miércoles, 11 diciembre 2019
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Un campeón en las canchas y en las pistas

Domingo 18 de agosto de 2002. Tarde lluviosa en Santa Rosa. En el hoy llamado estadio Dr. Ramón Turnes se juega la final del Torneo Oficial de la Liga Cultural de fútbol. All Boys recibe a Belgrano luego de un empate 1 a 1 en el encuentro de ida. El clásico es parejo. Las tribunas, repletas, viven el minuto a minuto como si lo estuvieran jugando. El primer tiempo se va sin goles, con mucha fricción y poco juego. Hay penales a la vista.
El inicio del complemento ratifica el trámite. Pero a los 14 minutos cambia la historia. El joven Daniel Puhl recupera una pelota en su propio campo y la cede para Darío Gauna. El Teo tira una pared con Pablo Zubeldía, encara y cuando llega al borde del área asiste con maestría a Sergio Bustamante. El Chiche define cruzado ante Jorge Spallanzani. Golazo de Belgrano. Estallido en la Avenida Spinetto.
La defensa visitante, con la lluvia -a baldes desde ese momento- como aliada, hace el resto. Uno de los marcadores centrales que saca todo para mantener el 1-0 es Juan Manuel Abraham, que ve la roja sobre los 50 minutos, justo cuando el árbitro Alejandro Juan marca el final y desata la fiesta del Tricolor. Es el primer título culturalista para el Turco.
Domingo 20 de octubre de 2019. Jornada nublada en Doblas. En el circuito Alfredo Ardohain, el mismo que lo vio debutar nueve años antes, el líder de la Clase Unificada del Safari Pampeano tiene la mesa servida a falta de dos fechas para finalizar el calendario. Fue tal el dominio que tuvo a lo largo de la temporada que con la sola presentación a las clasificaciones pintará por primera vez el «1» en su máquina.
Promedia la mañana cuando se sube al habitáculo para cumplir con el trámite. Cuando pisa la tierra del trazado doblense cumple un nuevo sueño. Juan Manuel Abraham, el mismo que aquella tarde lluviosa 2002 daba la vuelta olímpica totalmente embarrado con la camiseta de Belgrano, vuelve a gritar campeón. Ahora como piloto y levantando barro. Como hace 17 años.

El futbolista.
El Turco comenzó a jugar al fútbol en su Magdalena natal y como arquero, aunque aún siendo niño cambiaron su puesto y su lugar en el mundo. Su familia se trasladó a Santa Rosa y en General Belgrano lo hicieron defensor. «Me fui a probar como delantero, pero como vieron que pateaba para el arco mío se dieron cuenta que era un defensor nato», recuerda hoy con una sonrisa al referirse a sus primeros pasos en el Tricolor.
Poco a poco se fue convirtiendo en un marcador recio y con un gran juego aéreo, lo que le permitió debutar en Primera a los 15 años, en un campeonato que el club de Villa Alonso jugó en Bariloche. Y rápidamente tuvo la posibilidad de dar el salto: se fue a Ferro de Caballito, club en el que terminó las inferiores (fue subcampeón de la Cuarta de AFA), firmó contrato profesional, jugó en Reserva y llegó a concentrar con el equipo de Primera, en el que jugaba Carlos Javier «Colo» Mac Allister.
«Compartí un vestuario de Primera, que es el sueño de cualquier futbolista, pero las lesiones (fue operado de pubalgia) me tuvieron a maltraer», se lamenta Juan Manuel, que tras recuperarse estuvo entrenando en Tigre, Arsenal y Almagro, hasta que recaló en Villa Mitre para jugar el Nacional B.
El regreso a La Pampa se dio en un Argentino «B» con Atlético Santa Rosa, aunque su carrera volvió a renacer cuando se sumó al Belgrano que de la mano de Patricio «Pato» Mac Allister hizo un campañón en el Argentino «A» 1999/2000, metiéndose entre los seis mejores del país. «Era un equipazo, uno de los mejores en los que jugué», se entusiasma.
Luego tuvo pasos por Mac Allister, All Boys, Racing de Castex e Independiente de Jacinto Arauz, pero el Tricolor volvió a ser «su» club. Con la camiseta negra, roja y blanca dio su primera vuelta olímpica en 2002, en aquella recordada final ante All Boys, y repitió los logros en 2008, ante Sportivo y Cultural de General San Martín, y 2009, otra vez frente al Auriazul.
Pero el físico volvió a jugarle una mala pasada. «En 2010 jugué tres partidos, me lesioné otra vez y dije basta, ya está», repasa. Tenía 33 años y el fútbol pasaba a segundo plano. Otra pasión golpearía a su puerta.

