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Lalo Gigena, hombre de Evita y de Perón

En La Pampa hubo militantes peronistas que supieron de años de resistencia con Perón exiliado. Participaron del levantamiento del 9 de junio del ’56. Santa Rosa fue esa vez una de las ciudades tomadas.

MARIO VEGA

Este hombre que ahora tengo frente a mí es de esa gente que se llega primero a respetar, y por qué no a apreciar, porque ha mantenido a lo largo de su existencia un comportamiento sin tachas, sin máculas… ha sido una persona íntegra, a la que no se le podrán atribuir actos de los que tenga que arrepentirse públicamente… fue periodista, empleado público y funcionario, y además un hombre vinculado al deporte, ya sea practicándolo en sus tiempos mozos, o como dirigente cuando llegaron los años y la experiencia para aportar desde otro lugar.
A Eudaldo Gigena (88) -Lalo para todos- lo conozco casi diría desde siempre… por la función pública que le tocó desempeñar, pero además porque fue el primer presidente de lo que era la Asociación Santarroseña de Sóftbol -primer intento de organización en nuestra ciudad del deporte del bate, allá a finales de los ’60-, actividad a la que, por otra parte, estuve vinculado desde mi adolescencia hasta una década atrás.

Un abuelo anarquista.

No obstante al que más traté de los Gigena es al menor de la familia, Rodolfo, con el que sí hemos sido contemporáneos -como periodistas y también en el ámbito del deporte-, y con quien mantengo una amistad de muchos años. De él siempre tuve la impresión -y lo sostengo- que Rodo es una de las personas más buenas que encontré en el terreno periodístico…
Y Lalo me ha causado la misma sensación. Una persona solidaria, amable, diligente, de buen carácter, familiero… Y eso sí, cabe agregar… peronista hasta la muerte.
El abuelo Gigena, venido desde Italia -anarquista el hombre-, vivió algún tiempo en Uruguay, hasta que lo «corrieron» por su militancia gremial y decidió refugiarse en Buenos Aires. Se instalarían en la Boca, donde tendrían una importante imprenta.
El papá de Lalo también se llamaba Eudaldo, también oriental; y la mamá era Celina. Vendrían los hijos, Eudaldo (Lalo) el mayor, y después le siguieron Aldo, Eva y Juana (fallecidas), Aníbal, Rodolfo y Jorge.

La familia.

Lalo se casó con Elina Torres, «la enfermera de Villa Santillán», le decían, rememora él. «Trabajó en el Sanatorio Cruz Alba, en el edificio donde hoy está el Colegio de la Universidad Nacional de La Pampa», precisa. «Elina, falleció en 2017… fue una compañera ideal, y se la extraña mucho», agrega. Con ella tuvieron a Patricia (trabajó en la Administración Pública) y Gustavo (empleado de la Legislatura provincial).
«Papá era pintor de obra, de brocha gorda como se le decía antes, trabajó en Arquitectura de Nación y fue sindicalista», lo recuerda ahora.
Toda la familia Gigena vivió muchos años en Oliver (frente a los talleres de la entonces Escuela Fábrica), y se constituyeron en personas conocidas, tanto por su actividad política y gremial como deportiva. Lalo está sentado en el living de su casa de la Villa Santillán, en Emilio Civit 784, donde transcurrió buena parte de su vida. Revuelve entre fotos y papeles y va desgranando recuerdos: «La primaria la hice en la Escuela 180; después empecé en el Normal y me recibí de Bachiller en el Colegio Nacional», cuenta. Muy jovencito aún se desempeñó como escribiente en ATE -cuya sede está en calle Quintana-, hasta que le tocó el Servicio Militar en el Regimiento 13 de Caballería, en Toay.

Trabajo y militancia.

