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Gustavo Sosa, un enfermero en pandemia

HISTORIAS MINIMAS DE POR AQUI NOMAS...

«La pandemia me llevó a experimentar sensaciones nuevas, desde el temor por el alto riesgo de infección al que nos enfrentábamos, la sobrecarga de trabajo, la posible frustración de que lo que pudiéramos hacer fuera en vano… y además enojarnos con la inconsciencia de algunos pocos que no creían en los efectos de este virus. Ha sido todo muy complicado, demasiado». Gustavo Sosa (48), Jefe de Enfermería del Centro Sanitario (ex Asistencia Pública) y presidente de la Asociación de Enfermería de la Provincia, es una de tantas personas que arriesgan su vida en la lucha contra el Covid 19. Uno más de esa hueste de héroes y heroínas que en silencio, todos los días, sin descanso, están en el frente de batalla en la pelea con el flagelo que se nos apareció de pronto, para sumir al mundo en un contexto de angustia e impotencia.

Valorar el esfuerzo.
Y son merecedores que se los identifique, que se los valore… que se conozca que, al cabo, son hombres y mujeres que tienen una vocación que los torna imprescindibles en esta batalla sin parangón… personas que tienen una vida, familia, hijos, y un futuro incierto que -no obstante- aguardan con esperanzas. Y para que el futuro suceda como lo desean, son los primeros/as en arriesgarlo todo… ¿O no es así?
Los enfermeros y enfermeras -y obviamente médicos y el resto del personal- son los que aportan fuertemente a la atención primaria de la salud. «Eso es verdad, y lo que puedo decir es que tenemos que valorar a los que se desempeñan en los pueblos, quizás los más olvidados y necesitados», revela Gustavo.

De Uriburu.
Gustavo reivindica su pertenencia a Uriburu, donde aún viven sus hermanos, Daniel, Beto y Lucas. Hijo de Luis Sosa, que vino desde San Luis a jugar al fútbol primero en Parera hasta radicarse en Uriburu, y de María Esther Torres. «Papá trabajó como peón de campo, también de albañil, y se dedicó además a tocar la guitarra… Nunca nos faltó nada, y recuerdo verlo regresar del campo, y el día que para festejar mis 18 años llegó con un cordero… Mi madre una mujer incansable, a quien amo con toda mi alma: trabajaba en muchos lugares limpiando, y recuerdo haberla acompañado teniendo 9, 10 años y ayudaba barriendo. Por suerte cuento con mamá, pero mi padre falleció hace un tiempo», resume.

Hermosa infancia.
«Siempre les digo a mis hijos que mi infancia fue hermosa, con mis dos padres presentes… ¿Qué extraño de mi infancia? jugar al fútbol en casa, donde había una canchita a la que iban chicos de todos lados, y luego mi madre nos hacia la leche con cascarilla a los jugadores… No sé cómo hacía para ser tan voluntariosa, y quizás eso heredé de ella: la voluntad de ayudar y la empatía para con los otros. Y por sobre todo lo más preciado, la cultura del trabajo y ser alguien en la vida», explica.
Hoy su familia más íntima está conformada por Jimena Ayala… «Hace 14 años que estamos casados, y ella trabaja en una Prepaga home office, y tenemos a Guillermina (12)». Gustavo tiene dos retoños más: Lujan (22) que estudia Traductorado en Inglés en Córdoba, y Nicolás (18) que está ingresando en Abogacía.

Canillita y zapatero remendón.
Cuando pibe, en su pueblo, Gustavo supo ser canillita, repartiendo La Arena los sábados y domingos junto a su madre; fue albañil por más de 2 años, y también aprendió el oficio de zapatero. «Sí, hacía media suela y taco antes de cada baile en el pueblo. Pero además estuve en un frigorífico lavando reses, y también en el taller mecánico de José Santillán. Pasé lindos momentos, pero cansado del frío, del calor, de las llaves heladas y los golpes en las manos me decidí por estudiar auxiliar en enfermería en General Pico. Viví en casa de mis tíos Jorge Chiquito Figueroa y mi madrina Raquel, a quienes les agradezco infinitamente. Allí también estaba mi prima Silvia, que era enfermera de quirófano».

