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La radio, una pasión de toda la vida

Es sin saberlo, sin proponérselo, de esa gente que puede ser considerada parte de la historia misma de nuestra comunidad. Es locutor y cronista inquieto de la realidad, y a los 84 años sigue vigente.
MARIO VEGA
En todos los tiempos, desde su invención, la radio ha sido un fantástico medio de comunicación y no ha perdido vigencia ni aún con las nuevas tecnologías que, por el contrario, no hicieron más que aportarle para que siga siendo. Aunque quienes conocen más sobre el tema aventuran que llegará un momento -quizás pasarán décadas hasta que eso suceda- en que no tendrá la preponderancia que todavía exhibe.
Desde que hace casi 120 años el físico italiano Guillermo Marconi conectó por primera vez Europa y América por medio de una señal radiotelegráfica, la radio se convirtió en un elemento extraordinario para las comunicaciones modernas.

Camino a la imaginación.
Hace décadas transito el camino del periodismo, y me ha tocado hacerlo en sus distintas formas. Si bien estuve siempre más vinculado a la gráfica, también incursioné en televisión y radio. Y puedo asegurar que todos tienen sus peculiaridades, y son realmente atrapantes.
Pero lo cierto es que la radio es sinónimo de fantasía, de imaginación, y sin dudas encierra un atractivo difícil de explicar. Son condiciones que dan lugar a esa frase común y trillada que habla de «la magia de la radio».

Un medio formidable.
No sucede -con seguridad- con las generaciones más nuevas que van dejando atrás lo que a los más veteranos nos resulta tan único y -por qué no decirlo- sencillamente maravilloso. Me dicen quienes saben mucho del tema que los chicos hoy casi no escuchan radio, porque prefieren las plataformas donde buscan lo que ellos prefieren, y no lo que les ofrece un menú predeterminado.
Pero no obstante para mí sigue siendo un medio formidable e inimitable. Mirando hacia atrás me veo frente a la vieja «Cariló» de mi familia -una verdadera caja mágica-, para escuchar a Fioravanti, Cafarelli, o tantos otros grandes del relato.

Las propaladoras.
Pero aún más atrás, cómo no recordar las viejas propaladoras que a través de sus parlantes instalados en los altos de un comercio, o de una vivienda, fueron los primeros medios locales para difundir masivamente -en forma oral-, música y noticias.
Pero después de eso habría de producirse un hecho que iba a cambiar radicalmente el contexto, y terminaría con aquella forma de difusión, y además relegaría de gran manera a Radio Nacional Santa Rosa. El 1 de diciembre de 1970 se ponía al aire LU33 Emisora Pampeana, filial de Radio Belgrano de Buenos Aires.

«Estrellas» de la radio.
En pocos meses pasaría a ser un suceso que acapararía la mayor parte de la audiencia -no existían las FM, claro-, y sus trabajadores, locutores y periodistas pasaron a ser poco menos que «estrellas» radiales de nuestra aún pequeña comunidad.
Aparecieron entonces en escena personajes de la talla de Guillermo Fernández, Susana Evangelista, César Di Narde, Roberto Ramonda, Mario Boschi y el querido Negro Gonzálvez como locutores; y en la parte técnica Quique Aldaya e Ignacio Soporta, entre otros. En esos primeros años también estuvieron en el equipo Lito Costa, Hugo Papávero, Justino Pastor Guesalaga, Armando López, y llegarían Viviana Córdoba, Juan Carlos Carassay, Chiche Moretti, Edgardo Soto y Hugo Sabarots.

Creador de «La Manija».
Fueron años fantásticos en que LU33 se convertiría en referencia ineludible, y El Negro Gonzálvez en protagonista especialísimo con su programa que ocuparía varias horas de todos los días… ¿Quién no escuchó ese jingle pegadizo que anunciaba el espacio?… Ese «¡es La Manija, La Manija, La Manija!…!», que llenaba las mañanas de la radio.
Antonio Gonzálvez (84) es nacido en Quehué, pero está en Santa Rosa desde que tenía «unos 12 años». En su casa de calle Colombia donde vive hace más de 50 años -y en el estudio de televisión que tiene montado en la planta alta que merecería ser visitado por un coleccionista de antigüedades o un museólogo-, acepta contar su historia.

Nacido en Quehué.
«Mi papá se llamaba Juan, y era nacido en Peraboa, Portugal, y por supuesto llegó a Argentina escapando de la Segunda Guerra Mundial. Venían en un barco carbonero, y viajaban en la bodega alimentando la máquina a carbón, como tantos otros. Hay que imaginar lo que era eso… Mi mamá era Flora, de la zona de Quehué, y ahí nacimos yo y mis cinco hermanos», reseña.