Con posterioridad se iba a desempeñar en Sanidad Vegetal, un organismo nacional, hasta que llegó la intervención y -obviamente- no quedaron empleados peronistas. Eran tiempos en que los militares querían borrar para siempre al General Perón y perseguían a sus seguidores. «En esa época me fui un par de años a trabajar a Alpachiri, hasta que un día tomando un café en La Capital me vio Herminio Bertolini, quien había sido compañero de secundario… ¿Qué estás haciendo, dónde andás?, me preguntó… cuando le dije que estaba en Alpachiri me preguntó si quería trabajar (él era muy cercano a Ismael Amit) y me hizo entrar en Rentas de la provincia. Era allá por 1950», trata de precisar.
Cabe reiterar que su férrea militancia desde que era poco más que un adolescente iba a ser determinante en su vida, y además lo llevaría a ir preso varios meses, en calidad de «detenido por razones políticas, gremiales y/o estudiantiles, por los sucesos ocurridos el 9 de junio de 1956». Después del fracasado levantamiento, en la causa que se le inició tras los sucesos figuraba como: «Gigena, Eudaldo – JF 164/56, JF 70/56 agregado y Sumario Militar – Jun-56».

Lalo y el deporte.

En sus años juveniles Lalo jugó al fútbol, en condición de arquero… «Atajaba en Independiente de Santa Rosa, un equipo donde jugaban Julio Heredia, los hermanos Lluch, Herrera, Guette, Juan Padín y Juan Alejo Suárez Cepeda, entre otros. Pero además «me tocó ser integrante del seleccionado de la Liga Cultural, donde fui suplente de Stefanazzi», le gusta acordarse.
Después que dejó de jugar -porque ya trabajaba y bastante-, armó «el primer equipo de mujeres de La Pampa… y no sé si del país», acota. «Organizábamos partidos entre solteras y casadas, y también jugaba mi esposa», dice mientras muestra fotos que testimonian aquello que sucedía promediando los años ’50.
Luego se vinculó a Estrellas del Sur, una entidad barrial que se formó en la Villa Santillán, y como había un equipo de sóftbol (jugaban Carlos Cuffini, Carlos Díaz, Norberto Mayoral, Raúl Chapalcaz, «Chapita» Schab, entre otros), cuando llegó el momento de formar la Asociación Santarroseña de Sóftbol Eudaldo Gigena se convertiría en su primer presidente: «Eran los años en que se empezaba a organizar la actividad, y ahí estuvimos con Rafael Rossi Ávalos, los hermanos Fernández, Arnaldo Gómez…», repasa algunos nombres.

Lalo, el periodista.

De la mano de algunos amigos llegó un día a La Capital -promediaban los años ’60-, para empezar una actividad que lo cautivaría. En la Redacción del diario decano -por entonces ubicado en calle Pellegrini, que después sería sede de Coarte-, Lalo se dejó ganar por la pasión que no se puede eludir cuando se trata de hacer periodismo.
«Lo recuerdo como dedicado y profesional, en tiempos de un periodismo difícil de ejercer porque había gobiernos militares… y la responsabilidad de cada uno era la única contención posible», rememoró alguien que compartió muchas horas con Lalo en La Capital, cuando el director era Juan Carlos Scagliotti… Siempre consideré a Lalo un genuino exponente del peronismo de la resistencia, sufrido y muchas veces perseguido… Bueno, sus amigos entonces eran don José Regazzoli, Rodolfo De Diego, Oscar Montes de Oca, Justo Ivalor Roma, Héctor Zolecio, Eduardo Montiel, Nicolás Navarro, todos mirados de reojo por los milicos», evoca mi interlocutor. «Te aseguro que aunque Lalo no era de levantar la voz, tenía convicciones y un fuerte compromiso con la militancia… y te diría que eso sigue hasta hoy, aunque casi no sale de su casa», expresa.

Cronista todo terreno.

Y completa: «Te digo más… creo que era un romántico en la profesión… conoció el olor a tinta y plomo, en el taller de la vieja imprenta del diario. Y como era antes le tocaba cubrir todo tipo de información: deportes, locales, policiales, sociales… tanto había que hacerle una nota a un político, a un deportista, o un artista… así era antes. Por ahí hoy las redacciones se manejan distinto, y cada cronista tiene un área asignada».
Con nostalgia Lalo se remonta a aquellas épocas en que se desempeñaba en la redacción de La Capital. «Me tocó hacer de todo… me gustaba hacer las coberturas de automovilismo; pero también las de boxeo, en la gran época de los pampeanos a nivel nacional… estuve presente lamentablemente la noche que el Indio Paladino pierde con Gottifredi y se produce el desenlace fatal… Eso fue muy duro», admite.
Por supuesto no se perdía festival que se realizara en Fortín, pero también era asiduo concurrente del Luna Park, donde entrevistó a ídolos del pugilismo nacional, como por ejemplo Nicolino Locche, que estaba en su mejor momento. Y muestra una foto donde se lo ve precisamente con «El Intocable», ese genio mendocino que con su visteo y su habilidad maravillaba a las multitudes.