El piloto.
«Después de jugar el Provincial de fútbol 2004 con All Boys, me lesioné y paré tres o cuatros años. Y en ese tiempo, antes de volver a Belgrano, aproveché para acompañar a mi hermano (Gabriel), que desde el ’99 corría en el Safari», comenta Abraham al referirse a lo que fueron sus primeros pasos en el automovilismo.
«Y apenas me retiré definitivamente del fútbol me dediqué de lleno al Safari, que me apasionó como el fútbol. Debuté en 2010 con un motor prestado y al año siguiente ya armamos mi auto con mi hermano y no paré más», agrega el Turco, que desde hace años cuenta con Claudio Justus como motorista y Tito González como chasista, aunque son los propios hermanos Abraham los que meten mano cada semana para cambiar algunas piezas, engrasar y revisar todo «para que no se caiga nada».
«Mi primera carrera la gané en la sexta fecha de 2011, en Macachín, y después anduve bien varias temporadas pero no me alcanzaba para ser campeón», explica Juan Manuel, que tiene como acompañante a Leandro Pizzico.
En un torneo fue cuarto, en otro tercero y dos veces se quedó con el subcampeonato. Hasta que en este 2019 no dejó dudas: ganó 9 de 14 finales y en otras 4 subió al podio (dos veces segundo y dos tercero). «Fuimos contundentes; le sacamos más de tres carreras de diferencia al segundo, que justamente fue mi hermano Gabriel», resume.
– ¿Es comparable un campeonato de fútbol con uno de Safari?
– Es la misma alegría, pero es diferente. En fútbol es un equipo de unos 20 jugadores, que vamos, entrenamos y jugamos. Y en el Safari es mucho esfuerzo personal, de familiares, de gente que me banca con las publicidades, con las inscripciones, la nafta, en el taller… Y por eso quizás es más gratificante.
– ¿Extrañás algo del fútbol?
– Siempre extraño algo del fútbol, pero desde que dejé fui una sola vez a Belgrano a jugar un partido entre los más viejos. Y nunca más fui a la cancha, salvo una vez hace un par de años a ver a El Elyon y Matadero con un amigo. Pero el año que viene probablemente arranque a jugar en los veteranos, aunque vamos a poner todo para intentar defender el «1» en el Safari, que hoy es lo mío. De alguna manera voy a combinar mis dos pasiones.

El Verdulero: de chatarra a campeón
Los Abraham tienen un depósito de chatarra que es el sostén familiar. Allí, comprando y vendiendo «fierros viejos», trabajan los hermanos Juan Manuel y Gabriel junto a papá Manuel. Un día, en un cargamento de chatarra que le tiraron en la vereda del depósito, divisaron lo que quedaba de un VW que había participado de la Monomarca Gol en Neuquén.
Lo terminaron de desarmar, le dejaron la jaula y con esa estructura armaron el chasis del auto que este año salió campeón. «Salió un chasis espectacular», afirma el Turco, que es hincha de Ford pero corre con un motor Chevrolet 250 de camioneta que «nunca se rompió».
Esa es la estructura del auto que en 2020 llevará el Nº 1 y que también es conocido como El Verdulero. «Un día lo pinté de verde y el Pity (Roberto) Corbalán (el banderillero que falleció este año tras ser atropellado en una carrera de Supercar), cuando lo vio, me dijo: ‘parece un cajón de manzanas verdes’. Desde ese día le quedó El Verdulero», cuenta el campeón.

Un logro en familia.
Cuando habla de su reciente logro en el Safari, Juan Manuel Abraham hace eje en el apoyo incondicional de su familia: su pareja Romina y sus hijas Briana, Gianella y Florencia (fue su acompañante en la última carrera), que lo acompañan en el día a día; su hermano Gabriel y su papá Manuel, con quienes trabaja y lo ayudan en la preparación del auto; su mamá Julia y su suegra Celia, que colaboran con los asados que hace su amigo (y también ex futbolista) Javier Gadañotti para juntar fondos.