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La tilinguería, en máxima expresión

FARANDULA Y REALIDAD NACIONAL

Se está muriendo gente… mucha gente. En todo el mundo. Y por eso la pandemia que atacó en China y se diseminó por el universo nos mantiene expectantes, alertas, interesados…
Desde los medios de comunicación -sobre todo los canales porteños- nos atosigan todo el tiempo con datos y coberturas periodísticas que tratan de ofrecer la última, las referencias más tremebundas sobre cuántos infectados van, y cuántas muertes deben contabilizarse en cualquier lugar del planeta al final de cada día.
TN, Canal 13, América Noticias, y los distintos canales, ponen al aire a sus conductores estrellas para abordar el tema que nadie puede eludir. Esta pandemia que nos mantiene en cuarentena -que por suerte en Argentina se adoptó rápidamente-, pero que encuentra detractores que expresan que debe cesar porque el aparato productivo lo necesita.

Cuarentena sí o no.
Son esos sectores que no entienden el mensaje presidencial que alerta que sin vida no hay ninguna posibilidad de desarrollar absolutamente nada. Alberto Fernández ha dicho, contestando a los que quieren una reapertura de la economía, que «la cuarentena va a durar lo que tenga que durar para que los argentinos estén sanos y no se mueran».
Fue una respuesta a sectores patronales que hicieron sus riquezas precisamente a expensas de sus trabajadores -a muchos de los cuales algunas empresas echaron a la calle sin tener en cuenta le pesadilla que nos hostiga-, y que no tienen ninguna intención de renunciar a seguir incrementando sus fortunas. A ellos no les interesa el coronavirus y sus implicancias.

Por la vida.
Es verdad que están los que están sufriendo muy fuertemente las consecuencias de no poder trabajar para no quedar expuestos a la enfermedad. Pero también es cierto que hay un Estado presente que -aún con limitaciones y errores- asiste en una medida que nunca antes lo había hecho.
En distintos programas televisivos se reflejan claramente las dos posturas. Los que piden cuidar la salud de los argentinos, y los que consideran que la cuarentena ya no va más, aunque en Buenos Aires -y también en algunas provincias- se siguen infectando y muriendo personas y todo indica que los números se seguirán acrecentando.

Tilinguería e indiferencia.
En medio de esa disputa aparecen algunas perlas de lo que -en periodismo- podrían considerarse notas al margen, casi de color. Como para darle un matiz distinto al tema central que nos ocupa.
Y ahí sí, aparece en todo su esplendor la tilinguería nacional, que precisamente no es patrimonio de todos los argentinos, sino que más bien debe atribuirse a esa indiferencia que los porteños tienen por el interior, por quienes vivimos más allá de la General Paz y sus alrededores.

Bobería al máximo.
Por estas horas la polémica instalada es en torno a que Susana Giménez -para ellos la «reina» del espectáculo argentino (vaya fruslería)- decidió instalarse en su residencia de Punta del Este. La «diva» como la mencionan algunos periodistas -que no son todos porteños, claro- fue contactada ya en su paradisíaca residencia uruguaya para que ofreciera su versión de cómo y por qué decidió instalarse fuera de nuestro país.
Por estas horas no hubo canales porteños que no quisieran contar con su versión. Y entonces apareció la bobería en su máxima expresión: la «Su» señaló que debía cuidar de sus animales -sus perros- en la chacra esteña; pero fue más allá al atreverse a hablar necedades como decir que le tiene «miedo al comunismo» que a su parecer se estaría instalando en nuestro país (¡¡¡!!), al que insistió en comparar con Venezuela.

«Pensadora» nacional.
En uno de esos programas, el «cotizado» Luis Novaresio -no es precisamente porteño- rayando en la estolidez no dejó de elogiar a la Giménez, sin atreverse a intervenir de mínima manera para frenar la sarta de estupideces que la «pensadora» nacional estaba lanzando al aire. Romina Manguel y Maxi Montenegro -integrantes del panel- trataron de zafar y de no quedar pegados y quisieron decir lo suyo, frente a un conductor que los invitaba a expresar «lo que quieran», pero que no paraba de interrumpirlos.

Disparates faranduleros.
Esa es la televisión que nos llega desde los canales porteños. La que va a buscar las opiniones de Moria -que alguna vez dijo que su auto tenía vidrios polarizados «para no ver la pobreza en las calles»-, o de Susana Giménez, o Mirtha Legrand -ahora reemplazada por su nieta Juanita, tan derechosa como la abuela-, como si se tratara de mentes lúcidas que pueden analizar lo que le pasa a los argentinos. Se sabe, podrán hablar de cuestiones de la farándula, un ámbito en el que se mueven desde siempre; pero analizar la realidad de los argentinos de a pie, de tantos sufridos compatriotas que viven cómo pueden, es otra cosa.

Hasta la General Paz.
¿Qué saben de las circunstancias que afrontan los que viven en la Argentina profunda, fuera de las luces de Buenos Aires?
Vale recordar una pequeña anécdota que más o menos los muestra cómo piensan… por Radio 10, «El Negro» González Oro expresaba a toda voz: «¡Está lloviendo en la República Argentinaaa!!!». Por aquí, a 600 kilómetros de Buenos Aires, el sol pegaba fuerte, y no había una nube en el horizonte. Claro, para él -y para muchos como él- la «República Argentina!» alcanza hasta la General Paz…
Pero volviendo al tema de la Giménez… Tantas veces se habla de la tilinguería argentina que muchos llegan a pensar que verdaderamente existe, que es un padecimiento que nos incumbe a todos. Pero no es así. Hay -en todas partes, obvio- gente lúcida, inteligente, empática, que sabe que el país es mucho más que lo que pasa en la calle Corrientes.

La hora de la sobriedad.
Pero ellos están allí, todas las noches -aunque algunos y algunas también hagan presencia en horarios vespertinos- para «informarles a los argentinos» de lo que ocurre en el mundo, y también lo que pasa en localidades del Gran Buenos Aires, incluyendo esas «villas» que el macrismo en algún momento pretendió que eran barrios.
Esta debiera ser la hora de la moderación, de la austeridad y la sobriedad a la hora de informar. Pero ellos están enfrascados en esa loca carrera por el rating, en esa demostración de que tienen la «primicia», la información anticipada que -de verdad- no existe desde hace mucho tiempo, cuando las redes sociales lo invadieron todo. Y fundamentalmente cuando se colaron en el mundo del periodismo…
Por lo visto el desgaste se acentúa descaradamente, y resulta evidente que hace mella en nuestra rígida organización moral. Hay, lamentablemente, un mundo que parece haber quedado cautivo de la tilinguería. (MV)