Director de Prensa.

Eudaldo Gigena nunca abandonó la militancia y se puede decir que «fue un hombre de Evita y de Perón», aferrado a los pensamientos del «General» -como le gustaba mencionarlo-, y serían esas ideas, y luego su condición de periodista que lo harían inclinarse por la actividad pública. Al asumir don Aquiles José Regazzoli como gobernador en 1973, designó a Lalo como Director de Prensa de Casa de Gobierno, donde no sólo fue un eficiente funcionario, sino que siempre se mostró como una persona que nunca perdió la humildad y fue, en realidad, un buen compañero de quienes trabajaban a sus órdenes.

El Golpe del ’76.

Obviamente cuando vino el golpe de 1976 estuvo hasta el último minuto con Regazzoli, hasta que el primer mandatario fue detenido. Y es más, fue partícipe de la última acción de gobierno de Don José: «Él decidió que se iba a entregar como estaba previsto el barrio Peñi Ruca (hoy Aquiles José Regazzoli), y ya de madrugada y aún de noche mandó llamar a su casa a Alicia Chaves, que pertenecía al Instituto Provincial de la Vivienda para repartir las llaves a los adjudicatarios, antes que asumiera el gobierno militar… «Cuando Alicia, que era una chica muy jovencita llegó, junto con (Mario) Macagno la acompañamos a la oficina y ella salió con el tablero de llaves para repartirlas a cada lugar donde hasta ahí vivían los beneficiarios…», sonríe con la evocación.

Militar, siempre.

En tanto duró el Proceso Militar en La Pampa, si bien se sentía vigilado al menos no lo llevaron detenido. «Me dejaron seguir trabajando», dice; y en 1983 cuando asumió Rubén Marín volvió a la Dirección de Prensa, cargo que ocupó también en la segunda gestión del cuatro veces gobernador. Además estuvo algún tiempito con Néstor Ahuad, pero renunció a los pocos meses. «Me llegó la jubilación y me fui a mi casa», dice… Aunque por supuesto no dejó de militar, porque ese ha sido un designio en su transcurrir. «Porque se es militante hasta el último suspiro», reafirma.
Como todos sigue asombrado esta pandemia que sorprendió al mundo… «Nunca conocimos algo así. Cuando pasó lo de la poliomelitis me acuerdo que hubo preocupación en Buenos Aires, pero aquí casi no hubo casos», comparó.
También está atento a los acontecimientos políticos, y dice que a (Sergio) Ziliotto lo conoce hace mucho tiempo, y le reconoce capacidad de trabajo; mientras observa no sin cierta preocupación lo que sucede en el orden nacional.

Un hombre íntegro.

A los 88 años Lalo tiene problemas para movilizarse, porque sus piernas no responden como quisiera, y por eso pasa muchas horas leyendo, mirando televisión, o esperando la llegada de sus hijos -y de sus nietos- para conversar… o recordar tantas y tantas situaciones que lo tuvieron como protagonista.
Seguramente hoy, al leer esta columna volverá sobre aspectos de una existencia plena de vicisitudes, de vivencias… de alegrías y de alguna pena que anidara en su alma -que todos las tenemos-, y concluirá razonando que no tiene reproches que formularse… Que de alguna manera supo marcar para sus hijos, sus nietos, y quienes lo quieren, un camino de rectitud, de honestidad y buenos gestos. Los que caracterizan a la buena persona que siempre supo ser… Podrá decir, tranquilamente: misión cumplida… Y quizás, por qué no, al volver el tiempo atrás, en la evocación, quizás una lágrima rodará por sus mejillas…

«Había cajones para los fusilados».