El dolor más profundo.
Hoy, viudo de su primer matrimonio, comparte todas sus horas con su actual esposa María Nieves Méndez. Tuvo dos hijos, Eduardo, que trabaja en el Registro Civil; y Mabel, fallecida a través de una impensada desdicha… Su ex marido la asesinó y después se tiró debajo de un micro y se suicidó. «Nunca te reponés de algo así. Fue hace varios años, pero no te olvidás jamás», fue lo único que quiso decir. Completan su familia sus nietas, María Victoria (estudiante) y Silvina (maestra jardinera).
El infortunio también lo llevaría más adelante a soportar meses de recuperación en su propia casa, después de un siniestro de tránsito que puso en peligro su vida.
A todo eso se repuso el Negro para seguir con esa locura de hacer radio, y un poco más tarde televisión a través de Canal 6 Comunitario.

Lavacopas y mozo.
«¿De chico? Una vida pobre, vivíamos en un rancho de paja, y mi papá se dedicaba a la huerta… el portugués es ‘quintero’, y por eso en tres hectáreas que estaba a la entrada del pueblo se dedicaba a eso. Con el tiempo el lugar quedó para la Municipalidad, porque nunca reclamamos nada. Iba a la Escuela 32, pero ya a los 12 me vine a Santa Rosa, a trabajar cama adentro en una familia de apellido Sosa, en Gil 37, para hacer mandados, limpiar, y ahí me tenían y me daban de comer. Cuando más grandecito empecé a trabajar primero de lavacopas en la Confitería Duchac (frente al Banco de La Pampa, donde ahora hay una casa de artículos escolares)… después pasé a ser mozo, en tiempos en que ese lugar trabajaba muchísimo», rememora.
Le gusta recordar, y enseguida cuenta que «en la playa de la estación de trenes trabajaban los bolseros, que armaban estibas de cereal, y venían y hacían cola para comerse un sándwich y tomarse una cerveza».
Y sigue narrando Antonio: «Fueron varios años, 7 u 8, pero ya andaba con la idea de los medios. No sé… lo traía desde Quehué».

Jugando a hacer radio.
A su pueblo natal llegaban en tiempos antiguos todos los diarios, «Crítica, Noticias Gráficas, Democracia, La Nación… y yo me leía todo eso. ¿Sabés qué hacía? A la luz de un candil metía la cabeza dentro de un cajón de manzanas y le leía las noticias a mi papá, que se volvía loco escuchando lo que pasaba con la guerra. De esa forma empecé… tendía cables, tenía la bobina de un auto y simulaba que estaba en una radio…», se entusiasma.
Un día todo eso casi provoca una tragedia: «Resulta que haciendo esas conexiones yo había puesto un clavo agarrado del picaporte de la puerta… hubo una tormenta y empezaron a entrar rayos a la casa, mientras todos estábamos en un rinconcito y no podíamos hacer nada. Nos salvamos de milagro esa vez…», insinúa una tenue sonrisa al evocarlo.

Primera voz de LU33.
«Esto es LU33 Emisora Pampeana desde Santa Rosa, La Pampa, en 890 ‘kilohertz» (KHz, frecuencia de AM), repetía machaconamente en los momentos iniciáticos y de prueba Antonio Gonzálvez. Su voz sería la primera en salir al aire por esos micrófonos, y también por eso se puede decir que el Negro es la historia viviente de la emisora.
Y sigue evocando: «Hubo una selección de gente, y creo que arriba de 100 anotados. Nos tocaba ir a rendir para locución a Radio Belgrano (LU33 era una filial), y nos daban lecciones Pinky -mítica conductora de la radio y la televisión argentina-, y allí tuvimos oportunidad de conocer a otros grandes como Cacho Fontana, Brizuela Méndez, Antonio Carrizo… En ese momento nos decían que los que íbamos desde aquí no estábamos tan crudos», completa.

Un éxito de 50 años.
«Nunca me fui de la radio», dice ante mi incredulidad. Es que la emisora soportó momentos difíciles, y llegó a quebrar cuando se hizo cargo Luis Legnani. Pero el Negro siempre estuvo, y también su célebre programa «La Manija».
«Lo hice de lunes a sábado, muchos años con Susana Evangelista, y la idea era entretener con un show que iba de 8 a 12. La gente nos llamaba de todos lados porque ‘Eleú’ se convirtió en la radio fuerte de la región, y fue postergando a Nacional… ¿Sabés? Siempre fue ‘La Manija’, aunque alguna vez tuvimos que cambiarle el nombre… fue durante un gobierno militar porque se les ocurría que le dábamos manija quién sabe a qué cosa. ¡Increíble…!. Pero nos dejaron que el programa siguiera igual, aunque desde ese momento se iba a llamar ‘La radio de usted’. ¡Sí, de locos!», reflexiona.
Fueron épocas en que le fue muy bien desde lo económico, «porque donde iba vendía publicidad… un peso la tanda, y la verdad es que recaudaba muchísimo. Llegué a ganar una barbaridad, una locura… diría que varios sueldos».

