miércoles, 28 octubre 2020
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La escuela hogar Nº 117 de Anchorena brinda una atención integral

Casi todas las semanas la Escuela Hogar Nº 117 «San Manuel» de Anchorena recibe la visita de algún ex alumno. «Siempre vuelven. Se acuerdan y hacen una pasada por acá. Refieren con alegría su paso por la escuela y muestran mucho cariño sobre todo hacia quienes hemos transitado toda una vida» en el establecimiento.

La actual directora, Susana Gordillo, lleva 32 años al frente de la escuela. Nativa de Macachín, en 1988 llegó a Anchorena y aquí desarrolló toda su carrera docente. En 1990 fue declarada escuela hogar y en 1998 asumió la dirección, cargo que titularizó en 2004, concurso mediante.

Considera su cargo una gran responsabilidad como continuadora «de una gran tarea que hicieron Julia Pérez y Norma Castro de Diez (fallecida en 2005), las anteriores directoras».
Desde entonces han «pasado dos y tres generaciones» por estas aulas y ha visto «ingresar como alumnos a varios hijos de egresados». En sus inicios la escuela hogar funcionaba en un edificio del Obispado «con un internado para 60 alumnos. Asistían muchos chicos de Catriló y Macachín, provenientes de contextos de gran vulnerabilidad». Además de recibir conocimientos, disfrutar una alimentación adecuada y adquirir hábitos estructurales, gozan de un entorno emocional propicio: «tienen que ser felices, ya provienen de un contexto negativo y debemos ocuparnos de que estén bien emocionalmente».

Será por eso que casi todos siguen en contacto, incluso décadas después. «Muchos tienen trabajo en áreas públicas o privadas y otros tienen emprendimientos propios, incluso hay uno que es portero de una escuela», destaca. Y reitera. «siempre vuelven, agradecen lo que recibieron aquí y nosotros sabemos que estamos trabajando bien porque la escuela es una bella marca en ellos».

Hora de ocuparse

Desafortunadamente, tras finalizar el contrato en 2004 el edificio fue devuelto al Obispado. «La escuela se trasladó a su emplazamiento actual» (Heberto Espel 351, frente a la estación) que no muestra condiciones ni capacidad suficientes para alojar a 60 alumnos.

Desde entonces solo puede sostener unos 15 internos «utilizando la casa destinada al director y algunas aulas». Hoy la matrícula es de 52 estudiantes, 15 de ellos internos «provenientes de Macachín».

Los chicos son derivados por el área social de Macachín (distante 56 kilómetros), cuyas asistentes trabajan en la detección y asistencia de familias vulnerables. «Hay un gran compromiso del intendente de Anchorena, Gustavo Pérez, siempre atento para lo que necesita la escuela». Susana cita como ejemplo que ante la necesidad de mantener una atención psicológica permanente («hay una sola psicóloga del CAE para toda la zona») el municipio contrató una profesional que trabaja con los alumnos de la escuela. «Y el año pasado consiguió una casa para que los docentes (de Alpachiri y Macachín) puedan permanecer y planificar, porque el espacio en la escuela es muy reducido».

Este año, la pandemia obligó a cerrar escuela e internado. «Vinimos a Macachín y seguimos dándoles clases y asistiendo a sus familias con víveres frescos y secos aportados por la provincia y los artículos del Plan Alimentario de Nación, que incluye frutas, verduras y carne. Hacemos bolsones y los distribuimos a cada familia», cuenta. «Visitamos los hogares porque conocemos sus problemáticas, sus limitaciones. Hay que ponerse siempre en el lugar del otro», dice.

La falta de un edificio acorde «es la única deuda pendiente» con su comunidad. Si bien los pueblos cercanos registran una cifra mucho mayor de niños y niñas que podrían asistir a la escuela de Anchorena, ésta carece de capacidad. «Necesitamos arreglos de aberturas y renovar la pintura. La cocina es muy pequeña y aunque se construyeron aulas más grandes y el municipio ayudó para ampliar otra», resultan insuficientes. «Nos faltan una galería y un salón de usos múltiples o gimnasio», reflexiona la directora.

Un equipo acorde

A pesar de las restricciones «este año trabajamos muy bien en forma virtual, aprendiendo y adecuándonos al avance tecnológico con la misma energía de siempre». Susana advierte que la pandemia «sirvió para unirnos más como equipo docente». La plantilla es breve: Perla Fernández (secretaria), Ivana Martínez (maestra de apoyo), María Celeste Haberkorn (primer grado), Alejandra Maino y Giuliana Páez (2º grado), Graciela Ginestet (3º), Liliana René y Laura Guebara (4° y 5°) y María de los Angeles Rodríguez (6º).

De las especialidades se ocupan Andrea Argüello (Inglés), Viviana Villamil (Corte y Confección), Guillermo Gareis (Educación Agraria), Vanina Stiep (Música) y Sergio Sánchez (Educación Física). Y no podemos olvidar a las cocineras Soledad Gómez y Paola Herrera, que integran el personal de mantenimiento junto a Serena Stella Maris Marrero, Gabriela Soto, María Eugenia Astudillo y el jardinero, Darío Scorza, todos de Anchorena.

Un pueblito de 300 habitantes. «Es una bendición vivir acá, todos nos conocemos y se generan relaciones muy lindas». Los internos hacen deportes «de 18 a 19 junto a los demás chicos del pueblo» en instalaciones municipales y la escuela se involucra en otras acciones comunitarias: «con la biblioteca popular Joaquín Anchorena hacemos actividades conjuntas, como el Día del Libro» y también «con la iglesia y el centro de salud».

En cuanto a sus alumnos, todos tocan algún instrumento o cantan («es una maravilla lo que hacen con nuestra maestra de música»), también mantienen una huerta y cada año participan de las ferias de ciencias. Al reanudarse las clases presenciales (ahora nuevamente suspendidas) parte del equipo regresó a Anchorena «a dictar clases los lunes y miércoles para los pocos alumnos que no habían mantenido el vínculo» virtual.

Susana exhibe una carta que acaba de recibir. Brillan sus ojos «Debo iniciar el trámite de jubilación», revela. Después de 32 años, en 2021 deberá dejar la escuela («queda en muy buenas manos, porque seguramente me sucederá mi secretaria»). Ese recuerdo cariñoso de quienes pasaron por allí es, quizá, su mayor premio, el mejor reconocimiento posible para quienes, como Susana y su escuela, construyen cotidianamente un pueblo, una provincia, un mundo mejor.