Enfermero en su pueblo.
Ya recibido consiguió -por su condición de primera escolta en la carrera- ganar una vacante. «Precisamente en mi pueblo, donde trabajé 10 años. Después vine a Santa Rosa para estudiar Enfermería Profesional y luego hacer la Licenciatura. De Uriburu vine a trabajar en la Guardia Central de adultos del Lucio Molas; y cuando se concursó gané la Jefatura del Servicio. Allí me ofrecieron capacitar a compañeros de toda la provincia, y agradezco al colega Javier Piorno, que me dio esa oportunidad. También trabajé como coordinador y Docente de la carrera Enfermería profesional de Visión Tecnológica, por más de 4 años».

Director en Rancul.
En 2015 le ofrecieron ser Director del Hospital José Padrós de Rancul, y «fui el primer licenciado en Enfermería en ocupar un puesto así en la provincia. Me quedan muy lindos recuerdos», rememora.
Ya en el Área Programática, conformada por el Centro Sanitario y 13 centros de salud, estuvo de encargado de Enfermería en el Reconversión, y luego en la guardia del Centro Sanitario, donde al jubilarse quien estaba a cargo quedó como jefe.

Luchar contra la pandemia.
Cuenta cómo fue el inicio de la lucha contra el Covid: «Fue algo muy fuerte, transitar por un lugar desconocido, donde íbamos aprendiendo y adecuándonos, todo el equipo de salud. Y fuimos los primeros en realizar un triage, con protocolos mundiales-nacionales adaptándolo a lo edilicio y con estrategias de trabajo que funcionan hasta hoy», explica.
Por supuesto «fue desgastante, emocional y laboralmente, pero resultó reconfortante trabajar coordinados con todo el equipo de salud, cada uno aportando desde su lugar, desde el personal de limpieza, secretarias, mesa de entradas, prestaciones, enfermeros/as, estudiantes de enfermería, médicos, bioquímicos/as, nutricionistas, psicólogos, protesistas, odontólogos, ayudantes técnicos, personal de farmacia, contaduría y mantenimiento», puntualiza.

El miedo.
Admite que se siente temor al trabajar en estos tiempos… «Es tal el miedo a contagiar a nuestras familias que colegas, en otros sectores, optaron por mantenerse aislados de ellas durante algún tiempo. En lo personal me tocó enfocarme cien por ciento en la coordinación de mi sector, capacitarme sobre lo que era este virus, el peligro que corría el personal de Salud, las personas en general, y estudiar estrategias para que no cometamos errores que complicaran nuestras vidas y la de los pactes», completa.
Hubo no obstante «incertidumbre… la posibilidad de llevar el virus a casa genera mucha angustia, aunque tenemos protocolos estrictos y era muy difícil contagiar».

El abogado que no fue.
La familia de Gustavo «entendió todo muy bien, y fue pilar en los momentos de bajón psicológico», que naturalmente existió.
Pero a ese estrés se le sumó una frustración para Sosa: «En 2019 había empezado Abogacía, e incluso rendido y promocionado los talleres que me posibilitaban rendir las materias de primer año… pero no pude seguir porque mi trabajo me llevaba mas de 12 horas diarias al comienzo de la pandemia. Eso me decepcionó mucho», confiesa.

Pilar de la Salud Pública.
No todo el mundo vio venir la dimensión de la pandemia. «En mi caso me di cuenta que era cuestión de tiempo que se vaya de las manos, porque había gente que no entendía lo voraz de este virus. Por suerte me parece que tenemos gran equipo de Salud en toda la Provincia; y personalmente creo en enfermería como el pilar de la salud pública, y es un sector que no bajará jamás los brazos», sostiene.
Se enorgullece por el nivel de nuestra enfermería: «En nuestro sector se puede decir que estábamos preparados, se formalizó un ‘triage’, protocolos externos, internos, de actuación… Hacíamos reuniones para avisar de los cambios que generaba este virus en las personas, como fueron la aparición de nuevos síntomas, se capacitó para la colocación y forma de sacarnos los elementos de protección. Y tal es así que nuestro protocolo fue adaptado a diferentes centros de salud», completó.

