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La esperanza no se rinde

Han pasado poco más de cinco meses desde que Alpargatas cerró definitivamente su planta en Santa Rosa, a partir de lo cual unos/as 130 trabajadores y trabajadoras quedaron en la calle. Antes se habían producido despidos y retiros voluntarios, y el último día de septiembre del año anterior la empresa pegó el último golpe: dejó sin trabajo a lo que quedaba de su dotación.
Debe haber pocas cosas más feas, más desgarradoras y violentas para una persona que quedarse sin laburo. Con ese postremo gesto la patronal hundía en la desesperanza y la desilusión a muchos santarroseños y por supuesto también a sus familias.
En aquellos días, mientras los acontecimientos se sucedían -cuando desde la gerencia de la empresa se convocaba a los operarios para anunciarles que ya no tenían trabajo-, se asistió a imágenes dolorosas, fuertes, lamentables. Gente que lloraba y no podía reaccionar ante la realidad, personas acongojadas ganadas por una tristeza infinita; en tanto había algunas apenas un poco más calmas que mascullaban su bronca en silencio, mientras iban pensando de qué manera podrían seguir adelante ante tanta desdicha.

Cómo seguir.
Había entre los despedidos algunos que estaban muy cerca de la jubilación, y seguramente se les haría difícil volver a conseguir trabajo en esta Argentina de Macri. Otros en cambio todavía tienen mucha vida laboral por delante y deberían aguzar su ingenio para continuar, aunque obviamente no la tendrán fácil.
Porque se puede inferir que detrás de alguien que se quedó en la calle hay una familia, hijos que mantener y tutelar, y por supuesto debe ser una situación desesperante saber que al día siguiente no se tiene un trabajo estable. Pero así estamos.

Aquel Parque Industrial.
El Parque Industrial de Santa Rosa supo tener en sus mejores épocas una enorme actividad, con muchas empresas que -favorecidas por algunos beneficios de promoción industrial- se fueron instalando y se transformaron en fuentes de trabajo de miles de personas. Un rápido repaso da cuenta que allí estaban -entre otras- fábricas como la propia Calzar, Bopasa, Indumentaria Argentina, Cablo Pampeana, etcétera.
Duró una buena cantidad de años, hasta que los avatares de nuestra economía nacional empezó a causar estragos, sobre todo a partir de los tiempos del liberalismo instalado por el gobierno de Carlos Menem.
De una en una aquellas firmas fueron quebrando, abandonando sus instalaciones y la ciudad, y dejando trabajadores en la calle. La última fue Calzar, hace apenas algunos meses…
Sólo algunas compañías de servicios continúan hoy en ese Parque Industrial que, en algún momento, resultó un polo de gran actividad para satisfacer las necesidades de trabajar de miles de santarroseños.

Buscando otras posibilidades.
De lo que pasó con el último centenar, en realidad un poco más, de operarios y operarias que fueron despedidos, poco se sabe. Estarán los que habrán tenido la suerte de insertarse en un mercado laboral cada vez más pequeño, otros todavía vivirán gastando los últimos dineros que le correspondieron de la indemnización que se les abonó, y también los que todavía procuran alternativas. Los que no se entregan, los que no se resignan al golpazo que les sacudió la cotidianeidad de sus existencias y la pelean, a pesar de todo… Los que intentan volver a empezar, aunque sepan que todo es muy difícil en la Argentina de estos días.
Y por supuesto entre ellas muchas mujeres, que llevan ínsito ese espíritu que las caracteriza para hacerle frente a los momentos más complicados.
«Sabíamos, estábamos convencidos y nos decíamos entre nosotros: ‘si entra Macri nos quedamos sin laburo’, y eso pasó… Pero vamos a seguir, porque tenemos hijos y queremos que sean mejores que nosotros», dice María con una determinación que invita a creerle, casi a desear que sus esperanzas se hagan realidad.

Siempre hay una historia.
El periodista que anda en la calle puede percibir que en algún lugar, en cualquier momento, aparecerá una nota. Aún de las circunstancias que se muestren como simples y sin demasiadas connotaciones es posible que surja la noticia de interés para el común de la gente; y no pocas veces personajes desconocidos para muchos tienen una historia para contar. Y este es un caso…
La joven mujer apareció imprevistamente la semana que pasó en la Dirección General de Desarrollo Local (a cargo de Élida Deanna), y mientras esperaba charló con los presentes: «Soy despedida de Calzar, y no podemos quedarnos… tenemos seis hijos y tres nietos», dijo, y naturalmente no podía dejar de llamar la atención a quien la escuchaba.
¿Tres nietos?, preguntó extrañado el cronista porque la mujer aparentaba poco más de 40 años. Amable María José Tarrío -que así se llama- se prende a contar su historia, que al cabo es la de su familia, la de su esposo, sus hijos y nietos… Y de verdad sorprende porque tiene nada más que 43 años, y ha formado una gran familia siendo aún muy joven.

