“La Pampa no tiene riendas, pero ata”

ALBERTO CARPIO LLEGÓ UN DÍA DESDE SU SANTIAGO DEL ESTERO NATAL Y SE QUEDÓ PARA SIEMPRE

Algo ha hecho Alberto Carpio: 45 años de actividad coral, más de 20 grupos y coros creados; 400 presentaciones, 50 conciertos internacionales, seis giras por el mundo, discos editados y 200 obras montadas.
MARIO VEGA
Hay quienes sostienen que -para ofrecer testimonio del paso por la vida- es necesario dejar huellas… y en realidad creo que uno no se va planteando todo el tiempo que eso suceda. Salvo en el caso de algún mesiánico que nunca falta que pudiera pretender la trascendencia para la posteridad.
En lo personal, como no estoy seguro de lo que hay “más allá” -en verdad no sé nada-, pienso que lo importante es lo que uno haga en el aquí, y en el ahora.
Por eso entiendo que ese propósito de dejar una huella no debe ser -estoy seguro que no lo es- el objetivo prioritario en la vida de la gente. Los hombres y mujeres sencillamente existen… y van por allí haciendo cosas.
Pero también es cierto que hay quienes trascienden su propia existencia, sin premeditarlo, sin buscar por su modo de actuar ninguna clase de reconocimientos.

Alberto, un hacedor.
Las personas van construyendo su existencia primero como pueden, y después como quieren… Porque el azar, la eventualidad, jugarán sus cartas y dispondrán en qué sitio ubica a cada uno… y a partir de allí cada cual se desenvolverá de una u otra manera. Dentro de lo que puede y, después, de lo que quiere…
Naturalmente existieron los célebres, los que hicieron su aporte científico, artístico, intelectual, o se convirtieron en protagonistas de alguna gran causa determinada. Pero también están los otros, que sin llegar a ese renombre que perdura para siempre, hacen lo suyo quizás modestamente, tal vez más “humanamente” si se me permite la expresión.
Este hombre que está ahora a mi lado en la mesa de un céntrico bar santarroseño, es un hacedor… No sé si lo propuso a partir de las circunstancias de la vida, pero no podrá negarse esa condición si uno repasa sus 65 años bien llevados.

Quién es Carpio.
Tal vez no llegó a esta tierra con el afán de ser reconocido -o quizás sí-, pero a esta altura de la vida hay que decir que ha recorrido un largo camino y se tornó en personaje del ámbito musical de nuestra provincia.
¿Porque quién puede decir que nunca oyó hablar de Alberto Carpio alguna vez? Ni aún los menos avisados podrían hacerlo…
Este santiagueño que llegó a La Pampa hace muchos años es hoy un vecino más, y será por eso que -ajustando un viejo término que su utiliza para su Santiago natal- es capaz de afirmar que “La Pampa no tiene riendas… pero ata”. Es que un día llegó para ver de qué se trataba y se quedó para siempre.
Alberto es conocido por su actuación en el ámbito de la música, y por ser autor de distintas iniciativas. No obstante campeará en él, siempre, su sencillez, que uno puede advertir al verlo caminar nuestras calles una mañana cualquiera… El cuerpo más vale enjuto, la tez morena, el cabello corto y entrecano, la barba blanquecina y rala que luce desde hace algún tiempo…
Es un vecino más… que se mueve en el ambiente de la cultura, pero del que no se conoce mucho más. Pero se sabe, detrás de todo hombre hay una historia, íntima, a la que pocos pueden acceder…

Primeros tiempos en Santiago.
Alberto conversa de viejos tiempos y deja su mente abierta para contar sus recuerdos. “Es linda esta experiencia de detenerme y sentarme a pensar en las cosas de mi infancia… no lo hago habitualmente, así que esta introspectiva me hace muy bien a la memoria y al espíritu”.
Y empieza Carpio: “Vos has contado en tus notas -se dirige a mí- eso del ‘cuadrado mágico’ de Santa Rosa, donde nacieron cantores y guitarreros de los mejores… y también mencionabas a deportistas y gente que después fue reconocida. Bueno, algo así es Tala Pozo, uno de los barrios más antiguos de Santiago del Estero capital. Allí nací y pasé algunos años de mi infancia feliz, jugando con caballitos de palo de escoba, con la pelota de trapo al hoyito chipaco, a las bolitas, con el disfraz del Llanero Solitario, imitando aquel personaje que veíamos en un bar los domingos de películas en blanco y negro… y por supuesto tocando la guitarra con Coco y Horacio Banegas, mis vecinos de al lado, a la hora de la oración”, rememora.
Cuando refiere al “cuadrado mágico” debo aclarar que tiene que ver con una frase que utilizó Oscar García en su libro “La patria del corazón”, donde explicaba qué pasaba en nuestra Santa Rosa, más allá de las vías del ferrocarril, más precisamente en Villa del Busto y Villa Tomás Mason.

