Inicio La Pampa La increíble historia del ultramaratonista solidario

La increíble historia del ultramaratonista solidario

Sebastián es un hombre común. Un hombre, como todos, como cualquiera, que camina por las calles de su barrio en Vicente López, hace las compras, va al almacén, saluda a los vecinos y lleva a sus hijas al colegio.

Es un hombre cotidiano, de todos los días, un oficinista de clase media, padre de familia, buen amigo y compañero.

Pero las apariencias a veces juegan un poco a las mentiras.

UN HOMBRE COMUN.

«Yo soy un hombre común que hizo un cambio en búsqueda de un sueño», le dice Sebastián Armenault a LA ARENA con la voz serena y amable. Motivada siempre.

Recuerda que jugó 25 años al rugby y reconoce que fue un patadura.

«Jugaba porque el rugby me dio valores, jugamos con y no contra y conocimos algo maravilloso como por ejemplo el tercer tiempo donde termina la fase competitiva y te podés sentar a dialogar y compartir un rato con amigos», sostiene.

«UN INQUIETO».

Armenault, una persona inquieta por naturaleza, empezó de cadete en una empresa y con el correr de los años llegó a ocupar el rol de director comercial de esa firma. Su vida empezó muy de abajo y a fuerza de valores y convicciones alcanzó sus objetivos propuestos. Se casó y tuvo dos hijas. Luego se divorció y sus hijas se fueron a vivir con él.

SU PARA QUE.

Pero se sentía un poco vacío. Algo en su interior no estaba bien. No encajaba, le hacía ruido y no podía encontrar su lugar en el mundo. Su para qué en el mundo.

Hasta que, a los 40 años, por medio de un amigo, empezó a correr. Como si nada. Ni buscando ni esperando nada de nadie. Primero pocos kilómetros y con una misión clara en ese momento: superarse y desafiarse.

Pero lo que nunca supo es que esos pequeños pasos lo convertirían con el tiempo en una de las personalidades solidarias más destacadas del país. Una personalidad que, a cada sitio en el mundo que visitó, dejó una huella imborrable.

EN EL MEDIO DEL DESIERTO.

Pasaron cinco años en la vida de Sebastián y ese gran cambio germinaba.

«Di un vuelco en mi vida con todo en contra, pesaba 90 kilos, empecé a correr a los 40 años, con cuatro operaciones de rodilla y 11 yesos por el rugby: pero la idea fue clara ‘si yo pude el que quiere también podrá'», dice.

Su creciente pasión por correr lo llevó al Desierto de Omán donde participó de una ultramaratón.

Fue en ese espacio tan hostil, lejos de sus hijas, con más de 40 grados pegándole en la espalda, y solo con su alma, que sintió una fuerza arrasadora que lo transformó.

«Cuando volví del desierto, me senté con el presidente de la empresa donde trabajaba, con quien tenía una muy buena relación, y le dije que lo dejaba todo. Le dije que le ayudaba a buscar un reemplazo y en dos meses me iba para siempre», recuerda.

Y lo dejó. Tal cual. Salió del confort cotidiano para adentrarse en una aventura que, al principio con miedos e incertidumbres, lo llevaría por siete continentes y lo convertiría en un símbolo posmoderno de la altruismo mundial.

«Lo que sentí en el desierto fue tan fuerte que no podía seguir igual, tenía que intentarlo, tenía que cambiar de vida», sostiene.

¿QUIEN GANA LA CARRERA?.

Armenault inició un camino. Unió sus dos pasiones: el deporte y brindar su alma a los que más lo necesitan para crear SA 18: su «proyecto» que, granito a granito, creció a puntos insospechados.

«Mi proyecto es llevar un mensaje, que ‘Superarse es ganar’, cuando uno hace lo que le apasiona es el campeón del mundo: Hay muy pocos campeones del mundo pero cuando vos haces lo que amás realmente lo sos», destaca.

Y recuerda: «Cuando corrí los 250 kilómetros del desierto del Sahara el que ganó se llevó 5 mil dólares. Yo llegué entre los últimos, en el puesto 793 y logré donar tres desfibriladores, aparatos médicos, zapatillas, anteojos recetados, útiles escolares y juguetes. Recaudé, para donaciones, 50 mil dólares…entonces la pregunta que me hice fue…¿quién ganó esa carrera?».

La popularidad de Sebastián también aumentó con lo años. Su mensaje de antihéroe deportivo lo convirtió en una especie de ícono del hombre común pero extraordinario que lucha contra el enemigo actual: el exitismo, la imagen y el resultado.

