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El ciclista solitario que visitó 42 pueblos

Desde hace algunos años se empezó a generar en todas partes una movida de ciclistas y -más allá de las competencias, en las que no todos se anotaban- empezaron a verse cada vez más en las rutas recorriendo una enorme cantidad de kilómetros.
En nuestra provincia fueron -o son- miles los que dejando de lado la cuestión competitiva salen a andar los caminos, a veces con objetivos claros, y en otras oportunidades salen a la aventura sin rumbo cierto. Es decir, están aquellos que se organizan y salen en nutridas caravanas con un rumbo fijo, yendo a determinados escenarios -casi siempre bellísimos-, o los que simplemente cargan algunas cosas y parten para algún lugar pero sin tener bien determinado hacia dónde irán.
El cicloturismo de alforjas -como se lo llama-, es ese que lleva a recorrer largas distancias para hacer una actividad recreativa, deportiva, y no competitiva, combinando actividad física y turismo.

Turismo aventura.
Hubo quienes se organizaron para empezar con esa suerte de «expediciones» que llevaban a grupos numerosos, hoy a una zona serrana, mañana a un bucólico camino campestre, o a lugares que se iban abriendo al paso de caravanas cargadas de alegría y deseos de pasarla bien.
Hace algunos años los pampeanos empezaron a pedalear en forma masiva, como parte de una nueva corriente que pretendía poner a la actividad física como un complemento absolutamente necesario para una mejor calidad de vida. Fue un boom que se extendió, y mucha gente que nunca había estado vinculada a la actividad física comenzó a sumarse, convencida que era bueno realizarla.

De modo recreativo.
Primero fueron las pedaleadas que reunían a cientos de participantes -en algunos casos familias enteras–, y que dieron lugar a que se formara una nueva pléyade de deportistas con aquellos que entendieron que la competencia les resultaba más grato que pedalear en forma recreativa. Pero más allá de esos que se volcaron al deporte propiamente dicho, quedaron muchos que no pretendían ser campeones de nada, sino simplemente gozar del viento y del sol dándoles en la cara. Actividad muchas veces mejorada porque la naturaleza empezó a cumplir un rol fundamental, al transitar los ciclistas hermosos paisajes.

El ciclista de Guatraché.
Hugo Norberto Rau (58) es nacido y transcurrió toda su existencia en Guatraché, donde aún reside, pero con un modo de vivir absolutamente alejado de aquellas preocupaciones naturales de la metalúrgica que supo tener alguna vez. «Es así, soy casado con María Cristina Stern -docente en la Escuela Agrotécnica-, con quien tenemos a Alicia (28) y Franco (24)… De chico, después de terminar la primaria ya conocí lo que era trabajar, porque mi padre tenía una herrería y tornería… y como somos cuatro hermanos y yo el único varón, un día me ofreció quedarme a cargo», rememora.
Fueron muchos años de trabajo en la Metalúrgica que armó -«fabricábamos carros, hacíamos reparaciones de maquinarias agrícolas», mencionó- actividad en la que le fue «muy bien y no tanto», porque así son los avatares de nuestra economía. En diciembre de 2014 decidió que daría un vuelco definitivo a su vida: «Cerramos, ampliamos el galpón y alquilamos… y bueno todo cambió desde ese momento», repasa.

Llega el cicloturismo.
A Hugo siempre le gustaron los deportes… «Jugué alguna vez de arquero en Pampero de Guatraché, aunque no me destacaba -admite-, pero también gustaba de las artes marciales e hice kiudo mujen… De a poco, más adelante, empecé con caminatas dentro del monte de la Laguna Guatraché que duraban todo el día, hacía gimnasia y pedaleaba los 40 kilómetros ida y vuelta desde el pueblo…», puntualiza en lo que sería el puntapié inicial para lo que vendría.
Lo bueno -seguramente debe serlo- es que el ciclismo lo hacía a su ritmo… «porque no me gusta competir… pero además no podía unirme a un grupo porque todos tenían distintos horarios, así que lo hacía solo», cuenta.
¿Y entonces? Cada vez se animaba a más kilómetros, andando sin apuro y mirándolo todo como si cada paisaje -aunque lo conociera- fuera distinto. Y descubrió bellezas naturales que hasta allí había ignorado.

