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La Pampa y su burocracia eficiente

CIENTOS DE HOMBRES Y MUJERES HAN SOSTENIDO LA ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

Son tiempos de cambios, nuevas épocas -los de la «nueva normalidad» le llaman- en las que nos vemos obligados por la modernidad, por la tecnología, que trajeron consigo las plataformas digitales (o virtuales), y las redes que incluyen Twitter, Instagram, Facebook, Zoom… Y tantas.
La pandemia que nos impuso aislarnos puso en evidencia que Internet es una creación genial, que permitió avances extraordinarios en el mundo de las comunicaciones y del trabajo. Lo sabíamos desde antes, obviamente, pero quedó muy expresado en estos meses de locura que desató el Covid-19.

Empleados valiosos.
El aislamiento obligatorio se podría decir que -de alguna manera- paralizó la administración pública en todos sus niveles, y fueron justamente las plataformas digitales las que lentamente empezaron a permitir reuniones y comunicaciones virtuales.
Y en medio de esta necesidad se hizo evidente la valía de empleados que -con amplios conocimientos de los modernos métodos- hicieron su contribución para que ese nuevo manejo de la cosa pública se pudiera materializar. Los más jóvenes -más adecuados a lo reciente- tuvieron ventajas, pero cabe decir que hubo otros con más años que también lograron una rápida adaptación y todo comenzó a marchar, nuevamente.

Ante cambios trascendentales.
Viendo las nuevas circunstancias, se debe reconocer que no estaría mal realizar una valoración más positiva del empleado público, tantas veces subestimado cuando no vilipendiado.
Hubo en estos meses una enorme mayoría que -aún con aislamiento mediante- siguió trabajando y haciendo que se cumplieran con determinadas obligaciones del Estado.
Mirando hacia atrás resulta fácil advertir los cambios trascendentales que se produjeron al menos en los últimos veinte años. Y así como cabe aceptar una reconsideración sobre la valía de la actual planta del personal en general -tan acomodada a los nuevos tiempos-, no estaría mal recordar a los antiguos empleados públicos de nuestra provincia, que los hubo y en enorme cantidad.

Una experiencia.
Me tocó desempeñarme -hace muchos años- en la Dirección de Tierras Fiscales, donde compartí la oficina con un exigente director -el profesor Horacio Cunquero-, y con compañeros que resultaban admirables por sus conocimientos y su eficiencia, porque trabajaban con un profesionalismo que era digno de admiración. Los veía redactar decretos y resoluciones -con siete copias empleando el entonces importante papel carbónico (hoy caído en desuso)-, con una prolijidad y una rapidez para la escritura en aquellas viejas Olivetti o Remington que, confieso, nunca pude igualar. Jorge «Gogui» Rodríguez, Oscar Urdaniz y Héctor Suárez, eran fantásticos en eso. Porque el trabajo no admitía correcciones… donde se le erraba a una letra de aquellos extensos decretos, había que tirar lo realizado hasta ahí y hacerlo todo de nuevo.

Había muchos así.
Pero no eran los únicos. En cada oficina de Casa de Gobierno había empleados tan eficaces como ellos. Carlos Fortuna, que trabajó 54 años en la Administración Pública Provincial, rescató recientemente una larga lista que incluían a Calixto Aberásturi, jefe de despacho en Secretaría General; igual que Ricardo Sánchez; «Chino» Ortiz, Clide Dacal, El Flaco Lonatti, Teresa Tullio, Ezio Robustelli, Fidel Vaquer, Héctor Rivas, y tantos otros.
Todas las dependencias de Casa de Gobierno contaban con personal que cumplía con prontitud y diligencia las tareas que tenían a cargo. Y verdaderamente para el resto -para los que no eran tan buenos, que también había- resultaban un espejo que estimulaba a imitarlos, al menos en la medida que cada uno podía.

Un empleado ejemplar.
No hace mucho tiempo Alicia Chaves, aquella jovencita que el día del golpe del ’76 don José Regazzoli mandó a repartir las llaves de un barrio antes que se hicieran cargo del gobierno provincial los militares, recordando ese momento de su vida también tuvo algunas expresiones y elogios para sus superiores y compañeros de aquel tiempo.
Y entre otros tuvo una mención especial para Luis Joaquín Santesteban como uno de aquellos empleados ejemplares. Y no le erraba.
Acordarse hoy de su figura no es solamente reconocer su notable capacidad, sino que puede resultar una suerte de homenaje -por qué no- a toda una burocracia eficiente que supo tener nuestra Provincia. Y que, visto los últimos acontecimientos, se puede afirmar perdura en muchos de buenos empleados del presente.

