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La vida al compás del deporte

A veces buscamos dilucidar el sentido de la vida, y lograr la felicidad que no siempre llega. Tal vez el secreto esté en disfrutar momentos, la familia, el entorno… Y el deporte puede ayudar, y mucho.
MARIO VEGA
Hubo un tiempo que fue hermoso… Claro que sí. Para casi todos de lo que sucedió en nuestra niñez, y casi probablemente en nuestra primera juventud -e incluso un poco más aquí-, nos quedan vivencias, emociones y recuerdos que, a la distancia, resultan inolvidables. Tal vez porque esa juventud que disfrutábamos a pleno eran tiempos de despreocupación, de no saber, de no intranquilizarnos porque más adelante pudieran llegar momentos de responsabilidades y compromisos. Ni siquiera los imaginábamos.
Seguramente algunos -quizás otros muchos no- habrán podido prolongar ese estado de bienestar… asumiendo realidades diferentes que si bien supusieron obligaciones también deben haber dejado espacios para regocijarse con placeres que se nos van ofreciendo a cada paso… Aunque es cierto, la vida a veces nos las pone difícil, y nos complica.

La maravilla de hacer deportes.
Quienes transitamos por los caminos del deporte desde nuestra niñez, sabemos que se transcurre por senderos que generalmente gratifican, que retribuyen el esfuerzo con alegrías -aunque un resultado pueda derivar en alguna tristeza pasajera-, y nos deleitamos a pleno con esos aconteceres.
Cuántas veces -en nuestra condición de amateur (esto es sin cobrar un peso, y la mayoría de las ocasiones por el contrario poniendo dinero)- tuvimos que hacer malabares con nuestro tiempo, nuestros trabajos y con nuestras economías para llegar a un campeonato argentino… o más allá si las circunstancias hubieran resultado favorables.
Porque los y las deportistas -los nuestros, los de aquí nomás- realizan sacrificios y esfuerzos que solamente ellos conocen. Porque no es sencillo compatibilizar la disciplina y el brío que supone prepararse para una determinada competencia con las obligaciones familiares, y laborales… y no siempre es fácil, o posible.

Marcela sigue.
Marcela Moya es una santarroseña que hizo del deporte su modo de vida, y aún lo lleva adelante aunque de una manera más relajada tal vez. Se destacó en la disciplina en la que fue protagonista mucho tiempo, ganó premios -fue nada menos que en cuatro oportunidades Caldén de Plata en la Fiesta del Deporte del Círculo de Periodistas Deportivos Pampeanos, y nominada en dos para los Olimpia que se entregan en Capital Federal-, pero además y paralelamente armó una hermosa familia con su esposo y sus hijos. Ellos también deportistas, o vinculados, como se verá.

Momentos notables.
El cestobol -antes pelota al cesto- tuvo momentos memorables entre nosotros. Desde la primera participación de un equipo de nuestra provincia en el torneo nacional, realizado en La Rioja en 1968, fue el juego de las mujeres pampeanas por excelencia. Fueron años de viajes, de torneos en distintas categorías, de gimnasios atiborrados por gentíos que seguían a nuestros equipos y nuestras chicas cuando disputaban campeonatos nacionales. Las cestistas eran de alguna manera, un par de décadas atrás, estrellas de nuestro deporte lugareño, y así eran reconocidas.
Hubo generaciones de jovencitas que disfrutaron de los mejores momentos… y la mayoría de la mano de dos personajes extraordinarios, sencillamente maravillosos, como han sido Zoraida Parada y El Zurdo Núñez.
Alguien que tuvo ese privilegio fue Marcela -para muchos «Moyita»- porque le tocó integrar selecciones donde habitualmente era la más pequeña del grupo, dando un importante hándicap por su edad.