A rodar por La Pampa.
Así siguió probando y un día se decidió. «Sí, agarré la bicicleta, la equipé, me llevé mi equipo de mate, infaltable, y arranqué», resume.
Osvaldo Díaz, otro «loco» de la bicicleta que también realiza desde hace varios años turismo aventura se lo encontró en Lonquimay -su pueblo- y nos anotició de su colega ciclista que habría de cumplir una pequeña proeza deportiva… «No sé si da para llamarlo hazaña, pero lo cierto es que en veintiocho días recorrí unos 1.780 kilómetros… parando en cualquier parte y durmiendo donde me dieran un lugarcito. Me detenía en algún pueblo un par de días y seguía viaje, y realmente tengo que destacar la solidaridad de la gente que, no sé por qué, se entusiasma con estas cosas y las hace suyas», reconoce Hugo.

Largo periplo.
Salió el 15 de marzo de Guatraché para tocar, entre otras localidades, Darregueira, Bordenave, Puán, Pigüé, Saavedra, Dufaur, Torquinst, hizo el camino por dentro de las Sierras,
Villa Ventana, Sierra de la Ventana; luego Coronel Pringles, Coronel Suárez, Carhué, Guaminí, Rivera, Rolón, Macachín. «Y de ahí de vuelta a casa… una experiencia única, increíble… en el recorrido hablé con todo el mundo, con personas que encontraba y también las que se me acercaban, y en todos lados tuve el trato y la compañía, tanto de jóvenes como de gente mayor. Pero además anduve por Lonquimay, Relmo, Quemú Quemú, General Pico, Intendente Alvear, Larroudé, Sarah, Hilario Lagos, Realicó, Quetrequén, Rancul y el último pueblito al límite con Córdoba y San Luis, Chamaicó». Se entusiasma narrando y agrega que regresó por la misma ruta 18 kilómetros para seguir el recorrido por Parera, Ingeniero Luiggi, Caleufú, luego Eduardo Castex, Winifreda, Santa Rosa, Toay y Cachirulo. Y después retomé nuevamente la ruta para seguir hacia Luan Toro, Victorica, Telén y Santa Isabel, llegando a un nuevo límite… esta vez con la provincia de Mendoza. Más tarde la vuelta por Algarrobo del Águila, Puelén y 25 de Mayo. Ahí llegué al límite con cuatro provincias, luego hice el camino hacia La Reforma, Chacharramendi, General Acha, Alpachiri y nuevamente Guatraché. Fueron 1.780 kilómetros pedaleando en 28 días», precisa.

El cicloturismo, «lo más».
Ahora mismo, y después de su regreso, sigue «entrenando» o algo así… «Sí, estoy recorriendo otros pueblos, y luego de descansar quince días ya visité Abramo, Bernasconi y San Martín. En total completé 42 pueblos y mi propósito es hacer todos los de la provincia, que tengo entendido son más de 60, incluyendo Casa de Piedra», se anima.
«Sí, mi vida cambió definitivamente, y espero poder seguir andando muchos años más… está bueno eso de sentir el sol y el aire rozando la cara, andar sin preocupaciones, por más que sepa que no sé dónde me tocará dormir esa noche… El cicloturismo es lo más, y por suerte lo descubrí a tiempo…», concluye.

«Empecé a vivir».
«¿Qué hice cuando cerré la metalúrgica?… ¡Empecé a vivir porque hasta allí la empresa me absorbía mucho..! Llegué a tener diez empleados… Pero a partir de ahí cambió todo. Cambió todo en mi vida, y mi familia me acompañó. Mi esposa y mis hijos», explica Hugo.
Y de tal manera modificó aspectos de su alimentación que hasta dejó los asados -«era muy carnívoro», dice-, y los lácteos y quesos que tanto le gustaban… «Me hice vegano. Además como tengo un enfisema pulmonar hice mucho ejercicios, también de mentalización, de respiración, y lo voy llevando muy bien. El cuerpo se tiene que curar a sí mismo, dándole las herramientas que necesita. Sí, es una nueva vida que espero poder disfrutar mucho en el futuro. Vida saludable… eso es lo que debemos hacer», completa.