Una evocación.
Vanessa, una de sus hijas -desde años compañera de trabajo en este diario- se emociona al recordar a su padre. «Si hablo de él no puedo evitar las lágrimas… Me acuerdo de tantas cosas… era ateo, no creía en nada; porque había sido pupilo en la Escuela de Curas y no la había pasado bien», empieza.
Y sigue: «Papá era tímido, inteligente, pulcro, de carácter explosivo, muy trabajador y honesto. Nada lo iba a corromper… de lunes a viernes trabajaba de 7 a 23, pero los fines de semana los dedicaba a su familia; y como vivíamos en departamento eran momentos de bicicletas, patinetas, mate y parrilla y salíamos de picnic a la ruta. Las vacaciones eran sagradas en el mar, lagos, sierras, pero siempre al aire libre. Le gustaba la vida de campamento, aunque su porte era siempre impecable y la mayoría lo conocía de traje, afeitado, zapatos brillosos y manos de seda», lo evoca con devoción.

Incansable trabajador.
Luis estaba casado con Elisa Estela Ledesma, y además de Vanessa tenían los hijos mayores: Víctor, Fernando y Claudio; y completaban la familia sus nietos Julieta y Naseem.
Quienes lo conocieron lo recuerdan como un incansable trabajador. De mañana en el Instituto Provincial de Vivienda; seguía por la tarde en el estudio contable de Riutort, y por la noche en el Colegio de Abogados.
«Cuando se compró el terreno donde los empleados tienen ahora su club, en ese lugar no había nada… con papá a la cabeza íbamos los fines de semana toda la familia a sacar rosetas, cortar el césped y limpiar», se acuerda Vanessa.

Cámara de Diputados.
Luis Santesteban era militante activo del Mofepa, y después de Convocatoria Independiente, pero nunca quiso integrar lista alguna para las elecciones, aunque Ismael Amit se lo había ofrecido muchas veces. Cuando Ricardo José Telleriarte era gobernador, le encomendó llevar adelante la reapertura de la Cámara de Diputados -obviamente cerrada durante el período del Proceso, entre 1976 y 1983-, «y lo hizo sin cobrar ni un peso, porque él decía que era funcionario y ya tenía su sueldo. Y siempre contaba que se abrió con sólo 40 empleados», acota la hija.
Luis falleció joven -sólo 60 años, pero a los 55 había sufrido un ACV y la peleó durante cinco años.
«Murió simplemente con su simple jubilación, su casita en Villa Alonso y su Dodge 1500», acota. «Fue un hombre derecho y con admirables valores», cierra.
Justamente hoy -y coincidentemente con el Día del Padre-, Luis cumpliría 87 años. Un momento excelente para recordarlo como la gran persona que fue, el empleado serio y respetado, y el padre que enorgullece hasta emocionar a su familia. No es poca cosa.

Lo que viene.
Una de las tareas importantes que quedarán para la post pandemia, un gran compromiso pendiente, pasará por sustentar una Administración Provincial competente y expedita. Eso sí, adecuándola a los nuevos tiempos.
Porque ya nada será como fue; aunque indudablemente el recurso humano -los trabajadores- seguirá siendo esencial para manejar la cosa pública. Para que se pueda contar con muchos émulos de aquellos antecesores que cumplían intachablemente, y además actuaban como verdaderos maestros de sus empleados,
siempre privilegiando el respeto y la humildad.
En el caso de los y las trabajadoras, las tecnologías y ciencias no modificarán su esencia como personas, pero sí pueden contribuir grandemente a una necesaria capacitación. Para que La Pampa siga contando -como antaño- con una burocracia eficiente.

Decretos con pluma y tinta.
Cabe señalar que mucho antes –en los primeros años de La Pampa como provincia– ya había en la Administración Pública trabajadores de enorme valía. Tiempos en que aún las máquinas de escribir eran una “rareza”, y cuando los decretos y resoluciones debían quedar plasmados de igual manera.
¿Y entonces?, ¿cómo se hacía? Era todo artesanal. Claro que sí. Los escritos se realizaban a mano alzada, con lapiceras de pluma y tinta, y quedaban asentados en cuadernos con tapas de tela. Por eso, escribir sin errores se constituía en una premisa fundamental, porque volver atrás era imposible.
No era que como ahora –computadora mediante– se utiliza el “retroceder”, el “insert”, o tantas otras aplicaciones que permiten trabajos “limpios” y sin yerros.
Aquellos antiguos cuadernos –con esa tarea casi artística– están hoy en el Archivo Histórico Provincial, como verdaderas reliquias de otros tiempos. (M.V.)