El cestobol.
Hace poco tiempo se cumplieron 35 años de una conquista histórica de la entonces pelota al cesto -recién en 1985 se transformaría en cestobol, cambiando algunas de sus reglas para hacer más dinámico el juego-, cuando las cadetas se consagraron campeonas argentinas (se disputaban los campeonatos nacionales de las diversas categorías en las mismas fechas y escenarios). Era el primer gran logro de nuestras pibas en un deporte que siempre las tuvo en los primeros planos.
El advenimiento de nuevas disciplinas -la incursión de la mujer en prácticas que resultaban impensadas años atrás, incluyendo el fútbol y el boxeo-, fue postergando al cestobol que perdió la primacía que tuvo alguna vez.

Una persona plena.
Marcela hoy es una mujer casada, mamá de dos hijos, y al conversar con ella, al observar su modo de comportarse ante la realidad, se puede concluir con que es una persona feliz. Que disfruta de cada instante de su vida.
Tiene la sonrisa fácil, y le gusta adentrarse en sus recuerdos… «Mis primeros años fueron en Villa Alonso, pero antes de empezar el jardín nos mudamos y vivimos en la calle 9 de Julio, en el Club Fortín Roca; y más tarde en Villa Uhalde, en la calle Joaquín Ferro donde aún vive mi mamá», empieza contando.

Infancia feliz.
El padre fue encargado del Club Fortín: «Vivíamos ahí y el patio de casa eran el playón y el gimnasio, y con mi hermano íbamos a ver básquet, boxeo, voley… Una de las cosas presentes que tengo es haber aprendido a saltar la soga cuando entrenaban los boxeadores. Y además en la esquina teníamos el Prado Español, donde pasábamos todo el verano en la colonia con amigos del barrio».
Al mudarse a Villa Uhalde, en la misma manzana de su vivienda jugaban al sóftbol; «y cuando podía me prendía también ahí», rememora. «En mi casa siempre el deporte fue un tema de lectura y conversación: abrías alguna puerta del placard de mi pieza y siempre había una pila de revistas El Gráfico, Sólo Fútbol, etcétera», agrega.

Padres y ejemplos.
Su papá es Adhemar Rodolfo Moya, de Colonia Barón, «pero vivió toda su infancia y adolescencia en Uriburu. Trabajaba en el Servicio Penitenciario Federal y además era pintor de obra. Mamá es Mirta Ester Ayala, nacida en Uriburu… cuando papá ingresó en el Servicio se vinieron a Santa Rosa. Ella trabajó como ordenanza en el Colegio Comercial y al mismo tiempo como empleada en casas de familia, y durante algunos años en nuestro negocio de fotocopias», precisa.
Aunque los papás están divorciados, «tenemos muy buena relación los cuatro, y siempre estamos pendientes unos de otros». El cuarto integrante de la familia no es otro que Marcelo Daniel «Pony» Moya, hoy gerente de Casino Club, jugador de fútbol que llegó a debutar en la primera división de Ferro de Caballito de la mano de Carlos Griguol.
«Sí, con mi hermano nos llamamos igual… no se gastaron mucho los papis con nuestros nombres», se ríe con ganas Marcela Daniela.

El casamiento.
Roberto «Tito» Chirino es también, a su manera, un personaje… Y cuenta Marcela: «Nos casamos hace 23 años, después de 7 de novios. Tenemos dos hijos, Nerina de 21 años que cursa 4° años del Profesorado de Educación Física y Roberto, de 18 años, que está en primer año de la misma carrera en el Instituto Romero Brest en Buenos Aires». Cabe decir que la niña juega básquet, y el varón al fútbol en All Boys (tuvo un paso también por Ferro de Caballito).

En el María Auxiliadora.
Lleva nada menos que 41 años en el Colegio María Auxiliadora: «Hice el primario, secundario y terciario, y me recibí de Profesora para la Enseñanza Primaria. Siempre del pelotón del medio, pero nunca me llevé materias… porque si me iba mal en el colegio no me dejaban ir al club. ¡La peor penitencia!», evoca.
En ese establecimiento pasó muchos años de su vida. Porque no sólo que estudió allí, sino que trabaja desde hace décadas en el secundario del Instituto María Auxiliadora como Coordinadora de Tutores. «Me apasiona por el contacto con los adolescentes, con sus experiencias de todo tipo, la alegría, la creatividad con que se manifiestan; aunque también trato de acompañarlos en momentos no tan gratos que les toca atravesar y por supuesto en los viajes, campamentos, pernoctadas…», puntualiza.

