Carlitos Rodríguez (también recientemente jubilado) y Tomás Martín (fallecido) consiguieron la categoría 3, Raúl Sosa y Aurora Sarno, que tenía la 15 llegaron a la categoría 5… Pero ojo!, todos concursaron y avanzaron en el escalafón… me acuerdo que Aurora siempre me agradecía que yo hubiera hecho la gestión”, menciona sin pretender acreditarse méritos.

A la Municipalidad.
Cuando Baladrón fue electo intendente, Goyo fue adscripto a la municipalidad, y trabajó en el área de Acción Social con Elsa Labegorra. Cuando terminó la gestión volvió a su cargo en la Legislatura.
“En la municipalidad conocí y trabajé con un par de compañeros y compañeras muy buenas. Una es Luciana Luquín, que es espectacular y ahora también es empleada legislativa. Lo que puedo decir es que Elsa no se fijaba en el color político, nada, si necesitabas sólo ibas y le decías y ella siempre encontraba una solución”, elogia a la entonces secretaria de Acción Social. Teníamos muchísimo laburo, pero era lindo porque se podía ayudar al que necesitaba”, narra.
Fue de nuevo a la Cámara y se hizo cargo del Fotocopiado, pero antes trabajó un tiempito con Celia Márquez, que era la prosecretaria y “una persona muy capaz con la que mucha gente aprendió mucho”, menciona.
Hasta hace pocos días Raúl se desempeño en Fotocopiado, siempre con la misma actitud de colaborar, de ser amable con cada uno que necesitó un servicio de ese sector. “Aquí conocí mucha gente, y la verdad es que me voy satisfecho porque no creo tener quienes me odien o hablen mal de mí… porque traté de no dar la oportunidad para eso”, afirma.

El boxeador, el árbitro de fútbol.
Tiene un carácter pacífico, y pocos saben que Raúl tiene un pasado de boxeador. “Sí, me encanta el boxeo… Miro mucho pero observo que hoy a los chicos les hace falta un Vicente Espinosa, o un Chito Tévez para que les enseñen no sólo a boxear. Porque a veces se ven algunos que suben a un ring, no sé si es por necesidad, y no saben tirar una mano. Cuando yo empecé no sabés la cantidad de kilómetros que caminé sobre la línea amarilla de la cancha de básquet del Fortín Roca… aprendiendo a caminar, tirando manos al aire… un año y medio con eso antes de debutar como boxeador”, reclama.
Goyo dice que fue púgil amateur, pero “igual subía al ring confiado, porque estaba bien entrenado… y si no seguí fue porque lamentablemente tenía que laburar para comer. Además en ese momento en el hotel Calfucurá teníamos horarios rotativos, así que tuve que dejar. Pero me quedan recuerdos hermosos, porque alguna vez me tocó hacer guantes con tipos como Osvaldo Maldonado, Miguel Campanino, Walter Gómez… Fue una etapa que atesoro como algo muy lindo… de verdad. Porque era una escuela de vida: apenas llegué Chito me preguntó si fumaba… ‘bueno, desde ahora no fumás más’ me dijo, y tuve que dejar”, completa.

El arbitraje y la política.
A Raúl le gusta el fútbol, por eso cuando lo invitaron a hacer el curso de árbitro no lo dudó: “Sí, empecé en la calle Misiones, en la agrupación de Daniel Carro, cuando el profesor era el Negro Álvarez, y estaban entre otros Hugo Galván y Pablo Giménez… el último tiempo participé en la Agrupación de Árbitros Independientes con Cacho Duarte”. Dirigió en juveniles, y le tocó alguna vez hacer de juez de línea en primera división.
Por supuesto una de sus grandes pasiones es la política, y fue un gran trabajador en la barriada de Villa Parque, donde alguna vez logró un triunfo electoral increíble, porque fue la única unidad básica en la que Convergencia no pudo ganar en esa oportunidad. “Entramos a participar y dije bueno… vamos a pichulear; a ver cuántos votos sacamos: y ganamos. Fue toda una sorpresa, incluso para nosotros. Pero para mí fue un orgullo porque quiso decir que la gente reconocía que la acompañábamos y trabajábamos para el barrio…”, sonríe satisfecho ante el recuerdo.
“Participábamos de la gloriosa JP, donde conocí buenos compañeros, que hasta hoy en día nos juntamos… Rubén Funes, Oscar Gatica, Fontán… Gente que uno aprecia mucho”, apunta.

Lo que viene.
Desde hace algún tiempo, por eso de que no le gusta quedarse quieto, Raúl participa de un grupo y se dedica a las danzas folklóricas. “Es algo que me hace bárbaro, me llena el alma, y me mantiene activo. Sí, lo disfruto mucho”, señala.
“¿Qué voy a hacer ahora? En lo posible pasear mucho… cuando haya algún feriado agarrar el auto y salir a conocer el país, y además por supuesto disfrutar más a mi familia, mis hijos y mis nietos. Supongo que también me haré una rutina para salir a trotar los días que pueda, y voy a regalar el despertador, aunque lo cierto es que nunca lo necesité…”, se ríe con ganas.
“Me gusta cocinar, así que mi señora que trabaja en su agencia de Quiniela tiene asegurada la cena en casa cuando llegue… Un poco voy a extrañar, pero me voy a adaptar…”, dice con algo de nostalgia.