Sixto Palavecino y Leo Dan.
Se entusiasma Alberto Carpio con sus recuerdos. “Hace poco charlando con un amigo, recreaba esas siestas santiagueñas con 40 grados de calor y mi madre doña Delfa Montenegro, nacida en Atamisqui, y su afán de llevarme a estudiar guitarra con don Silvera Landriel, en la calle 9 de Julio, pleno centro de la ciudad; y al tiempo con Quichi Campos en el popular Barrio 8 de abril, residencia indiscutible del club de futbol Mitre, hoy compitiendo en la B nacional”.
“Mi abuelo materno, Ramón, era organista de la iglesia del pueblo. También eran vecinos de la familia, don Sixto Palavecino y Leopoldo Dante Tévez que no es otro que el conocido Leo Dan (que en aquellos tiempos cantaba folklore). Al volver atrás mis recuerdos también acercan a mis oídos al quichua, lengua que usaban mi madre con su padre en conversaciones pactadas para no perder la costumbre”.

Tala Pozo, un barrio especial.
“Todo esto, y sin dudas mi barrio Tala Pozo, gestaron la comunión entre la música y mi vida, ligadas para siempre. Vos decías en alguna nota -me habla a mí- que en tu barrio estaban los Díaz (Pelusa, La Mona, Chiquito, Changuita y Gustavo), Oscar García, los Sombra, los Domínguez (El Bardino, Félix y Terete), y en Tala Pozo teníamos a los Rodríguez, Jacinto Piedra, los Banegas, don Lauro Cáceres, policía y guitarrero, y un sin fin de artistas”, se regodea al mencionarlos. “Talo Pozo está a la entrada de la ciudad, a la vera de la ruta 9 en el mismísimo arco de entrada, y cuento para quienes han viajado al norte que es paso obligado de conexión con otras provincias”.
“Sentados en la vereda; cantábamos con los changos las canciones que estaban de moda: era la década del 60, con todo el esplendor del folklore norteño. Mi padre -‘El Pachi’ Carpio- tenía muchos amigos, y en algunas noches se armaban las guitarreadas en casa con la presencia de cantores que hasta la madrugada improvisaban zambas, chacareras y los famosos valses y serenatas que ya se escuchaban en la voz de Los Cantores del Alba”.

El hijo del taxista.
Un día la vida le dio a Alberto la oportunidad de irse de Santiago, y no lo dudó. “Lo cierto es que ni pienso, no extrañé ni extraño, pero cuando vuelvo, y me ocurre en los últimos años -en la madurez podemos decir-, me interno en esos lugares en donde la imagen de mis padres que ya no están me hacían sentir feliz. Mis primeras vacaciones a Carlos Paz, luego de un planteo de adultez casi en el final de mi primera adolescencia, y el esfuerzo económico de mis padres para regalarme esos días… Y ahora reflexiono y recuerdo que ellos nunca se fueron de vacaciones, porque no estaba establecido culturalmente, al menos en la franja de mi familia. Sin duda eran otros tiempos, otras situaciones, otras prioridades”.
Los Carpios fueron una familia de trabajadores de taxi desde siempre; y hoy algún primo mantiene esa tradición. “Mi padre Carlos Alberto, ‘El Pachi’ para todos, era de los más antiguos y tenía su parada en la céntrica plaza Libertad. Yo fui a la Escuela Normal Manuel Belgrano, y mi padre me llevaba cada mañana; dado que mamá, empleada en el Hospital de Tisiología, no podía hacerlo. Y cómo no recordar ahora que te estoy contando los desayunos compartidos con papá en el Mercado Central: café con leche con chipaco y tortilla a las 7 de la mañana. Hoy, una vez al año, al regresar a esos lugares vuelvo a sentir esos olores de mi infancia y se me llena el alma”.

Más cerca de la música.
Fue en la secundaria que su inclinación hacia la música “y en especial a cantar tomó su forma. Casi sin darme cuenta comencé en el grupo ‘Sanavirones’, vocablo quichua, nombre de aborígenes que habitaban la región de Santiago. Era un conjunto vocal mixto, tres varones y dos mujeres; y para la época no era común mezclar voces masculinas y femeninas en conjunto; aunque la historia musical de mi provincia nos había dejado a través del Cuarteto vocal Gómez Carillo, tres varones y una mujer, que en su época ya cantaban a 4 voces y música de todo tipo, incluyendo la música clásica”, rememora.
Y sigue Alberto: “Una retrospectiva en el tiempo me conduce a pensar que de ahí el paso a la actividad coral se dio muy pronto: el gusto por la armonía coral prácticamente me deslumbró. ‘Se equivocó la paloma’, música de Carlos Guastavino sobre un poema de Rafael Alberti fue la primera obra que llegó a mis oídos en el Teatro 25 de Mayo… La imagen de mi Maestro sentado a un gran piano de cola, y un grupo de coreutas que entonaban el murmullo de la paloma… Desde ese día, hace ya 45 años, nunca deje de cantar en coro y grupos vocales”.