Primer torneo, y lo que vino.
Tenía 11 años cuando empezó a practicar cesto, y a esa edad tuvo su primer campeonato argentino de mini en Orán, Salta. Desde allí siempre en las selecciones pampeanas de las distintas categorías hasta llegar a la mayor, siendo siempre la más pequeña. «Marcela me reemplazó en mi puesto cuando fuimos campeonas en 1990. Ese fue mi último torneo», recordó hace pocas horas la piquense Mónica Ramos, una de las grandes de nuestro cestobol.
Antes y después Marcela participó de delegaciones -en mini, infantiles, cadetas y mayores- que jugaron en todos lados: «Y vinieron los inolvidables viajes en colectivos de todo tipo… la mayoría con ventanillas que no cerraban bien, calefacción que no andaba, asientos que no se reclinaban… Salíamos muy temprano en mañanas heladas, con una viandita, mucho abrigo que también incluía alguna frazada», repasa ahora.

Momentos exitosos.
Le pregunto a Marcela por los recuerdos más gratos como jugadora: «Creo que fueron el Campeonato Argentino infantiles del ’86 en Córdoba; el de cadetas en el ’88 en Buenos Aires; y el del ’90 en mayores de locales. Tuve la suerte de haber sido campeona en las tres categorías, aunque por supuesto el torneo más festejado fue el de mayores… era un grito contenido durante muchos años y un título que muchas habíamos soñado», resume.
En esta selección nuevamente era la más chica. «Tenía sólo 17 años y creo que fue una cuota de inconsciencia que me llevó jugar esa final de la manera que lo hice. Y junto con el título me llegó la convocatoria para la Selección Argentina», sonríe.

El saludo a Juan Pablo II.
Era la primera vez que La Pampa tenía cuatro jugadoras convocadas al Seleccionado Nacional: Sandra Paini, María Lidia Pisano, Graciela Ingaramo y Marcela.
Todo transcurría de manera muy rápida y ella estaba en el último año del secundario con todo lo que significa: boliches, compañeros, viaje, baile, estudio… Esa primera convocatoria incluía, nada menos, una gira por Europa. «Pensá que con mi familia nunca nos habíamos ido de vacaciones, obvio que tampoco había viajado antes en avión. Esa vez estuvimos un mes recorriendo Italia, Madrid e Islas Canarias. Fue hermoso, y a eso hay que sumarle que tuvimos una recepción en nuestra embajada en Italia… yo no tenía ni idea quien era (Carlos) Ruckauf, el embajador. Y para coronar el viaje nos recibió el Papa Juan Pablo II. Más no podíamos pedir», reconoce.

Países maravillosos.
Pero no sería lo último, porque en el ’98 tuvo la fortuna de seguir recorriendo: «Conocimos países maravillosos como Suiza, Costa Rica, Nueva Zelanda, Colombia, Perú, Venezuela, Ecuador, Cuba etcétera. Un hermoso grupo con jugadoras de todas las provincias con muchas de las cuales seguimos en contacto y recordando lo bien que la pasábamos y como nos divertíamos», se le ilumina el rostro al recordar. «Con la Selección Argentina fuimos deporte de exhibición en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata y en los Odesur en Venezuela», completa.

«Nos creíamos de la NBA».
Pero si fue lindo vestir los colores nacionales, no puede dejar de mencionar lo vivido con el Club Estudiantes: «Cuando jugábamos el torneo provincial, o la Liga Nacional de clubes nos pasábamos una semana como si fuéramos amigas de ‘pijamada’. Pero antes de eso primero estaban las ventas de pizzas, rifas, locros, pollos, sorrentinos… todo lo hacíamos nosotras, no sólo para costear los viajes y la comida sino también para hacernos algún juego de camisetas».
Pero señala Marcela que «lo más lindo eran las pretemporadas cuando las podíamos hacer en otros lados. Algunos años fuimos a Miramar, comíamos en un restaurant y dormíamos en un hotel en pleno centro… ¡Nos sentíamos de la NBA!», larga la carcajada con ganas. Eran tiempos de humildad al mango, y esos momentos resultaban únicos e irrepetibles… ¿O no?