Largas jornadas.
Ingresa cada jornada a las 6 de la mañana, hace más de 8 horas diarias, pero su celular recién empieza a calmarse pasadas las 20. «Lo que pasa es que a cargo de un servicio sos full time y estás las 24 horas a disposición, para tus colegas, para pactes (pacientes) que se encuentran en seguimiento y necesitan una atención más personalizada por sus sintomatologías. O por cualquier duda que tenga cualquier integrante del equipo de salud. Saben que estoy para ayudarles…» ratifica.
Y ciertamente quienes conocen la tarea que desarrolla saben de su compromiso y voluntad para aportar a solucionar problemas… Y vaya si han tenido trabajo en los centros de salud, si se tiene en cuenta que «al principio de la pandemia, los primeros 6 meses, pasaron por el triage para atención 10.000 personas. Luego con el aumento de casos se evaluaban más pactes, contactos estrechos con síntomas, y positivos… hasta que sufrimos ese aumento, ese pico, que fue determinante para saber cómo estábamos ubicados en esta pandemia. Por suerte el equipo supo sortear ese problema», indica.

El temor que persiste.
Por supuesto, conociendo bien de qué se trata, el personal de salud tiene temores, y Gustavo lo admite: «Un miedo muy grande es la posibilidad de perder un ser querido por Covid; y otro no saber si estaríamos en condiciones en caso de una tercera ola de contagios, porque estamos muy cansados, agotados, corporal y psicológicamente».
De todos modos Gustavo Sosa es de los que no pierden las esperanzas. «No puedo caerme… porque quiero ver a mis hijos crecer, disfrutar un fin de semana sin restricciones con mis seres queridos. Sí, que la pesadilla se termine, y la vacuna debe ser el camino», sostiene.

Enorme esfuerzo.
Confía en que cuando eso suceda «la mayoría de la sociedad habrá tenido un aprendizaje, para el cuidado de uno mismo y de los otros… Sé que el aporte de los enfermeros de toda la provincia ha sido fundamental, porque hacen maravillas para atender a sus pacientes. Pero en realidad todos los integrantes del Servicio de Salud, todos los lugares son importantes, y no cabe desmerecer el trabajo del otro. Porque es tanto el esfuerzo que se ha hecho que algunos no pueden siquiera imaginarlo…». Y por eso, por si hubiera algún distraído que aún no lo sepa, bien vale la pena este testimonio (M.V.).

«Esponjas del dolor»
«No hay otro personal de salud que esté tan ligado a las sensaciones de la gente como el de enfermería. El estrés psicológico tiene un profundo impacto en el bienestar y la salud de los que formamos parte del sistema… yo tuve y tengo miedo, y también respeto por el virus. No oculto esa sensación, que de todos modos es la que te mantiene activo y despierto para no cometer errores… si bien el miedo está más relacionado con la posibilidad que se enferme un ser querido hoy nadie esta exento de contraerlo», sostiene Gustavo Sosa.
Recordó que «también hubo el miedo debido a la falta de materiales de protección, porque al principio de la pandemia los EPP (elementos de protección personal) eran confeccionados por Enfermería y personas que colaboraron como costureras; y vaya para ellos mi gran admiración», dice.
Y reflexiona: «Somos esponjas continuas del dolor, de la tristeza y desesperación, y uno debe percibirlo y hacer suya esa sensación, porque es la empatía la que nos hace diferentes. Estudiamos y nos capacitamos para estar frente a estos problemas, y somos los encargados de escucharlos y tratar de ofrecer una solución».
Enseguida agregó que «falta mucho tiempo porque si pensamos que la forma más clara que sea el final de una pandemia es que ya no haya circulación del SARS-Nov-2, creo que aún estamos un poco lejos. Va a depender de cada país y cada provincia, que determinarán cuando termina la emergencia sanitaria y pueden levantarse las restricciones. Si me preguntan un deseo claro que quiero que termine hoy y finalice el sufrimiento mundial».
Gustavo trabajó muchos años en la Guardia Central del Hospital Lucio Molas y conoce «lo que es lidiar con el dolor ajeno, y muchas veces nos queda un sabor amargo saber que no alcanzo con lo que hicimos», concluye.