El querido Maestro.
Franklin Ponce, tucumano de nacimiento pero santiagueño por adopción, sería su padre artístico y también en muchas partes de la vida. “Dejó en mí huellas imborrables no solo musicalmente, sino muchos rasgos en mi personalidad. Durante muchos años fui su colaborador más inmediato, casi amigo en su vejez. Esta entrega por la música me llevó a ser el primer contratado por la provincia de Santiago del Estero como jefe de cuerdas de tenores del coro estable. Paralelamente era empleado del Ministerio de Bienestar Social del área Educación para la Salud”.
Una extensa actuación en su provincia, lo llevó a participar de diversas creaciones, como el Coro de Niños, el Coro Estable, y a dirigir el Coro Polifónico de la ciudad de La Banda y el de Añatuya… Fueron años de muchísimo trabajo que le dieron un merecido prestigio.

La llegada a La Pampa.
Una fatalidad -el fallecimiento en un accidente de Lucrecia Sánchez de Gatto Cáceres-, que estaba al frente del Coro de Niños en Santa Rosa, hizo que le ofrecieran radicarse aquí.
Sin conocer demasiado, enseguida iba a hacerse cargo de lo que Lucrecia había creado; y rápidamente se empezó a vincular a la movida musical pampeana, sobre todo a partir de sus visitas a Coarte, donde encontró la amistad de gente como los hermanos Beto y Carlos Urquiza, Guito Gaich, Cacho Arenas, Toto López y Raúl Gatto. “Ellos hicieron que pronto pudiera mimetizarme con el paisaje pampeano tan diferente a mi origen norteño. Su cercanía y mis ganas por aprender, paradójicamente me llevaron a conocer más lo pampeano que lo santiagueño”.

Mas Carpios en La Pampa.
Poco más tarde habrían de sumársele en Santa Rosa “Jaqui”, hoy médica pediatra en el Lucio Molas -la hermana que ahora, sentados a la mesa de este bar, asiste embelesada a cada palabra de Alberto-, que al llegar tenía solo 9 años; Y Ezequiel, hijo del primer matrimonio de Carpio. El joven hoy es entrenador de básquet en el Club General Belgrano, e integra -no podía ser de otra manera- el Coral Médanos y Luna.
La familia Carpio la completa su esposa Laura, calculista científica que trabaja en la ciudad de La Plata -donde Alberto viaja habitualmente-, y la pequeña Emilia (hija de “Jaqui”), que se transforma en la estrellita de la familia y que, parece, va a seguir la tradición de su tío.

¡No se puede hacer tanto!
Hay que admitir que resulta impracticable en una nota resumir todo lo que Alberto Carpio hizo en La Pampa: desde formar y dirigir numerosas agrupaciones corales, hasta armar grupos musicales que lo tuvieron como intérprete.
El Octubre Coral tuvo y tiene su participación, y también el Coro de la Universidad, el de Adultos de Santa Rosa, el del Centenario, el del PAMI, la Agrupación Coral Toay, el de Padres del Colegio Domingo Savio, el Coro Juvenil de la Provincia, el de Niños de los Institutos Salesianos, el Coral Médanos y Luna, los Municipales de Rancul y Trenel, el Polifónico de General Pico y el de la Asociación Hispano Argentina en la capital provincial. Pero además el Municipal de Salliqueló, el de Villa Maza y el de Carhué.
De 1989 a 1991 coordinó los Talleres Corales en los Comedores Escolares dependientes de la Municipalidad de Santa Rosa, y en la Provincia de Buenos Aires realizó Asistencias Técnicas Corales en Salliqueló y Villa Maza.

Más de 400 presentaciones.
¿Presentaciones? En toda la provincia, pero también en Mendoza, San Luis, Catamarca, Salta, Jujuy, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, Entre Ríos, Buenos Aires y Neuquén. Y en el exterior en Chile, Brasil, España, Francia, Italia, Colombia, Cuba y Ecuador. “Milonga Baya” y la huella “De Ida y Vuelta”, fueron en todo ese periplo canciones especiales del cancionero pampeano.
Además, creó e integró numerosos grupos como el Trío instrumental con Alfredo Roldán y Toto López, que fue ganador del certamen selectivo del Pre Cosquín en 1992 en Ingeniero Luiggi.
Un año más tarde se armaría el vocal-instrumental Pampamérica, que dirigió hasta 2001; después organizó y realizó arreglos de un nuevo conjunto instrumental llamado Contraluz, que llegó a presentarse en México.