Con las grandes.
Durante toda su trayectoria le tocó formar parte de grandes equipos «y aprender de ‘señoras jugadoras’. Con algunas no llegué a jugar… yo era más chica, pero en algunos entrenamientos conseguía un lugarcito… Imagináte lo que era para mí! Pero con otras sí compartí equipos, como Macuela Faraldo, Susana Wiggenhauser, Silvana Rivas, Mónica Ramos, Sandra Paíni, Graciela Ingaramo… Algunas, si las menciono van a quedar afuera, pero de todas aprendí y me ayudaron también Leandra Addiechi, Alejandra Salvaro, María Lidia Pisano, Patricia, Paula y Marcela Escudero, Daniela Giganti, Analía Llull, Daniela Pincciaroli, Sole y Moni Martín, Andrea Regazzoli, Blanca Piñero, Graciela Ruiz, Mimí Folgueras, Carina Suárez y Claudia Platner. Fueron muchas…», explica.

«Soy afortunada».
Después, cuando le pregunto por lo que viene es clara en su concepto: «Mi deseo es que mis hijos siempre entiendan que la felicidad está en lo que hacemos todos días, que no hay que esperar conseguir cosas grandiosas… que está en disfrutar lo que nos gusta, en compartir, acompañar y rodearse de gente sencilla. Siempre me sentí una afortunada y que Dios me eligió para tantas cosas lindas que me han pasado. Pero sobre todo para ponerme tanta gente buena a mí alrededor». Es un buen resumen. Claro que lo es…

Las pequeñas cosas.
Dicen los que dicen saber que en la vida hay momentos en que pareciera que los hábitos, las costumbres, la rutina al cabo, conducen a enmohecer los sueños y las antiguas ilusiones. Y sí, puede ocurrir que en el transcurrir cotidiano aparezcan el tedio, la monotonía, y que los entusiasmos tornen en sosiego, en quietud… quizás en un cierto letargo… Puede ser… tal vez suceda.

Sólo se trata de vivir.
Decía al principio… hubo un tiempo que fue hermoso. Y es verdad que guardamos de él los más gratos recuerdos; pero llegar a la madurez con la posibilidad de seguir disfrutando es el gran desafío…Aunque también hay que admitir que no siempre, no en todas las ocasiones, las cosas suceden de ese modo, porque también es cierto que no se pueden evitar algunas adversidades que se presentan cada tanto…
Pero en superarlas, en conseguir el equilibrio, en saber que al cabo sólo se trata de vivir, con sus más y con sus menos, tal vez esté el secreto para una vida plena. ¿Es por ahí Marcela? Vos tenés la respuesta…

«Un maestro de la vida»
Marcela Moya le da un valor trascendental a tantas y tantos que han estado cerca de su actividad deportiva, y es una lista que no puede contenerse en una nota tan corta.
No deja de mencionar a las hermanas Escudero, «y a mucha gente valiosa y amigos como Sole Martín con quien seguimos compartiendo la vida, charlas, cenas, cumpleaños, y si podemos vacaciones familiares juntas. Con Andrea Regazzolli, Nadia de la Mano, Sandra Paini, Zurdo y Sole cada tanto organizamos alguna cena, y la mayoría cocina Oscar, el mejor haciendo pollo al disco».
Tiene un párrafo aparte para Oscar Núñez, el Zurdo. «Ha sido parte de toda mi vida… desde mi primer día en el club, no sólo por haber sido mi entrenador, sino además mi sostén cada vez que algo sacudía mi tranquilidad. No necesitaba contarle nada, él lo percibía, no preguntaba, no invadía pero siempre estaba… Fue y es un maestro del cesto y de la vida… Obvio que hoy sigue siendo igual y pasa por casa, me llama de vez en cuando. Es un amigo, un tipazo!», lo define.