Asistencia perfecta.
Lo que pasa es que Raúl tiene un curioso mérito en la administración pública… “Siempre les dije a mis compañeros que reniegan y reniegan: mira esto, mira aquello… porque están los que van a trabajar cuando quieren… o faltan; otros que vienen a cobrar… y les explico que la Cámara es un lugar político, y uno tiene que dar gracias a Dios que tiene un trabajo en este lugar. Toda mi vida fui peronista, y nunca me aproveché… laburé siempre, desde chiquito. Y hoy me voy y no me he tomado jamás un 148 (artículo que permite faltar 6 veces por año sin justificar la ausencia), ni he faltado un día por enfermedad gracias a Dios. No tengo ni una falta de nada… para qué me iba a tomar 148 si no lo necesitaba.. A la Provincia no le hago nada faltando, pero a mi compañero sí, porque tiene que hacer el trabajo igual. Si no estoy lo tiene que hacer él”, dice con una lógica que muy pocos utilizan.

La despedida.
Trabajó de mozo muchos años, fue empleado legislativo, dirigente barrial, boxeador, árbitro de fútbol, y ahora hace danzas folklóricas… Es una persona activa Goyo, que ahora dispondrá de horas de ocio y de sosiego, que bien ganadas las tiene.
Dice que se va de su trabajo “tranquilo… y ya que estoy quiero abrazar imaginariamente a todos los compañeros de la Cámara de Diputados, a la gente de Villa Parque, a la de la Guardería y el Comedor… Voy a extrañar un poco, sí, pero pasará, porque es una etapa que se cumple pero empieza otra… para disfrutar de Brisa, de Gía, de Benjamín y de Santino…”. Sí Raúl, claro que sí. Tenés razón, aún hay mucho camino por recorrer.

Dirigente en Villa Parque.
Goyo Peralta siempre estuvo ligado al barrio de Villa Parque. “Me tocó una casita en el Butaló I y después tuve la suerte de integrar la comisión junto a muy buena gente, entre ellos con Cristina Regazzoli”, cuenta.
Agrega que formaron la comisión del comedor, y tuvieron que encargarse de la construcción de la Guardería de Villa Parque. “Nos pedían una rendición de la comisión anterior que no estaba, y pedimos que Nación nos enviara el dinero restante que con eso íbamos a hacer todo… Así que con esa plata compramos el terreno, que increíblemente todavía está a nombre mío y de Cristina, aunque pedimos un montón de veces que se regularice eso… Y pudimos terminar la Guardería, y gracias a Dios hoy los chicos tienen ese lugar y las madres pueden ir a trabajar tranquilas”-
Después de eso lo convencieron para que se presentara con la lista de la comisión vecinal. “Hicimos campaña diciendo que no teníamos nada para dar, que lo que podíamos hacer estaba a la vista… la verdad es que Convergencia era fuertísimo… difícilmente íbamos a ganar. Pero se abrieron las urnas y era Peralta, Peralta, Convergencia… Peralta, Peralta, Convergencia. Y gané! Fue el único lugar donde perdió Convergencia, y fue un orgullo porque el barrio reconoció a la persona de laburo…”, rememora.
Lo cierto es que aún los recibos municipales de la Guardería siguen llegando a la casa de Goyo Peralta, “y eso tiene que pasar a la provincia”, insiste él.
Otra obra que quedó en el barrio fue el edificio “Evita” de la Unidad Básica de Villa Parque. “Con José Pérez (actual subsecretario de Medios) hicimos de todo, desde cavar las zanjas hasta hacer los cimientos de ese lugar”, cuenta Goyo, recordando el dirigente barrial que supo ser.

Manolo en un Citroen.
El ex vicegobernador y también ex intendente Manuel Justo Baladrón es un hombre compuesto, más vale serio, y por eso a Goyo Peralta le causa gracia contar la anécdota: “Un día Manolo estaba en la municipalidad y lo llamaron urgente de Casa de Gobierno, pero resulta que el chofer había desaparecido… el intendente estaba nervioso y no sabía qué hacer, hasta que le dije: ‘Yo lo llevo en mi auto’, y allá fuimos”, se ríe.
Y sigue: “Se llevó una sorpresa Manolo porque yo tenía un Citroen 2CV, de esos que te hacían saludar en cada pozo… Cuando llegamos los policías no nos dejaban pasar, pero cuando vieron que bajaba el intendente no sabían cómo actuar: era un apuro bárbaro para hacer la venia y se escuchaba el taconeo de los zapatos para ponerse firmes”, rememora Goyo.