«Ganaba mucha plata».
Eso le permitiría reunir lo suficiente para comprar un amplio terreno -precisamente donde levantó su vivienda y se instaló con la propaladora y más tarde con Canal 6 Comunitario-, «era una zona donde no vivía casi nadie. Me acuerdo que me faltaban 5 pesos y un tal Pérez que me vendía no quería saber nada de darme el boleto, hasta que los conseguí como a las 11 de la noche y se los llevé… Después trabajamos duro con mi señora para limpiarlo, sacar rosetas; y enseguida planté aquí una casita prefabricada».
Con su trabajo pudo ir construyendo: «Todo lo hice yo… me mataba laburando, y me iba bien. Aquí del Gobierno no hay ni media ventana… todo lo compré yo», dice no sin cierto orgullo.

«Un poquito alunado».
Juan Carlos Carassay nos contaba hace poco que «Antonio era el primero en llegar a la radio. Yo entraba a las 6, y él ya antes estaba preparando todo para salir al aire… Le tengo un gran afecto, porque es muy buena gente… Eso sí, un poquito alunado, pero era un ratito y ya se le pasaba».
Y completa Omar Guillén, técnico de LU33 muchos años: «Cuando nos tocaba ir a hacer alguna transmisión, de fútbol o lo que sea, afuera de la provincia en cuanto terminaba el partido El Negro se sentaba en el auto esperando que arrancara porque se desesperaba por volver… No nos dejaba ni tomar una cerveza antes de salir», rememora.

Canal 6 Comunitario.
Al Negro Gonzálvez se lo puede ver cualquier mañana por allí, con una camarita Panasonic y un micrófono que lleva siempre consigo ante la eventualidad de una nota. Casi se puede decir que, para él, todo lo que se mueve es nota…
«Hago notas de lo que venga… de todos menos política porque no manyo…», se sincera. Y sigue: «La verdad es que no tengo ideología política, aunque alguna vez trabajé para la campaña de Ismael Amit para gobernador, así que imaginá cuántos años hace…», reconoce.
En un determinado momento alguien empezó a hacer pruebas con un equipo para una señal televisiva que llegaba por aire. «Carrión había puesto un equipo arriba del edificio Horizonte (frente a la Rotonda del Centro Cívico) y desde allí salía… Interfería todas las señales y era un lío; pero yo le hacía de locutor comercial».
El dueño después de algún tiempo se lo quería vender a Antonio, pero este dudaba. «No tenía la plata… pero un día se apareció aquí y empezó a colocar la antena y me lo dejó para que lo ponga en marcha. Le fui pagando de a poco y ahora hace de eso 20 años, y ahí siguen la antena y los equipos», me muestra.
E informa enseguida: «Lo del Canal lo hago grabando en un pen drive y salgo por Somos La Pampa, pero no es lo que más me gusta… Lo mío es la radio», reafirma convencido.

«Todo funciona».
Después fue comprando más elementos… «Lo que iba juntando lo invertía en equipos… Y ahora tengo todo esto», dice y muestra un antiguo proyector que «funciona perfectamente… todo lo que ves aquí funciona», se ufana. Y sigue mostrando: un teléfono de esos que se marcaba a disco, una radio Boxon a lámpara que compró en Casa Faro; y una serie de reliquias que andan perfectamente. Y también una cámara que había pertenecido a Canal 11 que pagó 5 mil dólares, y miles de películas en los viejos cassetes VHS -fácilmente se puede decir que son más de 2.000 títulos- donde no faltan «Lo que el viento se llevó», «Tiburón», «Titanic» o el que se quiera buscar.

Esperando el The End.
«¿Querés creer que un día pasé en exclusiva el derrumbe de las Torres Gemelas que conseguí en Bahía Blanca? No se podía no sé por qué razón… y me avisaron cuando iba por la mitad. Sufría esperando que dijera ‘The End’ y ya me veía preso… Pero por suerte no pasó nada», se ríe ahora.
Y además la cámara reportera con la que sale a la calle. «Y el micrófono que siempre está en un bolsillo. Salgo a la calle con una valijita y allí voy buscando la nota… aunque ahora parece que sólo se habla de la pandemia y el coronavirus», se queja.
Pero igual al Negro no le hablen de tecnología… «No querrás creer pero no sé usar el celular… para hablar nada más, pero no sé enviar mensajes ni watsap», se sincera.

