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Lorenzo Díaz bailará tangos en Francia

Alguien ha dicho que la vida es un caos de matices, una sinergia de sucesos que nos ponen a prueba. Y es, sí, un misterio insondable -¡se ha utilizado tantas veces este término!-, al punto que el hombre no lo ha podido descifrar.
Es cierto, la vida es un laberinto por el que estamos yendo sin saber bien hacia dónde, y se puede indicar que nos da y nos quita. Todo el tiempo. Nos somete a pruebas que nos golpean y debemos superar para continuar, pero a veces también nos otorga momentos placenteros, de cierta felicidad, como para alentarnos en ese trayecto hacia quien sabe dónde…

Golpazos de la vida.
Lorenzo Díaz es un querido personaje de esta ciudad, al que le ha tocado soportar las circunstancias más amargas que se pueda alguien imaginar: en el mínimo período de tres días -hace unos dos años-, perdió por enfermedad primero a su esposa Selva, y enseguida aquejado del mismo mal a su hijo Franco, que tenía nada más que 34 años.
Terribles golpazos capaces de dejar grogui, absolutamente aturdido, al más pintado.
Estuvo casado con Selva durante casi cuarenta años, y tuvieron tres hijos: Facundo Ramón (vivía en Mar del Plata cuando falleció), Diego que es músico y docente; y Lorenzo que trabaja en la Municipalidad de Santa Rosa.

Viviendo en el Estadio.
Fue una existencia dura la que debieron afrontar Lorenzo y su familia desde pequeño: «Yo era chiquito cuando mi mamá (Flora) se separó de mi papá… lo sufrimos mucho y estuvimos un tiempo viviendo debajo de la tribuna del estadio municipal», se retrotrae en el recuerdo.
Después, de la mano del karate, todo empezaría a cambiar para él: empezó en el Club Estudiantes, para continuar más tarde -de la mano del profesor César Torreta, una referencia ineludible cuando se habla del desarrollo de la disciplina en nuestra provincia-, en el Estadio Municipal. Allí Lorenzo se convirtió además en instructor, y cientos de karatecas se formaron a partir de sus conocimientos.
No lo dice Lorenzo porque no quiere alardear, pero los registros indican que fue cinturón negro de karate (primer dan), y que en dos oportunidades el Círculo de Periodistas Deportivos lo galardonó con el Caldén de Plata al mejor de la disciplina.

Golpes del destino.
Más tarde ingresaría como planta permanente de la Municipalidad, donde ya lleva 39 años, y hoy es un empleado reconocido y querido no sólo por sus compañeros, sino también por muchas personas que saben de su trato siempre amable y respetuoso. Porque es dueño de un don de gentes en el que mucho tuvo que ver el deporte que eligió para siempre.
Conoció a Selva Argentina Martínez, y cuando ella tenía nada más que 15 años se casaron. Armaron una hermosa familia, hasta que el destino se ensañó con ellos: «Selva falleció hace dos años» afectada por un cáncer, contó, y también su hijo Facundo Ramón «tres días después» de la misma enfermedad. «Ella no supo que él estaba enfermo, y él tampoco sabía de su mamá», revela ahora Lorenzo mientras su tono de voz se torna apenas audible.

La vida da y quita.
Y en tanto reflexiona: «A veces pienso en tanta gente que por ahí atenta contra su vida y no lo entiendo… ¡mi familia quería vivir!, y pasó lo que pasó… Si la vida es lo más lindo que hay», dice y se le enrojecen los ojos, aunque no se da por vencido.
Sí se puede decir que la vida es una sucesión de pruebas que una persona debe ir superando, y habría que coincidir que a Lorenzo le tocaron las más complicadas. Y no debe resultar fácil levantarse y seguir… seguro que no.

«El tango me salvó».
Es verdad que la vida nos da y nos quita, aunque a veces después de una bofetada puede aparecer una oportunidad, y dependerá de cada uno tomarla o dejarla. En el caso de Lorenzo está bien claro que eligió el camino de pelearla, de no detenerse, y puede reconocer que «el tango me salvó, me ayudó a no caerme, a sentir ganas de no quedarme en lo que me pasó», cuenta ahora.
Con el tono calmo que es una característica de su personalidad -tal vez forjada en los valores del karate-, Lorenzo habla entusiasmado sobre lo que vendrá, y rememora: «Con mi esposa nos gustaba ir a bailar a todos lados: a San Martín, Sarmiento, Penales, Fortín, a El Guanaco o a Colonia el Destino… todos los ritmos, cumbia, cuarteto, rock, y lo que viniera. Pero teníamos una deuda pendiente: bailar tangos», admite.

«Mi esposa me insistía».
Sería Selva la que iba a animar a la pareja para empezar con ese ritmo que los atraía, pero que «no sabían» bailar. «Ella fue la que insistió para empezar a aprender tango, y fuimos primero con Liliana Martínez y Sergio Giraudo (calle Caminito), y después a diversos lugares, con Sonia Portilla e Irma Cáceres… aprendimos los primeros pasos, y ya nos animábamos a todo. En la Universidad Nacional de La Pampa había profesores, Juan Martín y Ana Lunares, y también nos prendíamos ahí… y además todos los viernes se armaba la milonga en la plaza San Martín, donde se sabía acercar el recordado doctor Iglesias… hacíamos juntadas y las pasábamos muy bien», rememora.