El trabajo y el deporte.
Además de su trabajo en el María Auxiliadora, por las tardes en ocasiones colabora con Tito, su esposo, en el negocio de fotocopias que tienen «desde que nos pusimos de novios. En mayo del año que viene se cumplen 30 años de aquella inauguración; pero hace un tiempito trato de escaparle», reconoce.
Obvio que el deporte sigue siendo central. «Después que nació Neri volví a entrenar y jugué algunos torneos de cesto, pero tenía que multiplicarme… También estuve dirigiendo alguna categoría pero tampoco lo pude sostener, tenía mis hijos pequeños, los trabajos y los fines de semana jugábamos o viajábamos… En oportunidades íbamos a encuentros que eran sábados y domingo, llegábamos el lunes a la madrugada, me bañaba y me iba a trabajar. Me encantaba pero era complicado…», admite.
Algún tiempo estuvo apartada «hasta que con un amigo, Nacho Leones, que hacía un curso de personal trainner me invitó a entrenar con él y otras chicas», amplía.
Hace unos años «me uní a un grupo de mamis hockey que entrenaban en el horario de la siesta y me encantó. Nunca había agarrado un palo, y además cuando le comenté a mi hija Nerina no lo podía creer: ‘No te da vergüenza mami, a los 42 años ir a aprender un deporte?’ Y la verdad, para nada. Disfruté un montón eso de levantarme los domingos a las 7, preparar el bolso e ir a jugar. A veces pensaba que debo estar loca para seguir haciendo esto pero una vez que salía de la cama… ¡era el mejor domingo!», reafirma.

Lo mejor de la vida.
Y allí está uno de los secretos de su bienestar… «De verdad creo que en esos casos uno pasa lo mejor de la vida… lo simple, lo que no se obtiene con lo material, y lo esencial para ser feliz».
En un momento Marcela sufrió una lesión, pero lejos de amilanarse empezó a entrenar con Zanesi Trainning Team: «3 ó 4 veces a la semana nos encontramos en distintos puntos de la ciudad para hacer la actividad. La mayoría entrena para distintos desafíos de maratones o carreras de aventura y siempre con un objetivo. En mi caso nada de esto sucede, lo hago porque me encanta entrenar, sentir el cansancio y el esfuerzo de haber cumplido con la rutina, charlando y disfrutando de la compañía de otras personas», expresa.

Su casa, una colonia de vacaciones.
«En mi casa paterna siempre había gente… y hoy en la mía también es así: un lugar de paso para unos mates, para jugar… En verano o los fines de semana hay gente de todas las edades, y hay burako, fútbol tenis, truco… los amigos de mis hijos que reclaman al abuelo, mi papá, para que venga a jugar al truco; y mis amigas que piden por la ‘milhojas’ casera de mi mamá… y eso es para mí la felicidad».
Lo tiene claro Marcela… y casi se puede decir que tiene razón. Cómo que no. En cosas pequeñas se puede encontrar lo que tanto buscamos…

Motivo de divorcio
Marcela cuenta que conocía a Tito, su esposo, porque «él tenía amigos en Estudiantes y su hermana ‘Tuchi’ jugaba cesto con nosotras. Una diferencia que tenemos es que es de River y yo de Boca, pero más allá de las cargadas nos respetamos».
«Tenemos la misma percepción de lo que es el amor por la camiseta, la pertenencia y el valor del club como institución social. Él me tiene un poco más de paciencia… si hasta cambiamos la fecha de casamiento porque coincidía con un torneo», admite.
A Marcela se la ve cada domingo en la platea de la cancha de fútbol de All Boys -su esposo es dirigente-, y aunque Tito dice que la hará socia se niega. «Soy de Estudiantes… si me hace socia él ya sabe… es motivo de divorcio», dice divertida, pero seria.
Sus hijos señalan no obstante que algún gol de All Boys ha gritado… «Puede ser», consiente un poco cortante.