Pelea a la adversidad.
En su casa de Catriel Sur 155, la familia acepta dialogar con LA ARENA y a contar cómo es que planifican ganarle a la adversidad. A la que se plantea desde un gobierno insensible a las carencias de la sociedad (quedó patentizado en el reciente discurso presidencial); y a las propias necesidades de una familia numerosa donde los padres se han quedado sin trabajo.
Osvaldo Ponce (44) es el esposo de María, y como quedó dicho tienen varios hijos. Eric (25) es el mayor, el que recibe al equipo de este diario y saluda cortés, mientras se marcha para realizar sus propias actividades. Es casado, vive por allí cerca y tiene dos hijas, Nicol (5) e Isabella (2). Realizó diversos cursos de capacitación, sobre todo en albañilería, y hoy trabaja en Obras Públicas de la Municipalidad de Santa Rosa.
Tampoco está presente en la charla Lucía (24) que es mamá de Bautista (3), quien también está en pareja e hizo hasta tercer año de Psicología, estudios que sus padres la animan a continuar próximamente. Los demás integrantes están en casa: Florencia (21) cursa el tercer año del Profesorado de Inglés en la Universidad Nacional de La Pampa; Agustina (20), hace Arte y Diseño en el Crear; Matilda (14) cursa tercer año del secundario en el Polimodal de Zona Norte, en el Plan 3.000; y después viene Francisca (6), que empezó la primaria.
El padre, Osvaldo, es trabajador de la construcción y cuenta que «está muy difícil conseguir un trabajo… trabajé en la obra del Hospital, hasta que se paró, y después agarro lo que puedo. Pero está complicado», reafirma.

Poner una despensa.
En el caso de María, explica que estaba en la Municipalidad porque está gestionando un crédito de promoción, para terminar de armar «la despensa que vamos a poner en breve aquí mismo», señala un amplísimo garage que debe tener como 15 metros de largo… Tenemos la cortadora de fiambres, un frezzer, pero necesitamos la heladera mostrador, y ahí si largamos».
Señala que con la indemnización, y para evitar que el dinero se desvalorizara compraron una camioneta, y cuando llegue el momento «si tenemos que venderla para comprar mercadería o lo que fuere lo vamos a hacer».

El estudio, lo primordial.
En tanto María convida con mate, las chicas se reúnen alrededor de la mesa y cuentan de qué manera sus padres les insisten en que deben estudiar. Osvaldo no tiene pudor en reconocer que él no terminó la escuela primaria, que le cuesta leer y escribir, pero tiene clarísimo que «ellas tienen que estudiar… tienen que hacer el secundario e ir a la universidad. Es la única manera el día de mañana de que puedan tener trabajo», dice con una claridad que desmiente su falta de estudios. Se ríe casi con orgullo cuando el cronista le comenta que es ciertamente extraño que mientras él tiene dificultades para leer tiene una hija universitaria que habla casi a la perfección en inglés.
Por su parte María sí terminó la escuela primaria, pero quiere sí o sí que sus hijas sigan estudios universitarios, en línea con lo que piensa su esposo.

Sólo un golpe. Hay que seguir.
«Sí, lo de Calzar fue un golpe muy duro, pero no podemos permitirnos quedarnos quietos. Trabajé 7 años allí, y ahora nos toca volver a empezar… Si al final nosotros la venimos remando desde que teníamos 15 años», agrega mirando a su compañero.
Y de veras da toda la impresión de una familia de laburantes y emprendedores. Viven desde hace 10 años en esa casa del Plan Federal -bien al norte de la ciudad, a pasos de la Raúl B. Díaz-, pero no se quedaron con las dos piezas y la cocina que les entregaron en su momento. Levantaron un enorme garaje (donde próximamente irá la despensa: «una suerte de polirubro», aclaran), y al fondo construyeron casi que otra vivienda: «La hicimos para las chicas, y ahí ellas están cómodas, tienen todo y pueden estudiar tranquilas», cuenta Osvaldo con satisfacción. Porque él mismo -ayudado «por algunos amigos», reconoce- levantó con sus propias manos esas paredes.

Derecho a la esperanza.
«Lo que tenemos claro es que de dónde sea se saca, pero los estudios los tienen que seguir», dice él; y completa María: «De chiquitas les enseñamos que nadie las tiene que mantener, que deben estudiar y después trabajar», reafirma.
Y de verdad, al verlos con tanta determinación, dueños de una gran valentía para afrontar las contingencias de la vida, dan ganas que les vaya bien. Que puedan superar el azote de la desocupación, que sus hijos estudien como ellos lo desean, y que el camino se vuelva menos espinoso. Como reflexión, queda por decir que son gente que vale la pena… y que ojalá les vaya muy bien. Tienen derecho a la esperanza… Se lo merecen. ¿O no?

«A Macri lo odio».
«Fue muy duro ese momento… pero lo sabíamos. Si ganaba Macri las elecciones la empresa iba a cerrar. Eso pensábamos, y sucedió», cuenta María sobre el despido que se produjo en Calzar hace poco más de 5 meses.
«La verdad es que cuando algo así pasa no se puede hacer nada… pero tampoco nos podemos quedar con eso, porque tenemos hijos y la situación es complicada», continúa.
Cobró su indemnización, y con Osvaldo decidieron que iban a comprar un vehículo, porque «es una forma de que el dinero no se desvalorice… cuando sea necesario lo vendemos». En tanto les es muy útil para llevar y traer a las chicas, porque el centro de la ciudad les queda realmente lejos, y «la pasan mal con el frío en el invierno… antes iban y venían en colectivo», cuentan.
María dice que no le interesa demasiado la política, pero tiene claro que lo que está pasando no es bueno: «A Macri lo odio, ni me lo nombren», señala.
Osvaldo indica que sale a buscar trabajo, «pero no se consigue casi nada… ahora vamos a intentar con este emprendimiento», dice.
En tanto las hijas se las arreglan para juntarse sus pesitos, haciendo tortas y vendiéndolas en el barrio. «Todos tratamos de sumar… así es más fácil», se confortan.
Es una familia «muy unida», que se junta «los domingos aquí en casa… vienen nuestros otros hijos y nietos y la pasamos bien». Para distraerse, María y Osvaldo salen a caminar «al parque recreativo Don Tomás, o a la orilla del centro, no al centro mismo, porque es más tranquilo. Salimos a despejar la cabeza… tenemos una vida simple», completan. (M.V.)