Más grupos.
En 2006 formó el Grupo Vocal Calandria, con el que abordaron obras del cancionero folklórico pampeano, además de otras como las que interpretaron junto a César Isella en Cosquín 2011. Y por si era poco formó la Orquesta Folklórica Pampeana, que recrea las danzas populares argentinas.
Pero además, si le faltaba algo, hace un tiempo llevó adelante el Primer “E.M.I.”, Encuentro de Música Interreligioso en La Pampa, propuesta musical que contribuía a dar mensajes concretos sobre la posibilidad de reconciliación y acuerdo dentro de nuestra comunidad. Participaron mormones, católicos, adventistas y evangélicos entre otros, que pretendía a través de la música el rescate de valores y el respeto por la diversidad cultural.

Alberto sí que trazó un camino.
Sonríe al contar que hoy, acogido a la jubilación ordinaria -42 años como docente en el Colegio de la UNLPam y en el Domingo Savio-, “ya no es necesario mirar las agujas del reloj”, ni apurar la siesta santiagueña tan reparadora, porque el tiempo alcanza, “aunque no sobra, porque siempre hay algo para hacer”, comenta.
“Desde que llegué a La Pampa fue mi preocupación lograr que los alumnos conozcan las cosas de los pampeanos, no que les guste sino que sepan de su existencia. Fueron años importantes y con muchos logros con ellos. Algunos hoy son músicos reconocidos, otros profesionales, pero siempre cultivan este arte en su tiempo libre: son coreutas que empezaron a cantar en su adolescencia y hoy son señores y señoras”, resume complacido.
Todo lo que se dice en estas líneas sobre Alberto Carpio y su actividad musical, es sólo una apretada síntesis, porque resulta imposible mencionar todo lo que hizo, y todavía hace…
¡Si eso no es dejar huella! Aunque de verdad no haya sido el objetivo de Alberto, que es de esas personas que entienden que el misterio de la vida consiste, simplemente, en vivir… Y si es posible haciendo lo que a uno le gusta. Si es así, tanto mejor…

En épocas de Molteni
Fue en momentos que Santa Rosa tenía como intendente a don Eduardo Feliz Molteni… Lucrecia Sánchez de Gatto Cáceres había fallecido en un accidente sucedido en la ruta 35; y era en ese momento la directora del coro infantil del municipio.
Lucrecia había sido compañera de Alberto Carpio en el Coro Estable de Santiago, y también participaba en uno que había armado el ahora artista “pampeano”. Luego de aquel momento terrible, llegó la oferta laboral que invitaba a Carpio a venir a la capital provincial. Y lo recuerda así: “Me sorprendió que cuando llegué fue el propio intendente Molteni quien me recibió en su despacho para firmar el contrato junto a su Secretario de Gobierno, ‘Pipo’ Mariani… siempre me llamó la atención que el despacho de Molteni permanecía abierto todo el tiempo, de manera que cualquiera podría pasar y saludar al mismísimo intendente”, comenta ahora Alberto.
Pero los tiempos cambian… vaya si cambian. Hoy las cosas son tan diferentes que en la actual gestión de Leandro Altolaguirre fue “despedido del municipio luego de 30 años de prestar servicios. Y lo hace el intendente a través de su secretario (Gabriel) Gregoire y la directora de Cultura Cecinés Peralta, quien casualmente también es santiagueña…”, revela.
Carpio agrega que le rescindieron el contrato inopinadamente, cuando durante la gestión de Miguel García en Cultura, “luego de 29 años de inestabilidad laboral estaba para ingresar, pero en ese momento cedí mi lugar a otros compañeros de Cultura, para incorporarme a planta en una segunda tanda de ingresos, que era aprobada por el Concejo Deliberante”.
De todos modos la cuestión no está concluida: “Tengo una demanda iniciada por daños y perjuicios, con abogados que llevan adelante mi reclamo”, completa Carpio, todavía algo apesadumbrado por esta circunstancia.

¡NO TENÉS PELUQUERO!
“No tenías vecino Gorosito”, podríamos decirle a Alberto Carpio utilizando una vieja frase… Es que nada menos que don Sixto Palavecino, el violinista santiagueño, una de las personalidades más influyentes del folclore nacional, era su vecino… y además su peluquero.
“Mi mamá me llevaba a lo de don Sixto, que vivía en la misma cuadra que nosotros, y él me cortaba el pelo… Y claro, cómo no recordarlo, si en un cuartito de dos por tres tenía siempre a mano su violín”, lo evoca Alberto.
Defensor a ultranza del idioma quichua, don Sixto, santiagueño emblemático, naturalmente debe haber influido, y mucho, en aquel chico al que, al menos una vez al mes, le cortaba el pelo.