Como hace 50 años.
Todos los domingos incluido hoy -naturalmente redujo la frecuencia de los envíos a una sola vez por semana- se puede escuchar «La Manija» con la voz de Antonio Gonzálvez… como hace más de 50 años.
A los 84 no pierde ni por un segundo el entusiasmo. «Hago programas cuando sueño… Pero de verdad lo digo, eh!», ratifica.
Y agrega: «Sí, podría decir que estuve en todas: fui locutor comercial, en el fútbol, aunque no entiendo nada ni me interesa; en automovilismo, en fiestas… una linda satisfacción fue cuando me dieron en Buenos Aires el premio Santa Clara de Asís en 1997 por ‘La Manija’ por cumplir un servicio a la comunidad», dice pero no alardea.
«La radio fue mi sueño y mi novia de toda la vida… Es lo que me gusta, es mi vida. Nada más ni nada menos que eso… Mi vida». Y eso pareciera estar muy pero muy claro. ¿O no?

Entre la propaladora y LU33
Antes de dedicar su vida a la radio, Antonio Gonzálvez fue propietario de una de las cuatro o cinco propaladoras que hubo en Santa Rosa.
Cuentan que el primero en instalar una fue Arturo Gamberini, allá por 1934, cuando Santa Rosa no era más que un caserío muy lejano a esta ciudad que hoy conocemos. Con cuatro parlantes ubicados en la plaza, fue una experiencia que no duró demasiado.
Pasaría bastante tiempo hasta que Alfredo Dalmiro Otálora pusiera a funcionar Propaladora Argentina en 1947, que muchos consideran fue la primera y la que más tiempo estuvo en el aire.
En ese período fueron varias las experiencias, y cabe mencionar a
«La Nueva Provincia» de Guillermo Fernández, posteriormente aparecería «Propaladora Belgrano», del Negro Gonzálvez; y allí nomás la «Ranquel» de los hermanos Alcántara.
Marcaron, sin dudas, una época. Las tardecitas santarroseñas tenían ese atractivo especial -sólo comparable con las «Tardecitas pampeanas» de Radio Nacional, por entonces-, y era un espectáculo en sí mismo ver la gente apiñada debajo de los parlantes, o en las cercanías para escuchar las noticias o la música (generalmente tango y folklore) que pasaban sus operadores. Que no eran otros que sus propietarios, que por supuesto también ponían sus voces al aire.
Todo comenzó a cambiar cuando lo que era entonces Radio Belgrano decidió abrir filiales en distintos puntos del país, y allí apareció LU33 Emisora Pampeana, que rápidamente desplazó a las propaladoras, y comenzó a relegar en las preferencias de la gente a Radio Nacional Santa Rosa.
La propaladora de Gonzálvez empezó a funcionar en un domicilio de calle Brasil -de la familia Cuffini-, aunque la municipalidad no la habilitaba. «Pero un día jugaba San Lorenzo en el Estadio Centenario y estaba el intendente, don Eduardo Molteni… ahí me le acerqué y le dije que me dejara empezar, que era nada más que un parlante. Le gustaba muchísimo el fútbol y estaba entusiasmado con el partido, así que me hizo un gesto y yo entendí que era sí… y arranqué», cuenta Antonio divertido.
Sería la primera transmisión desde exteriores. «Pepe Álvarez hacía comentarios a un grabador Geloso que yo tenía, me llevaba la cinta para pasarlo y al ratito venía a buscar otra grabación. Después de eso salía al aire de 18 a 20 de lunes a viernes, y los sábados y domingos una hora. Para las fiestas, en tiempos de Lotería, la gente se agrupaba debajo de los parlantes para escuchar los premios. Llegué a poner 15 parlantes, desde aquí (calle Colombia) hasta la plaza Martín Fierro, y en toda la Avenida Uruguay. Y cuando había acontecimientos importantes, como el caso Gonzani, salía a cualquier hora como un informativo extra», rememora.
Estaba pautado que cuando LU33 saliera al aire desaparecían las propaladoras, y así fue. «Salvo la de Otálora que se quedó un tiempo más», expresa ahora Gonzálvez.

La competencia.
Aunque en realidad pareciera que la radio mantiene su vigencia, hay quienes dicen que «un día dejará de ser… pero todavía falta mucho para eso. No sé si nosotros vamos a ser testigos, pero lo cierto es que las nuevas generaciones se niegan a recibir lo que no quieren escuchar. Pretenden elegir qué les llega a sus oídos», expresa Leo Santos, operador de Radio Noticias y uno de los más antiguos de la ciudad.
Explica que eso es así porque las nuevas generaciones «hoy usan Spotify», una aplicación multiplataforma sueca, empleada para la reproducción de música vía streaming. El método cuenta con un modelo de negocio «premium», un servicio gratuito básico y con publicidad; pero con características adicionales, con una mejor calidad de audio. Igual da para pensar que faltan décadas para que la radio deje de tener el atractivo que hoy le conocemos, porque hoy en día sigue ocupando un lugar de privilegio.