Cable a tierra.
Después llegaría el momento más triste: «Falleció mi esposa, a los tres días mi hijo… me sentía aturdido, perdido, sin saber qué hacer. Me quedé sin Selva, dejé de ir a bailar y me costó retomar… pero me habló mucho la profesora Lorena Echeverri, quien me alentó a volver. Mis hijos me dijeron que lo hiciera, y todo el grupo tanguero me apoyó… La verdad es que resultó un cable a tierra, y pude salir a adelante», dice.
No quiere dejar de nombrar a «la excelente cantora de tangos Marisol Martínez, de Buenos Aires, quien prometió que si venía a La Pampa le iba a hacer un homenaje a mi esposa… Y vino: en el Aula Magna de la Universidad cantó el tema ‘Solamente ella’, y yo lo bailé en vivo con Aixa Vázquez», recuerda Lorenzo y se pone serio.
Eso lo alentó a seguir practicando, y se sumó al grupo de tango hasta que «surgió esta posibilidad de viajar a Francia, y en eso estamos», dice ahora sí sonriente.

Ballet Argentino Caldén Gaucho.
Precisamente esta semana que pasó el grupo «Ballet Argentino Caldén Gaucho», dirigido por Juan Maica, se presentó en la localidad de Macachín, previo al vuelo en las primeras horas de ayer hacia París, vía Frankfurt, en Alemania. Allí, en Macachín, y en ese avión que estará cruzando el Atlántico trasladando al grupo de baile, estará Lorenzo Díaz.
«Voy en pareja con la bailarina Laura Lobos, una ingeniera agrónoma de América, provincia de Buenos Aires. Fue Susana Wiggenhauser la que me dijo si me animaba a bailar con esa chica, y bueno… vamos a hacer tango social y milonguero, presentando una coreografía que nos preparó Claudia Bogarín para ‘esta locura’ de la gira», cuenta.

«¡Me voy a París!».
¡Quién te ha visto y quién te ve, Lorenzo!, se le puede decir a este morocho que se ha hecho pasar alguna vez por Hugo Moyano -el titular del gremio de Camioneros-, porque tiene algunos rasgos que los asimilan, más el cabello entrecano con el flequillo que le cae sobre la frente y lo hace más parecido al sindicalista.
«Sí, quién me ha visto y quién me ve! Y… un poco es así. Porque de chicos éramos muy pero muy pobres… no la pasamos bien, pero con esfuerzo y trabajo pudimos salir adelante. ¡Y ahora me voy a París! No lo puedo creer», se ríe con ganas.
«Ha sido muy duro todo lo que pasó en mi familia, y es duro cada vez que pienso en ellos todos los días… Confieso que este viaje me hubiera gustado hacerlo con Selva…», completa y se vuelve a poner un poco triste.

Bailar frente a la torre Eiffel.
Después llega el momento de agradecer a «todos los tangueros que me alentaron, que me dijeron que podía hacerlo, como Jorge Gutiérrez, Juan Isequilla, Daniel Gualdegaray, y también mucha gente que se enteró y se alegra y me llena de cariño», se emociona.
Y lo cierto es que si alguien conoce a Lorenzo Díaz, no podrá menos que compartir con él este momento especial. Porque a su manera le ganó una batalla al destino… aunque el dolor persista y nunca más se irá de su corazón. No podrá bailar con Selva frente a la torre Eiffel ese tango que tanto aprendieron a querer, pero sabe que ella, desde algún lugar, lo estará mirando… Y en ese momento Lorenzo -lo promete- alzará sus ojos al cielo para sentirla cerca, otra vez cerca…

Una milonga para el “Indio” Paladino.
Lustrador en sus tiempos de purrete, Lorenzo Díaz conoció a muchísima gente, y entre tantos menciona boxeadores y a uno muy especial: “Al Indio Paladino lo conocí lustrando zapatos en el centro… ‘“¡qué hacés hermanito!’, nos saludaba, y nos quedábamos con eso, y lo admirábamos porque él ya era una figura”, evoca.
Y sigue: “Cuando murió en el Luna Park yo tenía 14 años, escuché en la Propaladora Argentina la noticia y me agarró una angustia terrible. Fui a su velatorio en Fortín, y veía la gente llorando. Cuando volví a mi casa agarré papel y lápiz y escribí: ‘Un hombre tan caballero/que se iba a jugar entero/Indio nomás lo llamaron/a ese hombre guerrero/La muerte lo fue a abrazar/en ese décimo round/La Pampa está de duelo’… Después se la llevé a Rosita González Bó, que era maestra para que lo corrija pero no quiso: me dijo que la dejara como estaba para no restarle sentimiento”, explica. Así nació “Milonga al Indio Paladino”. (M.V.)

 

Lorenzo Díaz con la bonaerense Laura Lobos, su compañera de baile para los escenarios parisinos.