Por estos días se cumplieron 65 años de aquel acontecimiento en que el peronismo intentó recuperar el poder, un movimiento que -como se sabe- fue encabezado en nuestra provincia por el coronel Adolfo Phillipeaux, y por quien más tarde sería gobernador Aquiles José Regazzoli. Pero además un grupo importante de militantes se sumaron a la causa, y entre ellos un muy joven Eudaldo Gigena.
El levantamiento en armas producido el 9 de Junio del año 1956 en contra de la dictadura de la denominada «Revolución Libertadora» -había depuesto a Juan Domingo Perón en septiembre de 1955- tuvo su capítulo en La Pampa.
Las acciones rebeldes fueron protagonizadas por el entonces titular del Distrito Militar de Santa Rosa, el capitán Adolfo César Phillipeaux, unos pocos oficiales y suboficiales, y un grupo de civiles que se organizaron para tomar algunos puntos estratégicos de la ciudad.
Entre los que participaron además de los «jefes», recuerda Lalo Gigena, estaban Angel «Chocolate» Juárez, Antonio Delmas, Natalio Masseroni, Héctor Zolecio, Nicolás Navarro, Dante Pracilio que leía la proclama desde Radio Nacional, y algunos otros.
Iniciado el levantamiento el 9 de junio de 1956, se pensaba leer la proclama revolucionaria poco antes de la medianoche, pero la acción fue rápidamente abortada, pero en Santa Rosa y por algunas horas los rebeldes consiguieron tomar lugares estratégicos.
«A mí me tocó tomar la sede de ATE, y con un grupo patrullar la ciudad», recordó por estas horas Gigena, que en aquel momento tenía nada más que 23 años.
El levantamiento del General Juan José Valle era conocido por las autoridades de facto -Pedro Eugenio Aramburu (presidente) e Isaac Rojas ((vice)-, que sabiendo de la conjura prepararon el modo de detenerla. Lo que muchos no sabían era que se iba a establecer la ley Marcial, para fusilar a los participantes de la movida.
No hubo muchos enfrentamientos armados, pero de todos modos murieron algunos militares que resistieron la sublevación y los rebeldes tuvieron dos bajas.
Y recuerda Gigena: «Cuando todo terminó Nicolás Navarro que tenía un hermano allá, Zolecio y yo, teníamos previsto irnos para San Luis, y hasta estaba listo el taxi del ‘Turco’ Bedis, pero resulta que mientras permanecía escondido me enteré que habían metido preso a mi papá… se llamaba igual que yo, Eudaldo, y por eso lo llevaron. Ahí fui que decidí presentarme en Jefatura de Policía y que me detuvieran a mí. Estuve 27 días en la Colonia Penal… y sí, un poco de miedo teníamos, porque decían que se venían las ejecuciones para algunos de los que habían participado de la conspiración… Y no era para menos, porque podíamos ver que en el Penal estaban preparados los cajones para el caso que hubiera muertos… Ya conocíamos que Valle y otros participantes del levantamiento habían sido fusilados…», rememora.
Después, ya liberado, por supuesto se quedó sin trabajo… «Fueron momentos duros, y en lo personal me tocó ir a trabajar de pintor con mi papá… pensar que pasaron ya 65 años de todo aquello», dice esbozando una sonrisa.

Mates con Gonzani.

En sus años en la Dirección de Prensa de Casa de Gobierno, pero entonces en calidad de empleado, Eudaldo Gigena tuvo la oportunidad de compartir bastante tiempo con Federico Gonzani. En esa época el gobernador de facto era Elvio Nicolás Gouzden, y el hombre que se haría tristemente famoso en aquel verano de 1972 se desempeñaba como Director de Ceremonial. «Siempre Prensa estuvo unido a Ceremonial, así que con Gonzani más de una vez conversábamos y tomábamos mate… la verdad es que era una persona agradable, por eso cuando nos enteramos que había matado y descuartizado a su mujer no podíamos creerlo. Fue todo un suceso que causó conmoción en la Provincia y en todo el país», indicó Lalo pasados los años.