-¿Cuál es tu podio?

-Mi medalla o mi copa es llegar a un geriátrico y cambiarle los anteojos recetados a un abuelo. Que uno de ellos, como pasó, me diga que su sueño era leer el diario, todas las mañanas y que no lo podía hacer y pudo volver hacerlo gracias a sus nuevos anteojos que le donamos. ¿Hace falta batir un récord?.

-¿Qué es 1 km una sonrisa?
-Dentro de SA 18, que es el proyecto general, armé una ONG que se llama 1 km una sonrisa. Reúno empresas que colaboran y por cada kilómetro que corro junto dinero para donaciones a quienes más lo necesitan.

«Si en una carrera, en el km 180, no puedo seguir porque no doy más, no pasa nada, porque eso ya se transformó en una donación, ese esfuerzo que hice sirvió y además se aplica a la vida. El que gana, el que llega primero, no es el mejor, pese a que lo diga esta sociedad tan exitista», recalca.

-¿Creció S A 18?.
-Mucho. Y fue gracias a la confianza de la gente. Todas las donaciones están documentadas, registradas, con fotografías y publicadas en mis redes sociales. Gracias a los medios, de todo el país, este proyecto fue creciendo y va creciendo poco a poco.

-¿La idea es llevarlo a las provincias?
-Si. Sumar embajadores en cada una de ellas. En La Pampa por ejemplo está Fabiana Torres, una atleta que sabe lo que es superarse es ganar, y a partir de allí haremos eventos. Mi sueño es que en cada provincia exista un alma que sienta hacer esto y armar eventos y llevar este mensaje a todos. A los colegios o los sectores más necesitados por ejemplo.

INTENARLO.

A medida que Armenault corrió en distintos puntos del mundo, que atravesó fríos polares y climas de más de 40 grados, su nombre reflejó la idea de no bajar nunca los brazos y volver a intentarlo pese a fallar una y otra y otra vez.

«Quiero, por ejemplo, que un chico entienda que puede equivocarse, que puede intentar cosas en la vida, pero que nunca lo deje de intentar», resalta.

EN EL MEDIO DE LA NADA.

La última carrera que participó Sebastián fue hace unos 20 días en los 170 km del Desierto de Fiambalá (Catamarca) donde vivió una experiencia increíble.

En el medio de la competencia pasó por un pueblo, que ni siquiera está registrado en los mapas. Se llamas Papas y tiene 40 habitantes.

Armenault averiguó que había 24 chicos de 2 a 15 años.

Con la ayuda de la organización, pidió sus nombres, edades, y talles.

En el medio de la carrera frenó la marcha para dejarle a los nenes 24 cajas con un kit para cada uno de zapatillas, juguetes, ropa de abrigo y útiles escolares entre tantas otras cosas.

«Paramos con los corredores, le dejamos las cajas a los chicos, y a la cuenta de tres las abrieron: había que ver sus caras al abrir las cajas y al ver las sorpresas adentro. Esas son mis medallas», rememora.

NO AFLOJA.

El ultramaratonista ganó espacios en las redes sociales, publicó un libro llamado «Superarse es ganar», estuvo con el Papa y brindó conferencias y entrevistas en numerosas partes del mundo. Su mensaje llegó.

Pero reconoce que aún falta y, por eso, no afloja.

Tiene pensado difundir su libro en Madrid, y correr en Japón como así también trabajar en la planificación de «un gran evento» para este 2020 que por el momento no quiere adelantar.

«Le recomiendo a todo el mundo que empiece a trabajar en uno mismo para intentar ser lo mejor, no para tener lo mejor, sino para ser lo mejor haciendo lo que te apasiona», sostiene Sebastián.

Y amplía: «El gran desafío lo tenemos todos, es encontrar nuestro lugar en el mundo y el para qué en el mundo: lo bueno que no hay edad para esto, yo lo encontré a los 45 años. Si bien no es fácil llevar adelante, todos los días, este proyecto, el hacer lo que amo me da fuerzas y convicción para ayudar a los demás, a los que más lo necesitan, en tiempos complicados, ver sus caras no tiene precio».

Armenault sigue. Corre. Pero no solo corre. Sino que corre por los otros. Como un modo humilde pero complejo y extraordinario de mejorar un pocos las cosas. De provocar una sonrisa de luz y esperanza, a veces, en momentos de angustiante oscuridad.

«Tenemos que seguir…todos juntos…para adelante», completa, con la mirada atenta, la voz nunca cansada, y la convicción a flor de piel.