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La exclusión inexplicable

Impecablemente vestido con el conjunto del club, Mauro pisa la cancha soñando con dar otro paso hacia el gran objetivo. Bidón en mano, atento a satisfacer las necesidades de hidratación de sus jugadores desde el primer instante, acompaña al equipo hasta el centro del campo, saluda a la hinchada y posa para la tradicional foto grupal.
Como cada domingo, mientras los futbolistas hacen algunos piques cortos para no enfriarse antes del silbato inicial, Mauro se acomoda en el banco de suplentes junto al resto del cuerpo técnico y los cinco relevos. A su lado, inseparable, el bidón de agua, su principal herramienta de trabajo.
Sportivo Cochicó está por jugar uno de los partidos más importantes del año. En su cancha recibe a Unión Acha buscando el pasaje a las semifinales de la Primera «B» de la Liga Cultural de fútbol. Ya ganó 1-0 en la ida, como visitante, y cuenta con ventaja deportiva. En Victorica todo está preparado para vivir una fiesta.

Adentro.
Mauro Luis Vidart tiene 29 años y su vida es un ejemplo clarísimo de la importancia de la inclusión para las personas con discapacidad. Desde chico sobrellevó el Síndrome de Down junto a su familia y a una comunidad que lo acompañó y respetó a cada paso.
Una de sus pasiones es la radio, con la que se encontró luego de terminar el secundario y como parte de un proyecto de integración encabezado por el locutor Beto Ayala. Desde hace ocho años, junto a Ayala, Mauro tiene una activa participación cada mañana en el programa «Juntos», un magazine que se emite entre las 9 y las 12.30 en Radio Loventué.
Ese ámbito le dio a Mauro el empujón definitivo para sentirse parte de la sociedad y le permitió establecer vínculos que le fueron abriendo otras puertas. Comenzó a bailar danzas folclóricas y acompañó a Ayala como locutor en diferentes celebraciones, entre ellas la tradicional Fiesta de la Ganadería por la que se conoce a Victorica en todo el país.
Su otro gran amor es el fútbol. Hincha de Cochicó, siempre estuvo cerca del equipo de la ciudad, celebrando en las históricas actuaciones en la Liga Cultural y sufriendo en las malas.
Hace cuatro meses, luego del fallecimiento de su papá «Chichín», fue justamente el deporte el que le dio el espaldarazo para aminorar el impacto de la pérdida. Su compañero Beto Ayala, ex jugador del club y actual integrante de la dupla de entrenadores (junto a Jorge Domínguez), lo invitó a formar parte del cuerpo técnico.
Desde que comenzó el presente torneo de ascenso, Mauro acompaña a Cochicó desde adentro. En el transcurso de la semana colabora en las prácticas con todo lo que haga falta y los domingos es el aguatero del plantel principal.

Afuera.
Los dos equipos esperan la orden para comenzar a disputar la revancha de una de las series de cuartos de final. Cada uno ocupa su lugar habitual, algunos dentro del rectángulo de juego y otros afuera, incluidos Mauro y su bidón. La gente aguarda expectante. Reina un optimismo general por ver a Cochicó entre los cuatro equipos que lucharán por un ascenso a la Primera «A» culturalista.
El árbitro Paolo Macchi demora el inicio. Camina hacia el banco de suplentes local, pregunta por la situación del aguatero y le pide que se retire. Explica que no firmó la planilla y que, por lo tanto, reglamentariamente no puede estar dentro del campo.
Mauro no termina de comprender lo que sucede. Desde que comenzó el torneo todos los árbitros le habían permitido participar. En un ámbito totalmente amateur, en el que todos hacen esfuerzos denodados por estar y ayudar de una u otra manera, siempre habían primado el sentido común y el concepto de inclusión por sobre lo estrictamente reglamentario. «No podría decirte que no», es la frase que generalmente utilizan los árbitros cada vez que les piden por la presencia de Mauro.
Macchi se niega. Decide aplicar la letra fría. Dice que sólo pueden permanecer en cancha los tres integrantes del cuerpo técnico autorizados y que firmaron la planilla. Mauro deja el bidón y se retira con la cabeza gacha, mientras la tribuna estalla en contra del árbitro.
Pegado al alambrado, visiblemente triste, el aguatero sigue el partido. Sufre especialmente cuando sus jugadores piden agua y él no puede asistirlos. Aún incrédulo, en el entretiempo rodea la cancha, se acerca a los vestuarios y pregunta si puede entrar. La negativa se mantiene.
Da un grito ante cada uno de los tres goles pero no es feliz. Aún cuando termina el juego, con la clasificación de Cochicó a semifinales, Mauro se siente incompleto. Su sensación se extiende hasta el lunes. Llega a la radio y pregunta si se hablará de lo que le sucedió el domingo. Los oyentes empiezan a respaldarlo y el apoyo se extiende a las redes sociales. Mauro sonríe; se siente querido otra vez. Ahora su mayor preocupación pasa por saber si el próximo domingo lo dejarán entrar a la cancha.